Carlos Thorne
( 1924 )

El viaje

     A las once de la mañana estaba citado con el capitán del Orión y en ese momento eran las nueve pasadas. Tenía tiempo de sobra para ver a su padre y recibir de él su aprobación al viaje. Sin embargo, no sólo era el deseo de contar con esa aprobación lo que lo impulsaba a ver a su padre, sino la esperanza de escuchar una clara voz de aliento que fuera el estímulo necesario para cumplir sin reparos esa decisión suya, cuya importancia y trascendencia no dejaban de amedrentarlo. Gaviria se dirigió entonces, con paso rápido, hacia la Colmena, por una calle estrecha y casi desierta, y cuando llegó a ella, a la untuosa tranquilidad de la otra calle, se sucedió el tumulto de la ancha avenida, que comenzaba a henchirse de voces, de chirridos de tranvías, de súbitas frenadas de automóviles, pero emergiendo aún en la opacidad de la mañana, mustia e invadida de un bullicio y actividad congelados e inertes. Cruzó la calzada con un automatismo del cual no se dio exacta cuenta y después de avanzar dos cuadras, sumido en sus preocupaciones, se detuvo ante una puerta de color ocre, que abrió sin titubear, penetrando en una sala pequeña y limpia, donde un hombre de edad avanzada, montado en un sillón de cuero y vestido con una gruesa bata de lana, leía un diario.
     —¡Buenos días, papá! —saludó.

     El anciano volvió el rostro hacia su hijo y exclamó, sin preámbulos —¡Cómo, tú por acá, tan temprano! ¿No has ido a trabajar? Luego dobló el diario y adoptando su cara enjuta, de mejillas flácidas y ojos pequeños, duros, de un matiz acerado, una expresión interrogativa, siguió mirando a su hijo.

     Gaviria, parado junto a su padre, dudó unos segundos antes de hablar. Sentía una aversión repentina a exponer, sin rodeos, el motivo de su visita.
     —¡Bueno! He venido a verte para decirte que he resuelto embarcarme en el «Orión», como sobrecargo. Mi empleo en la Compañía lo he abandonado ya y en el buque ganaré lo suficiente para mandarle dinero a Luisa y a mi hijo. Además, los primeros meses podrán ir tirando con la indemnización que he recibido de la Compañía—. No bien terminó de hablar, Gaviria se dejó caer en un sillón y aguardó.

     Su padre no dijo nada de inmediato. Un estupor desvaído aureolaba, imperceptiblemente su frente, en la que dos viejas arrugas se pronunciaban tensas, tenaces, con un repulsivo color violáceo. Pero a su estupor reemplazó una serenidad de ánimo, contenida, nerviosa, que insinuó en sus labios una sonrisa fría, irónica casi.
     —Así que te embarcas —dije— y dejas todo, tu empleo seguro, donde estabas a punto de labrarte un porvenir, tu mujer, tu hijo, la tranquilidad económica. No te comprendo. De pronto te comportas de un modo insensato y rechazas la oportunidad de triunfar. Desertas de la lucha por éxito ¡cobardemente! ¡Es estúpido! 

      El silencio pareció cobijar estas palabras del anciano. Dentro de la habitación por un instante todo ruido perceptible cesó y una atmósfera de desconcierto, sutil y pegajosa como una lava invisible y ardiente, los envolvió sobrecogiéndolos de una ansiosa espera sin objeto preciso, flotando incierta, uniéndose y fortaleciendo esa atmósfera.

