José Durand
( 1925 - 1990 )

Ensalmo del café

     Zumban en lo alto solemnes ventiladores, sumando su leve estrépito al tintineo de las cucharillas en las mesas de mármol y a ese tumulto de la charla, que desborda el establecimiento. Con sus sillas de mimbre, espejos desvaídos y el jadear de los mozos sesentones, el lugar pertenece al orden de los cafés eternos. En ese recinto continúan en vigencia los ídolos de antaño, tema de vociferantes debates. Cerca de la entrada un caballero intercambia periódicos con el vecino, sin cruzar palabra. Bastan una mirada y una venia. Un señor gordo estornuda aterrador y aguarda reponerse antes de seguir leyendo. Los mozos, calvos todos sin indulgencia ni excepción, serpentean entre las mesas según lo consienten los pies planos o las plantas callosas. En las tertulias se hallan entronizados el café, la pereza, el tabaco, la solidaridad y la rebeldía. Un joven relamido se hace limpiar los zapatos y sufre grandes sinsabores para ocultar un boquete del calcetín. En los ceniceros van surgiendo modestas geologías: luego crecen fatídicas. Labios maliciosos sonríen, arrecia en marejadas el bullicio. Entran dos estudiantes en trance de resolver capitales asuntos. Usan anteojos y cargan toda una biblioteca, en medio de la cual asoma una revista pornográfica. Buscan mesa. Se muestran pedantes tolerables y charlatanes definitivos. Son lo que se llama dos jóvenes de porvenir.
     —Aquí en el rincón estaremos más tranquilos.

     Un español que pontificaba sobre las hazañas futbolísticas de Ricardo Zamora los detuvo desde la mesa contigua:
     —Ahí no, que ahí se sienta el filósofo. —Y vuelto a su auditorio prosiguió: —Porque Ciriaco y Quincoces se batían como leones dentro del área. ¡Menudos tíos!

     Y blandía un azucarero, en ponderativo ademán. Nadie osaba discutirle. Su memoria retenía la última minucia ocurrida hasta que acabó la Guerra Civil. Terco en sesión permanente y en perpetuo recuento.

     Alguien desocupó una mesa y los estudiantes se abalanzaron.
     —Menos mal —rezongó uno de ellos, alto y huesudo, cuya voz nasal llegaba a las inmediaciones del graznido—. Siempre habrá haraganes que se sientan seres privilegiados.
     —Cuando el único privilegio es la juventud —corroboró el otro, un rubicundo diminuto de cabellos erizados, quien, a diferencia de su compañero, hablaba a media voz.
     —Es un cliente antiguo —explicó el mozo, trayéndoles dos cafés sin que los hubieran pedido—. Viene a las doce y se sienta allí. Dicen que es muy inteligente. ¡Toma el café a sorbitos!

     Un vejete que amenizaba el mediodía extrayendo crujidos de su dentadura postiza confirmó:
     —Ya lo verán, no tarda. Muy callado, pero educadísimo.
     —¡Diablos! Por lo visto se trata de una reputación muy sólida. ¿No es cierto, Abel?
     —Y nunca pide fiado —añadió el mozo.
     —Entonces habrá que canonizarlo —dijo Abel, graznando abiertamente. Cortó la conversación y le mostró un  librejo a su amigo—: ¡Agotado! Una pieza fundamental del derecho romano ¿.En cuánto la estimas, Federico?
     —No sé... Tiene sellos borrados en la última página.
     —¡Qué tanto! Al cabo están limpiamente eliminados.
     —¡Ahí viene! —anunció el vejete de la dentadura.  

