Eleodoro Vargas Vicuña
( 1924 - 1997 )

Esa vez del huaico

                                                                          I
     Alrededor de don Teófilo Navarro no queda sino contagiador aire entristecido. Su casa, pura pampa quedó después del huaico —agua de mala entraña— que lo tumbó todo.

     Los vecinos están medio que están nomás. La mitad se les fue tratando de levantar pared con la mirada y la otra mitad para consolarlo:
     —Con un poco de voluntad, podrá usted levantarse de nuevo.
     El caso fue así:

     Todas las veces de susto le decían:
      —Don Tofe, haga usted construir muro de piedra a su casa, no sea que el huaico...
      Pero él se reía con suficiencia, y para decir algo por contestar, repetía:
      —Que venga el huaico. Que me lleve. De resbaladera acabará la pena.

      Lo decía por decir porque en el pueblo, con penas y todo, siempre somos felices.

      Después que levantó su casa, en que hubo apurado trajín para terminar, luego de la techa, en que hubo demorado canto de no acabar con música y zapateo para afirmar el suelo, se hizo tranquilidad. Y como él lo dijo desafiador:
      —Hasta que otro guapo se atreva, pared y techo contra viento y noche que revienten de impotencia.

      Fabricaba y componía sombreros. A la puerta de su casa, aguja en mano, sombrero en horma, silbido y canto  para rellenar hueco de tarde nostalgiosa, lo veíamos cumplir.

      En el invierno paz, no en el verano. Medio que se quisquillaba don Tofe mirando temeroso el agua que crecía hasta engrosar el río. Decía:
      —¡Esto es costumbre! ¿Habrá por qué temer?

      Muchas veces la campana madrina de la iglesia, en talantalanes de peligro, anunciaba desbordera, y don Tofe, creído, corría que corría para ver. Allí estaba intactita la casa a la orilla del cauce.

      La noche en que sucedió no podía ser, aunque se hubiese roto el brazo el sacristán o hubiera podido más y rompiera las campanas avisando. Era cumpleaños de doña Adelaida Suárez. No se podía creer. Y más cuando la fiesta había sido con música y la agasajada era persona que estaba bien con Dios.

      Don Tofe decía:
      —Beber, beber, que la vida se ha de acabar.
      Verlo era un gusto, alegre como estaba, a pesar de que la Grimalda, su mujer, con su tremenda barriga, sentada en un rincón censuraba.

      Primero fue un rumor creciente que llegó, junto con el grito de Julián Mayta que salía corriendo de la huerta:
      —¡Está entrando agua!.. ¡Está trayendo piedras!..

      Muy pocos lo oyeron. En ese instante entró el agua hasta el patio. No debía ser grave la cosa... El agua  avanzaba rápidamente como buscando algo. Entonces sí que reaccionamos, aunque de primera intención no se tomó ninguna iniciativa. En la sala de la derecha, ebrios los músicos, sin darse cuenta, bromeaban todavía. Yo comencé a correr sin saber a dónde.

      Un golpe fuerte en la sala de la izquierda que da al cauce, comprendiendo el peligro, nos puso con la cara seria. Y cuando ya lampón y pico los hombres se disponían, se inundaron las salas y los cuartos. La cocina con sus viejas era un grito de rezos. El agua furiosa sabía de memoria su trabajo, lo que hacía. En un santiamén todo estuvo inundado sobre la altura de los cimientos.

      En el momento en que los animales salían al escape, las paredes empezaron a ceder. Las mujeres (doña Eulalia Espinoza principalmente) gritaban, clamaban al cielo. Y los hombres lisureaban dándose coraje.

      No se podía. Era torrente de fuerza. Las paredes del corral vencidas se cayeron. Don Antonio Ebúsquez era el único de carácter que se dejaba oír:
      —¡Rompan la puerta falsa que da al cauce para desatorar!

      Pero la lluvia lo atoraba a él, porque era como río que bajaba.

