Estuardo Núñez
( Lima, 1908 )

El malecón

     El malecón se me presentó de improviso. Estaba tendido, dormitaba. Porque él sólo se sobresalta cuando el policía, de hora en hora, en la noche, hace la ronda. Siempre se me han quejado los malecones de ser interrumpidos en su sueño. Los enamorados son demasiado leves, silenciosos y no los molestan. Se hacen, efectivamente, imperceptibles para el malecón, pero no para las malas lenguas del barrio. Además, los malecones son una invitación al suicidio. Es una invitación muy clandestina que hacen, burlando al policía. Y cuando uno no quiere quitarse la vida puede suicidar su propia pena, su tristeza y su soledad. Cuando no se tiene nada que matar no se va al malecón. Los enamorados, quieran o no, van a matar su amor. El que no está enamorado es el único que todavía no lo ha muerto.

                                                                        * * *

     Una noche el malecón desapareció. El policía en su ronda constató el hecho y, gravemente, lo apuntó en su parte: “A la ronda de tres de la madrugada, el malecón equis ha desaparecido. Mis investigaciones al respecto, fueron infructuosas.”

     A la mañana siguiente, las gentes alborotadas del barrio atrajeron a todo el balneario. En el lugar que antes ocupara el malecón se habían diseminado las casas vecinas. Los propietarios medían sus áreas y constataban notables aumentos. Se sobaban las manos de contento. Los hombres hacían muecas de escepticismo. Las viejas se santiguaban y decían que eran cosas del diablo. Y así se habló mucho y se comentó. Pasó una semana, pasó un mes, un año. Pero el asunto no se olvidó. Y cuando llegaba un forastero, los lugareños lo llevaban de la mano y le enseñaban.

     —Vea usted el malecón.

     El forastero miraba a un lado y a otro, o, incluso, al cielo y se quedaba como abobado. Si no sabía castellano, sacaba su vocabulario y buscaba otra significación para la palabra. Entonces le explicaban la historia del malecón desaparecido. El forastero si era inglés, la apuntaba en su cartera. Si era alemán, se reía creyéndola un chiste.

                                                                        * * *

     Un día a alguien se le ocurrió decir que la Foundation había hecho desaparecer el malecón en una noche y que en su área había diseminado las casas vecinas. Y todos, desde entonces, repiten así la historia, porque nadie cree en el poder de lo sobrenatural. Los únicos que creen en el malecón desaparecido son los enamorados que no tienen ya donde matar su amor.

(1928) 

   

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