Indagaciones peruanas: El Legado Quechua                               

 

Raúl Porras Barrenechea



Atahualpa no murió el 29 de agosto de 1533*

El debate habido ayer en la Cámara de Diputados sobre la fecha en que deba celebrarse el Día del Tahuantinsuyu o Día del Indio, demuestra hasta qué punto la leyenda es más tenaz y firme que la historia y cómo no valen documentos fidedignos ni investigaciones documentales para rebatir hechos legendarios. Tal ocurre con la muerte de Atahualpa, suceso que hirió vivamente la imaginación popular y sobre el que subsisten, no obstante las rectificaciones fundamentales de hechos ya incontrovertibles, las fantasías inventadas uno o dos siglos después de la muerte del Inca, por escritores anovelados y repetidas después, sin examen, por toda clase de historiadores y biógrafos.

La muerte de Atahualpa y todos los sucesos que la rodearon, están comprobados por crónicas y documentos oficiales de la época, por testimonios y cartas particulares de los conquistadores y por otros documentos, públicos y privados, que coadyuvan a restablecer la cronología y la secuela de hechos que antecedieron o siguieron a la ejecución del Inca. Pero, aparte de estos documentos, hay una profusa leyenda, principalmente de origen quiteño, que inventa episodios que no constan en ningún documento o crónica. Desde el día siguiente de la muerte de Atahualpa, el pueblo indígena comienza a trabajar poéticamente sobre el final del Inca y la tragedia de Cajamarca. Los soldados de la conquista, afectos también a las alucinaciones fantásticas, colaboran en la difusión de esas creaciones novelescas y las trasmiten más tarde a las crónicas. El pueblo indígena no puede aceptar la derrota y muerte de su Inca y señor, sin darle una explicación plausible y surgen las leyendas de la profecía de Huayna Cápac, sobre la llegada de los Viracochas y la próxima pérdida del Imperio, las versiones de pronósticos siniestros de los oráculos o las calpas y de la aparición de sacacas o cometas fatídicos.

A este ciclo justificador que podríamos llamar de los presagios, que atribuye a un mandato sobrenatural el triunfo de los españoles y la derrota de los indios, sigue otro, que podría ser el ciclo de la venganza o reparativo, en que los indios toman desquite de los españoles, los derrotan en una batalla campal y les imponen en la misma plaza de Cajamarca la ley del Talión. Este ciclo de la venganza es estrictamente quiteño y es recogido únicamente por cronistas que bebieron en fuentes quiteñas. El cronista Gómara, el contador Zárate y Garcilaso, son efectivamente los primeros que refieren que, después de la salida de los españoles de Cajamarca, cuando estos se hallaban en marcha hacia Jauja, un ejército indio atacó la retaguardia de Pizarro en Tocto, la venció y tomó prisioneros a 11 españoles que fueron llevados a Cajamarca. Ahí se les hizo un proceso a semejanza de aquél en que se condenó a Atahualpa y se les sentenció a muerte, pero luego la magnanimidad india perdonó a todos menos a Sancho de Cuéllar, que habría sido el escribano de la causa contra el Inca, y a quien se ejecutó en la plaza de Cajamarca, en el mismo lugar que el monarca quiteño. La leyenda agrega que los indios desenterraron luego el cadáver de Atahualpa y lo llevaron procesionalmente a Quito. Ninguna crónica inmediata a los hechos habla del encuentro de Tocto, que pudo haberse realizado y ser una pequeña escaramuza como la minúscula que en Roncesvalles dio lugar a la Canción de Rolando. Pero todavía más inhallable que aquél épico incidente es el infortunado Sancho de Cuéllar, cuyo nombre como el del imaginario precursor de Colón, Alonso Sánchez de Huelva, sólo aparece en Garcilaso y no surge en ninguno de los alardes de la conquista ni en documento alguno conocido, como soldado de Pizarro.

