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ZAVALETA: EL JUEGO DE LOS ESPEJOS TURBIOS Peter Elmore
La década del 50 constituyó, sin duda, un período fecundo para la narrativa peruana; durante ella, hizo su aparición editorial un importante grupo de narradores jóvenes, entre los cuales se contaban Elodoro Vargas Vicuña, Julio Ramón Ribeyro, Enrique Congrains Martín y Carlos Eduardo Zavaleta. Las opciones literarias que asumieron estos creadores no fueron, sin embargo, uniformes: unos incorporaron la temática urbana a una literatura que no deseaba hipotecarse al costumbrismo, como Enrique Congrains o Julio Ramón Ribeyro, para nombrar dos autores que eligieron soluciones narrativas diferentes. Otros, como Eleodoro Vargas Vicuña, recrearon desde el lirismo al indigenismo por entonces predominante; es bueno recordar que, curiosamente, quien potenció esta vertiente fue José María Arguedas con Los ríos profundos, pese a que pertenecía a promociones literarias anteriores a la del 50. Por último, hubo los que buscaron, en un esfuerzo abarcador y reflexivo, expresar la condición mestiza del país y el encuentro entre lo urbano y lo rural; en esa línea se ubica el proyecto narrativo de Zavaleta, sobre todo en Los aprendices y en Retratos turbios, ya que sus primeras obras admiten clasificaciones más bien convencionales y sostienen su originalidad básicamente en las innovaciones técnicas de origen anglosajón. De la generación narrativa de los 50 es poco lo que ha quedado con el transcurso del tiempo, en términos de constancia en la producción y evolución literaria; solamente Ribeyro y Carlos Eduardo Zavaleta han perseverado en la escritura, logrando componer una obra que en el caso del segundo ya es extensa. En efecto, Zavaleta ha publicado, en cuento, varios volúmenes, entre los que se incluyen La batalla (1954),Vestido de luto (1961), Niebla cerrada (1970) y los recientemente presentados Un día en muchas partes del mundo y La marea del tiempo; por otro lado, luego de las novelas cortas El cínico (1948) y Los Ingar (1955), Zavaleta ha publicado obras de mayor extensión y aliento, como Los aprendices (1974) y la novela que en esta ocasión nos ocupa, Retratos turbios. Retratos turbios –escrita a la par que otra novela, Un joven, una sombra, cuya edición madrileña se anuncia próxima– representa la estancia de la madurez y el decantamiento narrativo de Zavaleta. La obra se sustenta en un amplio y sistemático juego de contraposiciones y simetrías entre personajes, juego cuyo eje vertebrador está representado por la tensa rivalidad que durante un largo período de sus vidas enfrenta a Ismael y Toño, dos primos hermanos que encarnan personalidades distintas y opciones vitales polares –diferencias éstas que se patentizan en sus profesiones de militar y hombre de letras, respectivamente–. La contienda entre ambos personajes –contienda por momentos manifiesta, pero fundamentalmente soterrada y ambigua– no se restringe al plano de lo sicológico, sino que libera una intensa reflexión sobre la realidad social peruana; Ismael y Toño se convierten, a lo largo de la novela, en figuras emblemáticas de un país marcado por la conflictiva alternancia de regímenes civiles y militares, por la tensión a menudo violenta entre quienes postulan la conservación del orden establecido y quienes proponen su transformación:
Retratos turbios se inicia con un desenlace trágico, el asesinato de Mónica –amante de Toño, esposa de Ismael, y hermana de Martha, la esposa de Toño– a manos de su propio esposo; a partir de este hecho, en el que eclosiona una violencia largamente larvada, se inicia un proceso de reconstrucción del pasado a través de un eficaz montaje temporal que abarca desde la infancia de los personajes centrales hasta el "presente" mismo de la historia. La novela, de ese modo, logra mostrar el pasado como un tiempo decisivo y urgente, cuyo peso se expresa en la naturaleza turbia de las relaciones entre los personajes; los agravios sufridos en la infancia andina de Toño esclarecen y determinan a la vez su complejo vínculo de amor-odio con Ismael y la confrontación dramática que Toño realiza al retornar al Perú, luego de una larga estada en Bolivia y México–, confirman en distintos niveles el papel crucial que el pasado desempeña en Retratos turbios. De hecho, la solución final del conflicto que articula la novela sólo se hará viable cuando Toño asuma su pasado en una suerte de ritual expiatorio y catártico. El narrador de Retratos turbios no participa como personaje, sino como fuente verbal separada de la historia misma; sin embargo, su punto de vista coincide con el de Toño, el intelectual atravesado por la indefinición emocional y política. Es a través de esta focalización interna que Toño se constituye en el personaje con mayor espesor psicológico y con el que el lector alcanza mayor empatía; por otro lado, y complementariamente, el uso solvente del discurso indirecto libre por parte del narrador facilita la conversión de Toño en el personaje más desarrollado y consistente de la novela –a diferencia de su antagonista Ismael–, que se nos muestra por momentos estereotipado en su primitivismo afectivo y político. Los personajes femeninos, por otro lado, son los que aparecen quizá menos convincentes; sobre todo porque Zavaleta no logra registrar verosímilmente discursos; Martha habla acartonadamente y Mónica, su hermana, se expresa con una crudeza que no se condice con su extracción de clase media urbana –pese a que, ciertamente, es un ejemplar atípico de ese sector social–. Más que en el discurso directo de los personajes, es en el propio discurso del narrador, en cualquiera de sus variantes, que encontramos lo más logrado y sólido de Zavaleta; el capítulo en el que describe a Toño reflexionando ante una iglesia incendiada en tiempos de la revolución mexicana, por ejemplo, nos parece una muestra de su mejor y más madura prosa. Situada entre el drama sicológico y la novela política, ceñida a un consecuente realismo, Retratos turbios nos parece –asumiendo los niveles estilísticos que muestra y las esporádicas irrupciones de un cierto melodramatismo– una novela importante, que logra solventar con altura el reto que se plantea a sí misma: fusionar la problemática individual e histórica, a través de un complejo mecanismo especular construido mediante paralelismos y simetrías que abren un amplio y enriquecedor abanico de connotaciones.
("Revista de la semana", El Observador, 5 diciembre 1982)
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