Carlos E. B. Ledgard
( 1877 - 1953 )

Don Quijote

     Era el único estudiante español que había en la vieja e histórica Universidad de Heidelberg. Era alto, flaco, de pelo negro e hirsuto y andar poco elegante. Se llamaba Diego Javier Hernández y Pelayo, pero sus compañeros, ya por su aspecto físico, ya por su carácter, o por ambas cosas a la vez, llamábamosle Don Quijote.
     ¡Pobre Don Quijote!

     Tenía unas tan peculiares ideas sobre el honor, que todos nosotros, educados en el positivismo del sistema sajón, lo teníamos por loco, o poco menos. Era el paladín de los débiles: por defender a cualquier desconocido era capaz de arrostrar hasta el ridículo de una paliza. El escaso dinero que recibía para sus gastos estaba siempre a la disposición de sus amigos, ¡y cómo abusábamos de él!

     Y luego sus amores. Estaba perdidamente enamorado de Graetchen, la blonda hija del propietario de la cervecería del “León de Oro”, el rendez vous de los estudiantes, y, aunque en las estudiantiles murmuraciones se contaban historietas nada halagüeñas para la pureza de la muchacha, éstas no habían llegado a oídos de Don Quijote, que la tenía por un dechado de virtudes y la rendía el más respetuoso y apasionado culto.

     Nunca se había atrevido a declararle su pasión. Nunca se le había ocurrido hacerle la más ligera broma, como lo hacían sus otros compañeros, bromas que lo herían en lo más íntimo. No: su amor era casto, ideal, la adoraba de lejos, en silencio, y se avergonzaba ante la idea de que ella pudiera adivinar su pasión. Encontraba que no era digno de ella, y soñaba con el día, aún lejano, en que recibiría la anhelada borla de doctor para ir a ofrecérsela humildemente y pedirle su mano. Y si ella era tan bondadosa que le concediera su amor, se irían a España a trabajar para reconstituir su hacienda, para en seguida vivir, tranquilos y dichosos, en el viejo solar de sus antepasados, allá en el fondo de Castilla, donde hay gente que sabe comprender el honor y la hidalguía…

     Fue una tarde, después que salimos de clase… Estábamos en la vieja brauerei, fumando nuestras pipas y bebiendo cerveza, cuando Müller, el estudiante obeso y coloradote, el más perezoso de todos, lanzó una broma hiriente, brutal, respecto a Graetchen.

     La había visto, decía, tarde de la noche en amorosas pláticas con Fritz, el borracho consuetudinario, en la ventana de la taberna, mientras su padre dormía.

     A todos nos extrañó semejante especie, pues, aunque sabíamos que Graetchen era algo ligera, no podíamos creer que tuviera relaciones con Fritz, el individuo más despreciable de Heidelberg.

     Don Quijote, que por primera vez oía hablar de su amada, se levantó de su asiento y, pálido de indignación, pero con la tranquilidad de las personas resueltas, dijo:
     —Señor Müller, habéis ofendido cobardemente a una mujer indefensa: sois un canalla!
     Y se retiró de la reunión.

     En la noche, algo más tranquilo, pero siempre resuelto, fue a buscarme a mi alojamiento y me rogó encarecidamente para que en compañía de Karl Stehr fuera a retar a Müller a un desafío.

     En vano traté de disuadirlo, de hacerle ver que todo era una broma de Müller.
     —No acepto explicaciones —me dijo— debemos batirnos a muerte.

     Por supuesto que Müller se rió muchísimo cuando, esa misma noche, le di cuenta de la visita de Don Quijote. Nombró sus padrinos, y entre todos convinimos en que el duelo sería a pistola, cargando las armas con balas de algodón para que no se hicieran daño. ¡Cómo celebrábamos de antemano la magnífica broma que le íbamos a hacer a Don Quijote!

     Al día siguiente, rivales, padrinos, un viejo doctor amigo nuestro, cuya presencia habíamos solicitado de antemano, y buen número de estudiantes nos hallábamos en el lugar señalado para el lance.

     Müller afectaba una gran seriedad, pero de vez en cuando nos hacía señas con el rabillo del ojo.

     Don Quijote estaba evidentemente emocionado, pero trataba de dominarse. Me entregó una carta para su madre, en España, y otra carta y un anillo para Graetchen, y me estrechó silenciosamente la mano. Confieso que en ese instante sentí un hondo remordimiento por la broma que le estábamos haciendo.

     Medimos gravemente el terreno, cargamos las armas como estaba convenido y colocamos a los combatientes.
     Uno… dos… tres… ¡…!

     Don Quijote vaciló sobre sus piernas y cayó de espaldas.

     Todos creímos que era una farsa de él —¡si eran balas de algodón!— y nos acercamos riendo estrepitosamente.

     Estaba lívido y no respiraba.

     El doctor se acercó también, le tomó el pulso, lo auscultó, le levantó los párpados, y, moviendo gravemente su cabeza blanca, nos dijo:

     —¡Está muerto! Un ataque al corazón… La impresión del lance…
     —¿Y ella?

Ella se escapó al día siguiente con Fritz, el borrachín, y no pude entregarle la carta.
     ¡Pobre Don Quijote!

(1899)

   

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