Del mismo jaez legendario, pero mucho más tardía y de origen puramente erudito y no popular, es la fijación del 29 de agosto como fecha de la ejecución de Atahualpa. Ningún cronista contemporáneo de Pizarro, llámese Jerez, Estete, Mena, Trujillo, Ruíz de Arce, Pedro Pizarro, ni ninguno de los cronistas inmediatamente posteriores como Molina, Enríquez de Guzmán, Zarate, Gómara, Oviedo, Sarmiento de Gamboa, Cabello Balboa, Santa Cruz Pachacutic o el fantaseador Montesinos, traen tal fecha imaginaria y contradictoria de indiscutibles documentos. Tampoco la trae el gran historiador de comienzos del siglo XVII, Antonio de Herrera, quien dispuso de todas las fuentes existentes entonces en los archivos del Consejo de Indias.

La fecha de la muerte de Atahualpa, aparece por primera vez en la bastante denostada Historia del Reino de Quito por el padre Juan de Velasco, escrita en el siglo XVIII. Este dice que Atahualpa fue ejecutado por un soldado Mores el 29 de agosto de 1533, a los 45 años de edad, el día en que se celebraba la degollación de San Juan Bautista y por esto se le impuso en el bautismo el nombre de Juan. El buen jesuita no dice de dónde tomó sus datos, ni podía decirlo, porque eran de su invención, como muchas otras cosas de su crónica. La leyenda popular y las danzas sobre la muerte de Atahualpa hablan de que Atahualpa fue degollado, desdeñando el hecho histórico de que se le aplicó el garrote, y el jesuita no encontró expediente cronológico más fácil que el de equipararlo con el apóstol decapitado, para que las pallas futuras limpiaran, en las danzas provinciales, la cabeza del Inca, con delectaciones de Salomés. Prescott, Mendiburu y la secuela poco escrupulosa de biógrafos de Pizarro del siglo XIX y XX adoptaron la fecha, el nombre y las circunstancias novelescas que encuadraban bien la tragedia de Cajamarca.

En diversos libros publicados desde 1936 y en mis lecciones en la Universidad de San Marcos he demostrado, hasta el cansancio, que Atahualpa no murió el 29 de agosto de 1533, sino acaso un mes y algunos días antes, pero no he tenido la suerte de ser leído por ninguno de los diputados que intervinieron en el debate de ayer, algunos de ellos apreciadísimos amigos y compañeros de estudios. Voy a exponer por esto, rápidamente, las pruebas de que el 29 de agosto de 1533 no ocurrió nada que pueda merecer que se le señale como un día excepcional y menos como el Día del Tahuantinsuyu, que en ningún caso podría ser un día de derrota y de duelo.

La primera deducción que brota de los cronistas contemporáneos es que la ejecución de Atahualpa se realizó inmediatamente después del rescate y que fue en día sábado. El reparto duró, según Jerez, desde el 17 de junio hasta el 25 de julio, "día del señor Santiago". Jerez y Estete, los dos cronistas más próximos a los hechos, declaran que la ejecución del Inca se verificó una vez terminado el reparto. Ejecutado el Inca, los españoles emprendieron el camino de Jauja. El suplicio de Atahualpa tuvo que realizarse, pues, entre el 25 de julio y el 21 de agosto en que los españoles salieron de Cajamarca. El 29 se hallaban en pleno callejón de Huaylas y no en Cajamarca.

La crónica de Jerez, tal como fue reproducida por Oviedo en su Historia General de las Indias, está fechada, al final, en Cajamarca el día 31 de julio de 1533. En ella se relata, en la forma más minuciosa, la muerte de Atahualpa. Es claro que éste tuvo que morir antes del 31 de julio. Consta, por las escrituras originales de la conquista, que se conservan en el Libro Becerro del Archivo Nacional, que los conquistadores estaban el 24 de agosto en Andamarca, que se hallaba según Estete, siete leguas al sur de Huamachuco. La última escritura del registro de Gerónimo de Aliaga fechada en Cajamarca, es del 20 de agosto. En los días anteriores, desde el 1º de agosto, abundan los contratos típicos de la víspera de partida: ventas de caballos y de mulas, poderes para vender, contratos de sociedad entre los soldados. El 26 de agosto estaban aún en Andamarca. El 2 de setiembre en Guailas y el 12 en Cracuray. No hay, pues, duda de que el 29 de agosto de 1533 los españoles no estaban en Cajamarca, sino en marcha hacia Jauja y el Cuzco.

