José Diez Canseco
( 1904 - 1949 )

Jijuna

     Tambo de La Buena Mano. Llantenes chiquitos festonan los zócalos de paja y barro que emanan úricos miasmas de chicheros. Tambo de La Buena Mano. Damajuanas señoronas de preñados vientres y delgadas botellas empolvadas. Anaqueles medio desnudos, y, entre un marco de madera negra, un buque que naufraga en un mar tempestuoso. Encima de un ventano, el escudo del Perú con banderas flamígeras. Vuela una sombra gigante de mariposas nocturnas. En el tambo se alza un vaho lento de humazos imposibles, y los ojos del propietario —Antonio Lang—, se entreabren cuando alza el vuelo un tanto enérgico y peruano:
     —Jijuna...
     Alrededor de una vasta mesa florecen ponchos bajo el candil de querosén. La noche se ha derramado, lo mismo que la chicha de Huarmey, por las arenas todavía calientes del sol costeño. Lejos, zumba el mar. Fuera del tambo relinchan caballos próceres. Pero alto, enhiesto, levantisco, camorrista, un zaino se sacude el relente resonando el apero:
     —Jijuna...
     La voz no tiene una inflexión colérica. Modula cacha zafia y crudelísima. De rato en rato, los gruesos vasos resuenan sobre el tablero de la mesa en brindis mudos. Las candelas de los cigarros agudizan las aristas del bronce cholo de los rostros. El chino Lang destapa la cuarta botella de chicha. Unas moscas rebullen sobre los restos de la cena.
     Por aquellos lares andaba don Santos. Era, don Santos, el dueño del zaino pleitista. Zaino de paso llano y anca redonda, para asentar a la que quiera arrunzarse con uno. Resuena el apero del potranco, con tintines de plata. Allí, en la noche, las hebillas de las riendas, los cantos de los estribos, relucen como los ojos húmedos del Cura. Cura, así se llama el potro, por irreverencia de don Santos y porque se lo hurtara al señor párroco de Casma. Y todavía tenía, el muy indino, la insolencia de pasear por la plaza del puerto a lomos del cuerpo del delito. Cholo bandolero de esas tierras, sin más ley que su pistola, sin más amigo que su potro. A él cantaba, en las lentas peregrinaciones de los arenales, las más mimosas coplas querendonas. Para su Cura eran las rudas caricias de sus manos asesinas y sus consejos de baquiano sabihondo porque por las patas del potro salvara muchas veces de tanto gendarme sinvergüenza.
     Se lo están contando:
     —Jijuna...
     Pues, sí, era cierto. Fue después del almuerzo que el sub-prefecto le ofreciera a don Ramón Santisteban, hacendado de muchas tierras de sembrío y pastos. Don Ramón había desenfundado la pistola y roto unas botellas.
     —Menos mal q’estaban vacidas...
     Y después, contaba el chismoso, don Ramón había prometido:
     —¡Cómo quisiera encontrármelo! ¡En la frente le meto su jazmín, mi subprefecto! ¿Ha visto cómo tiro? ¡Y yo no teng’un pelo! ¡Lo adelanto! Palabra, Autoridá...
     Era en aquel tambo la charla chismosa. El amigo, compañero de barrabasadas, le confiaba a don Santos estas cosas. ¿Don Santos? Sí, hombre, sí; Santos Rivas, ése del incendio de Molino Grande; ése de la muerte de don Eustaquio Santisteban, el hermano de don Ramón; ese de las quinientas cabezas de ganado de la hacienda de Paso Grande; ése de la mujer del doctor Jiménez, después de la fiesta del 28; ése del tren a Recuay; ése del duelo con don Miguel Páucar y del festejo con tanta y tanta botella de pisco; ése de... ¿quién se va a acordar de todos esos líos?
     El mozo escuchaba en silencio. Con el rebozo del poncho se cubría apenas el rostro duro y sólo los ojos sonreían. De rato en rato, pitaba su “amarillo” y modulaba la sonrisa:
     —Jijuna...
     Cuando Cosme terminó el relato, apenas si sonrió Rivas:
     —Ya l’encontraré algún día... Y solitos... En cuantito salga’e viaje, me avisas, ¿quieres?
     —Yaqu’ermano...
     Y como se hacía tarde se despidieron. El chino retiró las botellas y vasos apuntando el precio. Los hombres se confundieron con la noche. De pronto, una voz seca:
     —¿Cura?
     El potro respondió en su lengua. Montó don Santos, y ambos amigos, hombre y bruto, se metieron en las sombras.

