Wáshington Delgado
( Cuzco, 1927 )


La muerte del doctor Octavio Aguilar

     Desde la aurora
combaten dos reyes rojos
con lanza de oro
Por verde bosque
y en los purpurinos cerros
vibra su ceño.

     Los versos breves y fugitivos de José María Eguren, en el aire mustio del salón de clase, cobraban dulce sustancia, elástica densidad, iluminados volúmenes que lamentablemente resultaban también fugitivos: después de unos dorados arabescos, de unos espirituales pasos de danza, se retiraban a una oscura soledad y daban paso a informes conceptos anquilosados y sin gracia, versos pentasílabos u octosílabos, rimas asonantes, matices cromáticos, símbolos bisémicos. El doctor Octavio Aguilar carraspeó sordamente, se movió con aire descompuesto en su ancho sillón profesoral, llevó el índice de la mano diestra al caballete de su nariz para ajustarse los anteojos y, luego, continuó trabajosamente la magistral exposición. Su movediza pausa no había contenido la inquietud que siguió creciendo en su interior, sin que bastara tampoco a dominarla el ejercicio augusto de sus deberes, casi sacerdotales, ante la multitud de rostros imberbes que lo contemplaban con ávidos ojos, o volvían hacia él unas orejas igualmente sedientas que no deseaban ni se atrevían a perder palabra alguna de su boca. ¿De dónde venía esta angustia que le oprimía el pecho, que le nublaba los ojos, que le hacía pensar en la muerte? En los cerros de púrpura, detrás de los verdes bosques, los reyes rojos se quedaron inmóviles, suspendieron por un momento su poética lid para contemplar este otro extraño combate de un hombre solitario consigo mismo, ante unos juveniles espectadores que, sentados en duros pupitres de madera, de nada se percataban, al parecer. Hacía un mes que fuera al médico, donde el bueno de Blásquez, a que lo chequeara de pies a cabeza, con el pretexto de un malestar indefinible y de un próximo y aún más indefinible viaje a la alta ciudad del Cuzco. El viejo Blásquez lo examinó minuciosamente, después ordenó unos análisis y, por último, el lunes pasado le había dicho: “No tienes nada, maestro admirable, no tienes nada”. Ante tamaña incredulidad científica, tímidamente, como último recurso, le confesó a Blásquez que algunas noches no podía dormir, que oscuros pensamientos lo obsesionaban, que sordas sensaciones le oprimían. Blásquez no dio su brazo a torcer, no perdió su sonrisa, no le hizo caso. “No es nada —dijo— no es nada. Come poco en la noche. No trabajes mucho. Y, en todo caso, toma estas píldoras, una con cada comida”. Y le alargó un frasquito que había sacado de una blanca vitrina colmada de medicamentos. Eran, evidentemente, las píldoras de la despedida. Sólo para eso sirvieron, para abandonar a Blásquez, bañado en su beatífica y profesional sonrisa, junto a su vitrina medicamentosa y con una pared de diplomas detrás. Indefinible y esquivo a los análisis, el malestar creció por encima de píldoras y dietas y se fue definiendo poco a poco, cada vez más amenazadoramente: era una pesada bola que le oprimía el pecho, que le apretaba el corazón, que no lo dejaba respirar, que lo empujaba inexorablemente a un agónico combate personal a muerte, contemplado siniestramente por los dos reyes rojos. Los reyes rojos, sí. Apresuradamente, apartó a un lado el pulcro consultorio del doctor Blásquez, arrojó las píldoras al canasto del olvido, dejó en suspenso la dieta de insípidas legumbres y volvió a entrar en el regio combate eterno, volvió a ver las hoscas figuras enemigas iluminadas por la luz cadmio, volvió a contemplar el brillo de sus lanzas de oro en la oscuridad de la noche. Las palabras fluían de su boca como un río también eterno. En realidad, hay que confesarlo, este río verbal no tenía la tersa eternidad del poema: discurría sobresaltadamente y se detenía inde-cisamente ante cada neologismo más o menos exótico, para trazar sutiles y nebulosos meandros de engañoso rumbo, en cuyo transcurso se mareaba y perdía pie. El mundo se venía abajo, sin remedio, se sentía cada vez peor y estuvo tentado de interrumpir la clase. Pero no, odiaba los gestos dramáticos, sobre todo ahora que sus palabras se deslizaban sobre la melancólica poesía sin tragedia de José María Eguren. Con gran esfuerzo siguió hablando, siguió pronunciando unas palabras que, separándose de él, como globos extraños, flotaban en torno suyo con vida propia e independiente, formaban una fila interminable y se alejaban mansamente, mientras su angustia crecía. La bola de su pecho era una montaña que lo inmovilizaba, el espanto de la muerte paralizaba sus miembros. ¿Cuántas veces había sentido lo mismo? Viejos padecimientos olvidados volvieron a su mente: de niño se despertaba a veces, a la media noche, con un tumulto en el corazón, con la sangre zumbándole en los oídos con unas desesperadas ganas de levantarse y sin poder hacerlo, sin poder hablar ni gritar ni respirar siquiera; eran apenas unos apretados instantes que a él le parecían una eternidad, durante la cual llegaba a sentir el aletazo de la locura o la muerte, y sólo cuando se hallaba en el límite mismo de su infantil resistencia, conseguía incorporarse en el lecho, aspiraba una honda bocanada de aire, se limpiaba el sudor de la frente, esperaba que se aquietara el tropel de latidos encontrados en su agobiado pecho y volvía a dormirse, sin pesadillas ni sobresaltos esta vez, hasta la mañana siguiente. Pasó el tiempo y, a la llegada de la adolescencia, desaparecieron esos asaltos de la muerte, lo dejaron en paz durante muchos años, no turbaron sus estudios universitarios, ni su matrimonio, ni su carrera académica. Y ahora, cuando ya los había olvidado, al parecer definitivamente, volvían a torturarlo y lo hacían impúdicamente, ya no desde un sueño, sino en plena vigilia. Un pesado silencio lo despertó de su angustia, los globos aéreos de su verbo habían desaparecido, hacía muy poco seguramente, pues los alumnos permanecían silenciosos y como arrobados, como escuchando todavía las vibraciones postrímeras de su voz y algunos lápices se encabritaban aún sobre las libretas de apuntes, cazando sinuosamente las últimas palabras fugitivas que, sin darse cuenta, había echado a volar por el aire mustio y usado del aula. El retorno de la conciencia agudizó su angustia, no había nada que hacer y resultaba triste comprobarlo: los versos resultaban evidentemente tan inútiles como las píldoras o las dietas. Cuando se hallaba al borde mismo del colapso, pudo ver desesperadamente una delgada mano que se alzaba sobre el enjambre de juveniles cabezas apiñadas y escuchó el castañeteo de unos dedos impacientes y nerviosos. Era el tonto de Zanabria que, como puntillazo final, venía a torturarlo con una de sus necias preguntas de lector infatuado. Insinuó apenas un ademán de asentimiento, que fue suficiente para que Zanabria se levantara de un salto, como elástico felino que se lanza sobre una presa largo tiempo acechada, y empezara una de sus atosigantes preguntas, llenas de circunloquios, citas y digresiones. En ese momento, el corazón del doctor Octavio Aguilar cesó de latir, el peso de su cuerpo creció hasta el infinito, su cabeza cayó sobre el pecho y cerró los párpados para hundirse en una oscuridad increíble. “A fin”, alcanzó a decirse y se dio cuenta de que estaba muerto, lo que no dejaba de ser curioso, sobre todo para él, hombre escéptico y razonador. Resultaba más curioso aún que, en el silencio total que lo envolvía, como para destacarlo, del mismo modo que una mancha de sombra hace destacar y da relieve a la luminosidad de un cuadro, la voz de Zanabria siguiera resonando en sus oídos como un moscón inmortal. La palabra castellana reyes, sin la erre inicial, resultaba eyes, es decir ojos en inglés, y también rojos sin erre era ojos. A partir de estos más o menos ingeniosos juegos de palabras, la voz pedante e inagotable de Zanabria continuaba taladrando la oscuridad sin vida del doctor Octavio Aguilar con unos ojos bilingües. “De nada me vale estar muerto”, pensó desengañadamente el cadáver inerme.
