Sebastián Salazar Bondy 
( 1924 - 1965 )

Volver al pasado

     De pronto, como si obedeciera a la imperiosa voz de una superior voluntad, descendió del tranvía que aquel lunes, como todos los demás días de ese año y el anterior, la llevaba de la Estación Marsano a Colmena Izquierda y de Colmena Izquierda a la Estación Marsano. Una vez en tierra, todo fue sencillo. Se sintió libre, alegre, sin preocupaciones. Cuando pensó en la multa que merecería su ausencia en la oficina —“¡Think!’, rezaba un brillante cartel fijado en una pared de la sala principal—, eliminó todo posible remordimiento prometiéndose preparar una disculpa eficaz sin precisar por el momento cuál. Eso no le importaba inmediatamente. Experimentaba la sensación que debe colmar al fugitivo de un penal, al manumiso. El tranvía partió sofocado, chirriante, entonando la monótona melodía de su infatigable regularidad, y ella, satisfecha, lo oyó recomenzar el viaje.

     Cruzó la calzada de prisa e ingresó en La Victoria, oprimida por una dicha triunfante. “Será como volver al pasado, como recuperar el tiempo perdido, ver de nuevo mi calle, mi casa, mi habitación”, proclamaba audaz su alma. De lunes a sábado, durante dos años, al ver pasar ante sus ojos el perfil familiar del antiguo barrio, había soñado con aquella reconquista. No obstante los diez años transcurridos desde la precipitada mudanza a Surquillo, cuando su padre sufriera el primer ataque de apoplejía, reconoció en el aire el aroma del ayer, aquel hálito recóndito que la memoria suele retener del tiempo. Cuando hubo llegado a la Plaza de Armas —las tres de la tarde—, abrió la presión de su pecho, relajó sus músculos contraídos y suspiró intensamente. 

     Vadeó la Avenida Iquitos y continuó hacia su calle, de improviso apresurada e inquieta, como si temiera no hallarla si tardaba. Recorrió las cinco cuadras que la separaban de su destino, bastante vehemente y confusa, sin reparar en las galanterías de los hombres, la mayoría muchachones perezosos que iban y venían sin finalidad.

     Durante esas cinco cuadras recorrió su niñez, de repente interrumpida por el traslado a Surquillo. A la manera de pantallazos sucesivos surgieron las mañanas lluviosas de invierno en que iba al colegio con la chica Suárez, hija de aquellos vecinos rechonchos y felices que comían sopa de “muimuis” y tenían en la sala de su estrecha casa una barrica de aceitunas; los gozosos mediodías en los cuales, sentada al extremo de la mesa presidida por su padre, escuchaba la borrosa conversación de los mayores, la que siempre aludía a gentes y a cosas que no conseguía localizar; las tardes vocingleras, cuando jugaba “ampai” con sus hermanos y los amigos de los alrededores, o competía con las niñas de su edad en las carreras de patines, hasta que el crepúsculo abrumaba de sombras el patizuelo y el olor de la cena inundaba toda la casa con ráfagas de manteca y tomates; las noches apacibles que traían la dulce modorra y el cansancio de todo un día vivido con interés e inocencia. Aquello, era dentro de su remembranza, voces, canciones, caricias, ecos, amores velados, una suerte de cinematógrafo incoherente y turbador. Sin orden y oscuro, dicho universo se apiñaba ante sus ojos, vertiginoso, cautivante.

     Cuando desembocó en su calle, se detuvo. Ahí estaba, no idéntica a su recuerdo, pero sí semejante. Le pareció menos amplia, mas comprobó que sus colores eran más vivos y suntuosos, como si los pobladores de la cuadra presumieran de una holgura que estaba lejos de haber sospechado. La calle era tranquila. Uno que otro automóvil y algún ómnibus des- tartalado rompían la calma. Se dio cuenta de que la encomendería de Lam Si, el chino que reventaba cohetes en las fechas importantes, no estaba ya en la esquina y que en su lugar atendía una botica pulcra y hasta se podía haber dicho elegante. Adrede no quiso mirar en forma particular hacia su casa. Avanzó por la acera sombreada en que se hallaba, las pupilas alertas para no perder ni un solo detalle de aquel mundo renaciente. De improviso, se sintió molesta de su serenidad y trató de remover sus recuerdos relacionando una puerta, una ventana, un zaguán, con algún suceso olvidado. Su prima Eufemia fue la primera imagen que le sobrevino a la memoria. El instante en que, por disputarse unos barquillos, ella le había propinado una bofetada, apareció sencillamente, como un flujo fácil. También la historia del perro rabioso que mordió a un transeúnte y fue abaleado por la policía, ascendió de las tinieblas a la claridad. Se consoló pensando que faltaba la principal de las experiencias, la final y absoluta.

     Al fin llegó a la casa. En realidad, poco había variado ahí en tantos años. Se detuvo en cada trozo de las dos hojas de la pesada puerta de madera y, en una operación premiosa, hizo corresponder la verdad con la fantasía, el sueño con la incontestable certeza que se le revelaba. Y la identificación fue pura como la de un grato despertar.

     Luego no podría explicar cómo fue que tocó el timbre de la casa, pues estaba empujada a realizar movimientos imprevistos y, casi carentes de intención. Lo cierto es que, no bien había reparado en aquel acto, la puerta se abrió tímidamente y tras el espacio que dejó libre apareció un rostro de mujer pálido, ajado y soñoliento. Más que la de quien franquea el paso, la expresión de aquella cara era la de alguien sorprendido a medianoche en el lecho. 

