José Bonilla Amado
( 1927 )

La sequía

     Por las rendijas de la casucha se colaba silenciosa la luz del amanecer. Marcelino la vio iluminar lentamente el suelo cubierto de cuerpos, y la confusa ansiedad que le había impedido dormir durante la noche se llenó ahora de incertidumbre y miedo. Durante un buen rato, recostado sobre los pellejos de carnero que le servían de lecho, trató de ordenar sus pensamientos pero solo consiguió sentirse débil e impotente, como un árbol desgarrado de sus cimientos y arrastrado por las aguas turbulentas del río.

     Los cuerpos parecían contagiarse el calor. La atmósfera era sofocante: un olor salino y humano saturaba la habitación. A su lado dormía Paulina, su mujer, tumbada sobre la tierra, con los hijos en los brazos. A sus pies, Mariano Kondore roncaba con un bramido fuerte y prolongado que hacía temblar las aletas de su cartilaginosa nariz; su pelo liso y opaco asomaba como un erizo entre las mantas. En el fondo, apoyada sobre unos canastones, la vieja Micaela atisbaba los rincones con sus ojos acuosos. De rato en rato tosía, tapándose la boca; luego parecía sofocarse, alzaba los brazos y los ojos se le ponían blancos. Junto a la puerta, casi cerrándola con su ancho torso que se levanta y baja con ritmo regular, dormita Francisco Toqui. Sus delgadas piernas y su grueso cuerpo recuerdan una zanahoria.

     La luz parece una mota blanquecina que se filtrara por entre los tablones con que está construida la casucha y corriera por el suelo a saltitos. En la casa vecina, las gallinas cacarean y baten sus alas con fuerza. El perro guardián de la escuela de San Cosme ladra a los primeros transeúntes que apurados caminan por las angostas y tortuosas callejuelas en dirección al mercado. Una sirena de fábrica rompe el silencio, Marcelino presiente a la ciudad inmensa y desconocida a los pies del cerro, sumergida en la tenue oscuridad del amanecer.
     —Paulina, ¿duermes? —preguntó con voz susurrante.
     —No —contestó la mujer que levantó la cabeza y con temor inquirió: —¿Vendrá siempre el Liñán?
     —Sí, vendrá... ¿por qué no habría de venir?..
     Él es el único que gana en todo esto —respondió con resignación.

     La mujer se sentó. Era joven, no mayor de treinta años. El cabello negro y brillante le caía sobre la cara morena de pómulos pronunciados y boca carnosa. Los ojos grises tenían una mirada triste y deslucida. Una manta azul le cubría la espalda redonda y ancha como una manzana.

     Marcelino con la cabeza metida entre las piernas hablaba con voz lenta:
     —Al menos lo cebarán bien... y le darán zapatos y una pelota de fútbol... Pero, ¡quién puede asegurar!.. El año pasado, Francisco Toqui dijo que la sequía terminaría... y ahora estamos en Lima, fregados...
     —¡Pchst! —La gente duerme —previno Paulina, que mi-rando a su alrededor, indecisa, añadió: —Sí diéramos a la guagua en lugar de Domingo... Domingo es grandecito...: nos extrañará... El pobrecito parece que se da cuenta... La guagua, en cambio, ni siquiera habla... Nació en año malo... Daremos a la guagua, ¿verdad?
Marcelino no supo que decir. La mujer lloraba y sus lágrimas eran como su voz: lentas, desesperadas, sin violencia.
     —No es bueno abandonar a las crías... Crecen como semillas abandonadas en el camino... pequeñas... tristes...

