Glauco Machado 
( 1924 - 1952 )

Locura

     Si cierro los ojos me siento, de pronto, horriblemente solo. Un enfermizo sentimiento de infinita debilidad y abandono oprime mi corazón. Y estoy como caído dentro de mí mismo, indefenso, paralizado de terror en medio del templo vacío y misterioso de mi alma.
     Adivino la presencia, en acecho, de seres que no conozco. Seres que, mientras la conciencia vigila angustiada, fingen ser sombras. Sombras quietas. Seres que se animarán hu-manizándose espantosamente, en cuanto me rinda al sue- ño... Sí, ya lo sé: son mis propios pensamientos, ¡pero qué deformes!.. Seres monstruosos, absurdos, inauditos. Gigantes y enanos, todos contrahechos y feos. Seres con aspecto de asesinos. Prófugos freudianos. Malhechores huidos del fondo subconsciente de mi corazón atormentado. Sombríos, cómicos que en el escenario difluente y fantástico del sueño, reirán broncamente. O llorarán. O gritarán torpes blasfemias, torturándome. ¡Es horrible!
     ¿Cómo no espantarme ante esta fauna de criaturas espeluznantes y deformes? ¿Cómo dormir en paz, cómo? ¡No debo cerrar los ojos!, me repito obsesionado. ¡No debo cerrarlos! Entonces me revuelco en mi celda, desvelado y trémulo, sin atreverme a mirar los rincones obscuros.
     El resto de la noche me la paso escuchando, absorto, el rumor de esa pequeña cascada de minutos y segundos que brota, fría y nítidamente, del reloj.
     ¡Oh, la soledad!
     ¿Qué espejo se habrá roto dentro de mí?
     ¿Habéis quebrado con el dedo, una y otra vez, el líquido cristal de una fuente en quietud? Las imágenes (el cielo, las nubes, los árboles) que antes se reflejaban pura y nítidamente en aquella superficie quieta, se deforman por las ondulaciones del agua. Y ofrecen un cuadro que, naturalmente, no es la reproducción exacta de la realidad.
     Creo que ese es mi caso. La cadavérica mano de la Locura juguetea, caprichosamente, con las aguas de mi pequeña fuente espiritual, agitándolas. Por eso en mi pobre cerebro se deforma, grotescamente reflejada, la imagen de la realidad...
     Ved: ayer permanecí, todo el día, misantrópicamente enjaulado en mi cuarto. No sé por qué misterioso impulso tomé en mis manos la Biblia, dispuesto a calmar mis dementes inquietudes. Dizque la lectura de este profundo libro da paz al espíritu. Y santifica. Y arroja del alma las obscuras nubes que entenebrecen la vida. Y da esperanzas. Y consuela. Nada, pues, más fresco y puro que el agua bendita de esta misteriosa fuente espiritual para aplacar el rigor de mis insanas fiebres.
     Leí. Medité. Me olvidé del mundo. Y ayuné. No quise recibir comidas, nada. El alimento espiritual fortalece más y da alegrías. Tal dice la Biblia, y así lo hice. 
     Ya en la noche, mi tempestad se había aplacado milagrosamente. Entonces, sentí deseos de salir sin rumbo. Quería contemplar la obra de Dios. Estaba seguro de que la portentosa armonía cósmica me hablaría con su lenguaje de amor ilimi-tado.
     Salí.
     Atravesé las calles dormidas. Y llegué a orillas del mar. Allí, el profundo y sereno latido del océano agitó aún más el mundo tumultuoso de mis sueños. Y al compás de la dulce y tranquila sinfonía eternal de lo infinito, me puse a meditar en silencio acerca de Dios...
     ¡Pero fue al regreso de mi filosófico paseo que el ayuno, la fiebre y los abstrusos pensamientos bíblicos empezaron a dejarme sentir sus nefastas consecuencias, alocándome! Sí. ¿Qué fue si no locura aquel extraño suceso?
