Ventura García Calderón
( 1886 - 1959 )

A la criollita

     “A la criollita, no más”, aseguraba sonriendo aquel poeta limeño desterrado voluntariamente en un rincón de la sierra cuando llegamos al despacho de El Alba Roja. El Alba Roja era su diario, una hoja mal impresa en papel de estraza, que fue, con todo, el mejor periódico y el órgano de los liberales de la comarca. Manuel Junqueira explicaba que se podían contar éstos con los dedos: el boticario, el jefe del Correo, el dueño del único bazar, que lo era también de un bar contiguo. El mismo día de mi llegada a Huaraz bebí doce aperitivos con los doce liberales notorios.

     En contra suya estaban los poderes constituidos: el gobernador, el juez de paz y el cura, sobre todo, un soberbio cura serrano que tenía tantos hijos como haciendas y gobernaba por el doble terror del infierno, en la otra vida, y de una cuchillada de sus acólitos, en ésta.

     “A la criollita, no más”, explicaba el poeta. Todo había sido criollo, su periodismo y su matrimonio con esta lánguida morena de ojos inmensos que no decía palabra. Primero Manuel la vio los domingos, cuando, vestida con anchas y sonoras faldas de percal, venía a misa y a feria: ambas cosas ocurren a las once del día. Era una de esas mozas sentimentales y candorosas que en el fondo de una hacienda peruana viven en espera del novio venido de lejos. Su infancia había sido monótona y gris, como la sierra. Una trasquila de carneros o una doma de potros fueron sus únicas fiestas. Trepaba el chalán al lomo nuevo que no había recibido montura, clavaba sus espuelas nazarenas y por una hora divertía a los hacendados con la prueba tremenda: el potro rezumante que no puede correr porque lleva atada una pata, que camina a saltos bajo el implacable rebenque, rodando al suelo, sudoroso y rendido hasta aceptar, en fin, con la boca blanca de espuma, el pacto humano del bozal y las riendas. Durante un mes se comentaba el lance.

     En tal vida agreste, la llegada de un poeta limeño de melenas rubias que ostentaba por las calles una corbata roja y fundaba un diario impío debía inquietar exquisitamente a todas las mozas de los contornos. Junqueira vio a Inés de lejos, se cruzaron apenas las miradas como en todos los idilios de mi pueblo romántico; pero estaba ya seguro de ser querido y fue a pedirla sin ambages en un lindo caballo de paso. Aquello fue también netamente criollo. Al salón colonial, lleno de filigranas de plata y abanicos dorados, fueron saliendo gentes de luto: los padres, los hermanos de Inés, en vanguardia silenciosa y taimada, sin mirar de frente ni responder sino con evasivas serranas. “Más tarde, señor; podía ser, señor; ya verían, señor.” Pero la moza no volvió a misa y Junqueira comprendió por los chismes locales la imposibilidad del matrimonio con un hereje de Lima que leía los libros de González Prada.

     Cuando yo llegué a Huaraz, la lucha había sido ya larga, la lucha de la juventud liberal con la vejez conservadora. Junqueira, a fuer de poeta, agravó las cosas y nunca fueron más furibundos sus artículos. La novia, entretanto, lloraba en un cuarto de la hacienda, jurando que iba a meterse monja. En aquellos días, por obra y gracia de un misionero descalzo, advirtieron las gentes, y fue milagro patente, que dos lágrimas resbalaban de los ojos del santo Cristo de la iglesia mayor. Entonces Junqueira publicó el relato de un viajero inglés que viera en Lima, en tiempos coloniales, un Cristo de la Inquisición que abría y cerraba los ojos frente al reo, para turbarlo. Un familiar oculto tras de la efigie hacía girar los santos párpados como los de una muñeca.

     Esto era sólo verdad histórica, pero durante una mañana entera la procesión de desagravio circuló por las calles de Huaraz. Comenzaba el poeta a ser una gloria local. Su prestigio romántico favorecía sus andanzas.
     Una tarde, disfrazado de pastor de llamas, pintado el rostro de ocre, fue conduciendo su rebaño hasta la casa de la hacienda, en donde nadie, sino la novia, sospechó el ardid. El idilio comenzaba así, románticamente. Él iba cada semana a tocar la quena en las cercanías de la hacienda e Inés acudía como una Sulamita criolla, desfalleciente de amor, resignada a aceptar la suerte de todas las novias de la comarca que tienen padres severos. Una noche vino a caballo, un caballo que tenía amarrados a los cascos jirones de poncho para que su paso fuera silencioso. Se la robó llevándola en las ancas, sólo vestida con su camisa de dormir.

     Aquello fue un escándalo, habitual si puede decirse, el rapto de cada día que no ofende la moral ni el honor de las mujeres si ello acaba después, como tantas veces, en un matrimonio fastuoso, con el perdón de lo pasado. Sólo que Junqueira no aceptaba las leyes de la Iglesia y habló de un matrimonio civil, que es una ofensa pública al Señor. El domingo, después de misa, el cura hizo quemar los números de El Alba Roja, que estaban pervirtiendo a la provincia con sus doctrinas ateas y diabólicas.

     El poeta de Lima comenzó a ser entonces el enemigo del pueblo. Yo estaba allí cuando le quemaron en efigie: un muñeco de estopa vestido de levita, que vimos arder desde los balcones de El Alba Roja, mientras Junqueira se reía, ufano de su revólver, azotándose las botas con el chicotillo de junco. En el salón su pobre compañera suplicaba:

     —¡Que no te vean, Manuel! Son capaces de una atrocidad. Tú no los conoces.
     —No tengas miedo, hijita. ¡Vénganme a mí con muñecos de estopa!

     Al día siguiente vimos desfilar por la plaza a la familia de Inés, a caballo, vestida de negro. Iban a casa del cura. Se persignaron al cruzar por la plaza como delante del cementerio nocturno donde hay almas en pena que salen suspirando. El poeta publicó un artículo vengador sobre aquel desfile, y cuando me marché del pueblo para seguir buscando minas de plata, Junqueira me acompañó hasta las afueras:

     —A la criollita, no más, compañero. Ya verá cómo los voy a domar con este látigo.

                                                                   * * *

     Pocos días después, a las dos de la mañana, un grupo de enmascarados destrozó las puertas de El Alba Roja, que era la casa del poeta, y con doce tiros en la cabeza le dejaron por muerto, mientras amarraban en la silla de amazona a su esposa, que gemía desgarradoramente. “A la criollita, no más.” No puedo recordar la frase sin estremecerme.

     El liberalismo de la provincia quedó muerto con la cabeza acribillada, e Inés ha de ser ahora una de esas mujeres prematuramente viejas, vestidas de luto riguroso, que vienen en las tardes de trisagio y novena a gimotear a los pies de aquel Cristo que tiene llagas moradas en las palmas y llora de verdad como los hombres.

(1924) 

 

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