     Con la dignidad de un diplomático en retiro entró un individuo de buena estatura, cuyo rostro parecía tanto el de un viejo juvenil como el de un joven avejentado. Vestía pulcro, aunque más bien raído. No resultaba presuntuoso, pese a cierta solemnidad. Atravesó el recinto hasta llegar a su lugar, cambiando mínimos saludos. Dio un rodeo para lanzarle desde lejos un ¡hola! al español, quizás por rehuir su euforia. Al sentarse le dirigió una levísima inclinación de cabeza al vejete, quien respondió mostrándole generosamente los dientes postizos. Ya para entonces el mozo, tras heroica caminata, había servido lo de siempre: un café en taza grande y una gaseosa con hielo. Le agradeció, sin perder su expresión reservada. Los dos estudiantes, aunque preocupadísimos con el examen de sus libros, no perdían detalle.
     —Como ves, el ceremonial se ha cumplido.
     —¡Y vaya! —confirmó Abel, moderando la voz—. El tipo se toma en serio lo del café. Fíjate. No falla una. Echa el azúcar en un solo movimiento; la disuelve con un par de golpes de cucharilla y ahora tapa la taza con el plato para que no se enfríe. ¡Ah! Es que va a leer. Un ritual perfecto. ¿No es así, camarada?
     —Así es. ¿Qué leerá? Uno se figura que en cada sorbo de café hay una ablución, un sortilegio. Ya veremos cuando termine de beber. Yo creo que en todo café hay siempre una esperanza.
     —Y en el fondo de la taza, hasta el destino.
     —Según los árabes —atajó Federico—. Ahora, míralo. No hay nada que hacer. El hombre tiene su algo. ¡Puta que si tiene impresionada a la concurrencia! Ve cómo lo observa de reojo el español y hasta grita menos.
     —Si empezamos a venir aquí —dijo Abel— acabará por someternos.
     — Es el profeta del establecimiento.
     —¡Palabra!
     —Y lo es de pura presencia —observó Federico—, no porque busque adeptos. En serio. Para mí hasta fuma como un profeta. Echa el humo con verdadera unción. Todo le resulta místico. Será por la distancia que pone entre sus actos y los demás.
     —¡Qué grande eres, Federiquito! Está muy bien eso.

     Callan ambos y espían al hombre del rincón, quien prosigue su lectura impertérrito; sostiene el libro con la mano izquierda mientras con la derecha se atusa los bigotes, ligeramente caídos a la manera mongólica. Con los tales bigotes, ojos rasgados, su calma y su silencio, tenía un cierto aire oriental. Nada, ni la curiosidad por cuanto ocurre a su alrededor, ni el bullicio ahora acrecentado por el estruendo callejero, lo aparta de la lectura: sus ojos se prenden de las páginas, una tras otra. Parecía respirar en ellas. Un lustrabotas se le acerca y él lo despide amablemente, sin dirigirle la vista. Los estudiantes cambian una mirada por todo comentario. Sube el calor. Ha entrado un rayo de sol, dorando el polvillo del aire y persiguiendo con rebrillos las calvas de los mozos. Sofocado, el rostro de Federico recorre la gama de los rojos y llega al violáceo. Se le empañan los anteojos y los limpia disimuladamente con el revés de la corbata.
     —Ya empieza a beber la gaseosa —graznó Abel—, pero sigue sin tomar el café. Estará esperando que se enfríe.
     —De ningún modo, porque si quisiera que se enfriara no lo hubiera tapado. Será una ceremonia.
     —Cierto. Federiquito. El hombre quiere esperar y procura mantener el café caliente, aunque a la vez no haga nada por tomarlo pronto. Extrañísimo.
     —En resumidas cuentas —dogmatizó el pequeño, ahora con los cachetes de un subido escarlata—, lo que  pretende es llenar el tiempo y para eso se vale de una taza de café. ¡Un ritual metafísico!
     —De eso se trata —insistió Abel—. Le es necesario.
     —Ineludible.
     —Fatal.

     Una vez agotada la sinonimia y emocionados por la hondura de sus pensamientos, resuelven estimularse con dos nuevos cafés.
     —¿Y en qué pensará? —dijo tras un silencio Abel.
     —¡Quién sabe! —contestó Federico—. Nada permite imaginar su intimidad, lo que ha vivido o dejado de vivir. 