     Atravesaba una plazuela. Y he aquí, sentado al filo de una banca, casi desdibujado entre las sombras, un extraño viejecillo. Estaba encorvado. Y vestía cortos andrajos. Tan cortos y deshilachados, que dejaban expuestas a la fría intemperie de la noche sus canillas flacas y velludas.
     Me sentí herido de súbita compasión. Aquel anciano vago era, él mismo —con sus barbas sucias, sus carnes arrugadas, y toda la infinita desolación de su mísera figura— era, digo, la vida hecha harapos malolientes, harapos de carne desvelada. Muñeco insomne y desgraciado, de esos que el viento del azar arrastra por entre los muros indiferentes de las ciudades. Brizna de hierba podada, amarillenta ya, ¿qué soplo caprichoso la puso en mi camino aquella noche?
     «Amaos los unos a los otros»... Me senté a su lado.
     El hombrecillo me miró entonces, largamente. Recostó su barbilla sobre el extremo superior de grueso bastón que apretaba entre sus flaquísimas y ateridas piernas, y dijo:
     —¿Te conmueve mi soledad?
     —Señor: nadie está solo. Dios está con nosotros, siempre. Tratad de estar solo: no lo conseguiréis nunca.
     El viejo me miró sorprendido. Era como si mi lenguaje le hubiera impresionado vivamente. Pero su perplejidad duró un segundo. Sonrió. Me enseñó sus dientes podridos. Le brillaron los ojos burlonamente, como si acabara de escuchar una graciosa necedad. Y empezó a estremecerse con una risita sofocada, mordaz:
     —Con que Dios nos acompaña, ¿no?
     No bien hubo repetido socarronamente mis palabras, su cuerpecillo flacuchento se sacudió nuevamente, pero esta vez en una sarcástica e irrefrenable carcajada.
     Quedé confuso, aturdido.
     —¡Oh, perdóname, perdóname! Creo que debo prevenirte: yo soy fósil. Grotesco, ¿verdad? Pero no te  preocupes: la verdad siempre es grotesca... Escucha: Es el hombre el que acompaña a Dios. No lo olvides... Yo lo sé todo, amiguito. Todo. Y por eso te digo: huye de la soledad. Teme a la soledad. Aquel que llegue a sentirse solo, ¡está perdido! La soledad es un mal espantoso. Flor de locura que se abre silenciosamente... ¿Sabes? Ella es el origen de la desgracia universal. Atiéndeme.
     Dios enfermó un día de ese extraño mal. Fue la primera víctima.
     La inmensidad vacía, desolada, infinita, se extendía sin límites. Entonces, Dios era el alma del vacío. Un fantasma cósmico. En toda la Eternidad no se, escuchaba sino el profundo latido de su propio corazón. Era el Gran Solitario.
     Pero lo interminable de su Ser, lo inmenso de su Eternidad, le produjo, al fin, un creciente y enfermizo aburrimiento. Todo era igual. Todo había sido siempre igual. Igual a sí mismo, uno y otro siglo. Dios volvía los ojos atormentados hacia la Inmensidad: ¡abismos horrendos! ¡Oh, la espantosa soledad en que vivía! ¿Habría de quedarse ignorado para siempre? ¿Qué hacer con su profunda sabiduría? ¿ Nadie habría de presenciar, atónito, el espectáculo aterrador de su magia? ¡Oh, nadie, nadie! ¡Estaba solo! Y esta idea empezó a roerle el corazón, y lo  fue trastornando.
     Un día, casi enloquecido, frenético, pobló de universos su inmensa soledad. La llenó de soles, de nebulosas gigantescas. Todo fue inundado de extrañas presencias. ¡Ya no estaría solo! ¡Ya nooo! De sus maravillosas manos rodaron, llameantes, millones de mundos resplandecientes. Su poderosa voz de loco angustiado, hizo vibrar los espacios interminables. Y de aquella portentosa vibración cósmica brotó la luz... ¡Ya no estaría solo! ¡Ya nooo!