                                                                         II

     En el parral, un chirote silbaba largo. El viento palomilleaba entre los álamos altos, correteando sobre las vides que desparramaban su verdor más allá de las bardas desiguales. Se mecían los pámpanos como una marejadita de la rada de Huarmey. Estaba alegre la madrugada, pero ya cansaba esta cuesta que Santos Rivas hacía sobre el Cura, acortando la distancia; tres leguas en hora y cuarto... Guapo el Cura para arrancar arriba. Arriba...
     Arriba esperaba la china Griselda Santisteban. Y, claro, el Cura apresuraba el paso trepando por el valle hacia el casal de la hacienda donde la china vivía. ¿Estaría fuera? A lo mejor arrancó también para la sierra acompañando al cholo bruto de su padre. Don Ramón no gustaba de estos líos y por ello ofreciera “su jazmín” para don Santos. Ese hombre fue quien tendió a su hermano y ahora le enamoraba a la hija. ¡Barajo y baso q’era sinvergüenza el mozo! Pero mejor estaba así, llevándose a su chinita para la sierra porque él ya estaba viejo.Santos, en cambio, era más joven y por muy trejo que uno juera, el otro tenía más vista y la mano más pronta.
     Santos comenzó a silbar con impaciencia. El Cura apresuró el paso hasta llegar a la ranchería de la hacienda que, a esa hora, se alumbraba a querosén.
     La ranchería —paredes rojizas, estrellas mugrientas de los faroles en las esquinas, tambos con bullas a la sordina y un eco de guitarra— aparecía medio dormida. Lejos, pero bien lejos, dos quenas cantaban tristezas peruanas. Y el chirote bandido seguía el silbo largo, saltando entre el follaje que apenas susurraba como quitasueños de 28 de julio.
     La noche todavía estaba enterita. Ni estrellas ni luna. El río ladraba lejos. Los cerros devolvían los foscos insultos de perros panfletarios. Una lechuza comenzó a despedirse de la noche con el estribillo consabido, y don Santos se santiguó bajo el poncho, por si acaso.
     ¿Estaría Griselda? ¡Claro que estaba! Allí, en el caserón suntuoso, la lumbre de su cuarto avisaba tranquila su presencia.
     —Amos, Cura, amor juerte...
     Pasó el portalón tuerto y arrumbó a la casa. Al pie del ventanuco largó un silbo mochuelo. La otra contestó asomada:
     —Chino...
     —Vine pa’despedirme, vidita... Como te vas pa la sierra...
     —Yo, no. Mi’apá que se va pa Huacho...
     —¿A Huacho? ¿Cuándo?
     —Mañana, en la mañanita...
     —Yo también, mi vida... Me llev’una repunta’eganao... Doscientas cabecitas y un torazo grande... ¡Ja, ja! Pa regresar pronto vidita... ¿No bajas?
     —No puedo. Mi’apá me pilla si abajo...
     —Sonsa...
     —Endeveras... Mira que l’otra noche casisito nos pesca... Y v’a a ser un lío si nos encuentra juntos...
Rivas palanganeó una sonrisa:
     —¿Endeveras? ¿Lío? ¿Endeveras que tu’apá mi’ase lío?
     La china hizo una guaragua de ternura:
     —Mira, Santos, con mi’apá no vas a ser guapo, ¿no?..
     —Sonsa... ¿Guapo? Con naides soy yo guapo, vidita...
     Un instante se retiró la moza del ventano. Murió la luz. El Cura se sintió libre del jinete que fue hasta el portalón. Chirrió el postigo y, destocándose el pajizo, el tarambana se perdió en la sombra casera. Y, hembra y mozo, se dieron los “buenos días” con las húmedas bocas temblorosas.
     Parece que el sinvergüenza salió como dos horas después. El Cura se repuso con la gramilla del patio. El cielo se despejó un poco y comenzó el día por encima del Huascarán lejano. Al despedirse acanelaron las voces con criolla sandunga:
     —Ta’ pronto, Chino...
     —Ta’ pronto, vidita...

