CAPÍTULO I

LA MONARQUÍA EN  EL PERÚ

(Continuación)

 

12. La discutible tercera etapa del monarquismo de San Martín en el Perú: El “Rey José”

San Martín tampoco se había, hecho popular por su inacción frente a los españoles, por sus medidas administrativas, algunas de las cuales disgustaron a los propietarios, por el lujo y el decoratismo en que cayó y que coinciden con algunas actas para darle la corona, con la canción «La Palomita» que a ello aludía, con el nombre de "Rey José" que le dieron sarcásticamente sus enemigos, con algunas conspiraciones en el seno mismo del ejército. Riva-Agüero fue también uno de los leaders principales de la oposición. Publicó escritos contra quienes recogían firmas para elegir emperador a San Martín, los apresó y les siguió proceso;28  y adujo que los pueblos al emanciparse de España no buscaban otro amo y mucho menos uno de sus conciudadanos, sino su libertad e independencia; que no podrían ver jamás en uno de sus conciudadanos sino los defectos personales; que ello despertaría las ambiciones de los caciques enlazados con la familia incaica; de los reyes de España y otros monarcas europeos; y que debía imitarse el ejemplo de Holanda, en su guerra de independencia que no confirió el trono al príncipe de Orange cuando las potencias no quisieron suministrarle un rey. Esta actitud de Riva-Agüero es muy interesante; y aunque está acorde con su hostilidad a Monteagudo, no lo está con otras de sus actitudes posteriores.

Las ideas monarquistas consubstanciales con el Protectorado, no prosperaron. Tenían cierto carácter exótico; los comisionados a Europa eran extranjeros y procedían clandestinamente. Monteagudo se hizo odiar, la nobleza no ofrecía un apoyo compacto y prestigioso a tales ideas, pues inclusive el más relevante de sus miembros, Riva-Agüero fomentaba una propaganda díscola. San Martín lo comprendió y sin empecinarse en su plan, apoyó la reunión del Congreso donde eliminado Monteagudo, entraron en masa los liberales; y se retiró.

13. El triunfo de los republicanos. El primer motín militar. Encumbramiento de Riva-Agüero


La instalación del Congreso Constituyente el 20 de septiembre de 1822 fue celebrada con enorme alborozo por los republicanos. "El Congreso representante del Perú se ha instalado y la esclavitud aterrada con su imponente majestad ha desaparecido con el estandarte de Pizarro, con ese padrón de oprobio y de ignominia", decía jactanciosamente La Abeja Republicana en su N.º 16. "El 20 de septiembre de 1822 es el primer día de la libertad del Perú". Se embarcó San Martín acompañado por los honores que le rindió el Congreso, compuesto en su gran mayoría por quienes no le eran afectos ideológicamente, a pesar de lo cual acataron la pureza y la grandeza de su figura; y no volvió más aunque la supervivencia de su prestigio y las inescrupulosidades de las pasiones lo llamaron varias veces. Pero desde su retiro, primero en la Argentina y luego en Europa, siguió mirando lo que ocurría en América y ese espectáculo más de una vez llevóle a reiterar sus convicciones.

La declaración del Congreso de 11 de noviembre de 1823 diciendo que eran incompatibles con la forma de gobierno del país, la existencia de la Orden del Sol y de los títulos de Castilla; la declaración del mismo el 22 de noviembre del mismo año desautorizando a García del Río y Paroissien y la aprobación de las bases de la Constitución señalan el hito final de estas tentativas monarquistas, dos de ellas auténticas; explícitas —el plan de Punchauca y la misión García del Río y Paroissien— y una extraoficial —el trono para San Martín.

Luego vino por acción del Congreso o mejor dicho de los liberales encabezados por Luna Pizarro la Junta Gubernativa, con la que procuraron ir a la unidad de los poderes Legislativo y Ejecutivo bajo la égida del primero. Depuesta ella, ocupó la presidencia Riva-Agüero, tipo de "conspirador pero no de caudillo, hombre más turbulento que osado, más descontentadizo que convencido". Quedaron defraudados Luna Pizarro, Mariátegui, Argote, Ferreyros y otros liberales de cuyas manos se había arrancado el poder ejecutivo; Luna Pizarro se expatrió voluntariamente. Pero, inicialmente, Riva-Agüero pareció en más dinámica actitud que ellos ante la guerra con los españoles. Equipó y aumentó el ejército, atendió a la conservación del Callao, buscó arbitrios para fondos, inauguró el colegio militar, fomentó la formación de la escuadra, ordenó el ejercicio diario de tres horas para los cívicos, etc., decretó la efectividad del bloqueo de las costas enemigas, en un afán un poco espectacular. Sin embargo, no obstante esto, Riva-Agüero se dirigió al virrey pidiendo, primero la regularización de la guerra o si no amenazando con la guerra a muerte; y, además, ofreciendo un armisticio de dos meses conservando cada ejército sus posiciones debiéndose entonces enviar diputados al cuartel general de uno de los beligerantes para formalizar un tratado de paz, en el cual el gobierno del Perú aceptaría la vuelta al país de los españoles expulsados y concedería toda clase de garantías y facilidades a los intereses peninsulares. Pero para consumarse la independencia del Perú debía venir Bolívar, a quien los liberales del Congreso instaban sobre todo a que viniese. Bolívar —dice Bulnes— era un convidado de piedra que había tomado asiento en la mesa de Riva-Agüero; un testigo invisible que se había convertido en juez de sus errores; porque la opinión pública formaba inmediatamente el contraste entre cualquier falta del Presidente y el genio y penetración de Bolívar. El pueblo de Lima tenía en sus manos una balanza descontrapesada: de un lado, Riva-Agüero, del otro Bolívar. La presidencia de Riva-Agüero es la lucha, por eso entre él y esa sombra que se proyectaba sobre la América desde la cima de los Andes; un verdadero combate por la existencia de parte de Riva-Agüero.

Con fecha 4 de marzo de 1823 había sido nombrado Gran Mariscal, después de haber sido meramente Coronel de milicias. Con este ascenso surge un indicio sobre la manera cómo, a veces, obteníanse los altos grados militares en los albores de la República. A esta época, pertenece el más popular de los retratos que de Riva-Agüero nos quedan: el rostro imberbe, los carrillos rollizos, los ojos saltones, con una expresión de arrogancia y de impulsividad.

14. La evolución de Riva-Agüero hacia el monarquismo en 1823


Poco tiempo más tarde, cuando estalló en el Callao la discordia entre Riva-Agüero y el Congreso, azuzado por Sucre, cuando Riva-Agüero marchó a Trujillo y disolvió el Congreso quien a su vez lo reemplazó con Torre Tagle, en una hora turbia, para la causa emancipadora, después de haber tenido la repulsa de San Martín cuando lo llamó para que actuara otra vez en el Perú, Riva-Agüero entró en tratos con los españoles (octubre y noviembre de 1823). Y como proposición final planteó la fórmula de Punchauca: el Reino del Perú bajo el trono de un príncipe español que señalara España, una regencia bajo la presidencia de La Serna, la igualdad de derechos entre españoles y peruanos (3 de nov.).29  La prisión de Riva-Agüero por su subordinado La Fuente y la marcha de las tropas de Bolívar entre aquél y los españoles, frustraron el resultado de esta propuesta. Dice Riva-Agüero en su Exposición acerca de su conducta pública en el tiempo en que ejerció la presidencia de la República del Perú, publicada en Londres en 1824 que apeló a las negociaciones por el peligro que corría el Perú por la desorganización de los planes de campaña contra las tropas virreinales; por el hecho de que habiéndose celebrado la paz en Buenos Aires previa llegada de diputados españoles a esa ciudad y a Méjico, tenía el temor de que se concentraran todos los esfuerzos españoles en el Perú. Y agrega que, aun suponiendo que las negociaciones hubieran fracasado, el armisticio habría salvado al ejército de Santa Cruz que habíase internado en el Alto Perú. Vigorosamente niega en este manifiesto la tacha de traición. Aduce para ello razones dialécticas: ¿cabía la traición cuando los pueblos habían manifestado inequívocamente su deseo por la Independencia; cuando Lima y Callao eran militarmente hostiles a Riva-Agüero; cuando el ejército español hallábase entre Potosí y Sicasica entonces a 400 ó 500 leguas de él? Ni declaraciones hispanófilas, ni antidemocráticas, ni monarquistas hace en este documento publicado cuando aún la victoria de los independientes era problemática, cuando acababa de divulgar Torre Tagle su tremendo manifiesto contra Bolívar y a favor de los españoles.