Para felicidad suya, al cabo de un rato, menos prolongado que en otras ocasiones, la voz implacable del alumno inquisidor se elevó en una nota aguda y falsa y, con estudiado efectismo, se precipitó en el vacío para callar bruscamente. El silencio, ahora sí, era total y cubría con oscura sábana de muerte el atestado salón de clase. ¿Qué dirían los alumnos? ¿Cundiría el pánico en el aula? Al doctor Octavio Aguilar no le gustaban los gestos ni las posturas dramáticas y, aunque presentía que no lo iba a conseguir, intentó levantar la cabeza, mover los brazos, abrir los ojos, responder al tonto de Zanabria. Para sorpresa suya, su cabeza se irguió aunque dificultosamente y poseída por un ligero y, tal vez, imperceptible temblor, sus manos abandonaron los brazos del sillón, donde estaban aplastados bajo un peso infinito, y se posaron en el tablero del pupitre, sus ojos se abrieron a la luz que habían dado por perdida y su boca dejó volar aladas palabras, algo roncas acaso, pero con orden y sentido. La extraña voz cavernosa que forza-damente salía de sus labios era la suya, no cabía duda. “Sí —dijo—, sí, el artículo del profesor Trant, al que usted se refiere, aunque no ha mencionado al autor, es realmente sugestivo. Sin embargo, como casi todos los trabajos de crítica literaria, no es una demostración matemáticamente exacta. Encierra, sí, un nuevo instrumento de análisis que, acaso aplicado a otros poemas, podría darnos una nueva dimensión de la obra de Eguren”. Sintió que el sudor perlaba su frente, pero el deber estaba cumplido y había evitado el ridículo o el drama. Con alguna dificultad, todavía, recogió sus papeles de la mesa y se levantó del ancho sillón profesoral. Estaré muerto, se dijo, pero no permitiré ningún escándalo sobre mi cadáver, tengo que llegar a mi casa. Rodeado de cuerpos juveniles y vivaces, de una muralla de agudas voces entrecruzadas que atravesó sesgadamente, esquivando al azar algunas tímidas preguntas de última hora que, miradas desde la altura de su muerte, le parecían vagas e intrascendentes, abandonó el aula ominosa. Sus pasos, inseguros al comienzo, poco a poco se volvieron firmes y hasta garbosos; su marcha soslayó, hábilmente, los vocingleros grupos de alumnos que salían de otras aulas o se habían detenido en el pasillo a parlotear alegremente. Llegó al fin sin tropiezos, al patio de entrada, feo y tumultuoso. Por la rampa que daba al piso de Educación, nimbada por los resplandores entreverados de su sonrisa y sus anteojos, subía la doctora Garreaud, a la que saludó con elegante reverencia y enrumbó luego su cadáver hacia el salón de profesores para firmar el libro de clases. En la puerta se encontró con un racimo de maduros doctores, saludó cortésmente a cada uno y todos le devolvieron el saludo sin mayor ceremonia. No se han dado cuenta, se dijo, y su alma se sintió dulcemente aliviada. Belarte, gordo, calvo, chismoso y mal hablado, como buen profesor de historia, se solazaba contando chistes sobre el rector, cuya torpeza expresiva era famosa: apenas terminados sus estudios universitarios entró a trabajar a un laboratorio, en una sección cuyo jefe estaba haciendo experimentos con tranquilizantes y lo aprovechó como conejillo de Indias, pero se le fue la mano, desde entonces ha quedado así. Todos rieron malévolamente la chanza. También dicen, continuó Belarte, pero lo que también decían del rector no lo supo nunca el doctor Octavio Aguilar que, disimuladamente, se coló en el salón de profesores, hastiado de los chismes y rencores de un mundo que ya no le pertenecía. Se llegó a la mesa, sentóse en la butaca y, en una hoja del libro de clases, escribió los apuntes acostumbrados de fecha, hora y tema de exposición, estampó decididamente su firma y se la quedó mirando, como si buscara en ella las huellas de su muerte reciente. Era su firma de todos los días, pero continuó absorto en su contemplación, no tanto porque buscara en ella alguna peculiaridad ultramundana, como para descansar cómodamente: una muerte no era en modo alguno algo sencillo y la suya había terminado por fatigarlo. Y eso, pensó, que no ha hecho sino empezar. Sus plácidas meditaciones cadavéricas se vieron repentinamente segadas por la acezante llegada del doctor Bonami, quien le habló en un susurro entrecortado y perentorio: “Fui a buscarte, pero ya habías salido”. Debe estar sin coche —pensó el doctor Octavio Aguilar— y tendré que llevarlo a su casa. “¿Ya firmaste?” —prosiguió Bonami, con su brusquedad acostumbrada— “entonces, vámonos, si no te molesta. Perdona que te apure, pero debo recoger a Elisa”. Salieron del salón y del edificio y se echaron a andar por la vereda rodeada de polvorientos jardines, entre venias y cortesías de alumnos y profesores que pasaban. Por lo visto era ya algo tarde cuando llegaron a la pista donde se estacionaban los autos, pues no quedaban muchos. El doctor Octavio Aguilar buscó el suyo con impaciente mirada y no lo encontró. “¡Diablos! —exclamó dirigiéndose a Bonami— no veo mi coche, ¿qué habrá pasado?”. La risa suave, cálida y amigable de Bonami, lo sorprendió e incomodó más que la desaparición de su automóvil. Entre-cortadamente, entre asomos aún de contenidas carcajadas y por incontenibles manoteos, Peirano se explicó: “Estás perdiendo la memoria sabio, profesor. ¿No recuerdas que ayer dejaste tu carro en el taller y que esta mañana te traje en el mío?”. Frente al auto de su amigo, el doctor se rascó preocu-padamente la cabeza: la muerte empezaba a deteriorarlo.
