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ZAVALETA Y "EL GOZO DE LAS LETRAS" Eduardo Hopkins Rodríguez
La producción de un hombre de letras suele dispersarse en razón de los medios, las obligaciones, los compromisos y el tiempo. Constituye un gesto de generosidad para con el lector el reunir en un libro una selección de aquellos textos publicados en diferentes períodos y espacios. Mayor virtud si el autor agrega a la colección algunos trabajos inéditos. Este es el caso de Carlos Eduardo Zavaleta, quien ha recolectado en El gozo de las letras (Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1997) una amplia gama de temas hacia los que ha dirigido su atención en los últimos 40 años. Se trata de ensayos y artículos de diversa dimensión y profundidad, cuya variedad tiene que ver con la naturaleza del destino de la publicación, el que puede estar configurado tanto por una reseña o comentario periodístico, como por un artículo crítico en revista académica, contando, además, con las modalidades de la conferencia, la ponencia, el prólogo y la entrevista. Cada forma discursiva posee sus particulares exigencias en cuanto a tono, extensión o densidad, así como en lo referente al protocolo y al ritual que le son más acordes. Una visión se va imponiendo en el proceso de lectura de sus ensayos y es la activa y reveladora conciencia autobiográfica. Cada artículo ajusta, redefine o amplifica el examen de la materia autobiográfica. Esta no es aquí solamente la historia de una vida, pues de lo que se trata es de la historia de una vocación, de cómo se ha hecho realidad, de qué principios e intenciones estaba y está constituida, de qué proyectos y esperanzas sigue nutriéndose. Pero lo esencial de esta exteriorización vital es que la anima un enérgico sentido de pertenencia a una realidad de cultura como la nuestra. Zona relevante en el tratamiento autobiográfico del libro es la que está conformada por la llamada Generación del 50 y el lugar que le corresponde al autor en ella. Zavaleta es un acucioso analista de su propia generación y gracias a sus apreciaciones ingresamos en múltiples estratos de la historia cultural del país. Le interesa especialmente determinar las funciones y responsabilidades que su Generación ha asumido en el contexto de la literatura peruana. Hay en él una persistente voluntad de justicia en términos de reconocimiento y de restitución en lo que a este conjunto de escritos se refiere. En cuanto a nuestra literatura, Zavaleta busca su desarrollo y consolidación. Con tal objetivo se dedica a señalar logros o alcances obtenidos en el camino de la perfección artística por los escritores peruanos. Para él, la literatura es la lucha por la configuración artística del lenguaje y de la estructura. Se trata de una vía de fracasos y de éxitos individuales, cuyo conjunto interesa más que las acciones particulares. Zavaleta cultiva la idea de una continuidad en el aprendizaje colectivo, en la que lo alcanzado por unos sirve de sustento a los que vienen. Es así como se construye una historia de la literatura narrativa contemporánea del Perú, alrededor del progresivo dominio de la competencia artística. Por momentos se tiene la impresión de que lo ideal para el escritor sería una historia de la literatura peruana sin nombres. Sin embargo, es claro que procura identificar y mostrar con precisión quién logró qué en la literatura nacional. O, más precisamente, a quién hay que agradecer por el éxito del presente. Erza Pound proponía en El ABC de la lectura (Buenos Aires; Ediciones de la Flor, 1968, pp. 32-33) que los estudios literarios deberían encargarse principalmente de los escritores que habían hecho algún descubrimiento técnico notable y de aquellos que emplean tales procedimientos igual o mejor que sus inventores. En tal sentido, si bien Zavaleta se muestra intensamente preocupado por lo que hay de descubrimiento e innovación técnica en nuestra literatura, cabe indicar que una parte considerable de sus observaciones en este campo se orienta hacia la línea del aprendizaje y aplicación creativa de avanzados recursos artísticos procedentes de la literatura internacional. Aunque el concepto de evolución sostiene sus apreciaciones críticas, el autor no cae en el prejuicio de suponer que las obras anteriores en la serie histórica son necesariamente mediocres. Reconoce que también valen por sí mismas como piezas únicas y que las obras maestras están por encima de su lugar histórico. Bajo la premisa sustentada a través de los años de que lo esencial en la narrativa está en "renovar las formas de contar" (p. 190), podemos arriesgarnos a distinguir en sus artículos qué es una buena novela para Zavaleta. Dentro de una composición minuciosa, y sobre el fondo o tapiz del argumento rigurosamente estructurado, la acción aparece como el elemento generador de todo componente del relato. Se exige que la caracterización profunda de los personajes, plenamente integrados en su ambiente y en su lenguaje, resalte por su autenticidad, liberándose de la obligación de ser simples ilustradores "de las ideas del autor" (p. 434). A todo ello se remiten frases como: "argumentos sólidos", "trabazón novelística", "levantar un mundo de ficción", "dibujar personajes inolvidables", etc. Principios clásicos en la tradición novelística occidental, pero en un escritor atento y respetuoso frente a los deberes de experimentación e innovación que constituyen el meollo de todo trabajo en literatura. No obstante sus nítidas preferencias por la arquitectura del conjunto, hay un componente que ejerce particular fascinación en Zavaleta, y éste es el perfil artístico del estilo. Estilo no como un fin en sí, pues va como instrumento subordinado al conjunto, pero valorado, en cambio, como el único factor que puede distinguir cuándo un narrador es ya un escritor. La prosa novelística, definida por Zavaleta como el lenguaje de la "descripción exacta" ( p. 432), excluye la noción de estilo como artificio sobrepuesto al lenguaje natural. Estilo y tema conservan