Tulio Carrasco
( Huancavelica, 1933 )

Látigo

     El patrón está en la capilla... ¿A estas horas?.. Está con su látigo largo y ensebado, envuelto en su poncho de alpaca. Está con sus polainas y su gran sombrero de paja...

     En la capilla se ve por los rincones a varios operarios de la hacienda, trémulos, silenciosos, serios, quizá porque les está doliendo el cuerpo.

     Y el patrón ordena en quechua:
     —¡Traigan a ese sinvergüenza!

     El caporal y el mayordomo arrastran de los brazos al Raymundo.
     Y el patrón sigue gritando:
     —¡Amárrenlo de las dos manos y cuélguenlo del tirante más alto!
     —Taita, perdóname. No he visto nada...
     —Indio desgraciado, ¡calla la boca!.. y ustedes ¡rápido!, jalen pronto, sin mirarme. Así, aprieten, ¡ajusten más!..
     —Taita, yo no he sido. Taita, ¡taitito, papacito!
     —A ver, caporal, cuenta veinte latigazos...
     —¡Güeno, patrón!.. 

     El chicote corta el aire y la carne del Raymundo que cuelga de la viga más alta del oratorio. Los primeros golpes son fuertes, secos, precisos. El castigado los recibe sereno. Aumenta la intensidad de la zurra, y es cuando le arrancan poco a poco fuertes quejidos de dolor y sufrimiento. Luego...
     —Dime Raymundo, ¿quiénes te ayudaron? —pregunta el amo.
     —Yo no sé, taita.
     —Fue la noche del sábado ¿no?
     —Yo no sé, taita.
     —Tres fueron los que sacaron, ¿no?
     —Yo no sé nada, taita.
     —... Mayordomo, diez chicotazos más!

     El indio en péndulo, colgado de los brazos atados a las espaldas, dibuja dolor en la comisura de sus labios y en sus ojos apretados. Un sudor abundante resume su gran sosa tez, como si por los poros le filtrara la angustia y el castigo.
     —Mira Raymundo, ustedes encontraron el día de luna llena.
     —No taita, yo no sé.
     —¡Más látigo a este indio bruto!
     —No taita, yo no he sido.
     —¿Fueron, cinco mil..?
     —No taita, menos...
     —¡Mentira!, fue mucho más.
     —¡Cierto, taita!
     —Como... ¿ tres mil..?
     —No sé, taita, yo no he visto.
     —¿Quién ha visto entonces?
     —A lo mejor el Mauricha Q’hampillanka.
     —Traigan al Mauricio, y suelten a este animal.

     El patrón está furioso y respira fuerte como toro bravo. El pobre Mauricha se aplasta contra la pared, encogiéndose. Lo tiran del poncho hacia los pies del patrón y el patrón lo levanta y le pone un brazo sobre el hombro.
     —Dime. Mauricha, tú fuiste con Raymundo y otro más.
     —Yo no he sido taita, no estuve aquel día.
     —Mientes. Trabajaste para la hacienda, yo mismo te di tu ración de coca.
     —Yo no vine, taita, estuve lejos.
     —Te vieron por la noche.
     —¿Quién, taita? ¡Que me lo diga de frente!
     —¡Mayordomooo, cuélgalo y dale duro!

     El mayordomo exuda y el eco de veinte rebencazos restallan en el retablo del altar mayor. Danzan las bujías de las velas como aplaudiendo la escena.
     —Así, denle fuerte, a este pobre que no estuvo esa noche.
     —A lo mejor estuve, no recuerdo, taita.
     —¿Y quiénes te ayudaron a cargar?.. Pesaba mucho ¿no?
     —Yo no sé taita, no puedo recordar.
     —¿Estaba en un cajón o una petaca?
     —Yo no sé, taita, estaba podrido.
     —¡Tú fuiste! ¡Acabas de confesarlo!
     —Yo no fui, taita.
     —Y ¿dónde lo llevaron?
     —Esa noche no estuve. Me fui al «huaylas».
     —Cada uno se llevó su parte, ¿no?
     —Yo no sé, taita, me fui con Palmicha Kurunña.
     —¡ Ah!.. ¡ con Palmiro!
     —¡Mayordomo, dónde esta el Palmiro Kurunña?

     Al Palmicha lo jalan de un rincón. Está verdinegro, hasta plomizo de terror y le tiemblan los labios como a llama enferma.

