Manuel Mejía Valera
( Lima, 1925 - México, 1992?)

Una vez por todas

     La poesía tan sólo es ingenio 
redimido por la solemnidad.
Sulfikar Alí

     Nacido en la provincia hacía unos veinte años, Gabriel pronto se adaptó al ambiente de Lima. Su rostro exangüe y su figura mezquina llegaron a ser familiares en El Bar Zela y en El Negro Negro. Glosador, más que plagiario, siempre exhibía pensamientos audaces. Unas veces eran de él, otras, nadie sabía el origen, pero siempre eran pensamientos audaces. Su intemperancia verbal, la temprana calvicie, y unos gruesos lentes, que más que ocultaban, sustituían sus ojos azules, le conferían un aire de perpetuo cinismo. Cierta vez, en que pareció vacilar a la segunda copa, un amigo se burló de él en El Negro Negro:
     —Gabriel se emborracha con muy poco.
     —Incluso me he emborrachado de ti —replicó airado.

     En otra ocasión, en que extravió unos poemas, ante la expectación de todos, Gabriel gritó a los policías:
     —¡Han robado mis poemas! ¡Cierren las fronteras!

     Por cierto que, desdeñados, los poemas estaban sobre una mesa del café. Irritado por la indiferencia de los demás hacia sus escritos, exclamó:
     —Cuando veo a los hombres quiero vivir en lugares oscuros: en el vientre de los insectos, en el envés de las hojas, en el cerebro de alguno de mis semejantes.

     Por excepción se hizo amigo de otro joven poeta, Alberto.
     —Apenas lo vi me invadió un germen de simpatía: tiene una jovial disposición para ser dominado —explicó Gabriel.

     Como todos los viernes en la noche, los jóvenes paseaban por el malecón.
     Alberto inició el diálogo:
     —Mi novia cantaba cuando la conocí; yo estaba bebido y recuerdo que ella se molestó cuando le dije que los mejores momentos de la vida de un hombre están vinculados al licor. ¿No lo crees así?

    Gabriel no se dignó contestar directamente:
    —Algunas personas viven para suicidarse y otras en perenne suicidio. Si alguien me preguntara qué canción recuerdo yo diría que ninguna: los hombres que tenemos historia no tenemos anécdotas. En cuanto a emborracharme, me gustaría hacerlo como los peces, con los tumbos del mar.
     Pasó un tranvía: acompasado, su ruido brotaba de garganta gigantesca. Alberto miró su reloj distraídamente.
     —¿De qué hablamos ahora?
     —Podrías recordar otra de tus anécdotas —dijo Gabriel desdeñoso. 

     Los rodeó una atmósfera tensa. De pronto, conciliador, Gabriel apoyó una mano en el hombro de su amigo:  tenía un aire de ansiosa cordialidad. “Quiere que hable de sus complejos”, dijo entre dientes Alberto.
     —Caminemos, Alberto, la noche está zurcida de fantasmas y necesito olvidarme de ellos.

     Otras veces —invariablemente sucedía lo mismo—, enojado porque no se hablaba de él, Gabriel anunciaba citas con personajes fabulosos, se quejaba de la impuntualidad de ellos, exasperaba a Alberto; se injuriaban; y al final, sumiso y despojado ya de toda mentira, Gabriel lloraba mientras su acompañante se embarcaba en el tranvía de la madrugada. El viernes se concertaban para visitar el mar.

     Alberto empezó su tarea de amigo catalizador:
     —Ya sabes que desde hace algún tiempo vengo analizándote. Eres un Eróstrato, pero un Eróstrato depurado y ennoblecido.
     —Te has equivocado, pero te has equivocado brillante- mente.
     —Los ojos de Gabriel lanzaron destellos de felicidad: comenzaba a ser tema de conversación. Un principio de tranquilidad, acaso cercano a la plenitud, se apoderaba de su espíritu:
     —No soy un Eróstrato. Durante toda mi vida me he debatido entre el agua y el fuego.
     —¿Y por cuál te decidiste? —preguntó Alberto.
     —En el fondo soy un cobarde, creo que me he decidido por el agua tibia.

     El mar proyectaba sombras movedizas: lámparas de arrugada luz. Agradable soledad. A lo lejos creyó ver el vaivén de insólitos trozos de hielo: “Un inmenso cuba libre”, murmuró Alberto.
     —Molesta que el mar esté subordinado a lo femenino. Las marcas, las olas, todo el movimiento del mar depende  de las fases de la Luna. —Gabriel pronunció estas palabras con tono sentencioso: su frase sería recordada.
     —¿Por qué denigrar lo femenino?
     —Yo he conocido mujeres que se entregan por dinero, por un acto de amor o cumpliendo el deber matrimonial. Pero no sé de ninguna que se haya acostado con un hombre por caridad. Hacerlo sería poseer una cualidad masculina.

     “Es la fase preliminar, ahora viene la sorpresa”, pensó Alberto mientras reía de buena gana.