                                                                             III

     ¡Cholo fresco! A don Eustaquio Santisteban lo tendió de un tiro cuando la feria de Huayanca, y ahora venía a enamorar a la sobrina, a la hija del hermano. Pero quién sabe por qué encono consigo mismo, Rivas se sentía casi buena persona a la vera de la moza que le alocaba con la ternura de sus ojos rasgados, con el aroma de sus trenzas, con sus manitas adornadas con piochas de plata y turquesas del norte. ¿Cómo fue que fue? ¡Sabe Dios! Acaso las cosas comenzaron por los tonderos bailados una tarde, sin conocerse, después de la procesión del Sábado de Gloria. La chicha hizo el resto, inspirando a Santos Rivas el floreo picante que la otra no rehuyó sino que, muy por el contrario, agradeció con la mejor de sus sonrisas. Y ya por la noche, cuando la guitarra comenzó con los tristes esos:

     Papel de seda tuviera
     Plumita de oro comprara
     Palomitay...

     ya la muchacha enrojecía de tal guisa, que la señora Cárdenas atortoló la papada mantecona:
     —Pichoncita...
     Y pichoncita mansa fue para el gavilán arrogante que puso pavor en todo el valle del Santa, por las tierras lindas de Ancash, con sólo el tino de su pistola y la perspicacia de su ojo infalible. Pichoncita mansa, sí, pichoncita serrana, más dulce que todas las hembras, con ese mimo del arrullo, del abandonado querer que no resiste, de los silencios pequeños que en estas hembras peruanas son la joya más preciada, porque callan y miran. Y allá por los valles, cuando la luna apunta por la cordillera inmensa, cuando la calandria chola comienza el variado trino, ese silencio y esos ojos enloquecen hasta a los limeños mastuerzos. Y el mejor de los dúos —brisa y ave—encuentra vida en las pupilas humildes de las chinas mimosas del Perú.
     Lastima no más que tuviera que irse. Porque claro que se iba. ¿No aprovechar el viaje del padre, de ese don Ramón que se había atrevido a ofrecerle jazmines?.. No, se iba tras él, a Huacho, para hacerle ver que tiritos no se meten, así no más, a los hombres. Se iba para decirle que, hombre a hombre, muy gallo tenía que ser el tipo que le pisara el poncho. Cosme también se lo había avisado al regreso:
     —Mañana, en la mañanita, don Ramón sale a las tres pa Huacho...
     —Gracias hermano, pero ya lo sabía.
     —Y tú, ¿te vas?
     Rivas no respondió. Encendió un «amarillo» y murmuró apenas:
     —Jijuna...

