Luis León Herrera
( Chiclayo, 1925 )

Animal fantástico indomesticable

     Mi primera característica es ser infinito. Mi segunda característica es ser mitad (carezco de la otra mitad). Y mi tercera y cuarta característica es ser pájaro y hombre a la vez.

     Mi tamaño es bastante regular, a pesar de mi infinitud. Una de mis mayores virtudes es que mi excremento de un día sirve para alimentar a todo un batallón entero durante tres meses nocturnos. Espolvoreado con miel de bisonte norteamericano sirve de postre para los coroneles jefes de ese batallón.

     Si se me aplica trementina mezclada con mentol en una de mis espaldas anteriores esta es capaz de producir rayos de agua. Embriagado puedo tomar la figura de cualquier animal del sexo no opuesto al femenino o de cualquier jefe de estado que es lo mismo.

     Escribo con letras esotéricas y siempre en minúsculas. Estudié abogacía y mi voluntad es bastante nebulosa. Me carteo a veces con las estrellas. Tengo dos bocas carentes de párpados y móviles en grado extremo Mis manos son semihumanas y recubiertas de piel dorada. Mis ojos son azules fosforescentes y estereofónicos. El otro par mira siempre hacia adentro y hacia arriba.

     Uno de mis oídos tiene la singular propiedad de entender el chino pero como con una de mis colas me tapo el otro oído jamás puedo traducir lo que oigo. Carezco de cintura. Al nacer me confundí con mi padre y devoré a mi madre.

     Soy áspero melancólico y lujurioso. Tengo una sola ala con la cual vuelo alrededor de mí mismo. Aterrizo en mi barriga. Tengo cuatro brazos (los cuatro izquierdos) y dos más suplementarios y de una materia análoga al jebe.
 
    Como carezco de rostro jamás río pero sí sonrío con una de mis patas de arriba. Me alimento de hojarascas y de gatos vivos. Mi cabeza es casi humana sólo le falta la nariz la boca los ojos y la frente. Mi lenguaje es una mezcla de toses con gárgaras y de suspiros con eructos. Lloro cuando río. Mi hembra es una mezcla de anfibio con arquitecta.

     Me gusta sembrar vientos, predicar en los desiertos, y uniformarme de subteniente de artillería. Tengo conocimientos rudimentarios de medicina cibernética y de cirugía acrobática. Soy fáustico y entiendo algo de reformas agrarias. No sé inglés ni poner inyecciones pero sí chapurreo el provenzal y sé siete palabras en aymara.

     Mi origen es indudablemente saturnino. Tengo un solo pie y mucha pezuña. Habito en las costas intermedias de Perú. Mi pelo es castaño oscuro y recubierto de escamas. Mi cola es bíblica y tengo hábitos de empresario circense. Vomito a veces palomas narcotizadas y enjauladas de antemano ya.

     Para reproducirme sólo me basta mirarme en un espejo de aumento doble, comer un huevo de gansa muy menor y perforado con primorosa delicadeza y al que se le hayan introducido previamente orines infantiles los que luego sean cubiertos con una sentencia judicial injusta y después empollado durante tres primaveras consecutivas. Una vez nacido mi hijo lo alimento con agua de lavanda. Esta operación la hago el veintinueve de febrero del año que pasó en una madrugada diurno y húmedo a la vez que amorosamente lo acaricio entre mis codos susurrándole suaves canciones de tumba.

     Pongo huevos en ingentes cantidades no industriales mas muy pocos llegan a incubarse, y de esos pocos sólo algunos nacen, y de esos nacidos, ninguno sobrevive, y si alguno sobreviviere me lo devoraría... ¡Ay qué terrible desgracia y qué desatinado destino fatal el mío!

     Como ya lo he dicho anteriormente y lo vuelvo a repetir mi cuerpo es tierno dorado y hueco. Camino para atrás y al revés pues no me importa a donde voy ni de donde vine sino donde estuve aunque jamás estuve en sitio alguno.

     Antes de expirar rezo el padre nuestro al revés y entremezclado con las campanadas del reloj big ben de Londres. Una vez muerto recito jaculatorias en latín. Cuando orino, eructo y digo sí. ¡Curioso no!

     Una vez —pero de eso hace muchos años— (y además eso le acontece a cualquiera menos a mí) tenía tanta hambre y tan abstraído estaba que sin darme cuenta me devoré no una de mis patas como el Catoblepas el animal fantástico ese que cuenta Borges, sino que me comí mis dos patas hasta la altura de los muslos, y cuando me di cuenta de ello ay, ya era muy temprano pues faltaba apenas ocho minutos para la hora undécima.

     Luego me salieron cinco patas y seis manos causa por la cual terminé dando la mano con una de mis patas, con la izquierda del lado derecho. A partir de ese acontecimiento se me creyó marxista. Y lo soy (pero en secreto).

     Tengo cara de mujer, fea, pintada. No sé hablar. Sólo lo hago al despedirme. Y en inglés. God by, digo. A veces en lugar de decir god by digo o key o chau. También suelo decir aleluya y hosanna. En una época solí decir heil Hitler. Actualmente digo jau. Una vez dije (pero solamente una vez) «misión cumplida». Y no había cumplido ninguna misión.

     Más características. Cuando canto ladro pero creo que maúllo cuando en realidad grazno. Cuando veo a un hombre de a verdad me muero de risa arrastrándome en estrepitosas carcajadas.

     He leído íntegramente la Crítica de la Razón Pura de Kant, la Femenología del Espíritu de Hegel, y El Capital de Marx, y no los he entendido. Felizmente.

     Soy mitad hombre y mitad mujer pero no sé cuál mitad corresponde a cuál. Además soy homosexual pero no por lo «sexual» sino por lo «homo» pero eso es lo de menos.

     No sé ni multiplicar ni dividir pero sí restar. Una vez le saqué la raíz cuadrada a la mierda.
     Tengo las orejas al revés. Vivo lejos de Broadway y equidistante de Hollywood pero muy cerca del Wall Street. Envejezco en años pero no en edad. Me alimento sólo de buñuelos, pescado crudo, miel, sangre, leche evaporada, y flores. Tengo piernas de mujer, patas de elefante, cara de suegra mala, cintura de avispa, y espalda de oveja vieja.

     A la hora del crepúsculo se me puede ver andando rítmicamente sobre patines y silbando la última canción de moda y la partida número trece de Juan Sebastián Bach.

     Ah, me olvidaba, tengo el sexo de bronce y el clítoris en la garganta.
     Y para terminar, ahora sí que definitivamente, diré que no soy bueno ni malo sino moreno. Hasta pronto. Salud. Atchis. 
     Amén.

(1986) 

   

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