     ¿Adónde lo llevaría todo esto? El motor estaba encendido, la puerta abierta, otros coches partían ruidosamente, opacando las voces de despedida. Sin decir palabra, se sentó junto a Bonami y partieron, también, ruidosamente, abandonando —seguramente para siempre— el lugar donde había ocurrido su muerte. La pista de la Ciudad Universitaria orillaba las facultades de Económicas y Derecho y, después de una curva, las de Química y Ciencias Básicas. El automóvil de Bonami la recorrió rápidamente, atravesó la Avenida Venezuela y enfiló por la Riva Agüero. Bonami, sin apartar la vista del camino, parloteaba volu-blemente. Al parecer la cosa estaba hecha, no había ningún problema, la mayoría de los profesores habían manifestado su acuerdo y el tercio lo estaba decidiendo en este instante. El doctor Aguilar, la mirada perdida en el vacío, el semblante adusto y cerrado, nada escuchaba, de nada se percataba, ni de las noticias intermitentes de Bonami, ni de los insensibles cambios del paisaje urbano: a la mezcolanza de casitas suburbanas, factorías de automóviles, restaurantes criollos y clínicas de medio pelo que predominaban en las zonas de San Miguel y la Magdalena, le sucedieron los barrios más residenciales y reposados de Orrantia y San Isidro, con sus grandes casas rodeadas de jardines. Desembocaron, al fin, en la Avenida Arequipa, último tramo de la ruta entre la Ciudad Universitaria y la morada del difunto y mudo doctor Octavio Aguilar. A esta tranquila hora de almuerzo y descanso, la avenida no se hallaba muy congestionada y Bonami conducía su automóvil a una velocidad inusual, esquivando con hábiles maniobras a uno que otro peatón distraído o audaz, o a algún coche que se detenía para que subiera o bajara un pasajero. “Tengo que recoger a Elisa de su Instituto”, dijo Bonami a guisa de explicación, como disculpándose de su prisa inusitada. Octavio Aguilar, la mirada siempre perdida en el vacío, no parecía darse cuenta de nada y nada contestó. Mudo e inmóvil, permanecía sumido en sombrías meditaciones acerca de su propia muerte. “Me disculparás que no te deje a la puerta de tu casa —volvió a decir Bonami—, estoy apurado, Elisa me espera y se me ha hecho tarde. Total, sólo tendrás que caminar dos cuadras”. El automóvil se detuvo y el doctor Aguilar sintió que sus lúgubres pensamientos, como llevados por la inercia, abandonaban su mente cansada y continuaban su desenfrenada carrera hacia el óvalo de Miraflores. Sin ese peso triste comprendió lo que Bonami había venido diciéndole, le dio las gracias, le dijo que no se preocupara, bajó del vehículo y lo vio partir velozmente hacia el Instituto donde Elisa esperaba dando con el pie en el suelo, furiosa por la tardanza. Sonrió imaginando la escena y le dedicó un pensamiento afectuoso a Bonami quien, a pesar de la impaciencia de Elisa, había esperado que terminara su clase egureniana y se había desviado de su camino para dejarlo a sólo dos cuadras de su casa. En ese momento lo taladró una nueva angustia: ¿Dónde diablos estaba su casa? ¿Debería ir hacia la derecha o hacia la izquierda de la avenida?

     Es la muerte, pensó con ánimo derrotado. Miró pasmado a un lado y a otro buscando una señal salvadora, una sombra amiga que hallara eco en su memoria. Su memoria era un espacio abierto, opaco y sin sonido. Por la pista pasaban raudos automóviles; por la vereda, casi nadie, salvo un grupito de muchachas que lo envolvió por un instante en un claro río de risas refrescantes. ¿Se estarían riendo de él? El doctor Aguilar, muerto perdido bajo el sol, las vio pasar con desorientado gesto y se dio cuenta de que estaba hecho un pasmarote, parado tontamente en la avenida Arequipa, mirando a un lado y a otro. Decidió caminar adonde fuera. Si continuaba inmóvil, su casa no vendría a buscarlo; si caminaba sin rumbo, era siempre posible que apareciera algún signo revelador del paradero de su vivienda, que un muro, un árbol, una ventana despertaran su memoria dormida. Dormida no, muerta. Aunque caminara en vano, resultaba preferible la acción inútil a la inacción ridícula. Ridícula, ridícula y se echó a caminar hacia su derecha, con decidido paso, como hombre a quien esperan la suculenta comida, el descanso reparador y las alegrías familiares después de cumplida la jornada, aunque en verdad nada de esto le importaba y sólo procuraba parecer natural y respetable. Al llegar a la primera esquina, dudó un instante entre torcer a la derecha o a la izquierda, o seguir de frente. Siguió de frente. Sólo tendrás que caminar dos cuadras, había dicho Bonami. Esas dos cuadras, ¿seguirían una línea recta o formarían un ángulo? En todo caso, desandaría el camino hecho y caminando dos cuadras hacia una parte y otra, formaría una red alrededor de la infausta esquina en que lo dejara Bonami: en algún punto de esa red se encontraría su casa, sí, pero ¿llegaría él a reconocerla? He allí el problema. En ese punto de sus sombrías reflexiones, escuchó a sus espaldas una infantil voz conocida: “¡Papá, papá!, ¿a dónde vas?”, volvió la cabeza y vio a su hijo que corría a abrazarlo. Su alma muerta volvió a su cuerpo muerto, abrió en su boca una espléndida sonrisa y lo hizo inclinarse y alzar en vilo al pequeño salvador y estrecharlo fuertemente contra su pecho. “¿Adónde ibas, papá?”, volvió a preguntar el pequeño Federico. Federico, hijo suyo, nacido y criado en la casa paterna. “Iba a comprar cigarrillos”, respondió sin pensar, dominado por el gozo de haber llegado a puerto y aguijoneado por la voz aguda, por la mirada inquisitiva del pequeño Federico, hijo y salvador suyo. “Pero si tú no fumas, papá”. Hablar sin pensar sólo puede ser un privilegio de los vivos, un muerto debe ser más prudente y cuidadoso. “No —dijo el doctor Aguilar, con aire profesoral y explicativo—, no fumo, efectivamente, pero esta tarde vendrán a visitarme unos amigos que sí fuman”. Antes de entrar al cielo de su casa, el doctor Aguilar se dio cuenta de que debía pasar unas pruebas, responder a los enigmas, burlar al gnomo guardián del tesoro escondido. “Pero la bodega no está por este lado, está en Enrique Palacios”, insistió su hijo, muy en su papel de gnomo guardián e impertinente que, felizmente, se transformaría en guía bienhechor si recibía el santo y seña debido, el mágico conjuro exacto. El doctor Octavio Aguilar se propinó una sonora palmada en la frente: “Es verdad, desde la mañana ando un poco distraído”. Y luego, para equilibrar, seguramente, la desventaja en que lo colocaba su mala memoria o porque estaba seguro de haber vencido, al fin, todos los obstáculos que impedían su retorno al hogar, o simplemente, para atenuar el efecto levemente doloroso de la palmada en su propia frente, arrugó el entrecejo y se dirigió a su hijo con fingida severidad: “Y tú, ¿qué haces en la calle?, ¿tu madre te ha dado permiso?”