La posición de Riva-Agüero era paradojal: no era hostil a la implantación de una monarquía de origen hispano tal como la concibió San Martín a quien él no apoyó; y al mismo tiempo se proclamaba campeón de la libertad nacional. Para Riva-Agüero, Bolívar implicaba la dictadura extranjera. Se consideraba por eso campeón de la libertad y la independencia del Perú, dando a la continuidad en su protesta el valor de que no autorizaba ni legitimaba la usurpación. Equiparaba el caso del Perú al de España en 1808 cuando la invadió Napoleón; denunciaba el peligro que para la América implicaba la adaptación napoleónica; dolíase de la inferioridad de Colombia para dominar el Perú.30 

Sin entrar a sentenciar sobre la actitud de Riva-Agüero, cabe decir que, efectivamente, no hay pruebas de que fuera más allá de las proposiciones de San Martín en Punchauca. Pero si San Martín hizo estas proposiciones de acuerdo con un plan previo, Riva-Agüero las hizo clandestinamente, urgido por una situación circunstancialmente desesperada y en momentos en que iniciaba negociaciones antitéticas con Bolívar. En Riva-Agüero hablaban con más fuerza los requerimientos del interés personal; su soberbia, sustentada en algo por su peruanismo y en algo también por su espíritu de casta, llevóle en esta encrucijada de su vida a lo que San Martín había propiciado con serenidad y desinterés.

Por otra parte, si los españoles retirándose y apoyándose en la sierra dieron a la guerra de la Emancipación en el Perú un vago contenido regional demostrando que en Lima y en la costa no está el país, que con prescindencia de Lima y de la costa se puede mantener y continuar una guerra con probabilidades del éxito; el cisma entre las filas de los "insurgentes" tiene un valor social, análogamente vago. La lucha entre un peruanismo amplio y un peruanismo limitado pero auténtico que es el fondo de las luchas entre la primera generación de nuestros caudillos militares —La Mar, Gamarra, Santa Cruz, Salaverry— se inicia entonces en la lucha entre Riva-Agüero y Torre Tagle contra Bolívar; pero el nacionalismo amplio de Bolívar, en este caso triunfante, mella, hiere a la nobleza, a las clases más altas y así Riva-Agüero y Torre Tagle, vencidos por Bolívar aunque enemigos políticos, se identifican en cuanto a la casta. Bolívar implicó en este sentido, la primera ofensiva democrática, tanto para la nobleza simpatizante con la Emancipación de la que formaban parte ambos caudillos, como para la nobleza fiel a España en absoluto cuyo representativo podría ser el conde de Villar de Fuentes; aunque, por otro lado, Bolívar se divorcia luego de los liberales con su dictadura y con su proyecto de Constitución vitalicia.

Riva-Agüero había sido el más prominente de los miembros de la nobleza en el periodo de la Emancipación. Su defección de las filas de los patriotas tiene, igualmente, desde ese punto de vista un evidente significado sintomático. El balance de la actuación de la nobleza en la Emancipación demuestra que su aporte fue, primero, indirecto desde el punto de vista cultural, difundiendo cierta renovación ideológica, cierto orgullo patrio (Baquíjano y el grupo de Mercurio Peruano); y que, dentro del rol fidelista que tocó desempeñar al Perú, en parte, con sus conciliábulos ella sembró cierta inquietud libertadora; pero que, en conjunto, esta clase Social ante la Emancipación misma demostró no estar "en forma", término deportivo que Spengler dice que cabe aplicar lo mismo a un caballo, un boxeador, un ejército o un pueblo.

Esto no implica negar muchos casos individuales dentro de la nobleza que merecen admiración y singular elogio.

Pero en otros, un juvenil impulso de aquellos que más tarde provocan remordimientos y congojas, una simple transacción con la moda, una ingenuidad fugaz y también un propósito honrado y sincero que luego se vio frustrado, pueden explicar muchos servicios prestados en los momentos iniciales de la lucha revolucionaria; pero el examen debe abarcar las actitudes en conjunto, después de ocurridas todas las alternativas, todas las incidencias de su desarrollo doloroso.

En cambio, la nobleza inglesa... Magnificent asses!, "¡Magníficos idiotas!", cuéntase que decía Disraeli refiriéndose a estos lores de tez rojiza, flemáticos, cazadores, turistas, meticulosos. Sus ascendientes o quienes ellos se gloriaban en llamar sus ascendientes, habían conquistado "los derechos de los ingleses que eran en varios siglos anteriores a los derechos del hombre"; y ellos fundaron el predominio británico, el imperio colonial e hicieron concesiones sucesivas pero limitadas al pueblo.

15. La expedición monarquista de Riva-Agüero


Desterrado Riva-Agüero en Europa, a raíz de su deposición, se casó quizá con un prurito dinástico, en julio de 1826 con la princesa Carolina de Loos Corswarem, de una casa que había sido soberana de un ducado pequeño en el antiguo imperio germánico. En ese mismo mes el poeta José Joaquín Olmedo, entonces residente en Londres, daba cuenta de la activa campaña de prensa que contra Bolívar realizaba Riva-Agüero. Otras noticias sobre el peligro de su regreso mediaron y, con fecha 11 de septiembre de 1826, el ministro Pando dirigió una circular a los prefectos diciendo que como las relaciones del Brasil con los estados europeos y sus conatos para agitar América, los recelos de Chile y la Argentina para con el Libertador, las invectivas de los escritores y las intrigas que realizábanse en el extranjero eran un peligro para la paz pública, se hiciera cumplir con la ley de 19 de agosto de 1823 que ordenaba el fusilamiento de don José de la Riva-Agüero apenas pisara territorio nacional. Con fecha 12 de octubre de 1827 el gobierno de Méjico trasmitió oficialmente al del Perú una información de su ministro en Londres según la cual, como consecuencia de la muerte de Canning, estaban medrando en las esferas oficiales inglesas los enemigos de la República y Riva-Agüero aprestábase a salir con una expedición de aventureros a América con el objeto de coronarse él o coronar a un príncipe alemán o al infante Francisco de Padua. Análogos avisos envió Olmedo por intermedio de don José Gregorio Paredes que hallábase en Buenos Aires, en noviembre de 1827. Una circular del ministro de gobierno Mariátegui el 3 de enero de 1828 daba publicidad a la expedición que debía salir de Bruselas para diferentes puntos de América.31 

Ni la calidad de los secuaces de tales preparativos, enumerados en los documentos alarmistas que se ha mencionado, ni la vaguedad misma de las noticias, que atribuyen a Riva-Agüero propósitos disímiles de monarquismo, ni la escasa huella que esos preparativos dejaron, están de acuerdo con la gravedad de la noticia.

En septiembre de 1828 llegó efectivamente a Chile, y el mismo día que desembarcó en Valparaíso se dirigió al ministro del Perú que era entonces su antiguo subordinado Santa Cruz, comunicándole el objeto de este viaje. "Colmado de deudas en Europa parar sostener mi existencia y no habiendo en cerca de cinco años recibido ningún auxilio de mi país, me he visto no solamente sin tener absolutamente medio alguno de subsistencia, sino también reconvenido fuertemente por mis acreedores, le decía. En estas circunstancias y sabiendo por cartas de mi hermana que el soberano Congreso según la referida carta escrita en Lima el 7 de septiembre del año próximo pasado, se había dignado abolir los decretos dictados contra mí, no extrañará V.S. que no teniendo otro arbitrio para existir, regrésate a América, a esperar en un país extranjero la resolución del soberano Congreso y gobierno del Perú sobre mi solicitud para que se me juzgue con arreglo a derecho por todos los actos de mi administración pública". Concluía expresando su deseo de que el Congreso lo absolviera concediéndole el derecho de vivir en el país como simple ciudadano sin ejercer cargo público, o el de cobrar lo que se le debía y vender sus fincas para luego irse para siempre a Europa. La contestación de Santa Cruz fue un simple acuse de recibo advirtiéndole que las leyes de proscripción estaban vigentes.32 

En Chile publicó Riva-Agüero su memoria al Congreso del Perú en otros párrafos citada. Después de explicar su regreso también "a causa de los empeños contraídos en Europa para mi existencia y la de mi familia", hace una larga y elocuente defensa de sus actos durante su presidencia, impetrando el sentimiento antibolivariano que entonces estaba imperando en el Perú; así mismo hace una relación de sus servicios a la causa de la Independencia. En este documento concluye pidiendo la formación de un juicio legal, para lo cual debía dejársele regresar al Perú con el objeto de preparar la documentación de su defensa; y promete no admitir en ningún tiempo el cargo del Poder Ejecutivo y ni aun hacer uso del derecho de voto.