     Me llama la atención esa reserva, esa lejanía. Quizás ha sufrido largo y se lo ha tragado. Creo que esconde una  frustración, aunque la lleve con la cabeza alta.
     —Quizás fue muy escuchado por otros —conjeturó Abel—, y hasta admirado. Por eso será tan digno.
     —Modesto no parece y guarda distancias como un maestro. Este caballero muestra los rasgos de quienes fueron la eterna promesa.
     —Sí, Federico, pero el hombre conserva su poder de atracción. Aquí es el amo.
     
     Aparece un vendedor de loterías y antes de que lo echen va de mesa en mesa, sin importarle cortar conversaciones ni recibir denuestos. A todo responde con una sonrisa cínica. Ya a punto de irse, le encaja un billete a un turista hambriento de emociones. ¡El millón para mañana! En la mesa de los españoles siguen revisando capítulos de historia futbolística. El personaje del rincón prosigue su lectura; pasan los minutos pero no inicia la etapa del café, probablemente helado. Los estudiantes, interrumpidos por el pregón de loterías, vuelven a concentrarse y reanudan la charla: dos espíritus a punto.
     —Federiquito, lo confieso: cuando comprendí que estábamos penetrando el secreto de este hombre, me quedé enfermo. ¡Somos dos tipos extraordinarios!
     —No grites tanto, Abel, que me ruborizas —protestó Federico, quien en rigor ya no podía enrojecer más—. Cálmate. Hasta el español se ha vuelto a mirarnos.
     —No te sulfures, perdona.
     —Empiezo a ver claro —proclamó con aire maléfico el chiquitín—. El enigma tiene sus vueltas.
     —En todo caso —opinó Abel— dentro del mismo sentido.
     —Sí, pero más hondo. Basta un pequeño análisis —replicó al instante Federico, mientras se esforzaba en amansar sus rojizos cabellos—. ¿Ha bebido el primer sorbo?
     —Hace un instante.
     —Cuando ya está frío, y sin embargo ha procurado mantenerlo caliente; y no lo creo distracción sino hábito. Primera paradoja.
     —Ya lo sabíamos —protestó Abel—. Ahora la segunda.
     —Hay muchas. Por ejemplo, se muestra arisco, incapaz de tener un camarada aquí, y este misántropo busca justamente el lugar más concurrido para estar solo. Solo y acompañado a la vez. O mejor, acompañado desde lejos. ¿No es así?
     — Tiene, tiene miga el asunto.
     —Alguien debió ocuparse una vez del arte de estar solo entre una muchedumbre. O a lo mejor soy yo a quien primero se le ocurre —prosiguió victorioso Federico—. Pero este amigo no parece practicar ese arte. Realiza algo natural para su espíritu. Tan simple y tan serio como eso.
     —Por ahí anda el asunto.
     —Se aplica una dosis diaria de cosmópolis y puede seguir viviendo.
     —No está mal.
     —En resumidas cuentas, este sujeto viene al café porque alimenta un vacío. Alimenta su imaginación y su sensibilidad. Muy ricas probablemente.
     —Bien, con esta compañía le basta. Pero —insistió Abel— ¿a qué esa manía de conservar el café caliente, para acabar tomándolo frío?
     —Un enigma. En todo caso se trata de un dato profundo. No se sabe bien por qué, pero se ve que es profundo.
     —Profundísimo.
     
      Callaron, meditativos. De pronto el hombre se levantó, dejando a medio tomar la taza y salió a la calle. En el rostro de Abel se pintó el estupor, en el de Federico la alarma. ¿Cómo interpretar de pronto ese acto de abandono? Todo resultó injustificado cuando reapareció trayendo bajo el brazo los diarios de mediodía. Se sentó nuevamente, bebió un sorbo y desplegó un diario.
     —Esa es su costumbre —explicó el vejete de la dentadura— y cuando él hace eso, quiere decir que yo me voy. Adiós, amigos.
     
     Y desapareció con un andar reumático junto al cual el de los mozos parecería digno de mercurios y pegasos. Abel callaba inquieto y al fin reventó:
    —No puedo más. Voy a hablarle a este señor.
    —Será inútil —advirtió Federico.
    