. El pequeño Federico lo miró asombrado: “Pero papá, ¿qué te pasa?, mamá se fue a Trujillo a ver a la abuelita que se puso mal”. Todo se me deshace, pensó el doctor Octavio Aguilar con amargura, mi vida anterior se me escapa irremediablemente, es el negro resultado de la muerte. “Vamos a casa —dijo desanimadamente—, estoy algo fatigado, he trabajado mucho”. Y le dio la mano al chiquillo, porque su memoria seguía dormida. Dormida no, muerta. Lo mejor sería echarse en la cama y que todo terminara de una vez. Dieron unos pocos pasos, el hijo empujó alegremente el entreabierto portoncito del jardín delantero y luego, cuando el padre sacaba las llaves de la puerta de la casa, preguntó todavía: “¿Y los cigarrillos, papa?”. El doctor Aguilar suspiró hondamente, luchar contra la realidad desde el trasmundo de la muerte resultaba una dura faena. Sacó un billete de la cartera, se lo dio a su hijo y musitó apenas: “Anda tú, dos cajetillas de rubios y una de negros, y un chocolate para ti con el vuelto”. Antes de que terminara, el pequeño había cogido el billete al vuelo, había partido raudamente, había dejado estirándose a lo largo del salón, como una serpiente amistosa, un sonoro “gracias, papá”, que llegó a los oídos del doctor Aguilar junto con el portazo que era el sello final de su odisea. Realmente fatigado, escogió un sillón donde reposar un momento del alud de tantas emociones encontradas. Cuando lo halló y estaba a punto de sentarse, la voz de Alicia, eficiente ama de casa durante la ausencia de su mujer, viuda parlante y tía política suya, lo detuvo en seco. ¿Las pruebas, los obstáculos, las amenazas no cesarían jamás? Se volvió, desconsoladamente, hacia la gran nariz y los grumosos anteojos que agrandaban increíblemente los profundos ojos pardos de su parienta, rozó con sus resecos labios la blanca tez apergaminada y se sumergió hasta el ahogo en el torrente de su parla femenina: “Te vi desde la ventana de arriba y bajé al instante a disponer tu almuerzo. Ya está servido, vamos al comedor. No, no, es en vano que protestes. Paula no me perdonaría si te dejara enviciarte en la arbitrariedad y en la pereza, con peligro de tu salud. Hay que decir las cosas como son. Después podrás descansar a tus anchas, ahora debes almorzar. Te haré compañía mientras saboreas lo que yo misma te he preparado. Emilia es una buena cocinera, pero en aliñar el pescado le doy ciento y raya”… ¿Qué nave transa- tlántica sería lo suficientemente marinera como para resistir la tormenta de esa parla femenina? Desesperado y desesperanzado, el doctor Octavio Aguilar se refugió en el comedor, con la tormenta detrás, implacable y sonora. Empezó a comer parsimoniosamente, aunque con buen apetito —después de todo eran ya casi las tres de la tarde— y, para sorpresa suya, una onda de placer despertó su aletargado paladar. Especial mente el pescado al vapor, punto fuerte de las habilidades culinarias de Alicia, lo saboreó con verdadera fruición, a pesar de la molesta e indetenible parla de su autora, a la que procuró no hacer caso, pues le estorbaba en sus afanes gustativos, así como en sus tareas literarias le estorbaban muchas veces, y solía no hacerles caso tampoco, los comentarios y explicaciones de poetas y novelistas sobre sus propias obras. Terminó su almuerzo con una compota de higos muy almibarada y un café amargo. Un cigarrillo hubiera sido la culminación perfecta del sabroso almuerzo, pero no era fumador y, por esta razón, su cuerpo muerto se perdió un venenoso placer suplementario. La charla de Alicia seguía entretanto su caudaloso curso: “Ya era hora de que en la Universidad aquilataran tus méritos”. Y para subrayar debidamente esta frase que, sin duda alguna, ella misma juzgaba notable, hizo una pausa y le lanzó una mirada intencionada, cuya intención no alcanzó a desentrañar el difunto y bien alimentado doctor Aguilar. ¿Y Federico?, pensó en cambio, ya debería estar aquí. Como si un pensamiento hubiera sido una mágica llamada, Federico entró por la puerta de la cocina, la cabellera revuelta, los ojos relucientes, rastros de chocolate en las comisuras de los labios. “Aquí están tus cigarrillos, papá”, dijo triunfalmente, y puso sobre la mesa tres cajetillas algo chafadas. La mirada de Alicia se volvió comprensiva, esos cigarrillos venían a confirmar de algún modo secreto sus verbales esperanzas. Cuando iba a reforzarlas con esta aromática ayuda, el doctor Aguilar se levantó de su asiento. “Voy a descansar —dijo—. Hasta luego, Alicia”. Y se alejó después de acariciar distraídamente la despeinada cabeza de su hijo. Ya en la puerta, alcanzó a percibir que el caudaloso río oratorio de Alicia tomaba otro rumbo, más agresivo: “Has estado comiendo chocolate. Estás transpirado y despeinado. Anda a lavarte la cara. ¿De dónde sacaste plata para comprar porquerías?” El doctor Aguilar, al pie de la escalera, se encogió de hombros y subió imperturbablemente al segundo piso. Entró primero al baño, pues juzgó conveniente lavarse, peinarse y acicalarse por última vez. El agua fría no lo liberó de su fatiga mental ni de la modorra física propia de una persona que acababa de almorzar. Ya en su cuarto, corrió las cortinas, se quitó los zapatos y se echó en su cama vestido como estaba: ponerse el pijama hubiera sido un trabajo inútil. ¡Ya para qué! Al fin, se dijo, y cerró los ojos. Un sosegado velo de nieblas lo envolvió. Luces, ruidos, pensamientos lo abandonaron y pudo descansar en la