En un nuevo folleto Suplemento de la Memoria dirigida a la Representación Nacional del Perú por D. José de la Riva-Agüero, ex presidente de aquella República (Santiago de Chile, imprenta Republicana, año de 1829), defendió una vez más sus actitudes, contestando la granizada de invectivas con que su regreso fue recibido. Es allí donde explica más la génesis de sus negociaciones con los españoles, según él, análogas a las que inició Bolívar, simple treta política para ganar tiempo; alega que si hubiera querido unirse a los españoles le habría bastado moverse con sus fuerzas sobre Huánuco; insiste en su nacionalismo que llevóle en la proposición hecha en Pativilca a Bolívar el 12 de noviembre, a comprometerse a reconocer su autoridad militar y a renunciar al Poder Ejecutivo con tal que los pueblos nombrasen otro peruano.

16. Riva-Agüero en la política peruana de 1829 a 1838


El diputado delfín, en la legislatura de 1829, presentó la proposición que permitía el ingreso de Riva-Agüero a defenderse de los cargos contra él pendientes. “Blancos, negros, mujeres y niños, todos acudieron gustosos llenando la barra, atrio, ángulos y techos...”, dice el cura Garay en una carta ingenua y pintoresca.33 “Principió la sesión y mientras se ocupaban de otras materias, el concurso hacía con estrépito notar su ansiedad”. Vivas y palmoteos acogieron el voto aprobatorio de la Cámara. “Nuestro taita Tramarria —sigue diciendo Garay que narra estos hechos a Riva-Agüero a quien llama aún ‘presidente’— enarboló su bandera y disparó sus cohetazos. No es esto lo más gracioso sino que todo se ha hecho sobre los esclavos del célebre Judas”, agrega aludiendo a La Fuente, que había apresado a Riva-Agüero en 1823.

Aunque en cartas particulares a Riva-Agüero, Gamarra, presidente entonces flamante, habíale demostrado buena voluntad colocándose en un punto de vista nacionalista que alguna relación tenía con su motín contra La Mar (“hasta el día el país ha sido el patrimonio de los extranjeros”, le decía, agregando que su plan era “dar valor a nuestros recursos, a nuestros hombres, a nuestras leyes, a nuestra nación por entero”),34 el “célebre Judas” de que hablaba Garay todavía pesaba mucho en los consejos del gobierno, pues había sido el colaborador más eficiente en el encumbramiento de Gamarra. Seguramente por su influencia, el ministro de Gobierno, con fecha 14 de diciembre respondía a la Cámara que el 3 había permitido el regreso de Riva-Agüero que éste había desenvuelto recientemente nuevos planes de trastorno y que su presencia serviría de centro a los partidos, excitando al desorden. “Existen —agregaba— en poder del gobierno documentos oficiales de la mayor responsabilidad que comprueban los conatos empleados desde Europa por don José de la Riva-Agüero para anarquizar al Perú con el designio de prepararlo de nuevo a ser presa de la dominación extranjera. Y aunque testimonios tan relevantes no fueron suficientes para negarle su regreso, la conducta que ha guardado desde su arribo a Chile demuestra a clara luz que sus intenciones son siniestras y que el rencor y la sed de venganza lo conducen a esta República”.

Habían para atizar el rencor contra Riva-Agüero varias razones circunstanciales. Sus amigos trabajaron activamente en los colegios electorales que se reunieron ese año para elegir presidente y vicepresidente y, por lo menos, aseguraban haber triunfado en la elección vicepre-sidencial, culpando al gobierno de sofocar o violentar los sufragios. En cartas privadas había corrido sin cauce la hiel que el proscrito exhalaba inagotablemente contra La Fuente. En algunas llegó a decir que éste merecía el cadalso, opinión que el gobierno interpretaba en su nota mencionada diciendo que “se ha ocupado exclusivamente en encender el fuego de la sedición: provocó el asesinato del segundo funcionario de la República según lo acredita una carta de su puño y letra”.35 

Con motivo de estas dilaciones, Riva-Agüero, grafómano incurable, publicó un nuevo folleto: Representación a las Cámaras Representativas del Perú por don José de la Riva-Agüero, Gran Mariscal y ex Presidente de aquella República, Santiago de Chile, imprenta Republicana, 1830. Allí se venga de La Fuente y afirma reiteradamente que de todos los ángulos de la República se le llama para “salvarla del yugo ignominioso que la oprime y la envilece pero que prefiere el rol de víctima”. Observa Paz Soldán en sus “Efectos de los partidos sobre los Congresos del Perú” publicado en Revista Peruana, que Riva-Agüero entonces volvióse, a veces, arma del gobierno contra el Congreso y, a veces, arma del Congreso contra el gobierno. Esto último fue después, cuando chocaron Gamarra y La Fuente en abril de 1831, Riva-Agüero lógicamente vino a resultar un aliado del gobierno. Cuéntase que la poblada que se reunió contra La Fuente el día de su deposición prorrumpía en vítores al “niño Pepito”...

Riva-Agüero regresó al país, por fin después de haber puesto el gobierno el cúmplase a la resolución legislativa que suspendía su proscripción (16 de mayo de 1831). Llegó el 22 de octubre en la corbeta de guerra inglesa “Clio” y fue recibido con cariño. Cinco días después de llegar publicó un remitido agradeciendo la acogida y suplicando a sus amigos que no lo elogiaran por la prensa. Decía que su venida era para contestar los cargos por su administración y arreglar sus intereses; y pedía obediencia y respeto al gobierno, agregando que aun a costa de su sangre estaba dispuesto a cooperar al sostenimiento del orden y del gobierno mientras éste “marche, como hasta aquí, conforme con nuestro sistema constitucional”. A poco llegó su esposa cuya exótica belleza dio origen a ripios de poetas de circunstancias. Con su característica actividad se preocupó enseguida de mover el juicio sobre los actos de su periodo presidencial. Fue su abogado don Manuel López Lissón. El tribunal fue formado por los conjueces Soria, Benavente y Llosa Zapata. La sentencia absolutoria se firmó el 1° de agosto de 1832. Sus partes conside-rativas se basan en que su entendimiento con los españoles no fue más allá del plan de Punchauca; en que sus anteriores servicios resisten la presunción de traición; en que si cometió errores, ellos quedaron purgados con siete años de desgracias y de proscripción; en que sus actos habían revelado un laudable aunque no muy fundado celo por la soberanía y la libertad del país, frente a un extranjero que, aparentemente, iba a destruirlas y a quien fue conferido el poder supremo en agravio de Riva-Agüero. La sentencia se basaba, así mismo, en el dictamen del fiscal don Blas José Alzamora y concluía diciendo que no habiendo mérito como no lo había para la prosecución de la causa, se suspendía su conocimiento y su continuación.36 Un auto de 6 de agosto, a solicitud de Riva-Agüero, declaró que en nada podía perjudicarle dicha causa en orden a su empleo y grado militar.

Ausente y en desgracia La Fuente, en este juicio no intervinieron los enemigos de Riva-Agüero. Sólo hubo una polémica por razones de tramitación procesal y por cuestiones privadas con Vidaurre, presidente de la Corte Suprema quien primero se dirigió a la Cámara de Senadores y luego a la de Diputados en consulta.37 Con fecha de 6 de febrero de 1833, se dirigió Riva-Agüero al Ejecutivo adjuntándole copia de la absolución para que la insertasen en la orden general del Ejército y se le hiciesen sus ajustes vencidos. Con fecha 12 de febrero emitió informe favorable el fiscal Tudela; pero el gobierno se limitó a pedir copia de las resoluciones del Congreso sobre el asunto.38 

El 8 de marzo de 1833, fue elegido diputado por Lima a la Convención Nacional. Pero en la madrugada del 16 su casa fue allanada sin que tras una búsqueda minuciosa pudieran encontrarlo. Una montonera en Carabayllo, rápidamente disuelta, reunida inmediatamente después de las persecuciones realizadas aquel día de resultas de las cuales fueron apresados don Manuel Tellería, presidente del Senado y el entonces sargento mayor Salaverry, confirmó, según el gobierno, la existencia de una vasta conspiración.39 

Desde su escondite, Riva-Agüero dirigió varias representaciones al Consejo de Estado protestando de su inocencia y reclamando su fuero de diputado. El Consejo acordó decir al Ejecutivo que suspendiera la orden de arresto contra él porque siendo diputado notoriamente elegido a la Convención, no estaba sujeto a otra autoridad que al Consejo de Estado, conforme a la ley de 30 de junio de 1831 (26 de marzo de 1833). No aceptó, en cambio, el Consejo otro pedido para una licencia con el objeto de embarcarse para Chile, por considerarla fuera de sus facultades.