Otros documentos corroboran este aserto, porque la verdad deja siempre huellas diversas. En una carta del Licenciado Espinoza al Rey, fechada en Panamá el 10 de octubre de 1533, dándole cuenta de los sucesos del Perú, como amigo y protector que era de Pizarro y Almagro, dice que sabe: "por cartas del governador don francisco piçarro e del capitán e marichal don diego de Almagro que partieron de Caxamalca que es en la provincia dónde tomaron a tubalica (Atahualpa) y hicieron esta fundición, que se partieron de allí con la gente en principio del mes de agosto pasado. Antes que partiesen de Caxamalca –dice el Licenciado–, mataron al cacique Tabalica, porque dizen que tenía hecha gran junta de gente para venir sobre nuestros españoles e gente e que para ello el governador fue persuadido, casi forzado, a lo hacer". He ahí las verdades contemporáneas: la partida de los españoles de Cajamarca en el mes de agosto y la oposición de Pizarro a la muerte del Inca, trabucadas después por historiadores del siglo XVIII.

Hay otras comprobaciones coincidentes. El Rey de España en carta a Pizarro de 21 de mayo de 1534, que publiqué el año último en el Cedulario del Perú (1529-1534), comentándola, dice al Gobernador del Perú que ha recibido sus cartas de 8 de junio y de 29 de julio, y al contestarlas, expresa: "Vi lo que decis de las justicia que hizistes del cacique Atabaliba que prendistes, por que os avisaron que avia mandado hazer gentes de guerra para venir contra vos...". Pizarro había, pues, informado a la corona de la muerte de Atahualpa en su carta de 29 de julio de 1533.

Luego, ésta ocurrió antes del 29 de julio. Tales datos directos y documentales pueden concertarse con otros derivados de las crónicas. Así, Estete afirma que los españoles salieron de Cajamarca, 30 ó 40 días después de la muerte del Inca. La salida de Cajamarca, que se hacía por grupos como se acostumbraba entonces o por "hilas" como dice Garcilaso, debió iniciarse hacia el 15 ó 20 de agosto y la ejecución del Inca habríase realizado el 20 ó 27 de julio que fueron sábados en 1533.

Estos datos provienen únicamente de las fuentes más fáciles y accesibles de las crónicas, de los documentos publicados por Torres de Mendoza, por Medina, por Levillier y algunos revelados por mí que están al alcance de todos. No tiene esta aclaración histórica ánimo de rectificar a nadie porque sus datos están contenidos en publicaciones mías anteriores, sino más bien un deseo de colaboración y de difusión de nuestras fuentes históricas desdeñadas. Al margen de ella cabe agregar la opinión de que el Día del Tahuantinsuyu no puede ser el de su final vencimiento, ni encarnarse en un Inca que representó la desunión y el desconocimiento del señorío imperial del Cuzco, como lo ha dicho acertadamente el diputado señor Escalante, sino más bien el día anónimo del Inti Raymi en que el pueblo incaico festejaba, en el apogeo solar, al Padre de los Incas y entonaba los hayllis que pregonaban a la vez el triunfo sobre los enemigos y el milagro fecundador de los sembríos y de las cosechas.


*Publicado en: Excelsior, Lima, ene-feb. 1945, N° 143-144, p. 23-24; Revista de Infantería, Chorrillos (Lima), agosto de 1950, N° 1, p. 339-342; y Equis, Lima, octubre de 1955, p. 11-12.


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