profunda, acogedora oscuridad. Lamentablemente, nada hay perfecto ni en la vida ni en la muerte, y la oscuridad que lo envolvía se pobló de ataúdes volantes y mares de ceniza. Su alma navegó por inacabable valle de sombra de muerte. Al fin, se dijo todavía, en esa especie de cadavérico sueño del que no debía despertar. No era el cielo aún, hecho de luz y melodía, según proclamaban los escritores místicos. Tampoco era el infierno de oscuros fuegos torturantes y desesperación. Ni el purgatorio de penitencia y congoja. Era, simplemente, una penumbra desolada, un mar oscuro y quieto en el que, súbitamente, vio flotar su propio rostro ceniciento, sus manos inertes, su cuerpo sin vida: la muerte llegaba como un sutil desdoblamiento, como la pérdida de lo que había considerado, hasta entonces, más propiamente suyo. Sintió que se elevaba blandamente sobre las aguas inmóviles, mientras su rostro, sus manos y su cuerpo, inmóviles y mustios, se veían cada vez más distantes y pequeños. Se perdían sin un gesto, sin una voz de despedida. ¿Quién era el que se alejaba por el aire oscuro, desposeído de rostro, de manos y de cuerpo? Una nueva angustia oprimió su inexistente corazón. Cuando lo dominaba la pesadumbre de haber perdido su cuerpo, que era ya un muñequito minúsculo a la distancia, sonaron dos, tres golpes pausados. No, no era una engañosa ilusión: volvieron a sonar dos, tres veces. “Octavio, Octavio”, escuchó veladamente la voz lejana de Alicia, viuda infatigable, ineludible torturadora suya. “Octavio, ya van a ser las cinco”. Esto era el colmo, nunca podría separarse definitivamente de su cuerpo y alcanzar la anhelada salvación. Se sintió descender precipitadamente hacia donde reposaban su rostro ceniciento, sus manos yertas, su cuerpo inmóvil. Abrió los ojos y su rostro volvió a ser su rostro. La luz, tamizada por las pesadas cortinas, apenas lo hizo parpadear. “Octavio —repitió la voz sin fondo de Alicia—, Octavio, a las cinco te llamará Paula, te lo dije en el almuerzo”. Con palabra salvada de las sombras y más sonora de lo que hubiera imaginado, preguntó “¿Paula?”. Al otro lado de la puerta, la voz de Alicia se arrugó en una casi imperceptible onda de fastidio: “Sí, Paula. Te lo dije mientras almorzabas. Te llamará a las cinco. Y a eso de las seis vendrá la Universidad”. El mundo, desde su normalidad de llamadas telefónicas y minutos contados, no lo dejaría nunca en paz, ni en la vida ni en la muerte. “Ya voy”, contestó perezosamente. “Voy en un instante”, repitió sin moverse de su lecho fúnebre, con los ojos abiertos a la luz recobrada y los oídos a los menudos pasos de Alicia. Cuando se volvieron inaudibles, suspiró y sonrió, casi simultáneamente. En el silencio de su cuarto penumbroso, cobró lucidez y conciencia. Que Paula lo llamara por teléfono, podía entenderlo, aunque no veía claramente como Alicia había llegado a saberlo. Lo que no alcanzaba a comprender en modo alguno era eso de que la Universidad vendría a su casa. ¿Qué demonios habría querido decir Alicia? Estirando el labio inferior sopló hacia arriba para apartar de sus ojos un mechón rebelde y para barrer de su mente esas banales preocupaciones. Se desperezó voluptuosamente y, vencido aún por una dulce lasitud, se levantó despaciosamente, se calzó las blandas pantuflas y avanzó suavemente hacia la ventana para separar las cortinas. La luz ambarina de la tarde en derrota invadió la habitación, aventó las sombras de los sueños impíos, se posó blandamente en los cobertores del amplio lecho matrimonial. El doctor Aguilar contempló por la ventana el apacible paisaje urbano de las cinco de la tarde. En el balcón frontero, los sesgados rayos del sol otoñal encendían los claveles encarnados de una docena de macetas. Respiró hondamente, sumergido en el gozo diáfano de la luz dorada. Estiró los brazos por encima de la cabeza y se volvió hacia la habitación, para mirarse en el espejo del tocador de Paula. No, su rostro no era ceniciento. Lucía, más bien, sonrosado y brillante, efecto seguramente de la áurea luz vesperal o de los claveles reventones. Como quiera que fuese, su figura no parecía mal. Su camisa sí, mustia y arrugada, desentonaba en la pulida superficie del espejo. Del cajón de la cómoda sacó un juego de ropa interior y otra camisa alba, planchada, reluciente, olorosa a lavanda. Se dirigió al baño a refrescarse. Rodeado de espejos y mayólicas, a la fría luz de la lámpara fluorescente, sintió su cuerpo caluroso y transpirado. Decidió darse una ducha rápida y se desnudó sin dilaciones. Ni pálido, ni yerto, ni lejano, su cuerpo tembloteaba y se esponjaba mientras se acercaba a la ducha. El doctor Aguilar desdeñó la llave de agua caliente y soltó un chorro frío que le cortó la respiración. ¿La respiración? Sí, la respiración. Por lo visto, las costumbres de la vida, las más humildemente físicas y materiales, son difíciles de olvidar. Pensamientos encontrados amenazaban su mente muerta, felizmente el agua helada los ahogó antes de que crecieran. El difunto doctor Aguilar no tenía cabeza para nada, invadido por el placer natural del agua fresca. Cerró la llave y se secó enérgicamente con una gran toalla. Cuando sintió la piel enjuta, se puso la ropa interior, calzó las pantuflas, hizo aún unas gárgaras apresuradas, se peinó de dos manotazos y volvió a su habitación para terminar de vestirse. Se sentía ligero y fácil como nube estival, fresco como pétalo o hierba silvestre. La sensación de bienestar no fue bastante para que olvidara del todo su dramática situación: buscó en el ropero un discreto terno gris. Después de ponerse el pantalón, se calzó unos finos zapatos de charol y, cuando iba a terminar de vestirse, oyó el lejano timbre del teléfono. Miró el reloj del velador: las cinco en punto. Era Paula, puntual como de costumbre. Revolvió las ropas amontonadas en un sillón hasta encontrar su vieja bata de seda y, al tiempo que se la ponía, marchó hacia la puerta donde casi tropezó con Brígida quien había subido las escaleras de cuatro en cuatro y sólo atinó a tartamudear: “Señor, la señora”. Aguilar, después de un simple ademán de comprensión, bajó las escaleras sosegada- mente. Junto