Fernando Romero
( Lima, 1905 )

El abrazo

     “¡Lo que brillan las metralladoooras!”, se dice Panaifo mirando la lancha que se aguanta, sobre la máquina, contra la corriente del Ucayali. “Si me descubren el contrabando, me friegan…”

     La embarcación está tan cerca de la isleta que la voz del Comandante le llega claramente.
     —¿De dónde vienes?
     —De mi chacra, señor, quiá un día de surcada de la boca del Pishqui’sta.
     —¿A dónde vas?

     ¿Cómo le va a decir que a Iquitos, a hacer el negocio con el sargento de playa Asunción Curica, gran contrabandista de animales y tabaco, y su compadre?
     —Aquicito no más, señor, a cuatro vueltas aguas abaajo.
     —¿Qué llevas en la balsa?
     —Eso que ves, señor: mis naranjas, mis plátanos y el paaiche.
     —Cuidado con las tortugas, no más. Ya sabes que estamos en época de desove y que está prohibido voltearlas.
     —¡Cómo vuá voltiarlas, señor! Yo soy hombre honráu, señor. Yo siempre obedezco la Capitanííía…

     La lancha continúa su viaje de surcada. “Otra vez los engañé…”, se dice, sonriendo. Hace años que, mediando junio, Panalfo construye una balsa fuerte, carga en ella los productos de su puesto, deja la chacra al cuidado de los perros y, acompañándose de su mujer y de su hijo, baja el río. No importa la duración del viaje. Descansa en todas las playas ardientes que el agua deja libres en las vaciantes, y en ellas caza un promedio de cuarenta tortugas —charapas, taricayas, cupisos— que conduce a Iquitos, bien escondidas bajo hojas de palma sobre las cuales va la mercancía inocente.
     —Samuel: ya’stá tu comiiida —le grita la María.

     Va hacia la balsa, amarrada a una estaca que ha clavado en la playa. La mujer le alcanza unos plátanos que ha sacado de la huillpa, y un pate con chicha de yuca.
     —Me dio meido de que bajasen y registrasen bajo la barbacoooa… Pero tú bien que los lamistiaaaste…
     —¡Qué vana registrar, hom…! De que les pagan su plata sin hacer nada, ociosos no más sooon… ¿De qué quieren quiuno viiiva?… “No voltees charapas…” “Nuhagas cigarros con el tabaco…” “Nuhagas aguardiente…” Diz que leyes son… ¿Leyes?: pa’ friegar no más al cristiano… Disputao nomás quemhicieran a mí, ya verías cómo quitaba tuas las leyes paquel pobre viva como pueda…
     —Y áhura ¡lo quecuesta tooodo!… ¿Cuánto costará, pues, las tejitas que vuá comprar en Iquitos pa’ la guagua y pa’ mí?

     Panaifo opta por no contestar. “Ya comenzó a hablar de las telitas”…

     Se tiende en la arena, mientras ella lava en el río. La tarde está serena. Las últimas nubes blancas se reflejan en el agua como grandes edificios de mármol. El sol se va, enrojeciéndolo todo y cerrando el conmutador del cielo: Venus y Sirio se encienden. Después se oculta tras un estrato que se besa con las copas de los árboles, derramándose en encarnado. La oscuridad termina tragándose a un cúmulo vagabundo que se ha disfrazado de rosa para ocultarse.
     —Ya cerró la noche, ya. 
     —Ya cerró, ya… Va ser buena pa la virazión. Oscura ha de ser porque sólo faltan tres días pal creciente. Ya creo ques hora, ya. Tú ponte en este lao. No salgas hasta quete avise.

     Las tortugas han comenzado a subir a la playa. Abren en ella los huecos en que van a depositar sus huevos para que el calor del padre sol se encargue de convertirlos en seres vivos. Panalfo las va contando. Ahora hay diez sobre la arena.
     —¡Ya María!

     Desde lados opuestos, ambos se precipitan hacia la playa para cortar el camino a los animales. No obstante los mordiscos que reciben, marido y mujer los van volteando panza arriba y los dejan agitando con desesperación las patas.
     —Una, dos, tres, cuatro, cinco…
     —Mese fue una. ¡Lo que me mordió fueerte!
     Las depositan en la balsa, siempre panza arriba, bien cubiertas con hojas de palma.

                                                                       * * *

     Con sus gandes cabezas triangulares, los lagartos van contra la corriente mientras la balsa se deja arrastrar por ella. Panaifo, en la proa, escruta la oscuridad del río para evitar choques contra las palizadas y troncos a la deriva. De rato en rato llama a la mujer, y ella se ase al largo remo para ayudarlo como sólo lo saben hacer las mujeres loretanas.

     Acaban de doblar la vuelta de Machi-Tipishca y embocan ya la travesía de Altimira cuando María le grita, de la popa.
     —Samuel: que ruido de lancha viene me pareceeeee.

     Deja el remo y se pone a observar. Oye el hipar característico de una embarcación a vapor. Después, sus ojos, habituados a la oscuridad, distinguen en la negrura de la noche.
     —¡Ah, pucha!… Es la que buscaba contrabando… Apaga la huillpa…. No dejes que el guagua llore.

     Aunque está en medio del canal que obligadamente tiene que navegar la lancha, sólo atina a hacerse invisible escondiéndose, con la mujer y el niño, bajo el pamacari.

     La embarcación avanza a toda máquina. Ahora Panaifo escucha el golpe de la proa contra el agua y la voz de un timonel que está sondando.
     —Braza escasa… Cinco pies… Cinco largos…
     La lancha sólo se da cuenta de que hay algo delante cuando está demasiado cerca.
     —¡Up! ¡Up! ¡Balsa a proa! ¡Tumba! ¡Tumba rápido!

     No pueden evitar la colisión. Revientan las lianas que unen los palos de la balsa unos a otros, y caen al agua  sus tripulantes, los plátanos y las charapas, mientras la masa humeante pasa rauda alborotando el río con sus hélices.

     El choque ha tirado a Panalfo contra el horcón de los remos, haciéndole una herida en el costado. Se aguanta en el agua, escrutando el río en busca de la mujer y el niño. Pero no ve nada. Piensa que han sido arrastrados por la corriente, y se deja llevar aguas abajo, hasta que distingue una forma que va hacia la orilla.
     —¡Espera, María! Allá voy…

     Reúne las poca fuerzas que le quedan y nada hacia allá. En la oscuridad oye el respirar agitado de su mujer. Llega por fin a su lado y la abraza. Siente en su piel el contacto con un cuerpo duro y frío. Una dentellada le cercena las piernas y se hunde, abrazado al lagarto, mientras el agua se tiñe de sangre.

     Novelas de la selva (1935) 

(1924) 

   

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