     Marcelino se sintió impotente, como aplastado contra el suelo frío del cuartucho. Era la segunda vez que veía llorar a su mujer, y ahora como antes no sabía consolarla. Cuando dejaron el pueblo de Ocuviri, asolado por la sequía, Paulina lloró un largo rato, pero fue un llanto distinto en el que la despedida no contaba sino el deseo pujante de vivir. Emigraban a un lugar distante con la esperanza de conseguir trabajo que les mitigara el hambre y les diera un sitio donde dormir. Ahora ni siquiera esa esperanza les quedaba. Todo había salido mal. En Lima no encontraron trabajo ni casa. Él, Marcelino Luque, había buscado trabajo por todas partes... «—¿Qué sabe hacer?.. ¿Qué ha hecho antes?.. —Trabajé la tierra pero puedo hacer cualquier cosa... Sólo quiero alimentar a mi mujer y a mis hijos... —¡Recomendaciones!.. ¡Papeles de identidad... ¡Ah, indio bruto!, ¡qué vienes a hacer acá, pues!..». Al fin, consiguió trabajar en los mercados, descargando camiones, peleándose con chiquillos por transportar los bultos más grandes... pero se ganaba poco. Hasta que una tarde, en una de las callejuelas aledañas, conoció al Liñán, un cholo avispado que después de invitarle los primeros tragos que bebiera en la ciudad, le propuso, «a título de ayuda», adoptar a su Domingo a cambio de ciento cincuenta soles...». Pensó en Paulina, en el hijo que le había nacido, y no dijo nada... Desde el cerro de San Cosme, donde vivían, la ciudad parecía lejana e inalcanzable...
     —El dinero que dé el Liñán, ¿alcanzará a pagar el viaje? —preguntó trémula Paulina, que daba de lactar al pequeño.
     —Sí —contestó Marcelino. Las palabras se arrastraban una tras otra con dificultad. —Alcanzará... Viajaremos en camión... Trabajaremos la tierra... Alguna vez volveremos a buscar al hijo.
     —A lo mejor nos falta dinero y nos quedamos en Lima... Nadie va a prestarnos la diferencia... todo va a ser inútil... todo va a ser inútil —replicó, atontada.

     Domingo, sentado sobre unos sacos, vestíase sin apuro, y sonreía de un modo triste y dulzón, sin reproche, como si aceptara con humildad el destino que vagamente presentía. Sólo que, a veces, sus ojos negros y centelleantes adquirían un brillo extraño, como si imploraran algo. Marcelino tomó entonces a su hijo entre los brazos, lo apretó contra su corazón, y lo vio indefenso y débil como se había sentido él toda la vida.

     La tierra seca, dura, como una inmensa costra rojiza se perdía solitaria en la lejanía. Los pocos árboles levantaban sus desnudas ramas al cielo y en los caminos, bajo un sol plomizo, los huesos blancos contaban la historia larga de la sequía. La gente cubierta con sus ponchos multicolores, mustia, callada, oteaba las nubes que como corderos de blanca lana pastaban lentos y se perdían a lo lejos. Todo moría; sólo los hombres se aferraban a la vida. El polvo golpeaba los campos desolados e inertes, chicoteaba los rostros, se metía en las narices y producía un escozor ardiente en las gargantas. Los anímales vagaban desesperados, husmeando bajo las piedras, buscando con las pezuñas agua y raíces; muchos enloquecieron. Los hombres sufrieron el hambre, compartieron el dolor y la esperanza, pero no cedieron. Los pájaros dejaron de cantar, la tierra pelada se agrietó tomo piel de durazno viejo, faltó el agua, pero los hombres siguieron adheridos a la tierra ajena como raíces profundas. Los hombres fueron más fuertes que todo, más fuertes que las bestias, que el hambre, que la sequía. Todo moría; solo los hombres se obstinaban en vivir, mirando los cielos, las mañanas y las tardes.

     El taita-cura organizó procesiones. El templo permaneció abierto por las noches. Los últimos centavos se fueron con las velas. Los indios de Ocuviri eran pobres; lo vendieron todo, incluso a los hijos pero siguieron esperando. Las nubes permanecieron ajenas al drama de los hombres; a veces pasaban ralas y pequeñas como motas blancas en el firmamento azul... 