     Y la noche, tramando algo, pasta sus incontables sombras; y la noche quiere llorar sin rayos ni truenos. Será lluvia fuerte. El patrón iracundo resopla como el viento que acaba de llegar con aguacero bravo. Dicen que la lluvia son lágrimas de ánimas del purgatorio.
     —¡Amárrenlo, ajusten la soga hasta que se ponga morado!
     —Dime Palmiro, antes de que se te castigue, fuiste con Raymundo y Mauricio y sacaron el cajón... ¿no es  cierto?
     —No, taita, no los vi.
     —¿No los viste?
     —No, taita, no los vi.
     —¡Látigo con este animal!

     El tronador ensebado rasga la carne como si fuera tormenta. En el campo y sobre los sembríos llueve, y el agua rueda por todas partes. Los gallos no han saludado la mañana, porque cuando cae lluvia parece que sintieran frío.

     Amanece sin la estrella grande que se fue oculta por la neblina.

    El patrón colérico y somnoliento castiga indoblegable. Ahora lo hace él mismo.
    —Te voy a pegar veinte latigazos más.
    —No taita, yo no sé.
    —Quítenle las ropas.
    —Que no me desnuden, no taita, desnudo ¡no!, confesaré, que no me quiten las ropas.
    —Di.
    —Era una petaca con monedas de oro y plata. Raymundo y Mauricha me ayudaron a escarbar.
    —¿Por qué no confesaron antes?
    —Digo no más, porque no fuimos nosotros.
    —»Digo no más»... ¡indios mentirosos y ladrones! ¿Dónde lo han guardado?
    —No sabemos, taita.
    —¡Mayordomo, látigo, y calatos!
    —No taitito, que no nos desnuden aquí en la iglesia y ante tanta gente. Confesaremos patroncito.
    —¡Por último! ¿Dónde está?

    Los peones se miran como preguntándose si deben decir la verdad. En lo más recóndito de su secreto saben que ellos son los dueños legítimos y no avisarán de su hallazgo. Pero hay que declarar lo cierto, porque el amo los seguirá flagelando y torturando. Tras larga meditación, responden en coro:
     —Junto al corral del Palmicha, bajo el quingual, allá en la quebrada de Wiñas.
     —¡Vamos todos: —ordena con una sonrisa de triunfo el amo.
     —Vamos, pues...

     El patrón monta su alazán de paso y los indios en larga comitiva lo siguen callados. Llovizna. El aguacero amengua. Toda la noche rugió el agua y el gran río ha crecido considerablemente. Al fondo se ve que el huayco se ha llevado la huerta y el pomar.

     Suben a la cumbre junto con el sol. Al otro lado está la quebrada del Wiñas. Y arriba la sorpresa en los ojos de todos.
     —¡Gran huayco se había levantado por acá! —exclama el guía.
     —La familia del Palmicha se ha escapado de milagro.
     —¡Felizmente!, yo no viviría en esa quebrada —parlan los indios.
     —No se ve el quingual, patrón, el barro lo ha tapado hasta la copa, también los corrales. La casa, todito, caray.
     —Bajemos —ordena el hacendado.
     —Imposible, taita, podríamos hundirnos, es peligroso. Hay que esperar hasta que se oree. La ciénaga puede tragarse tres caballos uno sobre otro. Hondo está, da miedo.
     —¿Sí? —contesta el latifundista frotándose la barba crecida por la mala noche— a mí no me engañan, asquerosos, y ¿aquello que brilla junto al corral?
     —No patrón, no hay nada, cuidado que se puede hundir.

     Hinca las espuelas en los ijares del bruto que se niega a cruzar el lodazal. Herido, salta largo. Los indios gritan desde la ribera. Jinete y caballo, pese a sus esfuerzos, se enfangan poco a poco en las entrañas de la ciénaga. El animal asfixiado se hunde lentamente y el hombre al verse perdido se para sobre la montura, implorando:
     —Tírenme algo, una soga. ¡Por Dios, ayúdenme!
     Sólo está el látigo, húmedo de sangre viscosa, largo...
     —A ver si alcanza, patrón —aconseja el mayordomo, inclinándose hasta donde le es posible.

     Le arroja el tronador. Angustiado, el gamonal se coge de la punta con desesperación. Pero debido al esfuerzo, al barro y el sebo se le escurre paulatinamente cayendo de espaldas sobre el cieno, y como si expiara una terrible condena, entre gritos, maldiciones y atoros, desaparece tragado por el fango implacable.

     Los indios no ríen, ni lloran. Sus caras de tierra estéril tampoco expresan ningún sentimiento. Sólo se miran como preguntándose: ¿será bueno el otro patrón que vendrá? A éste se lo ha llevado, clarito, el diablo. ¡Ni su látigo lo ha podido salvar!

(1955)

   

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