Enrique López Albújar
( 1872 - 1966 )

Dedicatoria a Cuentos Andinos

     A MIS HIJOS

     Hijos míos:
     Estos cuentos fueron escritos en horas de dolor. Un grito de rebeldía de mi conciencia puso mi corazón entre el engranaje de la disciplina judicial y durante noventa días tuve que soportar el suplicio de la trituración y el asqueroso gesto de malicia con que las gentes ven siempre a los que yerran o caen.

     ¿Mi culpa? Una prevaricación. En la alternativa de condenar por una falta (¿por qué delito?) que todos los hombres honrados cometen diariamente, sin perder por ello la estimación pública, y la de absolver, para tranquilizar mi conciencia, no vacilé en apartarme voluntariamente del camino que me indicaba la ley. Preferí ser hombre a ser juez. Preferí desdoblarme para dejar a un lado al juez y hacer que el hombre con sólo un poco de humanismo salvara los fueros del ideal. Y aunque el sentido común —ese escudero importuno de los que llevamos un pedazo de Quijote en el alma— me declamó por varios días sobre los riesgos que iba a correr en la aventura judicial, opté por taparme los oídos y seguir los impulsos del corazón.

     Tal vez os parezca extraño mañana, cuando os deis cuenta de mi aventura, que un juez tenga corazón. Parece que la ley, mejor dicho, nuestra ley, no permite esta clase de entrañas en los encargados de aplicarla. Y es que la ley tiene encima otra ley, más fuerte y más inexorable que ella: la rutina, y ésta, un fiscal, un inquisidor, pronto a entregarla a los esbirros de la transgresión: el precedente.
     
¿Hice bien? Don Quijote diría que sí. Panza diría que no. Vosotros no podéis decir nada todavía; la edad os incapacita para apreciar el valor de mi actitud. Posiblemente cuando llegue ese día, cuando vuestra razón, llena de ese sentido práctico que en la vida lleva fácilmente al triunfo de todas las aspiraciones, se detenga un instante a meditar sobre las bellas locuras de vuestro padre, os estremeceréis al ver cómo una rebeldía suya estuvo a punto de truncar su porvenir y de echaros a perder el pan que oscuramente ganaba para vosotros. Si llegárais a pensar así lo sentiría profundamente; lo sentiría aunque estuviese muerto, porque así acreditaríais que entre vosotros y yo no había existido más vínculo que el del nombre, y que lo más íntimo de mi ser, aquello que lleva en sí todo lo que eleva o rebaja, todo lo que nos hace fuertes ante las tentaciones de la vida, todo lo que nos hace sentirnos realmente hombres, la personalidad, no había sido trasmitida por mi sangre a vuestra sangre.
     Entonces pensaréis como todos, seréis como todos, en un país donde, precisamente, hay que pensar distinto de los demás y gritar las propias ideas para que los sordos del espíritu las escuchen por más rudas o extrañas que sean.
     Sobre este punto podría escribiros un libro; quizá sí debí escribirlo en los amargos días de la suspensión; pero me pareció mejor hacer destilar un poco de miel a mi corazón en vez de acíbar; entregarme a las gratas y ennoblecedoras fruiciones del Arte y no a los arrebatos de la pasión y del desengaño.
     Por eso he venido en hablar en este libro de los hombres y de las cosas, en cuyo medio vivo realizando obra de amor y de bien. Verdad es que he puesto en él mucho de sombrío y de trágico, pero es que el medio en que todo aquello se mueve es así, hijos míos, y yo no he querido sólo inventar, sino volcar en sus páginas cierta faz de la vida de una raza, que si hoy parece ser nuestra vergüenza, ayer fue nuestra gloria y mañana tal vez sea nuestra salvación.
     Y por eso os dedico este libro. Ved en él sólo lo que debéis ver: un esfuerzo de serenidad en medio del sufrimiento. No lo toméis como una lección de experiencia para en las horas de vuestras grandes dudas, de vuestros torturantes conflictos, al recordar la causa que lo originó, os apresuréis a echaros por el fácil camino de la rutina y del acomodo. No; que os sirva para ser irreductibles en el bien, para que cuando el caso lo exija, sepáis tirar el porvenir, por más valioso que sea, a las plantas de vuestra conciencia y de vuestros principios, porque —oídlo bien— el ideal es lo único que dignifica la vida, y los principios, lo único que salva a los pueblos.
     Vuestro padre.   

(1920)
  
ENRIQUE

     

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