     La voz gangosa de la Micaela se oyó en el fondo de la habitación. Era una voz débil y sibilante, interrumpida por la tos:
     —Los obreros dicen que está lloviendo.., que debemos volver antes que otros ocupen la tierra... ¿Crees que está lloviendo, Marcelino Luque?
     —¡Por qué no creerles: son los únicos que nos han dado la mano! —respondió con brusquedad. Reflexionó  luego un momento y añadió: —Gente que ayer no conocíamos, hoy nos aloja en sus casas y nos da lo que puede... Son gente buena... Dicen cosas bonitas.., dicen que algún día la tierra será nuestra.

     La respuesta pareció tranquilizar a Micaela que como un ovillo se encaramó sobre los canastones. Sus manos apretaban las huesudas y duras rodillas y las costillas se le dibujaban bajo la camisa.

     La luz amarillenta se metía a borbotones por las rendijas y por la pequeña puerta que daba a la cocina, en la que Paulina calentaba el agua. Del mercado vecino subía el murmullo de las voces y de los carros. Mariano Kondore, sentado sobre la banca, se restregaba los ojos y se vestía. Era un mocetón pequeño y regordete. Las profundas comisuras que rodeaban los labios daban comicidad a su rostro, que parecía sonreír.

     Micaela carraspeó y entornando los ojos, con voz que se apagaba por momentos, dijo:
     —Si hubiera encontrado a mi hermano no sería una carga para nadie... Yo escribía a Elías Champi, Correo Central, Lima..; él me contestaba... Pensé que en el Correo me darían su dirección y me vine con los que dejaron el pueblo... En el Correo nadie conocía a mi hermano... La ciudad era muy grande...
     —Ya estás refunfuñando, abuela —la reprendió Kondore con voz cariñosa. —No duermes, te pasas la noche hablando y durante el día te quejas de tu suerte y lloriqueas como un perro sarnoso.
     —Hablaba de mi hermano, de la tierra... Soy vieja, tengo derecho a hablar todo lo que se me antoje... —La tos la ahogaba por momentos y el rostro magro y huesudo se ponía morado. El ceniciento pelo caíale sobre la frente y de los vidriosos ojos brotaban lágrimas por el esfuerzo. —Nunca debí dejar el pueblo... No debí seguirlos... Los seres humanos somos como las plantas.., pocas pueden ser trasplantadas... Si vuelvo, ¿qué haré?, ¡vieja, sola, sin fuerzas!..

     Quitaré sitio en el camión a los jóvenes.., seré una boca más..; mejor me dejan morir...
     —Cállese abuela, no diga tonterías —la amonestó secamente Francisco Toqui que en ese instante erguía su robusto cuerpo. Echando luego un vistazo en su contorno, le dijo: —Ayude a Paulina a calentar el agua y arregle después sus cosas que están desparramadas.

     Micaela balbuceó cosas ininteligibles y sólo dejó de hablar cuando Paulina le ofreció un tazón lleno de líquido caliente, que bebió a grandes sorbos, mirando a la gente de reojo, fatigándose. Marcelino, sentado junto a sus hijos, comía en silencio un trozo de pan.

     Unos golpes fuertes retumbaron en la puerta. Cuando la abrió Domingo, un hombre joven no mayor de 35 años ingresó a la habitación. Era Lorenzo Quenaya, el dirigente campesino que los guiara en la emigración y que ahora organizaba el viaje de retorno. Su cuerpo grueso y robusto se movía con agilidad y sus ojos de un negro acerado recorrían vivaces el reducido espacio del cuarto. La achatada nariz, los gruesos labios en los que asomaban dientes blanquísimos y la pronunciada afirmación de la quijada, dotaban a su rostro de seguridad y fuerza. Saludó con cariñosa bondad a su gente, que lo recibió con alegría, y acercándose a la anciana la palmoteó cariñosamente.
     —Amigos —dijo—, traigo una buena noticia. Hoy a las 8 de la mañana, parte un camión para Puno. De nuestra gente viaje Micaela Champi, por disposición del Comité de Ayuda que ha acordado dar preferencia en el regreso a los enfermos...

