Juan Gonzalo Rose
( Tacna, 1928 - Lima, 1983 )

La captura

     El patrullero se detuvo frente a la puerta de la Escuela Nocturna. Ya en ella se despertaba ese rumor que precede a la hora de salida. Apagó sus faros y esperó. El silencio de la calle, más intenso bajo la luz de las bombillas, cernióse sobre él, descendiendo sobre la barriga de su techo, aquietándose luego. El silencio tomó la forma del auto, se hizo uno con él.

     La puerta de la escuela se abrió. Un chorro violento de luz, proyectóse en la calzada. La puerta era ancha, pero, como sólo abrían un ala, quedaba estrecha, aunque hubiese quedado estrecha siempre; bandadas de niños, esgrimiendo gritos y ademanes, pugnaban diariamente por cruzarla.

     Al rollizo «Coco» le hacían «pan con pescado» en el momento de salir. Al principio eso lo enojó, pero después aprendió a dar esos codazos que lo hicieron célebre. Desde entonces se colocaba en el centro del tumulto, disparando sus codos a man-salva.

     Empero, esa noche, en lo mejor da la batalla, le pusieron una zancadilla tan oportuna que se vino de bruces sobre el piso; sus cuadernos salieron disparados y él cayó. Otra vez se sintió débil, infeliz, y por encima suyo, cual discos moviéndose a gran velocidad, giraban las risas de sus compañeros, cayendo desde lo alto en su derrota.

     Se formó un círculo en torno de su cuerpo que se arrodilló a dos metros de la puerta. De pronto, un empujón... alguien tropezó con el cuerpo arrodillado, y se vino de bruces. Luego otro y otro... «Coco» reía ahora, diluida su desgracia en la algazara.

     Cuando se pusieron de pie, un guardia cogió a «Torito» por el codo y comenzó a tirarlo con violencia. Estaban ya en la acera de la calle cuando, pasado el instante de sorpresa, se paró súbitamente, negándose a avanzar.
     Los niños, con sus ojillos curiosos y relucientes, rodearon a la pareja.
     —Camina, mocoso— grito el policía. La sangre afluyó a su rostro, extendiendo en su faz un malestar morado.

     Los niños callaron. Se sentían ajenos a la curiosa escena. «Torito» volvió hacia ellos sus ojos pedigüeños, sus miradas barrieron inútilmente los rostros infantiles, y luego se dejó arrastrar hasta el centro de la pista. «Torito» estaba solo con su pequeña vida cogida entre las manos policiales. El guardia respiró satisfecho.

     Pero en ese instante volvió a detenerse, a luchar otra vez. De su propio abandono sacaba fuerzas, y el abandono fiel le respondía.

     Los niños avanzaron; secretamente, sus almas comenzaron a encenderse, a forcejear al lado de su amigo.
     —Mocoso de m... — Al policía la frase le hizo bien, adormeció su conciencia; por ello repitió—: mocoso de m...
     —Un murmullo ciego elevóse del alma de los niños, en un racimo de protestas. Un murmullo que crecía y crecía.
     —¿Por qué se lo llevan?— gritó una voz. Esa interrogación era de todos, y en torno de ella «e apretaron «¿Por qué?.. ¿Por qué?»

     El alma de los niños era una hoguera al rojo. Después vino el silencio. El policía dejó de tirar a su pequeño adversario. Era ese el momento de su triunfo, de su justificación. Dudó... ¿qué diablos tenía que explicar..? En su boca crecía la respuesta, insoportable, pugnando por salir. Aún dudaba. Pero ese silencio chato esperaba en la calle, esperaba por él, por sus palabras. Y sus palabras salieron instruidas y orgullosas:
     —Por ladrón.

     La hoguera silenciosa de los niños crujió. Uno por uno fueron soltando los leños ardientes, en un vencimiento doloroso. Su alma se marchitaba en la calle de esa noche, el alma de los niños se iba empequeñeciendo, derrotada.

     La multitud de hombrecitos quedó deshecha. Aquello que los unía habíase quebrado. Cada uno quedó solo a su vez, cada uno en su propio abandono.

     «Torito» sintió que algo lo abandonaba, algo poderoso y puro, y cedió... unos pasos más, y la portezuela del auto abrióse ante sus ojos, silenciosa... El cholito Ismael infló sus pulmones friolentos, recogió todo ese aire vencido que se cernía sobre la escuela nocturna, cuyas luces comenzaban a apagarse, y gritó:
     —¡Robó porque tenía hambre, pues..!

     Desde todos los vértices de la sombra, desde todos sus pequeños fracasos, el alma de los niños retornó.
La luz, nuevamente, recorría sus cabecitas pensativas, sus corazones tímidos volvieron a encenderse otra vez, y otra vez también, el murmullo alegre de la batalla recomenzada se elevó de sus gargantas hacia el cielo.
     «Torito» se detuvo, las voces de sus amigos lo fijaron al asfalto con raíces de ternura. Después, felizmente, se tiró al suelo en forma sorpresiva. El policía lo cogió de los cabellos, pero el murmullo tenía, sus palabras ahora... «Tenía hambre, pues!»... «¡Tenía hambre, pues!»... Todos tenían en sus ojos el cuerpo del prisionero, cuerpo escuálido, con una enorme cabeza, donde la regla del profesor se ensañaba.

     El otro policía descendió del vehículo. Los gritos combativos bajaron de tono, a la expectativa. Parecieron creer por un instante que el otro agente iba a liberar a su compañero, mas, en vez de eso, lo vieron sacar el palo amenazante.

     Los cabellos de «Torito» se quebraban en los dedos del hombre. Los niños callaron. Su furor sagrado buscaba un arma, a tientas, en la caja mañosa de las palabras hirientes.

     En el instante en que «Torito» se sentía más fuerte, viose levantado en vilo, cual un fardo epiléptico.

     Llegó el grito a tal punto. Fue una voz primero, luego muchas, después todas:
     —¡Patrullero! ¡Pa - tru - lle - ro! ¡ P a t r u l l e r o !

     La palabra en el coro tenía una extraña fuerza de insulto, de liberación, de la rabieta santa que salía disparada, poderosa.

     Las luces del auto se encendieron, se cerró bruscamente su puerta. Soñó el motor callado. Luego la bocina, la bocina chocando contra el gentío infantil, contra el bullicio nervioso de la ira.

     El automóvil pugnaba febrilmente, rodeado de los niños que gritaban.

     Partió atravesando el bosque de amenazas. A la carrera, los niños lo siguieron todavía, y ese grito de insultos atravesaba la sombra, rebotaba en las paredes silenciosas, salía disparado contra el cielo... ¡Patrullero, Patrullero, Patrullerooo..!

     Toda la noche parecía haberse colmado de los niños que aullaban.
     
     El auto se perdió en lo oscuro, devorado por su propia velocidad.
   
    «Coco», con lágrimas en los ojos, seguía gritando con los demás niños, su alma en el alma de ellos, amarrada.

(1952)

   

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