     Gaviria se pasó la mano por la cabeza. Sentía que un calor intenso la abrasaba y pensó, sin asomo de duda, que el empleo al cual había renunciado no le gustaba ni satisfacía. Hacer números, escribir cartas, recibir órdenes y permanecer durante ocho horas sentado en una oficina, pendiente del precio de ciertos artículos y de su demanda incesante, era una tarea absurda que no podía ni debía importar al mundo ni torcer el verdadero destino de los hombres.
     —Sé muy bien lo que hago —dijo—. Sobre todo tengo pleno derecho a escoger la vida que me plazca. Durante muchos años no hice otra cosa que cumplir el papel que tú me habías asignado. Jamás, por indiferencia o por desconfianza hacia mí mismo, me rebelé contra ninguna decisión tuya. Sin embargo, comprendo ahora que hice mal y que a mí, sólo a mí, me incumbe destruirme o salvarme.
     —Esas son palabrerías sin base. En la vida hay que trazarse una línea y llegar hasta el final. Tú no sabes aún lo que deseas. Sueñas como un niño y quieres jugar a la aventura, al desorden, a las grandes pasiones. No quieres confesarte a ti mismo que eres como los demás y que igual que ellos no te queda otra cosa sino ambicionar la seguridad, el bienestar, el dinero y todos los placeres que éste proporciona.

     De nuevo se interpuso entre ellos la misma pausa de silencio de momentos antes, turbada a veces por algún ruido familiar venido desde la calle, por la respiración excitada del anciano, por el roce de la manga del saco de Gaviria en el brazo del sillón. Sin embargo, ahora era menos inquietante aunque más sórdido.

     Gaviria se sintió invadido de un intenso desaliento como si careciese de fe en su propio porvenir; experimentaba la necesidad de descubrir algún obstáculo insalvable que lo librase de esa decisión suya de embarcarse que comenzaba a angustiarlo. Tal vez fueran las palabras de su padre las que sembraban en su espíritu una vieja desconfianza y un in- cierto y tumultuoso temor por su porvenir. Era inaudito, de pronto, cuando se creía más fortalecido en su idea de partir, una timidez y vacilación invencibles paralizaban su voluntad y aniquilaban su optimismo, haciéndole parecer inútil su rebelión frente a algo que poseía el engañoso pero plácido sabor de la rutina, de lo conocido y previsto. No en vano gravitaba sobre él todo un pasado gris, en el cual no existió jamás el más mínimo suceso que alterara sus costumbres burguesas; su existencia había tenido un curso recto los años de su juventud, repitiendo celosamente los mismos actos; los eternos paseos de los domingos; las eternas idas a los cines y a los salones de té; las eternas visitas a los amigos y parientes; las eternas sonrisas de falsa amistad; las eternas preguntas sobre el estado del tiempo y la abundancia de la lluvia; las eternas charlas acerca del alza del dólar, del precio de las mercaderías, del estado de los negocios, de los partidos de fútbol y de las carreras de caballos; las eternas crepitaciones de su instinto y las cortas, furtivas expansiones de su lujuria.  Todo eso pesaba secretamente sobre su alma, enervándolo como el perfume insidioso de una droga. Entonces, con avidez, dijo:
     —¿Te parece que cometo una locura al embarcarme y dejar todo lo que tengo aquí?

     Su padre al oír estas palabras se estremeció de satisfacción. Comprendió que estaba a punto de convencer a  su hijo. Y escondiendo esa satisfacción en una máscara de imperturbable prudencia, habló ahora en un tono apremiante y dulce.
     —Si no te gusta el trabajo que actualmente tienes pienso que es sólo un medio para alcanzar una posición. Yo creo que nadie en tu caso lo abandonaría para ir a recorrer el mundo como empleado de un buque, ganando apenas para vivir, sobre todo si tiene uno mujer y un hijo, cuyo porvenir debe interesarle, —y contrayendo la boca continuó—. Sé razonable. Yo quiero verte triunfar. Arregla tu situación en la Compañía y sigue trabajando en ella; allí tienes porvenir.