     No pudo continuar. Una exclamación de alegría desenfrenada llenó por unos instantes la habitación. Micaela parpadeaba confusa, abría y cerraba la boca y no decía nada. En el severo rostro de la anciana apareció súbitamente una sonrisa: las flacas mejillas se desplazaron hacia las orejas y se cubrieron de arrugas y por la abierta boca asomaron unos dientes verdes y sucios. Paulina, con los ojos inundados por las lágrimas, se replegó hacia su marido.
     —Pronto volveremos todos. Las cosas se están arreglando. Sólo les pido un poco de paciencia. Hay gente que piensa en nosotros y que quiere ayudarnos.

     Paulina no pudo más. Las palabras le daban vueltas a la cabeza, la atontaban, le sonaban huecas. Imaginaba a su hijo abandonado en la inmensa soledad de la urbe, y no se resignaba a la idea de perderlo para siempre. Sin poder contenerse, con voz desgarrada, casi gritando, dirigiéndose a Quenaya exclamó:
     —¡Cuándo nos toca el turno a nosotros!.. ¡Cuándo volvemos a Ocuviri..! La mayoría ha regresado... ¡Por qué nos estás dejando para lo último!..

     Pareció arrepentirse luego de lo dicho pues con humildad bajó los ojos y con las manos recogidas en el regazo se arrinconó en una de las esquinas del cuarto. Marcelino visiblemente abochornado se acercó a su mujer y con dulzura murmuró cosas que los otros no entendieron pero que tranquilizaron a Paulina que sonreía entre sus lágrimas.

     La gente permaneció quieta y tensa por un instante, con los tazones de té caliente entre las manos. Las risas de unos chiquillos que bajaban corriendo las callejuelas de San Cosme, desgarraron la inmovilidad de ese silencio, y de nuevo se oyeron distintos los rumores que venían de la ciudad... El pitazo largo y metálico de un tren remeció los tablones y las cañas de la casucha, pero ya nadie le hizo caso. Todos se ocupaban en arreglar el natural desorden producido por el amontonamiento de los cuerpos durante la noche. Se arrimaban los pellejos, las mantas, los ponchos y las esteras; se barría el suelo; se abrían y cerraban maletas; se hacían bultos. La gente caminaba con dificultad tropezando unos con otros. Paulina limpiaba las nalgas de su chiquillo. Marcelino se peinaba frente a un espejo roto; Kondore tocaba la quena. Poco después. Francisco Toqui abrió la puerta de calle y una mañana tibia de verano se metió llena de luz.
     —Por favor, ¡apurarse! No hay tiempo que perder —repetía Quenaya con insistencia. —Son cerca de las siete de la mañana y no es bueno hacerse esperar. Micaela, ¿qué hace usted?, por favor, ¡apúrese!.. ¡Micaela!
     —Para qué, si no voy —respondió con voz calma que a todos sorprendió. Sentada sobre los canastones peinaba su cabello en trenzas:
     —¡Cómo! ¡qué no va! ¡por qué!
     —No voy porque no quiero, por que no me da la gana... Me encuentro a gusto en Lima... En mi lugar que vaya la Paulina con sus hijos. —Los ojillos le brillaban con fuerza, su voz era decidida.
     —Abuela, ya estamos de nuevo con las mismas —la reconvinó Mariano Kondore.
     —¡Micaela! —insistió Quenaya con tono fuerte: —usted viaja hoy a Ocuviri. El clima le hace daño. No hay día que no empeore..; ¡está enferma! ¡Qué caray! Siempre queriendo hacer lo que le viene en gana.
     —Quenaya —contestó la anciana de modo suave y lento. Las palabras brotaban sin dificultad. Había dulzura en su expresión. —Quenaya —repitió —soy vieja, tengo más experiencia que tú..; sé lo que hago... Yo puedo esperar unos días más... Paulina, Marcelino, son jóvenes... No saben todavía lo que hacen..; están desesperados... Pasan hambre.., temen perder la tierra.., viven atormentados por la idea de volver... Anoche hablaban de entregar a Domingo al Liñán para que lo empleara de doméstico..; les va a pagar 150 soles por el chico...
     —¡Micaela! —gimió con voz apagada Paulina. Domingo se cobijó en los brazos de su madre y prorrumpió en sollozos.
     —Vender a un hijo para abonar los pasajes de regreso no está bien —añadió Micaela—. A los hijos se les seca el alma... a las madres se les pudre el corazón.