      En la tiniebla éramos gente oscurecida, loca, como la entraña de esa noche de rayos y de truenos.

      Al relámpago, apurado seguía bajando el aluvión. Desde el corral, por el patio, al camino, y luego al río bajaba. De la puerta del zaguán quedaban astillas.
      Vimos a la Grimalda. Subida sobre un batán lloraba a más no poder. Pensaba en Dios con todos sus dolores.

                                                                          II
   
      De agua, de noche, de viento, fue la tumbadera de la casa de don Tofe. Con gritos de parto también, pues la Grimalda, ayudada por Roque Barrera y subida sobre una mesita que a la vez la contenía contra la pared sobre el poyo, comenzó a descuartizarse.

     Doña Toribia estuvo felizmente, atendiéndola como pudo. Roque a duras penas contenía la mesa y sostenía también a la Grimalda. Doña Toribia, con las manos de agua terrosa, remangándose el brazo, la asistía.

     Grimalda se animaba casi quebrándole el brazo al Roque con el esfuerzo:
     —¡Ayude usted! ¡Ayude usted, mamá Tulli! —Sin embargo, fue como una lucha el nacimiento, mientras el agua amenazaba con derribarnos.

     Luego doña Toribia, serena como siempre, descorchetán-dose el monillo, cobijó a la criatura que ya gritaba,   junto a sus lacios senos.

     Otro grito fuerte fue como una protesta, pero con el llanto del niño nos renació el valor. A su mamá hubiera podido también reanimarla; no, ella había fallecido antes de oírlo.
     Total, todo se apagó. Solamente cuando la pena arreciaba, mirando los cimientos lavados que quedaban, pasó la lluvia. El huaico bajó su correntada o habría bajado antes: oíamos un rumor entre violento y tranquilo.

     En adelante se comenzó a buscar:
     —¡Don Macshi!.. ¡Mamá Brígida!.. ¡Lázaro!..

     Oía su nombre cada cual y cada cual contestaba animándose. Don Tofe, sin haberse enterado todavía, buscaba a su Grimalda.

     Media puerta del zaguán, inservible, había ido a parar a la chacra de enfrente. Las sillas y ventanas desparramadas. Dice Demetrio López que un cerdo había varado cerca de Vilca-bamba.

     Los muros y cimientos quedaron débiles. Algunos baúles amarrados al manzano estaban astillados. Allí quedaba también el batán de don Jacinto Navarro, centenaria piedra donde molieron los abuelos.

     Lo demás y más fuerte se supo cuando don Tofe llegó hasta nosotros, con su mujer muerta en brazos. Detrás doña Toribia con el recién nacido.

     Esas dos caras fueron para nosotros un ¡golpe! que nunca habíamos sentido.

     En el velorio, en casa de don Nicolás Arosemena, no se rió por primera vez los chistes de Roque.

     En un ángulo de la sala, don Teófilo se quejaba. Parecía que el aire de esa mala noche se le había secado en la cara. Eran como furia vencida las huellas de su rostro. Repetía:
     —¡Quién lo hubiera dicho...! ¡Quién lo hubiera dicho!

     En fin, la velada fue de razonar pesimista, con ese café consolador apenas.
     ¡Cómo se recordó la muerte! ¡Cuántos nombres! Eladio Amaro, Fortunato Rojas, Pedro Tintush. ¡Pero nunca desgraciados!
     —¡Ah, ya se fueron!

     Se sintió la muerte a muerte. Adentro, hasta los tuétanos como angustia; afuera, en los miembros ateridos, como temblor desconocido.

     Ni coca ni aguardiente pudieron esa noche. 

     Desde entonces don Tofe, medio vivo, medio fantasma, allí está.
     —Zurcidor de sombreros —dicen.

     Mientras, verdeciendo, retoña el valle de la gente que habla por hablar:
     —¡Caído, con la cara en el suelo!
     —¡Zurcidor de sombreros viejos!

     Pero nadie sabe lo de nadie. De repente, un día...

(1953) 

   

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