¡Pobre ser esquizofrénico, enfermo de soledad! ¿Ves? La soledad es mal espantoso... ¿Qué haces cuando las piezas de un rompecabezas armonizan ya? Quieres resolver otro acertijo. Y otro. Y otro más. ¿Qué intentas con ello? Distraerte. Olvidar algo. Algo que preocupa la mente, que la martiriza. Alguna idea fija, acaso. Bien. Pero un día, maniático ya, serás un miserable loco absorto en rompecabezas cada vez más absurdos y monstruosos... Dios huía de la soledad. Por eso, cuando creó sus muñecos, se aferró desesperadamente a ellos para que no lo vuelvan a dejar solo. ¡Nunca más solo!
     Y así empezó —¡ay, empezó!— Y la comedia, hasta hoy...
     —¿La comedia?, musité desconcertado.
     —Sí. La abominable comedia universal. ¡Ah, rompecabezas cósmico, cada vez más disparatado, en manos de una miserable criatura maniática e insomne! Absorto en su locura, imaginería portentosa y absurda, no termina nunca de complicar el problema humano, el drama universal. ¡Así consigue permanecer olvidado y ausente de su amarga tragedia! ¿Volver a la soledad? Nunca más... Je, je, je... ¡Infeliz! 
     Pero Dios morirá un día. Morirá un día. Morirá, porque Dios no fue siempre Dios, no. Antes de serlo él mismo se sentía un pobre diablo.., y lo era. ¿Dios de quién podía ser entonces, si nadie ni nada existía? ¿Dios de sí mismo? ¡Ah, se hizo Dios cuando creó! Cuando la creación desaparezca, él morirá también. Sí: morirá. Y me dejará en paz. Y ya no sufriré. Ya no.
     El extraño viejo terminó su discurso suspirando con profunda aflicción. Guardó silencio profundo. Y se estuvo quieto. Mas, de pronto, se levantó súbitamente. Apuntó al cielo con su grueso bastón. Lo agitó en remolino amenazador, y empezó a lanzar fieros aullidos:
     —¡Me dejarás en paz, Titiritero Loco! ¡Y ya no sufriré! ¡Ya nooo!..
     Guturales sollozos cortaron esta vez sus gritos. El anciano vago hundió la cabeza entre las manos... ¡Lloraba! Lloraba como un niño abandonado. Indudablemente me hallaba frente a un pobre loco. ¿Quién sería este infeliz? El viento de la noche agitaba sus andrajos desnudándolo casi... Era una miserable figura ante la cual las Musas —por más que admitan bondadosamente lo «feo artístico»— se habrían detenido espantadas...
     —¿Quién eres tú, pobre hombre? —pregunto al fin.
     El demente volvió a mí su congestionado rostro. Me miró profundamente a los ojos... ¡Y sonrió! Luego dijo:
     A mí también me hirió la soledad. Fue hace muchísimo tiempo. Creo que veinte siglos. Me perdí en un desierto, ¿  sabes?..
     Yo era un hombre de clara inteligencia, humilde, tranquilo, bueno. Pero allí en ese desierto, perdí la razón, la paz, todo. 
     ¿En qué extraños pensamientos me encontraba absorto aquel día? ¿Cómo pude extraviar mi camino? ¿Cómo llegué hasta esa espantosa soledad? No lo sé. Pero cuando volví de mi profunda meditación ya estaba perdido, en pleno desierto. Lleno de angustia, caminé días y días, buscando una salida. Todo fue inútil... Después el hambre, la sed, ¡la sed! y la fiebre. Empecé a monologar. Recuerdo se me ocurrían cosas extrañas. Y para defenderme de la soledad, gritaba... ¿Te has atrevido a gritar en un templo vacío? No lo hagas nunca. Es terrible. La voz vuela como murciélago aterrado. A cada aletazo parece que hay ruido aterrador. Pero lo que hace estremecer no es el ruido profano, se quiebra al paso infernal de la voz. Quedarás angustiado. Y arrepentido. Serás como un delincuente consternado tardíamente de su crimen. ¡Ah! es mejor huir entonces. Huir, porque si esperas el regreso de tu voz... ¡ella volverá! ¡Peor para ti! ¿Reconoces tu voz que vuelve de la obscuridad? No. Ya no es tu voz. Es la voz de la soledad. Tu sentencia de muerte, porque ella vendrá a decirte el terrible secreto: ¡No hay nadie en este templo. ¡Estás solo! ¡Solo!..
