Indagaciones peruanas: El Legado Quechua                               

 

Raúl Porras Barrenechea

 

Los Cantares Epicos Incaicos*


Los dos más claros antecedentes indígenas de las crónicas peruanas son los cantares épicos incaicos y los quipus históricos. El pueblo incaico, como pueblo joven y guerrero en pleno periodo vital de expansión y de fuerza, cultivó, para mantener la moral de su aristocracia guerrera, la poesía heroica. Los cronistas españoles nos dirán, después de establecidos en el territorio, cuáles eran los ritos del triunfo entre los Incas. El vencedor de los enemigos del Cuzco –ya fuesen los Chancas, los Andahuaylas o los Collas– era recibido por la multitud en medio de grandes aclamaciones, de bailes y cantares, ensalzando sus hechos y dando gracias al Sol. Las canciones que componían de sus guerras y hazañas "no las tañían –dice Garcilaso– porque no eran cosas de damas", y Santa Cruz Pachacuti nos habla de un "fuerte cantar con ocho tambores y caxas temerarias". Era el haylli o canción de triunfo de los Incas, semejante en su embriaguez de gloria al pean griego. Así nos cuenta Garcilaso que entraron Lloque Yupanqui y Mayta Cápac. "Toda la ciudad salió a recibirle con bailes y cantares", dice, refiriéndose a Cápac Yupanqui. Y Montesinos describe la entrada de Sinchi Roca vencedor entre las aclamaciones del pueblo, llevando los despojos de los vencidos, convertidos en tambores y seguido "de tres mil indios orejones ricamente vestidos y adornados de plumas, y de quinientas doncellas hijas de señores principales", que iban cantando –los hombres– "el haylli, canto de la victoria y suceso de la batalla, ánimo y valor del rey vencedor".

A estas ceremonias triunfales se unían otras, reveladoras del mismo culto bélico y heroico. En los grandes días de fiesta las momias de los grandes Incas eran sacadas a la plaza del Cuzco por sus mayordomos y mamaconas, y éstos cantaban delante del Inca la loa o cantar de cada uno de los monarcas muertos, "por su orden y concierto –dice Betanzos– comenzando el primero el tal cantar o historia o loa, los de Manco Cápac, y siguiéndoles los servidores de los reyes que le habían sucedido". También en los funerales de los Incas se cantaban los grandes hechos, y los principales actos de su reinado, como refiere Cabello Balboa en las exequias de Inga Yupanqui. En la costa del Perú, según refieren Cieza y Las Casas, los funerales de los curacas duraban varios días, y en ellos las "endechaderas" o huaccapucus cantaban delante del cuerpo del difunto, en la plaza principal, acompañadas por la multitud, entre flautas y aullidos dolorosos, las perfecciones y hazañas del muerto.

Por la falta de escritura, esta poesía oral debía ser celosamente resguardada del olvido. Cieza refiere que en cada reinado se designaban tres o cuatro hombres ancianos para que guardasen la memoria de los hechos de los Incas y compusiesen cantares sobre ello. Se escribían en verso, dice Garcilaso, para que sus descendientes se acordasen de los buenos hechos de sus pasados y los imitasen: "Los versos eran pocos porque la memoria los guardase; empero eran muy compendiosos como cifras. No usaron de consonante en los versos; todos eran sueltos" (Garcilaso, cap. XXVII, lib. II).

Estos cantares no podían ser dichos ni cantados fuera de la presencia de un Inca, y cuando era muerto el monarca a que se referían, estos indios viejos se acercaban al Inca recién proclamado y con los ojos puestos en el suelo y bajas las manos, le decían: "Oh, Inca grande y poderoso, el Sol y la Luna, la Tierra, los montes y los árboles, las piedras y tus padres te guarden de infortunio y hagan próspero, dichoso y bienaventurado sobre todos cuantos nacieron. Sábete que las cosas que sucedieron a tu antecesor son éstas", y recitaban entonces el cantar inédito de las hazañas del muerto, y estos cantares sólo podían decirse en días de gran tristeza o de regocijo (Cieza, Señorío, Cap. XII).

Cuando el juglar histórico aparecía ante la multitud y comenzaba su canto, ésta reconocía, inmediatamente, la presencia de la materia épica, por las palabras iniciales y cierto tonillo pecular ya conocido. El juglar iniciaba siempre el cantar histórico con dos palabras rituales: Ñaupa Pacha, que quiere decir antiguamente o en tiempos pasados, y equivalía al "en aquel entonces" de nuestros cuentos. Al oír esta palabra, la multitud se recogía espiritualmente para escuchar las hazañas de sus reyes y sus propias leyendas. Para hacer más presente y vivaz el recuerdo heroico, casi todos estos cantares eran mimados o acompañados de una representación ligera.

Esta historia épica, "cantada a voces grandes" o representada en el Aucaipata delante del Inca y de la multitud, tenía también, como las crónicas castellanas, un austero sentido moralizador. Sólo era permitido hacer cantares sobre los reyes que no habían perdido ninguna provincia de las que recibieron de su padre, que no hubiesen "usado de bajezas ni de poquedades" y "si entre los reyes algunos salía remiso, cobarde, dado a vicios y amigo de holgar sin acrecentar el señorío de su Imperio, mandaban que destos tales obiese poca memoria o casi ninguna" (Cieza, Señorío, Cap. XI). Así la historia incaica ofrece una galería de varones sabios y valientes en la que no hay reyes viciosos ni tiranos.

Esta poesía heroica de los Incas no difiere en nada de la poesía de otros pueblos guerreros. Sólo le falta hallar el trance para ser transportada a la historia por medio de la escritura. Es todavía pre-historia y leyenda.1


* Publicado en: "Los cronistas del Perú (1528-1650)", La Prensa, Lima, 4 de noviembre de 1945.

1 He tratado más ampliamente este tema de la leyenda y las formas de la épica incaica en Mito, tradición e historia del Perú, y en unas conferencias sobre La épica incaica, en la Universidad del Cuzco (noviembre de 1954), en la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (1955) y en la Escuela Normal de Varones (1956).


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