Estuardo Núñez
( Lima, 1908 )


 

Puntos

     El novelista tomaba aire a bocanadas sentado en una banca pública. Tenía entre ceja y ceja un lunar negro con muchos pelos y dos personajes de su presunta próxima novela. Pero el aire no le daba más pensamientos. Y bien que los necesitaba: la única diferencia entre ambos personajes era su sexo distinto. Después, nada.

     De pronto en la lejanía, cerca del mar, apareció un punto negro que él interpretó como quiso. Poco a poco se perfiló un pajarraco negro. Principió a volar amenazantemente a su alrededor, con la insistencia de un zancudo.

     Apreció el peligro y se encerró herméticamente en su departamento, no sin que el pajarraco hubiera querido introducirse.
     
     A la mañana siguiente apenas traspuesto el umbral de su puerta lo vio de nuevo aparecer. Mas ahora, cuando menos lo esperaba, arrojó un rollo de papel y desapareció. La curiosidad sobrecogió al novelista, lo alcanzó y por una punta coligió que fuera un manuscrito. Cortó rápidamente las amarras y se dispuso a leerlo. Efectivamente, era un manuscrito pero que tenía muchos metros de largo. Era, indudablemente, una gran novela.
     
     Pero no acabó de desenvolverlo.
     
     Antes de llegar al extremo, saltó del papel un pájaro plomizo de gran pico y destrozó la cabeza del novelista.

     Así los pájaros se vengaron de la imputación calumniosa que los malos novelistas les hacen de arrojarles   manuscritos de las novelas y cuentos más ruines.

                                                                      * * *

     La casa de las penas tenía la eterna maldición de estar desocupada. Y siempre la desdicha de conocer apenas a sus inquilinos. (Inquilinos estables —muy buena paga— que para la casa no pasaban de ser forasteros de hotel, que vienen para partir y que no han acabado de dormir una noche cuando ya están arreglando las maletas para partir temprano).

     La prisa de estos inquilinos no era la de alcanzar el tren, sino la de que las penas los alcanzaran. Dejaban todo antes que dormir una noche más.

     Y la casa de nuevo quedaba desocupada.

     Un inquilino llegó un día. Traía pocos muebles, pero, dentro de lo poco, un gran reloj alto, de pedestal, que daba unas horas muy graves. El forastero tenía su delirio en oírlo dar las horas con la buena fe y la ilusión con que se oye una ortofónica.

     —Tan… Tan… Tan…

     Después el gran péndulo se encargaba de contar los minutos de la melancolía de su dueño, de haberse quedado solo en el mundo, sin un pariente. Solo con su reloj.

     El reloj comprendía su situación: era regalón. A veces negligía un poco en su labor: se hacía esperar unos minutos para dar la hora, seguro de no tener reconvención. Otras, activaba su cometido y sorprendía a su dueño con sus campanadas adelantadas. Eran medios para no hacerse tedioso.

     El forastero se hospedó con su reloj en la casa de las penas. Le advirtieron y no hizo caso.

     Pero antes de que amaneciese el día siguiente escapaba despavorido del pueblo. Lo había abandonado todo, incluso su reloj.

     Y nadie se alarmó en el pueblo.

                                                                     * * *

     Un temblor, que el profesor Bendani se había olvidado de predecir, sacudió al pueblo esa mañana. Y destruyó, entre otras, la casas de las penas. Todo quedó en escombros. En medio de todo, los habitantes se felicitaron: desaparecía la casa de las penas.

     No tardaron en pasar cerca de ella las cuadrillas de salvamento que venían al pueblo. Y se detuvieron creyendo que habría algún sepultado entre los escombros. Pero no procedieron a la labor. El corazón de la casa todavía palpitaba:

     —Tic-tac… tic-tac…

     Y todos vinieron a escuchar el tic-tac. Y todos comentaban, pero nadie se atrevía a levantar los escombros.

     De pronto, la campana del reloj principió a dar la hora. Fueron doce campanadas más graves y más sonoras que nunca y que estremecieron los escombros.

     Cuando sonó la última campanada, los moradores del pueblo y la cuadrilla de auxilio se encontraban, en su huida, a cinco kilómetros de la casa de las penas.

                                                                     * * *

     Hay Bancos que están perpetuamente visibles al público. De noche encienden todas sus luces y sus empleados dicen que para ahuyentar a los ladrones. ¡Cuánta luz gastan los Bancos! Muchos quiebran por pagar su consumo enorme. Y pobrecitos los que están sin luz.

     Los trasnochadores ebrios que regresan tarde a sus casas, se asustan de los Bancos encendidos a esa hora. Creen que es la casa y que dentro espera la esposa encolerizada.

     Era tarde para la gente del pueblo que se acuesta muy temprano. La Agencia del Banco, como siempre, tenía encendidas todas sus luces. Pasó un transeúnte y las luces como siempre lo atrajeron a mirar adentro. Pero no vio luz solamente. Había también unos hombres que daban vueltas como autómatas.

     —Ladrones!!!!

     Y la gente se agolpó a las puertas y a las ventanas de reja y con vidrios. Veían robar. Primera vez que lo veían con tranquilidad y con maestría. Era un espectáculo magnífico, una demostración pública de robo sin temor a la sanción social.

     La policía los reconoció: no eran ladrones profesionales. Antecedentes ninguno. Y cuando les preguntaron qué pretendían dentro de la oficina, contestaron:

     —Robar luz…

(1928) 

   

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