     El aire se alzó con violencia y ambos caminaron bordeando la playa. Gabriel miraba su reloj a cada instante:
     —Me encuentras muy misterioso ¿no? Esta noche unos fabulosos traficantes de drogas me traerán una abundante ración. Si quieres algo compartiré contigo.
     —Claro que no me opongo a probar cocaína. Pero, ¿todavía crees en paraísos artificiales?
     —Son los únicos naturales. Somos poetas, y la poesía es una neurosis de lujo, como la droga, como la danza, una amiga, los viajes, el mar.
     —¿No es una definición poco académica?

     Se encendió el rostro de Gabriel:
     —¡Por supuesto que sí! La mía es una de las inculturas más logradas de Latinoamérica. Cómo repugna el paso de oso de los eruditos. ¡Hay que oírlos cuando dicen: “El sol amanece antes que todos, no pretendamos anteceder al sol!” ¡Imbéciles!

     Ganado por la impaciencia de su amigo, Alberto encendió un cigarrillo y comenzó a contar los minutos crecidos de espera.
     —Ya debieran estar aquí, Alberto. La última vez que los vi, yo estaba totalmente grifo: en el valle de Josafat, desde un montículo de aire veía las concavidades que dejaba cada resurrección. Y quise volverme gusano. Luego, unas jóvenes aparecieron agitándose en un baile frenético; y al final, desde lejos y al ritmo de la música, sosegadas, partieron en busca de más sueños.
     —¿Cómo conociste a los traficantes?
     —No puedes olvidarte de las anécdotas y de las personas. Te gustaría ver a las gentes hasta en el perfil de  un cabello. Es notable tu incapacidad para la abstracción. Los conocí cualquier día en una de las torres de la Catedral. Mientras hablaba con ellos veía el panorama de la ciudad. Veía los trajes, las medias y las sábanas tendidas en las azoteas, los papeles sucios que jugaban a ser cometas alzándose de los tarros de basura: ¡Ah!, el alma de Lima está en sus techos.

     Un coche que rodaba cerca aumentó la expectación al confundirse con el ruido de las olas más lúgubres. Alberto encendió otro cigarrillo:
     —Tengo tanta o más impaciencia que tú porque lleguen tus amigos. ¿Crees que la cocaína me haga ver aquello que me dijiste?
     —Eso depende de cada quien. Algunos ven mujeres desnudas, y eso, si realmente están desnudas. Los más pertinaces ven multiplicada a su propia mujer. En fin, la cosa depende de la mediocridad de cada cual. ¡Las cuatro y media de la mañana! Temo que la policía los haya atrapado y no sabes cuánta necesidad tengo de “la blanca”. Falta la droga y el cuerpo se llena de miedo acurrucado. Entonces uno cae del hastío al hastío.

     Gabriel se quitó los lentes y unas gotas de sudor aparecieron en su cara. “Todos somos feos pero éste abusa”, pensó Alberto.
     —¿Sabes que tengo un hijo, Alberto?

     El otro comenzó a sospechar. Como todos los viernes en la playa, ¿una nueva comedia de Gabriel? Alberto tuvo la sensación de final, de hallarse sin próximo peldaño, como los pacientes dados de alta después de una larga enfermedad, cuando creen que sus hábitos antiguos están ahí, diluidos, agazapados y en acecho, en cualquier sitio de la habitación, aunque los sospechen como silencioso zarpazo en el aire.
     —¿Acaso eres casado? —intencionada, la pregunta debería molestar a Gabriel, precipitar el desenlace.
     —¡Qué torpe eres! El matrimonio no es sino la inteligente alianza de un hombre y una mujer con el propósito de engañar al amante. Y claro, a mí nunca me engañó una mujer; en cambio si muchos maridos no tienen cuernos es por falta de calcio.
     —¿La casada era ella entonces? —Alberto sostuvo la mirada azul vidriosa de su amigo.
     —Siempre con tus declaraciones adocenadas. Así pretendes disfrazarte de ingenuo para ocultar tu estupidez. ¡Y estos batracios que no llegan!
     —¡Esas son frases malas y tuyas!
     —¡Y acerca de ti! —agregó Gabriel.
     —¡Ya me irritaste! Lo cierto es que no tienes el hijo y ni siquiera conoces una mujer, y mucho menos has probado cocaína.

     El malecón estaba desierto, como si el mundo se hubiera ausentado ante la cólera de ellos.
     Fuera de sí, Alberto continuó:
     —Yo soy el único que soporta tu hipo de notoriedad. ¡Pero se acabó! Tu vida es el ritornelo de una farsa. Y lo que escribes tampoco tiene valor: yo no confundo literatura con papel escrito. ¡Quédate esperando a tus amigos imaginarios, pensando en tu hijo imaginario, con el compañero imaginario que memorice tus palabras y te ayude a convertir la arena en cocaína!
     —Perdóname, Alberto. Aunque a veces soy agresivo, te tengo un sólido respeto. No sabes cómo estimo el adarme de sinceridad que me ofreces.

     Cubierto de lágrimas, el rostro de Gabriel se había transformado hasta parecer hermoso.

     Sordo a las súplicas, Alberto fue hacia el tranvía. El tranvía de la madrugada. En el trayecto pensaba: “El viernes habrá que volver a visitar el mar”.

(1960) 

   

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