Ya en los numerosos escritos que entonces publicó, dejábase ver el desengaño y la amargura que dominaban a Riva-Agüero después de diez años de persecuciones; tuvo entonces frases que podrían pertenecer a las Memorias de Pruvonena.40 

Publicábase en aquel tiempo el periódico La Verdad, en el cual escribía, como era notorio, don José María de Pando, personaje de ideas autoritaristas y que tendría luego ante las cosas del Perú una actitud muy semejante a la que iba tomando Riva-Agüero. A pesar de la afinidad entre ambos, ya desde entonces presumible por el tono de los editoriales como era su norma al gobierno de Gamarra, acusó a Riva-Agüero, de conspirador y exhumó los principales cargos que ya se habían acumulado contra él.41 

Riva-Agüero se embarcó para Guayaquil, donde vivió en la misma casa de Tellería, denunciando ambos que en la noche de 11 de agosto de 1833 dos asesinos con trabuco pretendieron asaltar su domicilio.

Refugiado Riva-Agüero en Guayaquil, los colegios electorales realizaron en mayo elecciones para presidente de la República. En Lima obtuvo 174 votos y Orbegoso 165.42 Por acuerdo de la Convención, reunida en sesiones preliminares, se dictaron órdenes para su repatriación así como la del diputado Tellería; pero esas órdenes fueron suspendidas en octubre de 1833 por haberse sofocado en Piura un motín hecho con la esperanza del regreso de Riva-Agüero y habiendo invocado su nombre las sediciones de Huamanga y Amazonas y la sublevación de los presidiarios de San Lorenzo, conociéndose, además, instrucciones venidas de Guayaquil para armar montoneras. La esposa de Riva-Agüero manifestó a la Convención que la acusación carecía de pruebas; la Convención pidió informe al Ejecutivo y éste no contestó. En una nota fechada el 22 de octubre, Riva-Agüero decía a la Convención, exasperado y acaso “paranoico” que se le había querido asesinar, que se le insultaba alevosamente en el periódico oficial El Conciliador, que la elección presidencial había sido hecha en su favor sin que mediara de su parte solicitud alguna, que por ello no había apelado a la conspiración ni a las montoneras.43 

Los años no habían limado sus desplantes jactanciosos de niño engreído. Pensaba que sus trabajos en medio de la capital genuflexa le habían dado, aparte de sus blasones amarillentos, un título para la permanente adhesión popular. Todavía, con fidelidad de criados de familia vieja, algunos guerrilleros de aquellos días que se agigantaban con el tiempo y parte de la plebe limeña, no se habían olvidado del “niño Pepito”. Soliviantábase su orgullo paradójico de viejo conspirador y de aristócrata rancio ante el auge de militares de quienes había sido jefe, caudillo, bienhechor. Él decía que no solicitaba, que no buscaba nada. Pero sobre estos engañosos aspavientos recoletos, el espectro de las tribulaciones pasadas le presentaba como una vindicación tentadora el regreso tardío al poder que tanto amara desde los ilusos días mozos.

La oposición a Gamarra, podría dividirse en 1833, pues, en dos grupos: uno, el más numeroso seguramente, que contaba con los principales periódicos liberales, El Telégrafo de Lima, El Genio del Rímac, etc., y que contaba así mismo con la mayoría de la Convención, a favor de Orbegoso a quien se habían plegado Luna Pizarro y su grupo, inicialmente partidarios de Nieto. Y otro grupo representado por Riva-Agüero, análogo en tendencias al cenáculo de intelectuales que con una camarilla de militares, daban fuerza al gobierno. Riva-Agüero, que no sólo fue atacado por los periódicos oficiales El Conciliador y La Verdad, sino también por algunos de la oposición,44 dice en el libro de Pruvonena: “El Congreso llamado convencional que estaba instalado con el objeto de examinar la Constitución y reformarla, se negó a abrir las actas de los colegios electorales y a proclamar al nuevo presidente de la república que esos colegios habían elegido con arreglo a la Constitución vigente que la regía. (Se sabe por notoriedad que la elección era en favor del Gran Mariscal Riva-Agüero). Se pretextó que hallándose la Convención reformando la Carta Constitucional, se debía esperar a que se concluyese su reforma y que con arreglo a las innovaciones que pudiese hacer, se procedería después el asunto de la elección de la presidencia de la república...”.45 

La Convención se encontró con el problema de la sucesión presidencial pues la inminente fecha en que Gamarra debía dejar el poder, no daba lugar a acudir nuevamente a los colegios electorales. Por sugestión del propio Gamarra y ante la crisis que podía venir si se dejaba a éste o si se nombraba a Tellería, que era su reemplazante legal, pero que era su enemigo y que se negó a aceptar, la Convención eligió presidente provisorio. La mayoría de los votos la obtuvo Orbegoso. Riva-Agüero no obtuvo un voto. 

Aunque hostil a la “logia liberal” triunfante, Riva-Agüero, de regreso del destierro, se incorporó a las filas de Orbegoso, puesto que estalló a poco el golpe de estado de Gamarra y de Bermúdez. Hizo con Orbegoso la campaña de la sierra que terminó con el abrazo de Maquinhuayo. Díjose que por su influencia prodújose en mayo de 1834 la proscripción de La Fuente, decretada por Orbegoso. Producido el 1º de enero de 1835 un motín en el Callao que proclamó a La Fuente, en la junta de guerra dio su parecer que contribuyó según, cuenta en el libro de Pruvonena, a la captura de la plaza por asalto.46 

En octubre de 1835 fue nombrado por Orbegoso ministro en Chile, país en el cual, según Sotomayor Valdés estaba desterrado por Salaverry a quien odiaba por creer que había interceptado sus perspectivas presidenciales. Como Salaverry nombró con igual cargo a don Felipe Pardo, se produjo entre ambos —cuya afinidad de ideas es evidente— una enojosa polémica.47 De regreso de su infausta misión en Chile que concluyó con la guerra, Riva-Agüero se incorporó a las filas santacrucinas o confederales. Con motivo de la defección de Orbegoso a la causa de la Confederación por haber declarado independiente al Estado Norperuano ante la llegada de la segunda expedición restauradora, Santa Cruz lo nombró presidente del Estado Norperuano (11 de agosto de 1838). Desterrado nuevamente a Guayaquil como consecuencia de la caída de la Confederación regresó al Perú en 1843, ya viejo, empobrecido y desengañado definitivamente, dedicándose a la vida privada. Falleció en Lima el 21 de mayo de 1858.

17. Pruvonena

El ideal monarquista al que pareció hostil en su ilusa juventud de conspirador así como en sus actitudes durante el Protectorado de San Martín, túvolo por adepto eventual en 1823 y por adepto posible en 1826-28 pero parece haberle ido dominando del todo en sus últimos años. Y en 1858, poco después de su muerte, fueron publicados en París sus Memorias y documentos para la Historia de la Independencia del Perú y causas del mal éxito que ha tenido ésta, con el seudónimo de P. Pruvonena (anagrama de “un peruano”); libro en el que colaboraron los canónigos Arce y Garay.48 

Todo el despecho, todo lo que el filósofo alemán Max Scheler ha llamado el “resentimiento” acumulados en una carrera tempestuosa y frustrada, hierven en este tremendo y triste libelo. Bien pudo Riva-Agüero, en el retiro de sus últimos años, escribir sus memorias pretender una vez más justificar sus actitudes y vengarse de sus enemigos siquiera con la pluma como ya varias veces lo había hecho; no hubiera importado que mezclara a sus recuerdos y a sus argumentaciones toda la filosofía pesimista que habíase acentuado en él. Hubiera hecho una obra más lógica, más franca, más digna y, en el fondo, más útil para su defensa. Pero empezar por el pecado original de esconderse en el seudónimo; escribir un fárrago de invectivas contra todos los caudillos de la Emancipación sin reconocerles ni una cualidad y, lo que es menos grave, contra todos los caudillos de la República, salvo Vivanco; trazar con siniestros colores el cuadro de la realidad peruana autoelogiándose sin tasa ni medida, fue en cambio, lo que hizo; al mismo tiempo que reunir un haz desordenado pero curioso de documentos, folletos y artículos, firmados y anónimos, sobre la Independencia y sobre la vida republicana hasta 1856.

