Emilio Romero
( Puno,1899 - 1993 )

El pututo

     El sol parecía incendiar la pampa. Una vaporación lenta y voluptuosa se desprendía de las charcas hechas por la lluvia donde un centenar de ranas decíanse su estribillo desgarrador y átono. Sobre la moya de un verde exorbitante y abundoso, rumoreaba un rebaño de ovejas blancas como el rebaño de nubes que vagaba en el cielo. Lejos, indiferente y hermosa, una imilla como una figurilla de barro cocido, decoraba el paisaje. Tenía el chullo de lana sobre la cabeza y cayendo en dos alas espesas sobre la espalda. Su viejo chaquetín estaba deshilachado a la altura de sus senos tan erectos, tan durillos, tan morenos, tan increíbles. Luego una faldilla carmesí y la huaraca liada en la cintura.

     Dando una vuelta sobre los talones se habría visto el horizonte cercado de inmensos cerros policromados. Allá había un grupo de casuchas blanquecinas, edificadas sobre las peñas como Nacimientos. En otro, los quinuales maduros eran una pincelada bruno-rojiza, los cebadales amarilleaban con reflejos de oro. Y más lejos, el fecundo papal que crecía verdoso en los negros surcos de la Tierra, floreaba jovialmente bajo un sol maravilloso.

     De repente el silencio solemne de la pampa fue escarnecido con un relincho agudo y prolongado. Y por el camino que culebreaba en los pajonales, aparecieron galopando cuatro jinetes.

     El señor traía un enorme poncho de vicuña y guarapón de hilo. Por tras él estaban en unos caballejos castaños, lanosos y trotones, tres indios con las piernas cubiertas de gruesas ccarabotas. La imilla entonces atendió al rebaño y desliando la huaraca la hizo silbar dándola cien vueltas en círculo con el brazo en alto. Las ovejas se inquietaron. Llegados que fueron, el señor desmontó y los indios también.

     —A ver el recuento…

     Al rugido del señor uno de los indios, el más andrajoso, ordenó a la imilla conducir el rebaño a un cercado próximo. Todos caminaban en silencio y en la cara del indio andrajoso que era llamado Domingo, había un desganador gesto de tristeza. La imilla parecía no comprender nada. Comenzaron el recuento. Las maltonas, los anejos, las madres, las urhuas, salían por un estrecho hueco del cercado, oprimiéndose unas a otras, saltando y estrechándose con angustia hasta balar de dolor. Los indios los arreaban dentro del cerco, hacia el hueco, y los otros por fuera con el ojo vivo sobre el portín contaban los ganados que al ver otra vez la pampa inmensa brincaban gozosos…

     —¿Qué has hecho de tres anejos, Domingo?
     —Tata, se han muerto…
     —¡Han muerto! Esta es la respuesta de siempre, ¡indios ladrones! ¡Ya no hay paciencia, caray! A ver mándate cambiar hoy mismo, indio canalla…
     —Tatay…
     —A ver Pascual, toma este cargo desde hoy…
Domingo guardó silencio un momento y después con el acento aún más lleno de amargura, llamó:
     —¡Imilla!.. ¡Imilla!..
     La imilla que se había alejado otra vez con el rebaño, al oír la llamada de su padre acudió corriendo.
     —Jaku…
     —Tata.
     —¡Vamos, te digo!.. La imilla bajó la cabeza, mientras tanto, el señor partía con los demás al galope.

     Cuando la imilla vio a Pascuala tirar piedras al rebaño para llevárselo a su cabaña, sintió que el sol tan quemante le achicharraba el corazón.
     Preguntó tristemente:
     —Tata, ¿nos han quitado el rebaño?..

     El indio no respondió, pero tenía en sus labios una maldición. Después dijo: No haz de llorar imilla. No se llora al Sol…

     Y corrieron por la pampa. Caminaron en el día y de repente llegó la noche. Estaban al pie de un inmenso cerro peñascoso. Subieron oteando la atmósfera como pumas furiosos. Cuando llegaron a un lugar elevado, Domingo sacó debajo del poncho un cuerno de vaca con la punta cortada y dijo:

     —Imilla, ahora puedes llorar… Pero el pututo con ese ¡hu!, ¡húúú!, tan amargo, tan lúgubre, tan vengativo, lloró desesperadamente en la noche, y la imilla también lloró…

(1934)

   

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