a la mesita del teléfono, de pie y haciéndole visajes significativos, estaba Alicia con el auricular en la oreja: “Sí, hija... sí... de acuerdo, no te preocupes... aquí está Octavio”. Octavio cogió el fono y escuchó la voz distante, minúscula, perdida, de su mujer. “Qué alegría, Octavio... Por fin... lo he sabido por Alicia... Se lo contó Elisa... Elisa Bonani... Mañana regreso... No, mamá ya está bien... Fue un susto, sí... Pero ya pasó... La elección será el jueves, pero... No ya no hay nada que temer... En cambio allá... Hay muchas cosas que hacer... No te preocupes, mañana estaré en casa... Quisiera hablar con Federico”. El doctor Aguilar volvió la cabeza y allí estaba Federico, en puntas de pies, anhelante y bien peinado, obra de Alicia sin duda. Le pasó el fono y escuchó la voz, ahora cercana, aguda y tierna de su hijo: “Aló... Sí, mamá... me he portado bien... tía Alicia está muy contenta... Sí, claro. Chau, mamá... Papá, mamá quiere despedirse”. El doctor Aguilar volvió a escuchar a la distante Paula: “Espérame mañana… Sí... a las doce... No te preocupes... Hasta mañana”. El hilo de voz se había quebrado. Octavio colgó el auricular, se arrellanó en la butaca y abrazó a su hijo: “Mañana tendremos a mamá en casa”. Alicia, viuda sin descendencia, miraba como enternecida la escena familiar. Federico alzó confiadamente la cabeza y preguntó con incontenible esperanza: “¿puedo ir a jugar con Paco?”. No bien el padre, benévolo y difunto, dijo que sí, que sí podía, Federico desapareció como un fantasma hábilmente conjurado. “Este niño, —dijo Alicia, con la voz y los ojos húmedos—, no hay quien pueda con él, siempre se sale con la suya. Y tú, Octavio, antes de terminar de arreglarte, ¿deseas un cafecito?”. Las pequeñas satisfacciones de la vida rodeaban engañadoramente al doctor Aguilar, no le permitían llegar al final, eran trampas aviesas que se tendían a su paso para torcer ese destino que había asumido ya, con ánimo viril. Sin dejar traslucir ninguna emoción, el doctor Aguilar sacudió vigorosamente la cabeza: “No, gracias, Alicia. Tengo que hacer unas llamadas”. Alicia lo miró comprensivamente: “Pues yo tengo que hacer allá dentro. Ya sabes. La Universidad. En fin, te dejo”. Y después de estas frases telegráficas, pronunciadas entre sonrisas y resplandores de sus profundos ojos pardos, se marchó con menudos pasos apresurados de mujer hacendosa. El doctor Aguilar se quedó solo en el hall de la casa, al pie de la escalera. Sentíase fresco y ligero después de la violenta ducha helada y de la entrecortada conversación con Paula. Sí, lo mejor sería que ella retornara. Sumergirse totalmente en la muerte con la familia partida, el hijo pequeño y sin madre, era un disparate. No debía precipitarse, no debía ser egoísta. Que llegara Paula para que todo pudiera consumarse dignamente. Su cuerpo, descansado y ligero, se levantó de la butaca para pasear a grandes trancos. Su alma se mecía arriba, en la paz de las horas muertas. Lejos, muy lejos, como desde otro mundo, llegaba a sus oídos el ladrido de un perro, el timbre de una casa, el traqueteo de un automóvil. Alrededor suyo, silencio y soledad de puna. Nada se movía sino su propio cuerpo muerto y el minutero del gran reloj de péndulo. Tan, tan, tan sonaron las campanadas de la media. Nadie las escuchó. El doctor Aguilar, en la casi perfecta paz del tiempo muerto, no se preocupaba de las pequeñas y ridículas medidas cronológicas humanas, aunque suenen acompasadamente en un historiado reloj de pie. Sólo el tiempo puro merece la atención de los hombres que han superado las limitaciones de la vida. Esto, naturalmente, no rezaba con Alicia, mortal y limitada al próximo o remoto mundo de su parentela, porque sin parar mientes en las altas meditaciones de Octavio, apenas llegó de la cocina, toda arrebolada y agitada, exclamó impetuosamente: “¡Octavio, Octavio, en qué estas pensando! ¿No te dije que vendría la gente de la Universidad? Ve arriba, por favor, a terminar de vestirte. Es una ocasión importante: ponte una buena corbata y también el chaleco. No te sonrías, no. Ya no hace calor y por las noches refresca y es más elegante. Apúrate, hombre, ya van a ser las seis”. En ese momento sonó el timbre de la puerta. “¿No te lo decía? —dijo Alicia, triunfalmente—. Son ellos, sube que yo los atenderé, pero no tardes”. El doctor Aguilar, que había soportado a pie firme el imperativo chubasco oratorio de Alicia, no pudo ni quiso replicar nada. Dio media vuelta, simplemente, y se dirigió al segundo piso, a ponerse una buena corbata y el chaleco, como quería Alicia, y la chaqueta naturalmente. Su cuerpo leve y vaporoso, casi inexistente y como ajeno ya, no necesitó la ayuda de su pensamiento reflexivo para realizar esas pequeñas tareas de la apacible vida burguesa: hizo todo lo necesario sin que la conciencia muerta del doctor Aguilar se entrometiera y se dio tiempo, incluso, para una rápida afeitada con la máquina eléctrica. Bien empaquetado y siempre ágil volvió a la primera planta. Desde la escalera empezó a percibir las alegres voces académicas. Estaban Bonami, Belarte, Martínez, las doctoras Garreaud y Pérez Concha, y también Rodríguez Sauce, el decano. ¡Caramba!, la cosa era importante, como dijera Alicia. Ya en la puerta distinguió también a varios alumnos, felices de encontrarse en una reunión de maestros. “Aquí está el hombre” dijo con voz cálida, entusiasta, ligeramente engolada, el bueno de Silvera y empezó un alegre palmoteo, prontamente transformado en ovación por las dieciocho o veinte personas que, puestas de pie, le sonreían y aplaudían. Esto hubiera bastado para ruborizar a quien no estuviera muerto, como lo estaba el doctor Aguilar, quien se limitó a plegar los labios en una sonrisa entre sorprendida e irónica y familiar. Apenas cruzó el umbral del salón, rodó materialmente de los brazos de uno a otro de los concurrentes, hasta terminar en los respetuosos y azorados apretones de manos de los alumnos (Olivera, Belmont, Ronconi, Chumbe), quienes, además, lo doctorearon solamente. Se hizo después un silencio y un anillo. Todos habían callado mientras se desplazaban armoniosamente