Lo que el fingido Pruvonena trata de probar, en suma, es que la ineficacia de las instituciones democráticas en sí y, en especial, en América, así como una serie de errores y contrasentidos como el hecho de no haber establecido San Martín un gobierno nacional, de haber descuidado la guerra, de haber cometido otros abusos, de haber sido entregado el país por el Congreso a Bolívar, de haberse promulgado una Constitución inadaptable, de haber gobernado Bolívar como un monstruo, de haber imperado el parlamentarismo, de haber sido autorizada la licencia de la prensa, etc., produjeron por resultado un espantoso caos en el país, frente al cual la administración colonial fue inmensamente superior. Aún más: habla de la conveniencia de una intervención europea en América del Sur, que cure sus males y alude no a la necesidad de la monarquía porque su tono es desesperanzado, sino a los beneficios que ella hubiera podido reportar. 

Junto con el valor netamente personal o de cerrada camarilla afín a él, que hay en esta última producción de Riva-Agüero ella refleja, además, cierto estado social. Recoge esa amargura que las gentes desposeídas por las grandes transformaciones tienen sin ver sus ventajas. Recoge el desdén y el asombro al ver ocupadas las más altas posiciones públicas por “hijos de casta o espurios o sacrílegos”, por eso, “tan fáciles de venderse y de prostituirse”. Recoge el descontento vasto que, un poco, reflejara también Pardo y Aliaga sobre todo en sus últimas composiciones. Fue Pardo pero pudo ser Riva-Agüero si es que hubiera escrito versos, quien dijo:

Aunque gruñan severos Aristarcos
yo prefiero a estos tiempos que dan grima,
aquellos tiempos en barullo parcos
en que tan sólo se agitaba Lima
cuando elegía su Rector, San Marcos.
...
¿Libertad en la tierra pecadora...
sin un poder robusto que la guarde
poder presidencial o poder regio?
¡Esas son necedades de colegio!

Pero el punto de partida de Pardo no era tan personalista; estaba templado por la ironía y por innata discreción. Mientras Riva-Agüero en el mismo año de su muerte publicaba un libelo infamando a sus enemigos, Pardo, al compilar con ayuda de su hija Francisca sus escritos en prosa y en verso, separaba aquellos que pudieran tener alusiones personales, perdiéndose así gran parte de su obra de periodista en la que puso tanto donaire como en sus mismas comedias y artículos de costumbres. Ello no quita que hablara en tono emponzoñado; allí está su Constitución Política su ¡Vaya una República!

Más semejanza tiene la actitud de Riva-Agüero con la de José María de Pando. Como Riva-Agüero, Pando había disfrutado de honores durante el régimen español, siendo honores más altos los de Pando hasta el punto de haber sido ministro de Fernando vii. Como Riva-Agüero, Pando tuvo un momento de auge; pero el tumulto de la anarquía lo derribó. Como Riva-Agüero, Pando quiso vengarse de su país malquerido. Con soberano desdén habló de él mendigando acogida otra vez en la corte española en 1835; con moroso cuidado dialéctico y retórico lo sentenció en sus Pensamientos sobre moral y política publicados en Cádiz en 1838, a irremisible perdición por causas étnicas, culturales y sicológicas y, sobre todo por haber adoptado la república. Pero Pando, que por no tener como tenía Riva-Agüero vínculos hondos con el Perú, por no haber intervenido en la Emancipación ni haber sido caudillo, pudo consumar su evasión alejándose para siempre de América, carecía por eso mismo del encono, de la obsesión de Riva-Agüero. Así, sus Pensamientos sobre moral y política están dedicados a los españoles; se refieren a la conveniencia de la monarquía constitucional en España y en Europa y para América sólo tienen un párrafo genéricamente cruel.

Por más acerbas que sean las deducciones ante la conducta de Riva-Agüero en 1823 y en 1826-28, quizá no podría dejarse por lo menos de sentir cierta piedad, viéndolo roído por los recuerdos de entonces, llegar hasta los umbrales de la tumba rumiando sus pasiones que los años no aplacaban. Su caso es en realidad un caso de chasco y de escamoteo. Algo hay del mito de Satán, el gran rebelde, después de ser el arcángel preferido, en este hombre que pareció el favorito de la suerte en su juvenud, pues fue el más activo, el más prominente de los agitadores de la Independencia uniendo a sus dotes personales el prestigio de su abolengo, de su posición; y que, sin embargo, fue luego perseguido como un réprobo. Ante tal persecución que contaba con el apoyo con que la gloria creciente iba ungiendo a sus enemigos, este hombre díscolo no cesó de luchar con brío y vigor.

18. Amenazas póstumas del monarquismo. La expedición “floreana”


Con el resumen de las aventuras de Riva-Agüero queda prácticamente liquidado el recuento del monarquismo en el Perú. El monarquismo de Pando pertenece a dos periodos extraños a su estada en el Perú antes de 1826 y después de 1835. Y si hay comprobantes, mencionados por Villanueva en su Imperio de los Andes, sobre su plan para crear este imperio con el objeto de halagar e intimidar a Europa y de perpetuar la dominación de Bolívar, pronto se sumó al proyecto de la Constitución Vitalicia cuyo elogio hizo breve y magistralmente en la circular que dirige a los prefectos como Ministro de gobierno para que la propusieran a los Colegios Electorales. Análoga al proyecto de Riva-Agüero en 1826-28 fue la frustrada expedición “floreana”, del general ecuatoriano Juan José Flores —a quien en 1854 Fernando Casós llamaría “El Rey de la Noche” por sus condiciones de gentil caballero en saraos y en banquetes—. Este episodio que interesa a la historia del Perú por la actitud de vigía y de leader que asumió nuestro gobierno, sirvió para revelar el rápido y definitivo enraizamiento de la República en América.

Flores, venezolano de origen, había gobernado el Ecuador agitadamente entre 1831 y había vuelto al poder en 1839; pero, después de varias incidencias había suscitado una reacción “nacionalista” análoga, a la que en el Perú se enfrentó a Bolívar, a La Mar y a Santa Cruz. Tres meses y medio de guerra civil sin resultado definitivo llevaron a Flores y sus oponentes a un convenio según el cual aquél debía salir del país durante dos años aunque conservando sus grados militares, sus sueldos y sus propiedades y debiéndosele proporcionar veinte mil pesos para los gastos de su residencia en Europa (Convenio de La Elvira, 17 de junio de 1845).

Flores llegó a la corte española a fines de 1846, año en el cual se había hecho una primera tentativa para erigir un trono en Méjico. Un periódico de oposición en Madrid, El clamor público, denunció la existencia de una empresa análoga que se proyectaba sobre América del Sur (7 agosto de 1846) con la directa participación del ministro Istúriz. Coincidió esta denuncia con una serie de aprestos militares en Inglaterra y en España, cuyos gastos, notoriamente, sobrepasaban las posibilidades económicas de Flores que era su gestor. La noticia, recibida primero con incredulidad en América del Sur, fue alarmando poco a poco tanto a los gobiernos como a la opinión, sobre todo en el Ecuador, en el Perú y en Chile. El ministro peruano en Londres, Iturregui, inició una acción ante el gobierno de Inglaterra, pues tres buques estaban listos en el Támesis y en Limerick; al lado occidental de Irlanda hallábase alguna gente enganchada, aparentemente como colonos emigrantes y en realidad como soldados.