una relación de adecuación mutua, cuyo orden niega al estilo una existencia previa a la escritura, bajo el postulado de que es en la "urgencia de la narración" (p. 433) donde se encuentra el origen de todo acontecimiento de estilo. Los hechos de palabra, el individual, desde la perspectiva de la autenticidad narrativa y del proyecto artístico, fueron una motivación radical en la constitución de los principios generacionales del autor. Consciente de la rapidez con que un estilo se hace monótono y envejece, Zavaleta sabe distinguir cuándo un escritor alcanza la maestría como artista. En un comentario sobre James Joyce anota que su "dedicación al lenguaje (...) le ha valido el sitial de estilista, el mayor de que puede gozar un escritor". (506). Es claro que para Zavaleta la creación verbal constituye tarea fundamental del novelista. Dos etapas o maneras críticas sobresalen en esta colección de ensayos. Una, la del joven escritor que ejerce con solvencia el trabajo crítico académico, sustentando sus opiniones exhaustivamente en la discusión de la tradición erudita sobre el tema y en el preciso examen del texto. En este período, cuando Zavaleta ejerce la crítica literaria procura metódicamente dar cuenta de los contextos, carácter, significado y valoración de la obra. Su tono es analítico, distante, impersonal. Ejemplares por su complejidad y riqueza son los trabajos que dedica a W. Shakespeare, J. Joyce, T.S. Eliot, W. Faulkner y E. Hemingway. En estos casos, el conocimiento crítico, el punto de vista personal y la observación objetiva, permiten que la obra examinada esté en disposición de ser valorada equili-bradamente. La segunda manera, el momento en que Zavaleta decide hacer crítica como escritor y no como crítico especializado, se distingue por el abandono del aparato metodológico para permitir el acceso de una tonalidad subjetiva más flexible e informal, en la que, en muchos casos, la persona autobiográfica participa de forma predominante en el ejercicio crítico, proporcionando interesantes apuntes sobre la propia obra o polemizando abiertamente en contra de las cegueras e injusticias de los críticos frente a determinado escritor. El cambio consiste en preferir la mayor injerencia del procedimiento literario evocativo imaginativo en la captación del objeto crítico y en optar por una comunicación más íntima con él. En este terreno constituye un modelo su exposición sobre José María Arguedas, en la que el tejido analítico acerca de la obra se ve fortalecido por la memoria personal del encuentro y amistad con el novelista. Entre el grupo de artículos inéditos de este sector quisiera mencionar el que dedica a Raúl Porras Barrenechea, fechado en 1997. Excelente homenaje a la persona moral y al escritor. Es inevitable considerar este ensayo como una reivindicación ante la irrespetuosa imagen que alguien ajeno al sentido del tacto y de las proporciones hizo no hace mucho sobre el maestro sanmarquino. Por otro lado, el diagnóstico periodístico de 1981 titulado "La cultura española en la transición democrática (1975-1980)" contiene un pasaje descriptivo que nos permite apreciar la técnica literaria de Zavaleta de involucrarse en la captación de personaje y entorno. En el citado artículo, el ingreso de Borges a una conferencia sobre la metáfora recibe el siguiente tratamiento: "Ver y oír a un ciego siempre será motivo de inexplicable temor, quizá de culpa por impedirle ver, y de alivio por no ser nosotros como él. Pero el ciego Borges es un espectáculo sólo al principio trágico. Luego es admirable, su cabeza de pajarillo inquieto sigue el compás de las voces, aunque sus labios esbocen a cada rato sonrisas para nadie, o demasiado duraderas, quedándose huérfanas en el aire. Así, sonriendo a destiempo, abre la conferencia por unos minutos y en seguida invita al diálogo en el cual los demás parecen, extrañamente, más tímidos que él. Viene la primera pregunta y él responde como literato y como hombre. Cita a un tigre amarillo, viejísimo en las letras, y cuenta que el amarillo es el color suyo, el de los medio ciegos, que no ven casi otra luz" (pp. 418-419). Podemos comparar esta escena con una similar que figura en el recuerdo escrito en 1996 de la llegada de Aldous Huxley a una conferencia en Nueva York (1954): "en medio de una ruidosa audiencia, la luz amarillenta del escenario perfiló a un hombre muy alto y delgado, apenas viejo, gachos los hombros y como arrastrando las dos alas rugosas de su abierto saco; hundió todavía más la cabeza al oír la ovación. Y luego anduvo tímidamente, ingenuo y cegatón, rozando con los pies el suelo y con una sonrisa de incomodidad y azoro; avanzó, torcida la cabeza a un lado, se guareció tras el pupitre, inclinó un ojo saledizo sobre los libros que depositaba, y en un gesto bravío, alzó por fin sus ojos y brillaron muchas arrugas en sus párpados. La ovación arreció por un minuto largo y luego cesó. "Con grandes anteojos de aros negros, sus manos largas, lechosas y femeninas alisaron los cabellos grises. Entonces pareció un ciego, desarmado ante una cercana pero invisible audiencia. Su andar y ahora su voz tenían la inseguridad y el rubor, quién sabe la humillación, de un niño torpe. Había una gran paradoja entre el incurable autor, irónico y sabihondo, y este hombre real, huidizo ante el público". (p.473) En ambas modalidades, la actividad crítica de Zavaleta se halla en busca de lo simbólico, de lo trascendente. No gusta del juego literario, lo que es explicable en un escritor inclinado hacia los tonos graves y trágicos de la vida. El gozo de las letras de Carlos Eduardo Zavaleta podrá ser apreciado como un amplio repertorio de métodos, ideas y valorizaciones en torno a la literatura. O como un archivo de precisas acotaciones autobiográficas. En lo personal, considero que, sobre todo, debe ser reconocido como el testimonio de una reflexión permanente sobre la palabra en tanto signo insoslayable de cultura.
(Alma Mater Nº 15, UNMSM, 1998)
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