para formar el círculo. Silvera, que había quedado frente a él, tosió profe-soralmente y empezó llenando o queriendo llenar un vacío en la memoria del doctor Aguilar: “Como recuerdas, mi querido Octavio, después de que un numeroso grupo de profesores de-cidió lanzar tu candidatura a las próximas elecciones para Decano y después de conseguir tu asentimiento, lo que dada tu proverbial modestia no fue cosa sencilla, se me encargó la presidencia de una comisión que debía hacer las gestiones necesarias para asegurar la victoria. El encargo ha sido cumplido: más de la mitad de los profesores se han comprome- tido a votar por ti, y en el mismo sentido se ha pronunciado, justamente hoy día, la totalidad del tercio estudiantil. El pró-ximo jueves, mi querido Octavio, serás elegido con un mínimo de ochenta votos y no sería extraño que, ante tu indiscutible popularidad, los otros candidatos en ciernes, Sileri y Bringas, declinen su postulación y, en ese caso, el claustro votaría por ti unánimemente y serías elegido por aclamación. Ade-lantándonos a tan previsibles acontecimientos, no es apresurado que te felicitemos desde ahora todos los aquí presentes”. Nuevos aplausos inundaron el salón, rebotaron en las paredes, hicieron crujir los muebles y abrieron una ancha sonrisa en el apergaminado rostro de Alicia, quien, junto con las dos muchachas de servicio, muy tiesas y orondas en sus albos uniformes recién planchados, pasaban grandes bandejas con tintineantes vasos de whisky o jugos frutales, y varias fuentes provistas de abundantes y variados bocaditos, que el doctor Aguilar no se explicaba de dónde habían salido. Todo tenía un aire de comedia preparada. El silencio, salvo el festivo entrechocar de vasos, volvió a dominar pesadamente el aire del recinto y todos los rostros se volvieron hacia el doctor Aguilar. Evidentemente debía contestar a Silvera. No sentía ningún deseo de hacerlo: su cuerpo libre y fresco, quería más bien salir volando por la ventana abierta del salón y diluirse en los últimos resplandores de la tarde otoñal o en las primeras sombras de la noche naciente. Su espíritu estaba en otra parte, en el vacío perfecto de la nada, en la irresponsabilidad de la muerte. Su memoria no recordaba episodio electoral alguno, ni reu-niones previas, ni asentimientos nimbados de modestia, ni encargos capituleros. ¿Qué le podía importar todo esto? Solamente el silencio le preocupaba. No podía seguir sosteniéndolo, debía dar un grito o arrojarse por la ventana y romper el círculo mágico que lo encadenaba a una respuesta odiosa. Fue entonces cuando sintió un leve codazo familiar e imperativo. Era Alicia que, maternal y oportuna, se había colocado a su lado. Como si ese codazo fuera la gota de agua que colma el vaso, el doctor Aguilar rompió a hablar decididamente. Mientras hablaba sintió lo que había sentido otra vez ese mismo día: que las palabras salían de su boca como objetos autónomos, como globos libres que, independientemente de su voluntad y de su conciencia, flotaban blandamente y a su guisa en el aire quieto. Entre su voz y él se había producido una sutil separación. La memoria feliz, el discurso nítido, esas dos características tan justamente alabadas por alumnos y colegas, se le habían quebrado irremediablemente. ¡Qué importaba después de todo! Nadie se daba cuenta y las palabras, ajenas a su voluntad, salían de su boca alegres, aladas, melodiosas y suyas. Suyas, sí, aunque ni su conciencia ni su espíritu les hubieran dado el toque último, el sello personal. Sonaron nuevos aplausos. Silvera y Rodríguez Sauce volvieron a abrazarlo. Tarde de gloria para las letras universitarias. Satisfacción para los maestros universitarios que de la buena guía de Rodríguez Sauce pasaban a la guía inmejorable de Octavio Aguilar. Dicha de los alumnos que empezaban a beber el whisky de la sabiduría. Arrobo de Alicia que, callada, al parecer por primera vez desde los días insondables de su puerperio, se contoneaba entre unos y otros, pasando de las mudas sonrisas de admirativa aprobación por las palabras de los sabios profesores a las órdenes, también mudas, pero fulminantes que dirigía desde sus profundos ojos pardos hacia las dos muchachas de mandil blanco que, afanosas y arreboladas, distribuían bebidas y bocaditos o recogían vasos vacíos y colmados ceniceros. El espíritu del doctor Aguilar se mecía en un cielo inactivo, por encima de las conversaciones académicas, de las áridas cifras del presupuesto administrativo, de las profundas o intencionadas citas de Sartre o Toynbee, de las anécdotas picantes que desparramaba Belarte. A pesar de todo, insidiosamente, le rodeaba el aire muelle de la gloria humana y no podía dejar de respirarlo y aún de gozarse vanamente en su perfume insustancial. Durante años había desperdiciado horas de meditación imaginando ascensos y prebendas. El decanato, meta apetecida de sus banales ensueños, llegaba ahora cuando ya nada significaba para él, cuando estaba muerto. Miró de soslayo a la alegre y gentil concurrencia académica. Contempló, sobre todo a Rodríguez Sauce, tan orondo, tan hueco, tan pomposo. Indudablemente había que estar muerto para triunfar, para ser importante, para llegar a la cima. El doctor Aguilar suspiró casi ruidosamente. No era un suspiro de angustia, pena o desconsuelo. Era un suspiro de satisfacción. Al fin y al cabo, algún fruto debía rendirle la muerte. Levantó el rostro difunto y sonriente: Bonami se despedía calurosamente, lo abrazaba con entusiasmo, le sacudía la mano, lamentaba que Elisa no hubiera podido venir; por otra parte, Paula no estaba tampoco, aunque ya, ya sabía que su regreso era inminente, lo de la madre felizmente no había sido nada, en fin, aún faltaba lo mejor, lo celebrarían todos reunidos. Bonami acabó entrecortadamente su larga despedida y otros concurrentes vinieron a remplazarlo en las salutaciones. Nuevos abrazos, sacudones de manos, felicitaciones señor doctor, recuerdos a Paulina, un guiño picaresco de Belarde. En el salón semiabandonado, entre vasos vacíos, arrugadas servilletas de papel y apagadas colillas en el suelo y en todos los ceniceros, sólo quedaron en pie la infatigable y extraña-damente callada Alicia, las dos muchachas de servicio que iban recogiendo todo lo recogible y él, el doctor Octavio Aguilar, difunto y decano, a quien deberían haber recogido también, si en las buenas casas se atendiera un poco más a la realidad y un poco menos a las apariencias. “Ahora que eres decano, papá, ¿mandas a todos los profesores de la universidad?”