Cuando Iturregui pasó su comunicación a Lord Palmerston, ministro de la Reina, después de varias explicaciones dijo éste que como “el comercio y los súbditos británicos habían sufrido en varias épocas tantos perjuicios, vejaciones e injusticias de las personas que de tiempo en tiempo han adquirido poder en Sudamérica, el gobierno británico vería con gran satisfacción todo cambio mediante el cual la conducta de los gobiernos de aquellos países hacia los súbditos británicos fuese más conforme con la justicia, con la buena fe y con las obligaciones de los tratados”. Por un momento pareció, pues, que América sólo podría contar con sus propias fuerzas. Pero ello no importó. Se pensó hasta en formar una liga sudamericana cuya presidencia pidió Nueva Granada que fuera dada al general Castilla. La agitación en América, la acción diplomática peruana, consonante con la que Chile realizó en Londres y en Madrid y, sobre todo, una representación del alto comercio inglés invocando la necesidad de la paz (20 de octubre y 7 de noviembre de 1846) decidieron la actitud del gobierno de Lord Palmerston. Los tres buques fueron embargados (19 de noviembre) y los contingentes de enganchados fueron disueltos. Cuéntase que cuando Flores se dirigió a Santander, donde también habíanse reunido algunas fuerzas a esperar a la expedición para unirse a ella y tomar rumbo a América, recibió la noticia de este golpe que sumóse a otros contratiempos que ya había sufrido, como por ejemplo la fuga, con gruesa suma de dinero, de un agente de su confianza. Tras la caída del gabinete Istúriz, en gran parte debida a la algarada que había suscitado esta empresa, vino el gabinete del duque de Sotomayor, quien se apresuró a publicar una circular tranquilizadora para los países de América (6 de febrero de 1847). En este ambiente encendido se reunió en Lima el congreso de plenipotenciarios americanos. Más tarde, Flores regresó a América curado de su insensato proyecto cuyo único sustento verdadero había sido la protección de la reina madre María Cristina; y en 1852 regresó al Perú, organizando aquí, con el apoyo pecuniario del presidente Echenique y con la protección de algunos personajes del oficialismo peruano de entonces, una expedición al Ecuador para deponer al general Urbina, cuyas tendencias radicales “rojas”, emanación de las que simultáneamente encarnaba en Nueva Granada el gobierno del general López preocupaban vivamente al gobierno de Echenique que era moderado pero de tendencias conservadoras. Una de las armas que esgrimió la oposición contra el gobierno y una de las primeras manifestaciones de disgusto que exhibió ante él de nuevo en la presidencia se valió de Flores para procurar la anarquía en el Ecuador, posponiéndolo, sin embargo, más tarde ante García Moreno y ante Franco.49 Flores murió después de actuar nuevamente en la política ecuatoriana, cerca de Guayaquil, en un buque en el cual intentaba una nueva aventura, el 1º de octubre de 1864.

19. La agitación antimonarquista de 1862

El debate entre la monarquía y la república, tuvo, sin embargo, un último instante de actualidad ante el surgimiento en Méjico, del trono de Maximiliano apoyado por los conservadores mejicanos. En el Perú, los liberales miraron los acontecimientos de Méjico como si fueran propios; una de las características de la etapa liberal posterior al apogeo fugaz de 1855 y a la lucha con Castilla —fue el americanismo. Periódicos vibrantes, sobre todo La América, periódico político consagrado a la “defensa de la autonomía de las naciones americanas” se enfrentaron a la cruzada del viejo despotismo europeo contra la autonomía americana y contra sus formas políticas que son la “realización del dogma democrático”. Además de La América cuyo equipo de redactores incluía los nombres de Mariátegui, Vigil, Luciano B. Cisneros, Ulloa, Químper, Casós, Juan Espinoza, Francisco Lazo, etc., aparecieron La Democracia, El Pedestal de la Libertad, La República, El Perú, más o menos afines en ideas aunque algunos de ellos orientados hacia la política interna. Sociedades como la Sociedad Unión Americana, la Sociedad Liberal Central, la Sociedad Defensores de la Independencia, la Sociedad Fundadores de la Independencia, mantenían la agitación pública. La misión de Mariano Nicolás Corpancho como enviado del Perú en Méjico, que ha sido evocada en una de las publicaciones históricas hechas por la Secretaría de Relaciones Exteriores de aquel país bajo la dirección del eminente escritor de vanguardia Genaro Estrada, consuena con ese espíritu. Comicios, veladas, discursos, himnos, representan diversos matices de esta agitación a favor de la independencia y de la república; agitación que, más tarde, se localizó en el propio Perú ante la “expedición científica española” y ante la ocupación de las islas de Chincha, encauzándose en parte contra el gobierno de Pezet a causa de la política que siguió en lo que respecta a la cuestión española.50 Es interesante constatar que, a pesar de acumularse las alusiones a la existencia de sectores monarquistas en el Perú, desde 1860 a 1866, ese monarquismo no tuvo manifestaciones relevantes.51 Y cuando un simple folleto, que visiblemente editado en el extranjero decía haberlo sido en Lima, comenzó a circular, la palabra de Vigil lo condenó sin que el anónimo autor de tal folleto aceptara la polémica.52 

20. Las posibilidades de la monarquía en el Perú. Autoritaristas y monarquistas


Mucho se ha disertado sobre el dilema entre la monarquía y la república, entre nosotros. En los últimos tiempos, José de la Riva-Agüero Osma se ha pronunciado por la monarquía constitucional, Javier Prado limitóse a decir que el establecimiento de la república fue un error; en cambio, el doctor Manuel Vicente Villarán y Francisco García Calderón lo han defendido gallarda y eficazmente. Uno de los más recientes exponentes de este debate ha sido el discurso del doctor Humberto Borja García sobre el proceso de nuestra democracia en la inauguración del año universitario de 1920, en el que se pronuncia también contra la república.

En realidad, los monarquistas que tachan de utopistas a los republicanos, lo son en mayor grado. La Emancipación era la resultante de un proceso económico social. Había madurado en las ciudades una clase burguesa criolla merced al contacto con Europa y al propio desenvolvimiento. San Martín y Monteagudo primero y Riva-Agüero luego, eran ciegos ante la transición que se estaba operando. Eran como Mirabeau cuando quiso limitar la Revolución Francesa a una transacción con la monarquía constitucional; como Kerensky que quiso reducir la Revolución Rusa a otra componenda con el pasado bajo las formas de la democracia parlamentaria. Y es que, contra lo que digan los teóricos del evolucionismo, puede ser que éste impere en las ciencias naturales; pero, a veces, la Historia se realiza mediante algo terrible y bello, doloroso y formidable que se llama Revolución.

Se ha dicho que el historiador profetiza el pasado, que da explicaciones fatalistas a hechos que pudieron muy bien no realizarse; se dice, por ejemplo, que si Constantino no se convierte al cristianismo, éste no hubiera imperado en el mundo. Así, si Carlota pasa el Plata cuando la llamó Belgrano; si Abascal se corona; si La Serna acepta las propuestas de Punchauca; si Riva-Agüero tiene éxito en las negociaciones de 1823, ¿habría surgido la monarquía entre nosotros? Quizá, sí; pero ¿cuánto tiempo hubiera durado? La Emancipación sólo hubiera sufrido un retardo. Es preferible creer que los hechos históricos están determinados por antecedentes inflexibles en una dirección que se forma ocultamente hasta parecer ilógica: el gesto audaz, el grande hombre las más de las veces precipitan, apresuran o encarnan el acontecer. No hagamos, pues, por eso, Historia tal como debió ser y no ha sido. En lo superficial domina lo imprevisto; él está en el suceso particular, en la decisión singular; pero la época misma es necesaria, en ella está la unidad vital del sino.

En la Carta de Jamaica, en el discurso de Angostura, en el Mensaje a Bolivia, en cartas particulares Bolívar acumuló su pensamiento al respecto. “Yo creo que el tiempo de las monarquías, fue”, escribía en 1822, en pleno triunfo del absolutismo en Europa. Para él, en América estos “monumentos antiguos”, eran una amenaza para la independencia y un peligro para la paz internacional. Ellos eran un contraste con el odio que entonces suscitaba la península, odio —decía Bolívar en su carta de Jamaica— más grande que el mar que nos separa de ella, agregando que menos difícil era unir los dos continentes que reconciliar los espíritus de ambos países. En el fondo, decía, tronos borbónicos en América equivalían a un protectorado europeo. La ambición dinástica, el orgullo monárquico, las rivalidades de familia, las intrigas de corte habrían traído a América gérmenes de rivalidades permanentes como las de las antiguas monarquías europeas.53 

Si América no estaba preparada para la república, tampoco lo estaba para la monarquía. Si habían habido aquí tradiciones monárquicas, ellas caducaron con el régimen colonial. América no había tenido reyes, la habían gobernado los de España, lejanos y desconocidos. Sólo el Brasil tuvo reyes, porque los de Portugal vinieron, acompañados de su corte, a residir y gobernar en tierra brasilera, formando una tradición monárquica genuinamente nacional. En el primer momento de la revolución ya se habían adaptado por eso en América española las formas republicanas; la organización definitiva de índole monárquica habría tenido que comenzar por destruir esas bases.