     Mi porvenir, pensó Gaviria. ¿Pero cuál es mi porvenir?, se preguntó, con una creciente ira, experimentando el deseo de levantarse de su asiento y huir de la habitación, de la pre-sencia de su padre, de sí mismo, para refugiarse en el bulli- cio de la calle y sepultar entre la multitud anónima su rostro, sus indecisiones, su indolencia y su voluntad de liberación. Y cuando una mosca comenzó a zumbar a su alrededor escuchó el vuelo del insecto con insensato placer, porque le distraía de golpe del análisis de su propia alma. Y con una atención febril buscó a ese pequeño ser que también como él palpitaba de vida, fiel a sus impulsos primarios, sin padecer ninguna confesión de su propia alma, errante por los espacios, portador infatigable de la repugnancia y de invisibles gérmenes destructores. La mosca se posó sobre el marco de una vieja fotografía de su familia y luego reanudó su vuelo, perdiéndose en algún rincón de la pieza. Gaviria entonces trasladó su atención a esa fotografía en la que se veía a sí mismo en medio de sus padres, con un traje de marinero y una sonrisa dotando a su rostro de una alegría sincera. Esa era su infancia. ¡Cuán distinta le pareció de su vida actual! En aquella época lejana sí creía en la belleza del mundo, en una dicha obstinada aguardándole en alguna parte y fácilmente asequible cuando alcanzara la juventud. Pero los años transcurrieron activos y dolorosos, sin secundar ningún anhelo intenso de su alma, ninguna pasión, ningún odio verdadero e innoble, ningún amor frenético y total, ninguna ilusión fecunda, colmándolo en cambio de un implacable desaliento. Y fue la evocación de su infancia lo que lo hizo percibir con mayor nitidez y fuerza la despiadada hostilidad de esa realidad que lo envolvía sin sosiego, pronta siempre a ejercitar oscuras venganzas contra todos y contra él mismo, débil y arrepentido protagonista de un viaje que se deshacía en escombros en ese instante, mientras auscultaba el desembozado fluir de su sangre por sus venas, encogido en el sillón, frente a la mirada curiosa, solícita y ansiosa de su padre, quien extrañado por su silencio, movía ante él las manos en un balbuceo de gestos confusos y amables.
     —¡Mira, papá! —exclamó Gaviria— creo que estás en lo cierto. Iba a continuar cuando el timbre de la puerta comenzó a sonar con una horrible estridencia, desconcertándolo. Mecánicamente se dirigió a abrir la puerta y se encontró cara a cara con su mujer. Ésta entró sin decir nada, caminando a pasitos cortos dentro de la habitación hasta detenerse delante del padre de Gaviria y decir con una voz seca y dura:
     —¿Sabe Ud. ya la novedad? Miguel se nos va, abandonándonos a todos. Luego volvió sobre sus pasos y enfrentó a Miguel. Su cuerpo al desplazarse tuvo una gracia ausente, una elasticidad frustrada, emergiendo bajo el abrigo de paño, tenso, rígido, como si un incendio vasto e incalculable lo petrificara.
     —¡Aquí estoy! Miguel —dijo—. no esperabas verme. Pues bien he venido para saber qué piensas hacer con tu vida y con la de tu familia. Habla. Te escucho —concluyó imperiosa.

     Pero Gaviria se mantuvo tieso y serio, parado a pocos pasos de su mujer. Comprendía que había llegado a una decisión y que para terminar ese diálogo debía manifestarla de una vez. Sin embargo, deseó con una repentina impaciencia ver crecer la exaltación de su mujer hasta los límites intensos de una forma del odio. No sabría explicarse el motivo de esa abyecta apetencia. Sólo tenía una noción vaga de que ante él su mujer estaba representando un drama cuya trivialidad no lograba percibir, pese a su convicción de que esta trivialidad existía ciertamente en esa escena que se desarrollaba ante sus ojos, con un ritmo casi teatral.