                                                                           IV
     De trecho en trecho, los postes del telégrafo. Recién se les adivina en el medio claror de la madrugada. Las lomaditas ya estaban peladas, con unas cuantas matas de grama que crecen porque sí. Las arenas comenzaban a invadirlo todo, aventadas por los vientos primeros del otoño, y de rato en rato, fulguraba una salina perdida. Igual y rítmico, el cuádruple paso trotón de unos caballos. Las siluetas se perfilaban envueltas en los ponchos, como unas carpitas que los pajizos remataban. Eran don Ramón Santisteban y su paje. Los hombres marchaban en silencio, atisbando la lejanía, porque los encuentros feos son frecuentes en esta tierra.
     Andaban. En Huacho tendría que feriar ganado y volverse unos días después con el cinturón bien gordo de billetes. Eso sí, pedirían campaña al cuartel del cuerpo rural, porque setecientas libras no se las pueden alzar así como así. Don Ramón apresuraba el paso. Una vaga desazón, esa cosa indefinible que se siente en los desiertos peruanos cuando se les atraviesa de noche; ese cantar de las paca-pacas que, por muy templado que uno sea, siempre molesta; ese zumbar del viento que no tiene barreras y que se desgarra en los tunales o en los hilos del telégrafo, todo eso fastidia. Y, más todavía, cuando se ha soltado la lengua a propósito de Santos Rivas, la cosa se empeora, porque el tipo ése no entra en vainas. ¡Culpa de la chicha, por los clavos!
     Porque él, claro está, no iba a entenderse con ese hombre. El se habría vengado haciéndole pegar cuatro garrotazos por los peones de su hacienda, y el cuerpo habría ido a parar a cualquier acequia que le cubriese de lodo. Después... ¡cualquier cosa! A él, ricachón y con esos peones, ¿quién le iba a decir un cristo? Entonces, ¿por qué habló? Esos tragos demás, caramba, esos tragos...
     Iban en silencio. Los pajes saben que siempre que un viajero habla tiene miedo. Por muy baquiano que uno sea, si habla en el desierto, es porque siente que algo se descompone. Algo que no se sabe qué es, pero que se siente. Miedo a esa tremenda soledad, al despeche de la bestia, a quedar desmontado por culpa del maldito calor que raja los cascos de las mulas más bravas, de los potros más recios, si se tiene a mano un poto de aceite.
     Las anchas rodajas de las espuelas tintineaban en los estribos de cajón. El pellón sampedrano daba calor ya, y, bajo el poncho, las manos se agarrotaban, una sobre las riendas, otra sobre la cacha fría de la pistola que, poco a poco, iba tomando el calor de esa mano. ¡Qué vaina! ¿Cuántas horas faltarían? Ya aclaraban las tintas de la noche con lindos colores cholos. Morado, rojo, verde, oro purito, como un poncho que tendieran desde la Cordillera Blanca, cuya nieve fulguraba extrañamente. Y de pronto, uno, dos, tres, cuatro cóndores pasaron zumbando su vuelo destemplado. Ya era día. Dentro de una horita se vendría el sol íntegro, y eso consuela. Pero antes que el sol se vino un eco raro:
     —¿Qué jué?
     —No sé, taita.
     ¡De fijo que era el bandido! ¿Quién, si no, iba a galopar sobre sus huellas a las cuatro de la mañana? Y él no podía volver la cara —¡eso nunca!— para mirar quién le seguía:
     —Mira, a ver...
     El paje endureció los ojos bajo el faldón del pajizo. Medio cerró un ojo y sentenció después:
     —Don Santitos, patrón...
     —¿Por aónde?
     —Por cinco hondas, lo muy menos, patrón...
     ¿Diez cuadras? No importaba. Todavía podía apresurar el paso hasta la Cruz de Yerbateros y eso era ya distinto. Pero el galope proseguía igual, reventando la cincha de la bestia, clavadas de fijo las roncadoras en la panza del bruto:
     —¡Qué modo de reventar bestias!.. ¿Y ahora?
     —Cuatro hondas, taita...
     —¡Ah, barajo y paso! ¡Que venga, sí que venga! ¡Que sepa ese canalla quién es don Ramón Santisteban! ¡Lo adelantaba, por diosito que lo adelantaba!
     —¿Y ahora?
     —Tres, no más, tres...
     El galope se adelgazó un poco. Seguro era un respiro para el caballo. Pero el paso llano apresurado no interrumpía su son igual. Ya no galopaba, pero siempre le iba a alcanzar.
     —Pica un poco.
     —Mejor corremos, patrón, mejor...
     Las dos bestias torcieron los hocicos con las riendas tensas. Ahora, alta ya la mañana, la figura del jinete se hacía nítida. Venía en el Cura, con su clásico poncho amarillo y rojo. El jipijapa tenía alta la falda, delantera por el viento que empujaba para el norte, descubriendo el rostro duro y burlón de don Santitos. El potro levantaba las arenas con el rotundo paso farolero. Venía con la cabeza alta, sacudiendo las crines, cubriendo el pecho de su amo que se inclinaba sobre la cruz evitando el aire.
     —¿Y ahora?
     —Cerquita, no más...
     Don Ramón no titubeó: bajo el poncho desenfundó la pistola y la tiró a la arena. Santos Rivas no atacaba a un hombre desarmado. Pero el mozo, al pasar, advirtió el pavón de la Colt reluciendo de negro sobre la arena de oro.      Sin desmontar, apoyado en el estribo, recogió del suelo el arma y de un golpe se puso a la vera del hacendado:
     —Mira, pues, don Ramón, se le cayó el canario.
     Y con la diestra desnuda, fiera diestra de bandido, alcanzó al señorón el arma inútil. Y con el inmenso desprecio de los guapos, volvió grupas y arrumbó al norte.
     Se fue solo, solito, como los trejos, sin volver la cara como cuando pasa una mujer bagre, sin temer un tiro atrasado, ondeando el poncho como una bandera de valentía; no había de castigar en un cobarde la insolencia. Regresó aflojando el paso del Cura, que meneaba la cabeza jugando con las riendas. Allá volvió, hacia el valle de sus hazañas, en donde le esperaba el mismo zandunguero de su china, el respeto de los guapos, la admiración del mujerío. Se fue así, alto y rotundo, sonriendo bajo el rebozo del poncho terciado sobre los hombros fuertes:
     —Jijuna...

(1930)

   

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