. Era, naturalmente, Federico, hijo y salvador suyo, a quien Alicia, viuda memorable y celosa guardiana de las conveniencias sociales, había prohibido terminantemente ingresar al salón mientras estuvieran las visitas, lo que no había entristecido demasiado al astuto rapaz, porque en la cocina se desquitó del autoritarismo de la tía mandona, saboreando las primicias de las fuentes gastronómicas destinadas al claustro académico. Satisfecho el estómago y cumplida la obediencia infantil durante un espacio que él mismo juzgó suficiente, el sagaz Federico se deslizó sin ser visto a un penumbroso rincón de la amplia sala, al que no llegaron dichosamente las penetrantes miradas de la tía y desde donde pudo gozar de buena parte de los brindis y salutaciones y de conversaciones no muy apropiadas, al parecer, para su edad, pues sus ojos adquirieron un brillo húmedo y su boca se entreabrió en una sonrisa inacabable. Belarte sobre todo, le parecía persona sin rival ni parangón posible. No bien se hubo marchado el último visitante, Federico se mostró de cuerpo entero en el salón, esquivó los últimos gestos imperativos de Tía Alicia y se acogió confiadamente a la sombra del padre: “Papá, ahora que eres decano, ¿mandas a todos los profesores de la Universidad?”. El doctor Aguilar sonrió beatíficamente y ganado por la tibia inocencia de su hijo, dejó que su espíritu descendiera a tierra: “El decano no manda, hijo, apenas administra y organiza; y eso, no en toda la Universidad, en su Facultad solamente”. Las sutiles distinciones jerárquicas, los niveles administrativos y académicos, eran letra muerta para los ocho años admirables y admirativos de Federico: “Ya lo sé, papá, pero ahora que eres decano, ¿mandas o no mandas a Bonami, a Silvera y a ese tonto de Rodríguez Sauce?”. La tía Alicia no pudo contener su escandalizada indignación: “Niño —le dijo con vocativo para Federico insultante—, ¿qué manera de hablar es ésa?”. Federico se escondió bajo el saco de su padre. “Déjalo, Alicia —dijo sencillamente el doctor Aguilar—, déjalo, los niños deben preguntar y deben también ser un poco irreverentes. En verdad, ese Rodríguez Sauce...”. Alicia no podía permitir que le derrumbaran tan deliciosa tarde, tan espirituales conversaciones y cordiales finezas. “¡Octavio! —rezongó desde la atalaya de su gran nariz— ¡Octavio!, estás mal- criando al niño”. Nuevamente ese “niño” caía como un hiriente proyectil, desde su boca levantada hacia el cielo, a la escondida cabeza de Federico. Antes de que una réplica de Octavio menoscabara su femenina autoridad o disminuyera el valor memorable de las amenas horas pasadas, Alicia agregó: “Además, Federico ya debería haber comido y estar acostado. Y tú también, Octavio, deberías tomar aunque sea un plato de sopa”. El doctor Aguilar, inminente decano, arrugó el entrecejo, ¿comer?, ¿tomar un plato de sopa? ¿De qué le valía estar muerto y a punto de ser decano? Además se había atracado, sin darse cuenta, de bocaditos de jamón y queso y, sin darse cuenta tampoco, mientras su espíritu volaba por los siete cielos clásicos, había bebido con exceso. “No —dijo—, no voy a comer nada ya. En realidad, he abusado de los bocaditos”. Habiéndose excusado tan expeditivamente de ir a la mesa, acompañando a la buena de Alicia y al admirable Federico, recordó los sacrosantos deberes de la cortesía que un muerto podía olvidar, pero jamás un futuro decano y, atinadamente, dijo enseguida: “Entre paréntesis, todo ha estado delicioso, Alicia, te felicito de corazón, has sido muy eficiente y has conducido la reunión con mucha finura. Se lo diré a Paula cuando regrese”. Alicia no cabía en sus glorias, realmente Octavio era un caballero, algo ido por momentos y demasiado consentidor de Federico, pero un caballero sin tacha, no cabía duda: “Gracias, Octavio —dijo melo-samente—. No he hecho mayormente nada. Pero tú y Paula se lo merecen todo”. Había una leve arruga en su voz, una arruga de gozoza emoción que el inminente decano quiso todavía redondear: “Y esta tarde, el lenguado que preparaste era una verdadera obra de arte”. No sólo a su marido muerto hacía años, sino a otro vivo y reciente si lo tuviera a mano, habría echado Alicia por la ventana al oír estos encendidos y sucesivos elogios. Se esponjó detrás de su gran nariz e, incluso, acarició la cabeza de Federico que, confiadamente, al escuchar tantas salvas de cortesía, había abandonado el seguro puerto y cobertor de la chaqueta de su padre. Humanizada en su áspera vejez antañona y estéril, Alicia le dijo al pequeño reaparecido: “Acompáñame al comedor, tengo una sorpresa para ti. Y tú, Octavio, ¿no quieres una tacita de café, por lo menos?”. El cortés y repleto Octavio meneó la cabeza: “No, gracias. Por hoy he comido y bebido bastante. Subiré a mi habitación. Ve tú con Federico”. Y dicho esto abandonó el salón, dejando a su hijo al cuidado de la ahora benevolente Alicia. Subió luego, con pasos no muy seguros, al segundo piso. Su cabeza, además de perdida y muerta, no estaba muy firme que digamos, así que decidió acostarse de inmediato. Olvidando todo tipo de fúnebres pensamientos, de vanidosas reflexiones acerca de su trágica muerte o su feliz elevación al decanato, sólo atinó a repetir sus antiguos hábitos nocturnos. Sin las angustias ni fatigas de la tarde, no se lavó ni acicaló antes de irse a la cama, pero se puso el pijama y sólo al momento de apagar la luz, cuando estuvo acostado, pensó: ¿qué pasará mañana? Paula, se dijo antes de cerrar los ojos, que Paula se encargue de todo. Cerró los ojos y, como ya estaba muerto, se durmió sin ahogos ni sobresaltos, sin temer las acometidas de la muerte. Se durmió como un obispo o como un emperador.

(1979) 

   

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