La monarquía liberal y constitucional soñada por los realistas, en América hubiera degenerado en gobierno despótico, pues faltábale lo esencial: la práctica representativa y parlamentaria, la acción política nacional frente al poder de los reyes. Aquí cabía repetir los argumentos de los monarquistas contra la república agravados por los peligros sociales y políticos del trono. Había necesidad de crear primero devoción y respeto por una dinastía; luego, hábitos de gobierno representativo; y, por último, organizar el equilibrio recíproco del pueblo y del trono, poderes antagónicos. La creación misma de la dinastía era problemática; la fuerza militar no era un origen en el que se podía confiar; las candidaturas habrían surgido entre rivalidades y ambiciones; la nobleza era decorativa, no tenía prestigio popular; no había grandes plutócratas. El pensamiento de Bolívar, sintetizado en su mensaje precediendo la Constitución Vitalicia fue en esto clarividente: "Véase la naturaleza salvaje de este continente, que expele por sí sola el orden monárquico; los desiertos convidan a la independencia. Aquí no hay grandes nobles, grandes eclesiásticos; nuestras riquezas eran casi nulas y en el día lo son más. Aunque la iglesia goza de influencia, está lejos de aspirar al dominio, satisfecha con su conservación. Sin estos apoyos, los tiranos no son permanentes; y si algunos ambiciosos se empeñan en levantar imperios, Dessalines, Cristóbal, Iturbide les dicen lo que deben esperar. No hay poder más difícil de mantener que el de un príncipe nuevo. Bonaparte, vencedor de todos los ejércitos no logró triunfar de esta regla más fuerte que los imperios. Y si el gran Napoleón no logró mantenerse contra la liga de los republicanos y de los aristócratas, ¿quién alcanzará en América a fundar monarquías en un suelo encendido por las brillantes llamas de la libertad y que devora las tablas que se le pone para elevar esos cadalsos regios? No, legisladores, no temáis a los pretendientes a coronas; ellas serán para sus cabezas la espada pendiente sobre Dionisio. Los príncipes flamantes que se obcequen hasta construir tronos encima de los escombros de la libertad, erigirán túmulos a sus cenizas que digan a los siglos futuros cómo prefirieron su fatua ambición a la libertad y la gloria".

Pero suponiéndose la factibilidad, la posibilidad del establecimiento y de la permanencia de la monarquía ¿qué habría sucedido? Aquella época era un duelo entre la feudalidad y el liberalismo; entre la reacción y la revolución. La monarquía habría favorecido a la feudalidad y a la reacción. El pueblo, la masa, no habrían salido ganando mucho. Si aún las formas republicanas conservaron social y económicamente la Infraestructura colonial, ese proceso habría sido más saltante con la monarquía. Se condena la pereza nacional, la ausencia de energía cívica, la falta de contralor administrativo como defectos típicos de nuestras burocracias. Y el rey con su fausto, con su corte de favoritos y áulicos, habría estimulado todos esos vicios, uniéndolos al culto de exterioridades vacías, de lujos inútiles, de vanidades pequeñas.

Además, el germen de los motines no brotó del texto republicano de las constituciones como Minerva de la cabeza de Júpiter, sino de causas sociales. La fórmula monárquica no hubiera sido un freno para ello, tanto más cuanto que carecía de raigambre popular y tradicional; pronto la cizaña habría surgido con motivo de los puestos de ministros y favoritos como ocurrió en España en el siglo XIX con los pronunciamientos militares que fugazmente ungieron a los generales Espartero, Serrano, Narvaez O’Donnell, etc. Habríamos tenido, en suma, como dijo Francisco García Calderón, todos los vicios del cesarismo democrático sin las perspectivas de la libertad.54 

Quienes a nuestra realidad compleja diagnosticaron la receta monárquica, procedieron, pues, consciente o subconscientemente con el simplismo con que en medicina procede la homeopatía, que bajo el lema similía similibus curantur pretende curar las enfermedades con el mismo germen que las produce. La medicina política tiene otros recursos: o la cirugía que amputa o la previsión que inmuniza.

La lejanía en que vivían los presuntos reyes, en exóticas tierras y en disímiles ambientes y no cerca para hacer factible la influencia de los gobiernos interesados como sucedió en el caso de Bélgica, Grecia y España con Amadeo de Saboya, era otro motivo poco propicio para la implantación monarquista. La revolución se hacía contra la soberanía de un monarca; el régimen hereditario y los privilegios de casta eran incompatibles con las aspiraciones comunes a la Independencia. América reivindicaba, además, la originalidad de su misión histórica al rechazar la monarquía a pesar de los peligros y tropiezos que por ello sobrevinieron.

* * *

Muerta antes de nacer la monarquía en el Perú, de ella supervivió, algo en ciertos sectores selectos de la intelectualidad nacional: la desconfianza en la adecuación del fraseario liberal con la realidad criolla. Los "autoritaristas" o partidarios de los gobiernos fuertes no hicieron más tarde, en buena cuenta, sino repetir o glosar las razones que pretendieron justificar la monarquía. Por eso algunas veces la pasión demagógica los señaló como monarquistas. Un capítulo posterior está dedicado a ellos.

Está, así mismo, fuera del marco de este capítulo el estudio del hecho que ahonda y aviva la actitud de los autoritaristas: la implantación de las instituciones liberales tal como habían sido planeadas para la realidad de Europa. Quede, por ahora, simple constancia de que en el Perú no apareció, como no apareció en América tampoco salvo el intento por eso genial aunque frustrado de Bolívar, un ideólogo que, auscultando las circunstancias típicas, adaptase a ellas las instituciones europeas.

 

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28 Memoria, fechada en Amberes y publicada en Santiago 1828, Riva-Agüero, p. 37. Don José Ignacio Moreno publicó con sus iniciales unas cartas desde Huacho diciendo que San Martín no quiso ser monarca. Era, pues, "El Solitario de Huacho" (El Vindicador N.º 1 a 3, en enero de 1823), Riva-Agüero, en cambio, en Pruvonena II, p. 31, afirma que consta en el libro reservado de actas del Consejo de Estado la propuesta que a este respecto hizo Monteagudo.

29 Correspondencia publicada por O’Leary, tomo x, p. 236.

30 Memoria de Amberes citada.

31 Todos estos documentos en el Manifiesto que di en Trujillo en 1824 sobre los motivos que me obligaron a deponer a D. José de la Riva-Agüero y conducta que Observé en ese acontecimiento por A. Gutiérrez de la Fuente, imp. de J.M. Masías, 1829. Véase, sobre todo, las pp. xxiv y siguientes en la ediciones a dicho manifiesto.

32 Mercurio Peruano de 26 de noviembre de 1828.

33 Incluida en la exposición de La Fuente, p. xxii.

34 Representación a las Cámaras en el anexo.

35 Ídem, id., p. 16. Otro de los motivos que tuvo para su desazón fue una supuesta proclama que, impresa en una imaginaria imprenta en Santiago de Chile, circuló con su firma, loando a Bolívar y atacando a La Mar. Pidió al gobernador local que la declararan apócrifa obteniéndolo con fecha 14 de febrero. (Ver Pruvonena, tomo ii. p. 354 y siguientes.)

36 El texto de la sentencia en un volante Vindicación del Gran Mariscal don José de la Riva-Agüero. Anteriormente los conjueces Corbalán, Cabero y León habían declarado que el periodo presidencial de Riva-Agüero había durado sólo hasta el 23 de junio de 1823 y que lo referente a su conducta posterior no competía al Tribunal. Ver Escandalosa injusticia hecha contra el G.M.J. de la R.A. Lima, 1822. Imp. Republicana.

37 La polémica entre Riva-Agüero y Vidaurre, en la que éste no se manifiesta acusador de aquél por lo acaecido en 1823 sino tan sólo se refiere a la tramitación del juicio, en el suplemento a Mercurio Peruano N.º 1466, de 14 de agosto de 1832, al N.º 1473 de 23 agosto, al N.º 1479 de 31 agosto, N.º 1513 de 12 de octubre.

38 En El Telégrafo del 17 de abril de 1833.

39 El Conciliador extraordinario del 18 de marzo de 1833.

40 "Bien notorio es al Consejo — decía en su ‘Representación’ publicada en el alcance a El Telégrafo de Lima, N.º 285 — así como a toda la nación de que al año hay tres o cuatro revoluciones o, lo que es lo mismo, se vive aquí en una continua revolución como se deduce de las prisiones, expatriaciones y sumarios ¿Y si es tan crítica la situación del gobierno actual, seré yo por eso la víctima que se trate de inmolar al disgusto general? ¿Podría yo ser tan insensato que apeteciese volver a ejercer el cargo de administrar el poder ejecutivo cuando la República está en la actualidad, se puede, decir, totalmente arruinada? Últimamente, ¿podría yo prestarme a servir de apoyo a una revolución cuando la carta constitucional tiene señalada la persona que debe mandar en defecto del Presidente de la República? Y si en mí cupiese esta extravagante aspiración de querer resucitar un esqueleto cual es hoy la nación; ¿no me sería más útil que continuase la actual administración y esperar pacífica y honorablemente unos pocos meses que faltan para que se verifique la elección del nuevo Presidente? ¡Brava insensatez! Yo no aspiro sino a vivir en mi retiro y estoy persuadido que los males inferidos al Estado por efecto de las deposiciones de los gobiernos legítimos han retardado por siglos los bienes que esperábamos de la Independencia y no serán curados por nadie durante la presente generación. Tales son los efectos de los desórdenes acaecidos en el Perú desde que comenzó su gloriosa lucha, que de un país rico y feliz lo han convertido en un esqueleto horrible".

