Edgardo Rivera Martínez
( Jauja, 1935 )

Ángel de Ocangate

     Quién soy sino apagada sombra en el atrio de una capilla en ruinas, en medio de una puna inmensa. Por instantes silba el viento, pero después regresa todo a su quietud. Hora incierta, gris, al pie de ese agrietado imafronte. En ella es más ansioso y febril mi soliloquio. Y cuán extraña mi figura —ave, ave negra, que inmóvil reflexiona—. Esclavina de paño y seda sobre los hombros, tan gastada, y, sin embargo, espléndida. Sombrero de abolido plumaje, y jubón camisa de lienzo y blondas. Exornado tahalí. Todo en harapos y tan absurdo. ¿Cómo no habían de asombrarse los que por primera vez me vieron? ¿Cómo no iban a pensar en un danzante que andaba extraviado por la meseta? Decían, en la lengua de sus ayllus: “¿Quién será? ¿De qué baile será el ropaje? ¿Dónde habrá danzado?” Y los que se topaban conmigo me preguntaban: “¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu pueblo?” Y como yo callaba y advertían el raro fulgor de mis pupilas, y mi abstraimiento, mi melancolía, acabaron por considerar que había perdido el juicio y la memoria, quizás por el frenesí de la danza misma en que había participado. Y comentaban: “No recuerda ya ni a su padre ni a su madre, ni la tierra donde vino al mundo. Y nadie tal vez lo busca...” Se santiguaban las ancianas al verme, y las muchachas se lamentaban: “Joven y hermoso es, y tan triste...” Y así, por obra de esa supuesta insania, y de mi gravedad, de mi apariencia, se acrecentó la sensación de extrañeza que mi presencia provocaba. Una sensación tan acusada que por fuerza excluyó toda posibilidad de burla. Hubo incluso pastores que, movidos por un temor mágico, ponían a mi alcance bolsitas de coca, en calidad de ofrenda. Y como nadie me oyó hablar nunca ni articular siquiera un monosílabo, se concluyó que había perdido también el uso de la palabra. Era comprensible tal pensamiento pues sólo a mí mismo me dirijo, en una fluencia razonada que no se traduce ni en el más leve movimiento de mis labios. Sólo a mí, en una continuidad silenciosa ya que una tenaz resistencia interna me impide toda forma de comunicación y todo intento de diálogo. Y así es mejor, sin duda. Sea como fuere esa imagen de forastero enajenado y mudo, que se difundió con gran rapidez, redundó en beneficio de mi libertad, porque no ha habido gobernadores ni varayocs que me detuvieran por deambular como lo hago. Compartían más bien esa mezcla de sorpresa, temor y compasión que experimentaban frente a mí sus paisanos. Sobre unos y otros pesaban, además, creencias ancestrales, por cuya virtud mi “locura” adquiría una dignidad casi sobrenatural. ¡Mi demencia! No me ha incomodado, en ningún momento, el rumor que al respecto se expandió, pero de cuando en cuando me asediaba la duda. ¿Y si a pesar de todo era verdad aquello? ¿Si realmente fui danzante y lo olvidé todo? ¿Si alguna vez tuve un nombre, una casa, una familia? Inquieto, me acercaba a los manantiales y me observaba. Tan cetrino mi rostro, y velado siempre por un halo fúnebre. Idéntico siempre a sí mismo, en su adustez, en su hermetismo. Me contemplaba, y tenía la seguridad de que jamás había desvariado, y de que jamás tampoco fui bailante. Certeza puramente intuitiva, pero no por ello menos vigorosa. Mas entonces, si nunca se extravió mi espíritu, ¿cómo entender la taciturna corriente que me absorbe? ¿Cómo explicar mi atavío y la obstinación con que a él me aferro? ¿Por qué esa vaga desazón ante el lago? No, no podía responder a esas preguntas, y era vano asimismo encontrar una justificación para estas manos tan blancas y este hablar que no es de misti ni de campesino. Y más inútil aún tratar de contestar a la interrogación fundamental: ¿quién soy, entonces? Era como si en un punto indeterminable del pasado hubiese surgido de la nada, vestido ya como estoy, y hablándome, angustiándome. Errante ya, e ignorando juventud, amor, infancia. Encerrado en mí mismo y sin acordarme de un comienzo ni avizorar un fin. Iba, pues, por los caminos y los páramos, sin dormir ni un momento ni hacer alto por más de un día. Absorto en mi monólogo, aunque ayudase a un viajero bajo la lluvia, a una mujer con sus hijos, a un pongo moribundo. Concurrí a los pueblos en fiesta y escuché con temerosa esperanza la música de las quenas y los sicuris, y miré una tras otra las cuadrillas, sobre todo las que venían de muy lejos, y en especial de Copacabana, de Oruro, de Zepita, de Combapata. Me conmovían sus interpretaciones, mas no reconocí jamás una cadencia ni hallé un atuendo que se asemejara al mío. Transcurrieron así los meses y los años, y todo habría continuado de esa manera si el azar —¿el azar, realmente?— no me hubiera conducido al tambo de Raurac. No había nadie sino un hombre viejo, que me observó con atención. Me habló de pronto y dijo, en un quechua que me pareció muy antiguo: “Eres el bailante sin memoria. Eres él, y hace mucho tiempo que caminas. Anda a la capilla de la Santa Cruz, en la pampa de Ocongate. ¡Anda y mira!” Tomé nota de su insistencia, y a la mañana siguiente, muy temprano, me puse en marcha. Y así, al cabo de tres jornadas, llegué a este santuario abandonado, del que apenas si quedan la fachada y los pilares. Vine al atrio, y a poco mis ojos se posaron en el friso aquel, entre los arcos. Allí, en la losa quebrada otrora por el rayo, hay cuatro figuras en relieve. Cuatro figuras de danzantes. Visten esclavina, jubón, sombrero de plumas, tahalí, botas. Y no representan devotos ni santos, sino ángeles, como los que aparecen en los cuadros de Pomata y del Cuzco. Son cuatro, mas el último fue alcanzado por la centella y sólo quedan el contorno de su cuerpo y las líneas de las alas y el plumaje. Cuatro ángeles, al pie de esa floración de hojas, arabescos, frutos. ¿Qué baile es el que danzan? ¿Qué música la que siguen? ¿Es un acto de celebración y de alegría? Los contemplo, en el silencio glacial y terrible de este sitio, y me detengo en la silueta vacía del ausente. Cierro después los ojos. Sí, sombra soy, apagada sombra. Y ave, ave negra que no sabrá nunca la razón de su caída. En silencio, siempre, y sin término la soledad, el crepúsculo, el exilio...

(1979) 

   

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