    Abel ya estaba de pie, revisando los libros que traía. Escogió uno, lo tomó con cuidado y se acercó al personaje del rincón. Ya junto a él, aguardó a ver cómo reaccionaba. El hombre permaneció inmutable. Abel no se arredró:
    —Mire, señor, esta Historia de la Independencia en encuadernación de época. Se me ocurre que le interesaría  verla. Primera edición, limpísima. Ejemplar perfecto.
    —Lo siento —rehuyó el otro, sin que su rostro nada trasluciera—. No tengo dinero aquí.
    —Tampoco se vende, la muestro. En todo caso quizás la canjearía, pero tampoco busco eso. Creo un placer examinar este libro.
    —Perdóneme — recalcitró.
    Nada le quedó a Abel sino retirarse, murmurando algo como una despedida.
    —¿Viste?
    —Cierto. Cortés, pero infranqueable.
    —Se hizo el intento —dijo Federico—. Yo por mi parte, mientras tú te acercabas, advertí un detalle quizás de  importancia.
    —¿Y es?
    —Que así como hay relojes de cuerda, de sol o de arena, este individuo usa un reloj de café. Sea consciente o no, ése es el hecho. Una manera de medir el tiempo, tomándolo sorbo a sorbo.
    —¿Seguro, Federiquito?
    —No hay sino que ver. Ahora en este momento bebe las últimas gotas. las más dulces, y no tardará en retirarse.
    —El ritual está consumado —proclamó Abel, recuperando el timbre penetrante de su voz—. Ya se levanta.
    —Tenía que ser así. Un ritual invariable, como si se lo impusiera la vida misma. Lleva las huellas de su ser. Para otro no tendrán valor, pero son el rastro que deja esa personalidad. Esto no admite dudas.
    —Estás inspirado, Federico.
    —Y esas huellas nos dicen que este hombre es reservado y sensible, un tanto bohemio pero enemigo del desorden; hasta su imaginación parece sometida a disciplina. Observa que siempre ejecuta los mismos actos a la misma hora y siempre llenos de sentido.
    —¿Crees que pudiera haber sido un gran creador?
    —No forzosamente.
    —¿Qué ocupación podría atribuírsele?
    —¿Tienes un billete grande? —preguntó distraídamente Federico, al ver a Abel con la guardia abierta.
    —Aquí está.
    —Préstamelo, gracias. Pues bien: puede tratarse, por ejemplo, de un refinado corrector de estilo. De esos que enmiendan las citas en latín, se saben su Cicerón y su Quintiliano y que a la vez están al día en literatura reciente. Algo así. Y te insisto: algo le veo de escritor fallido. Conozco algunos: leen más y saben más que los de mayor talento. ¿Supiste su nombre?
     —Ni pensarlo.
     —Ya lo ves: retraído, oscuro, pero digno, gran lector y hasta con modales que envidiarían los escritores de verdad. No es ningún cualquiera, salta a la vista; tampoco una figura de renombre. Eso, ni darle vueltas. ¿Nos vamos?
     —Hoy te toca pagar —recordó Abel, levantándose con la mente encandilada por tantas adivinaciones.
     —Mañana te cumplo, no me cortes. Acabo de entender algo muy serio. Deja la propina y vamos.
Abel obedeció mientras se preguntaba en voz alta:
     —¿Y será igual este caballero a otras horas?
     Federico agitó las manos como absolviéndose de responder y continuó, deteniéndose junto a la puerta:
     —¿Sabes por qué viene siempre aquí este genio frustrado?
     —Dilo.
     —Porque todos, cuando estamos aquí, nos sentimos un poco inmortales. Fíjate bien. Oye a los españoles de la  tertulia. Llegan, se sientan y la Guerra Civil continúa. En el mundo perdurable del café, la vida se detiene.
     Salieron. Dentro, seguían resonando los espantables bramidos del español:
    —¡Cilaurren, Cilaurren! ¡No ha habido otro! ¡Ese sí que era un jabato!

(1958)

   

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