En otra exposición al Consejo (Alcance a El Telégrafo de Lima, N.º 244) dice, revelando su nostalgia de hombre privilegiado dentro de la administración colonial: "De lo contrario habríamos perdido mucho con la Independencia, porque en el sistema colonial los virreyes no obstante ser un alter ego del rey, no tenían la atribución de juzgar y si abusaban de las facultades, las audiencias los contenían en sus justos límites así como a aquellas el supremo consejo de las Indias. Además, quedaba a los súbditos del rey el arbitrio de reclamar los perjuicios en la residencia que precisa e indispensablemente daban los virreyes al finalizar su mando. Luego, si la Constitución que nos franquea mayores garantías fuese violada, impunemente, resultaría que en vez de haberse logrado el objeto de la Independencia y de la libertad, habríamos caído en un despotismo infinitamente mayor".

41 Véase La Verdad, N.º 35-38. En el suplemento de El Telégrafo de Lima, N.º 246, Riva-Agüero se defendió, aludiendo al mismo tiempo en forma enconada a Pando, a quien acusaba de inconsecuencia política, agregando que acaso agentes del gobierno español (Pando había sido ministro de Fernando vii) atizaban la anarquía en el Perú. Véase igualmente el N.º 254 y el suplemento al N.º 265 de El Telégrafo de Lima con nuevas defensas de Riva-Agüero. "Nadie ignora —decía entre otras cosas La Verdad— que don José de la Riva-Agüero es un hombre decente por familia y modales; que en Europa ha tratado también con hombres decentes: que sus hábitos y conexiones lo atraen necesariamente a la sociedad de los que valen algo. En estas circunstancias debe serle muy doloroso pasar revista a las tropas alistadas bajo su bandera porque en ellas no conocemos uno solo de los individuos que hacen algún papel en la sociedad de Lima por sus servicios, por su talento o por su influjo".

42 El Telégrafo de Lima, de 8 de mayo de 1833.

43 Nota de 22 de octubre de 1833 a la Convención. En Pruvonena, tomo ii, p. 668.

44 Véase el N.º 847 y siguientes de La Miscelánea. Mucho se usó contra R.A. una supuesta carta de San Martín en que lo insulta. En su folleto Paralelo de dos cartas del general San Martín, Riva-Agüero publicó una carta de aquél posterior a la otra, sumamente afectuosa, y dejando el original en la Imprenta Republicana.

45 Tomo i, p. 324.

46 Tomo ii, p. 604.

47 Historia de Chile bajo el gobierno del general D. Joaquín Prieto, por R. Sotomayor Valdés, tomo ii, en la edición de 1900, capítulo xx. Cuando llegaron a Chile malas noticias para Salaverry, Riva-Agüero solicitó la detención y el arraigo de Pardo hasta que restituyese unos fondos que había recibido del Estado peruano para viajar a España como ministro. Pardo publicó un folleto respondiendo a estas acusaciones que revelaban las pasiones de Riva-Agüero. Éste hizo un empréstito de 100,000 pesos que según el gobierno de Chile, sólo sirvió para dar dinero a enemigos notorios del orden público de aquel país quienes resultaron poseedores de ficticios créditos ante el gobierno peruano que aprestóse a abonarlos.

48 Dice Riva-Agüero y Osma en su carta a Cejador (Tomo vii, p. 131, de la Historia de la Literatura Castellana): "Sus dos amigos más fieles, los dos más asiduos concurrentes a su tertulia diaria eran los canónigos Arce y Garay, que como él había[n] sido ferviente[s] revolucionarios y eran entonces reaccionarios furibundos. De la colaboración de estos ancianos amargadísimos e implacables resultaron las desdichadas Memorias de Pruvonena, de sabor tan acre y antiamericano, exactas en muchas partes pero siempre rencorosas y ceñudas y en general temerarias al acoger toda especie de malévolos rumores sobre personajes de la revolución separatista, dignos de más equitativa apreciación. Me duele tener que declarar todo esto aunque sea en carta privada; pero es menester decirlo para explicar la índole de esa obra. El canónigo Nicolás Garay suministró principalmente a mi bisabuelo citas de autores clásicos, notas y anécdotas y correcciones y parece que fue el encargado de revisar el manuscrito y enviarlo a París para su edición que fue póstuma. Cuando mi abuelo Don José de la Riva-Agüero y Loos Corswarem regresó de Europa hizo recoger y destruir muchos ejemplares que por eso se han hecho tan raros".

49 El Ecuador, por Pedro Moncayo, Santiago, 1886, pp. 173-188. Resumen de la Historia del Ecuador, por Pedro Fermín Zevallos, tomo V, 2.a edición, Guayaquil, 1886. Obras completas de Andrés Bello, tomo x, pp. 547-588. La protección de Echenique a Flores que, por lo demás, no tiene importancia para el tema de este trabajo, está confesada en su manifiesto de 1858. La nota de Lord Palmerston en El Comercio de 12 de febrero de 1847.

50 La América publicó su primer número el 6 de abril de 1862. El último de estos periódicos, cronológicamente, fue El Perú, que apareció el 18 de junio de 1864: "lo consagramos desde luego al servicio de la independencia de América y de las instituciones republicanas", dice el editorial, aunque este diario se dedicó a hacer violenta oposición al gobierno. De menos importancia fueron El Garibaldi y El Hijo del Pueblo, éste último órgano de la sociedad de su nombre que presidía don Mariano Bolognesi, autor de varias canciones patrióticas del momento. Pero la más importante de ellas fue una con letra de José Toribio Mansilla cuyo coro decía:

    Libertad, luz divina del mundo
    no nos niegues tu puro arrebol;
    antes muertos que esclavos de reyes
    ser prefieren los hijos del sol.

Las estrofas decían entre otras cosas:

    No más reyes han dicho los pueblos
    que tinieblas arrastran en pos.

51 Por ejemplo, hubo una verdadera campaña periodística contra el nombramiento que Pezet en sus primeros meses de gobierno quiso hacer del general Vivanco como ministro en España y de don José Antonio de Lavalle como secretario, acusándolos de monarquistas.

52 Se trataba de un folleto titulado Examen comparativo de la monarquía y de la república por "Un Thaboriano", impreso nominalmente en Lima en 1867. En algunos ejemplares habían dos estampas: una con un águila coronada en cuyo pico leíase el letrero "Bajo y Alto Perú libre e independiente"; en otro, el retrato de Felipe Leopoldo príncipe de Bélgica, conde de Flandes. Escrito en un estilo fácil y razonado, este folleto comenzaba por examinar las objeciones contra la monarquía; sostenía que la única organización política buena es la que mantiene en armonía los dos principios de libertad y autoridad; que la república ultraliberal y la monarquía absoluta no consultan dicha armonía; que la república moderada es una organización política absurda contradictoria e impotente para hacer el bien de la sociedad; elogiando enseguida largamente a la monarquía constitucional. No aludía a cuestiones políticas concretas del Perú; contentándose con referirse en forma genérica al mal resultado de la república en América y a insertar el acta del consejo de Estado de San Martín sobre la misión García del Río-Paroissien así como algunos documentos relacionados con la monarquía en Méjico. Vigil refutó a este folleto en su opúsculo v, Impugnación de un folleto defensor de la monarquía, al que consideró como continuación de otro opúsculo suyo, El gobierno republicano en América. La fe y la devoción de Vigil por la democracia revelado también en otros escritos suyos, inclusive su Catecismo patriótico, se unían a su americanismo y constituyen uno de sus blasones más altos para considerarlo entre los grandes hombres de América.

53 Véase el "Ensayo sobre las ideas constitucionales de Bolívar" por el Dr. M.V. Villarán en Revista Universitaria de diciembre de 1916. Algunas de las consideraciones expuestas han sido tomadas de este admirable estudio que contribuye a liquidar el debate.

54 F. García Calderón, en El Ateneo de 1906. Reproducido por Jorge Guillermo Leguía en los "Domingos históricos" de La Prensa (30 de abril de 1922).

 


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