   Con los ojos sin luz, encapotados bajo los sombríos párpados, la desconocida la observó sin interrogarla, paciente y desmayada.
     —Disculpe —dijo incómoda la muchacha—, disculpe por la molestia, pero... —y se contuvo, amedrentada sin  duda por la aparición.
     El rostro de la mujer se reanimó lentamente. Sin mover los labios la invitó a continuar.
     —En esta casa nací, ¿sabe? —prosiguió ella como pudo—; vuelvo después de diez años, y se me ocurrió visitarla.
   
    La desconocida hizo un ademán que bien podía significar que nada le importaba o, en caso contrario, que no entendía una palabra de todo aquello. La joven insistió en su último esfuerzo:
     —Aquí nací... —repitió—, ¿me permitiría usted que mirara la casa por dentro? Es una tontería sentimental, un capricho, pero no creo que tenga nada de malo.
  
    La mujer cerró los ojos un instante, como recapitulando en la historia, y los abrió enseguida con brío.
     —Si hay inconveniente —advirtió la chica—, le pido disculpas...
     Con voz ronca, áspera, uniforme, y acento extranjero, la desconocida dijo decididamente:
     —A esta hora están durmiendo.
     —Bien —respondió la intrusa como procurando invalidar la anterior solicitud—, le ruego que me perdone.
     Antes de que se diera vuelta para retirarse, la otra extendió la mano en actitud de insólita cordialidad.
     —Mire el patio, si quiere —expresó con cierta dulzura.
     —¿El patio?
 
    La mujer desplegó la puerta totalmente. Lo primero que se le reveló a la visitante fue el hecho de que las locetas amarillas habían sido reemplazadas por un burdo piso de cemento y que habían desaparecido las madreselvas que antes trepaban las paredes y se desbordaban copiosas y floridas hacia la vecindad.
     —¡No están las madreselvas! —pensó en voz alta.
     —¿Madreselvas? ¿Había madreselvas aquí?
     —Ahí —señaló con entusiasmo—; ahí había una mata grande. Y añadió: —¿Cuánto tiempo hace que vive usted acá?

     La otra meditó unos segundos y, con evidente inseguridad, contestó:
     —Creo que diez meses...
     
    Sólo en ese momento la muchacha reparó en su interlo-cutora. Era una mujer diminuta y desgreñada, de manos duras y secas, cubierta de los hombros a los pies —calzados éstos con zapatillas ordinarias— por una bata floreada y descolorida. Ya no estaba amodorrada. Sus ojillos se hallaban limpios y en ellos, mortecina, brillaba una leve lumbre de ansiosa curiosidad.
     —¿Siempre es ahí la sala? —preguntó la visitante, más que nada para evitar esa mirada.
     —Sí, siempre —respondió la mujer—. Ese es el salón.
    
   La palabra “salón” fue como un ramalazo. Primero la desconcertó, pero de inmediato despertó dentro de la muchacha una especie de maligna atracción.
     —¿Sala o salón? —inquirió.
     —Le dicen salón, yo no sé.
     —¿Quiénes le dicen salón?
     —Las chicas, todos...
     —¿Qué chicas?
     —Las que trabajan aquí.
     —¿Trabajan? ¿Qué hacen?
  
    De la garganta de la mujer, inesperada, brotó una risa convulsiva. La muchacha experimentó un extraño  temor.
     —¿No sabes qué hacen, no? ¿No sabes qué hacen? No te hagas la señorita, mañosa —gritó la mujer.

    No se le ocurrió nada qué responder. Sintió que la sangre le acudía a la cabeza a borbotones, mientras la otra continuaba hablando, sacudida por acezantes carcajadas: 
     —No te hagas la tonta. ¿Quieres entrar al burdel? ¿Quieres trabajar? Más tarde podrás hablar con la señora. 

    Ahora está durmiendo la siesta. Ven más tarde o espérala. Pasa, pasa, preciosa... —y con vigor la tomó del brazo e intentó arrastrarla hacia el interior.
    
    La muchacha se defendió como pudo. Aunque la mujer tenía fuerza y procedía con convicción, pudo desprenderse y ganar la puerta. Corrió ciega hasta la esquina y allí, sin aliento, se apoyó extenuada. El corazón le golpeaba el pecho y no le permitía coordinar el suceso que había vivido dentro del orden lógico e inteligible de todos los días. Estaba agitada y también presa del pánico. ¿Cuánto tiempo estuvo ahí, la espalda contra la pared, víctima del caos y la inconsciencia? Nunca lo pudo precisar.

    Despacio se fueron aclarando sus ideas e ingresaron en su cauce normal, en tanto que su organismo, como el agua de un estanque que pausada adquiere su nivel, alcanzó el equilibrio. Ya en sí, echó a andar. Al compás de sus pasos, sin apuro, pudo entrever la verdad del hecho del que había sido protagonista.
   
  Su barrio, su calle, su casa, su pasado en suma, adquirieron durante aquella huida otra faz. Todo lo bello se había esfumado, como un perfume arrasado por un viento hostil y hediondo. Los personajes y el escenario límpido de antaño habían sido sustituidos por otros inamistosos y opacos. No divisaba ya en su intimidad la amable latitud añorada, y como muerta a traición quedaba en el fondo de su alma la nostalgia que la impulsara a “volver al pasado”. Al llegar al Paseo de la República se percató de que estaba llorando. Sacó de su cartera un pequeño pañuelo y enjugó sus ojos y sus mejillas, temerosa de que alguien advirtiera su dolor. Trató de adoptar una actitud natural y no se le ocurrió otra cosa que extender el brazo para detener un taxi.

(1954) 

   

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