     Todo lo supe aquella vez.
     Una noche desperté sobresaltado. Un hombre extraño estaba junto a mí. 
     —¿Quieres oro?, me preguntó. Yo tengo riquezas fabulosas...
    Mi lengua estaba reseca, agrietada. La garganta me ardía. No, no quería oro. ¿Por qué me ofrece oro este hombre? Yo tengo sed...
    ¿Queréis poder?, volvió a interrogarme el desconocido.
    —¡Tengo sed!, murmuré débilmente. ¡Sed!
    Entonces sucedió algo prodigioso. Brotó junto a mí mági-camente, una fuente de agua. ¡Agua fresca, transparente! Enloquecido, me lancé a beber. Pero mis manos se hundieron en la arena caliente. ¡No había agua!
     La frente se me desplomó como un cielo ya sin Dios, sobre la arena del desierto. Sentí que todo giraba vertiginosamente, y, una congoja infinita quiso romperme, desde adentro, la débil bóveda de mi pecho. 
     Aquella misma noche corrí sin descanso, buscando la salida. Voces extrañas me llamaban ofreciéndome oro y poder. Pero yo rechazaba todo, porque todo era ficción, espejismo, de mi pobre cerebro trastornado. ¡Nooo!, les contestaba. Y mis gritos eran como jauría de perros ladrando a los fantasmas de la noche. ¡No me dejaría tentar más! Si me detenía, no me levantaría nunca ya. Moriría...
     ¡Debe existir alguna fuente de inagotable agua misteriosa que calme la sed para siempre! ¡Para siempre! Me obsesionaba esta idea. Tengo que encontrar esa fuente, me repetía mil veces. Y así, buscándola, salí del desierto un día. Pero entonces ya no lo supe. Tenía delante de mí, para siempre, la visión del desierto infinito, desolado. Y el mundo se convirtió en un gran desierto donde todos están perdidos, sedientos, locos...
     Salí a los caminos.
     —¡Venid, venid conmigo en busca de la fuente a los hombres! ¡Yo os aplacaré vuestra sed, aunque ella sea infinita!.. ¡Dejad las riquezas, el oro! ¡Despreciad el poder! Todo ello no es sino miserable espejismo. No os dejéis fascinar. Y seguidme...
     Me siguieron algunos. Pero todos al fin me abandonaron, me negaron. Y me dejaron solo, otra vez espantosamente solo. ¡Ah, miserables, bellacos... me escupieron. Me llamaron loco. Y terminé clavado en un madero...
     —¡Cállate!, grité trastornado varias veces.
     Sentí que me desvanecía. Una oleada de sangre turbó mis sentidos.
     —¡Cállate!, volví a gritar al viejo. ¡Fuera, monstruo! ¡Apártate, extraña bestia! ¡Que el diablo cargue contigo!..
     Fue en esos momentos que alguien me tomó del brazo, fuertemente.
     —¿Qué hace aquí solo a estas horas de la noche? ¿Por qué grita?
     Era uno de los dos policías que hacen la ronda nocturna. Pero ambos me tenían sujeto.
     —¿Solo?, pregunté. ¿Solo?
     Volví los ojos angustiados... ¡la banca estaba vacía! ¡No había nadie!
     ¡Oh, la soledad! Flor de locura...
  

   

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