     Se hizo un hondo silencio en el que todos permanecieron con las cabezas bajas, como avergonzados. Nadie se  atrevía a hablar. ¡Quién iba a recriminarlos si todos, alguna vez, pensaron o hicieron lo mismo! Marcelino, al fin, titubeando, dijo:
     —Es cierto lo que dice Micaela... Es cierto... Liñán quería que le dejáramos al Domingo... Liñán aseguraba que lo tratarían bien, que le enseñarían a leer y escribir, que se haría un hombre de provecho... Domingo era una boca más y no tenía con qué alimentarlo... Pensaba en él, en nosotros... Era una idea mala de esas que dan vueltas a la cabeza, cuando nada sale bien y todo se nos viene encima... Recién esta madrugada he visto claro... —Por un rato guardó silencio, contristado, más luego, dirigiéndose, a Micaela, con voz segura, añadió: —Vuelve al pueblo. Aprovecha el pasaje que te da el Comité de Ayuda. No te preocupes por nosotros. Yo sabré defender a mi familia. Domingo seguirá a mi lado. Pronto estaremos contigo, en Ocuviri, para cuidarte. No tengo dinero para los pasajes, todavía, pero volveremos al pueblo, volveremos...

     Quenaya miraba consternado a su gente. Abrazó entonces a Marcelino, besó la cenicienta cabeza de Micaela y con voz tranquila, dijo:
     —Amigos, es hora de ponernos en camino. El camión sale a las 8 de la mañana y no es bueno hacerse esperar.

     Minutos más tarde, por la angosta callejuela que desde el cerro de San Cosme lleva al mercado, descendían, uno tras otro, los indios de Ocuviri. Delante, echando el peso de su cuerpo enorme sobre la pierna que tocaba el suelo, bamboleándose, caminaba Lorenzo Quenaya con la cabeza levantada, mirando con desafío a la ciudad. Hacía meses que recorría el mismo camino y siempre hallaba algo que lo impresionaba y avivaba sus pensamientos. Lo seguía Marcelino Luque, con una canasta grande de color amarillento sobre el hombro. Iba cubierto con su poncho rojo, y una mirada extraña, llena de ansiedad, fulguraba en sus ojos. Paulina, vestida de azul, con el hijo pequeño a la espalda, andaba con paso alegre, sonriendo a la desconocida gente que a esa hora transitaba por la callejuela. Las trenzas le golpeaban con ritmo regular el pecho, que erguido y fuerte cortaba el aire. Junto a ella, cogido del faldellín, avanzaba tímido el Domingo. El nervudo y ancho cuello de Francisco Toqui se hinchaba bajo la camisa ploma. Andaba casi al trote, sofocado, cargando un bulto envuelto en una tela desteñida y sucia. Cerrando el grupo, venían Micaela y Kondore. Micaela avanzaba envuelta en un mantón de color negro, tan subido sobre la cabeza que apenas si se distinguían los ojos. A ratos, tosía, se detenía sofocada, respiraba con dificultad y continuaba el camino. Kondore, vestido de gris, cantaba con voz límpida un canto triste y lento, en el que las palabras se sucedían claras, sin precipitación. Pronto, el canto dejó de escucharse y los hombres se perdieron entre la muchedumbre del mercado, a lo lejos.

(1957) 

   

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