     Su mujer se frotó el pecho con ambas manos, como si un dolor inmenso la devorase por dentro y esos gestos bastasen para calmar su sufrimiento. Luego exclamó con sincero rencor:
     —Yo sé cual es el verdadero motivo de tu viaje. Hay detrás de él una mujer y lo que tú quieres es abandonarme para irte con ella.
     —Una mujer —prorrumpió el padre de Gaviria y agregó— ¿Cómo lo sabes?
     —Me lo dice el corazón —tornó a decir ella.
     —Eso no es suficiente. Hay que tener pruebas —bramó el padre de Gaviria, con inusitada violencia. Y agregó —Miguel ya no se va. Lo que Ud. dice es estúpido.

     ¡Estúpido!, repitió su nuera al mismo tiempo que clavó ahora sus ojos en los de Gaviria, con una persistencia dolorosa y absurda, exigiendo muda y codiciosamente con el fulgor cansado de los mismos que aquél expresara de una vez por todas y a viva voz su adhesión a esas ideas que regían la vida y que desde el fondo oscuro y ruin de su conciencia siempre nombró con una reiteración insana y a la vez henchida de cordura: Deber, Virtud, Responsabilidad, Buen Juicio.

     Pero Gaviria se zafó de esa mirada que pretendía destruir en él, para siempre, todo impulso noble o valeroso que le permitiera rebelarse contra esa conformidad vital en la cual naufragaban quietamente sus pasiones, chapoteando como moluscos en un océano de arena, dura, minúscula y taimada. Su mente estaba vacía y en su intento de concentrarse se miró los pies, examinando con la rapidez de un relámpago sus zapatos. Los vio limpios, como si fueran los símbolos vivientes de un orden apacible, dentro del cual debería irremisiblemente sentirse cómodo y tuvo vergüenza. Después levantó la vista y la posó sobre los rostros rígidos de los seres que más amaba, sintiéndose extraños a ellos, desligado de todo afecto filial o amoroso, de todo cariño entrañable, lamentablemente solo y dueño únicamente de su propia alma, y de su propio y desvalido destino, pero a punto de traicionarlos.

     Sin embargo, su vieja y antigua vocación de viajar a la vez que no le desembarazaba de su vergüenza, lo empujaba a liberarse de ese cerco de servil sumisión que su padre y su mujer construían y reforzaban incansable y tenazmente en torno suyo. Y tuvo la impresión de que era fácil realizar un acto que le justificara ante sí mismo y sin pretenderlo casi, igual que un movimiento inconsciente y automático nos salva a veces del peligro invisible que nos acechaba, comenzó a decir, oyéndose con estupor:
     —Por fin los comprendo a Uds. Son un par de mezquinos. Sólo poseen ambiciones tan ruines, tan simples que nunca podrán servir para dotar a mi existencia de su verdadero sentido. Y mi existencia quiero padecerla sin trabas ni prejuicios estúpidos; sin destruir en mí los impulsos que me salvan, abominando de toda preocupación por el lucro, pero colmado siempre de pasiones obstinadas que me hagan menos bueno, menos santo pero más humano. Basta de recetas para, ser un buen hijo, un buen marido, por una impalpable garúa, pensó que su viaje no lo conduciría a un escenario nuevo, donde sus actos cobrasen el valor y la belleza que anhelaba para ellos; que nada lo haría escapar a su sórdido destino; que en cualquier parte, que en cualquier ciudad estaría siempre en perpetua lucha contra la hostilidad de los hombres, contra las viejas ideas que organizaban a su capricho esa sociedad a la cual por desgracia pertenecía; que tendría que sufrir en su propia carne el afán de lucro de los otros y de él mismo, para sobrevivir, y ambicionar, también, algún día, la seguridad, el bienestar, el dinero, aunque los odiase con todas las fuerzas secretas de su alma. Él estaba dentro de un engranaje, era una pieza más, aunque se rebelase. Y se dijo que únicamente su decisión de embarcarse tenía sentido, lo hacía más fuerte, un solitario, y lo reconciliaba con su pasado estéril y con el incierto porvenir.

(1955)

   

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