PRÓLOGO

 

El presente tomo de La Iniciación de la República concluye la revisión de los sucesos ocurridos en el Perú republicano hasta la Restauración, a través de la vida política. Queda ahora para un volumen, que será publicado inmediatamente después, el análisis de las tendencias doctrinarias, de la acción de las clases sociales y del factor geográfico-económico, en los años comprendidos entre este tomo y el primero.(*) Si la vida no lo impide, en otros volúmenes —ya de distinto título— será continuado con los sucesos posteriores a la Restauración el plan ya enunciado. Dentro del espíritu de la historiografía clásica, lo que el presente tomo concluye sería suficiente; pero, en los tiempos actuales en que hay tanto interés por el factor social y económico y por la confrontación ideológica ello no basta.

No basta; es cierto. Pero hubiera sido una omisión imperdonable prescindir de lo que de narración y de interpretación tienen los sucesos históricos en sí. Historia, por su esencia, equivale a relato. Hay tan general ignorancia y, lo que es más, tanta insipiencia, o error de información en especial sobre la época aquí estudiada, que esta labor de recopilar, sintetizar, ensamblar e interpretar los hechos y las actitudes resulta indispensable, si bien es más humilde que el afán de generalizar.

Se necesita ver primero cómo fueron en realidad las cosas y qué hicieron los hombres para luego trazar las coordenadas integrales de la época. En el Perú, sobre todo, no es posible en asuntos de estudio limitarse a ser arquitecto y dibujante de la obra que se construye; hay que descender hasta ser picapedrero y albañil. No es en este caso culpa del autor, por lo demás, si su labor, por exigencias de la labor misma, tiene que parcelarse en más de dos volúmenes.

Como podrá ver el lector de buena fe, el relato procura estar aquí acompañado por un propósito de claridad y de método en el enunciado, así como de ubicación y de análisis de los acontecimientos mismos incluyendo algunos atisbos sicológicos, todo dentro de una rígida sujeción al testimonio de las fuentes históricas. Por ello, inclusive, pierde la obra vivacidad y amenidad. Intentando algunos sketch’s donde la imaginación quiere pintar escenas que si no son la verdad estricta son mentiras que tienen todos los elementos de la verdad, el autor se ha consolado un poco de estos defectos, como los que compensan con el golf, el tenis o el automovilismo la aridez de la oficina.1

Tampoco campea aquí, sin embargo, el eruditismo escueto. No se trata de acumular y acumular datos en un afán de trapero; se trata de bucear en los documentos auténticos y sacar de ellos lo más importante y esencial. Menos se trata de encontrar en los papeles viejos una especie de droga para no vivir. El plan capital con que esta obra ha sido concebida entraña, precisamente, lo opuesto: lejos de todo afán de exaltar o de denigrar, de todo prejuicio o superstición sea de familia, de persona, de clase, de secta o de doctrina sólo con el propósito de conocer cómo se ha formado y cómo ha vivido el Perú. Y dentro del espíritu de investigación de la verdad que ignoran y encharcan los que preguntan qué resultado práctico se obtiene con tan inútiles pesquisas, cuando el noventa por ciento de la orientación científica, incluso la de las ciencias antropológicas con las que este ensayo tiene alguna semejanza, tampoco produce rebultados materiales. En cuanto a la historia patria, baste decir que su inmenso valor tiene, entre otras causas, la de que frente a nuestra multiplicidad racial y a nuestra heterogeneidad geográfica es, junto con el Porvenir, lo único que tenemos de común como nacionalidad.

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No faltará quien aduzca aquí que precisamente los sucesos, cuya evocación concluye en el presente tomo, han sido historiados por varios autores. Lo que hace oportuno una pequeña síntesis crítica sobre la bibliografía acerca de la Confederación Perú-Boliviana.

Los historiadores chilenos son, sin duda, los más valiosos; y entre ellos don Rafael Sotomayor Valdés con sus libros Campaña restauradora de 1837 e Historia de Chile durante el gobierno del general Pinto en el cual concluyó el contenido anterior. Sotomayor tuvo como méritos la elegancia sobria de su estilo, la coordinación armoniosa de su labor, la autenticidad de su documentación, inclusive tomada en el archivo inédito del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile. Pero, el plan de sus libros no era escribir la historia del Perú sino la de Chile; por eso omitió o pasó con excesiva prisa una serie de hechos de cardinal importancia para nosotros. Además, la fundamentación de su relato descansa sobre fuentes chilenas exclusivamente. Y el propósito que le guiaba era justificar a todo trance a Chile y lapidar a Santa Cruz; para ello omitió muchas cosas esenciales e inclusive utilizó otras en forma parcial o incompleta.

La Campaña de 1838 por Gonzalo Bulnes adolece de iguales tachas incrementadas por ser el autor hijo del vencedor en Yungay. Inclusive alguna vez autores chilenos hacían notar que ese general, así como sus principales colaboradores, resultaban un modelo griego, romano o medieval. Por lo demás, La campaña de 1838 contiene algunos datos interesantes tomados sobre todo de la correspondencia particular de Bulnes.

En su Diego Portales, Benjamín Vicuña Mackenna utiliza el copioso archivo de O’Higgins y Portales, lo que significa la presentación de documentos de inevitable uso para el estudio de los orígenes, antecedentes y pretextos de la guerra entre Chile y la Confederación Perú-Boliviana; si bien sólo a eso se reduce lo que de obra tan nutrida de datos como escasa de divulgación, interesa directamente al Perú.

Paz Soldán para su Historia del Perú Independiente dispuso de material muy valioso, pues aparte de una completa colección de folletos, periódicos y hojas sueltas contó con numerosas cartas de Orbegoso, Santa Cruz, Bujanda, La Fuente, Portales Flores, Gamarra, Pardo, Vivanco, Torrico, Castilla, San Román y otros actores de la política en ese entonces. De mucho de este ingente material hizo uso efectivo en su libro y por eso él es y será siempre una insustituible obra de consulta; pero el tiempo no le alcanzó para aprovecharlo en su totalidad y tampoco para terminar y revisar sus originales y muchos capítulos, sobre todo los finales son, en realidad, un mero diseño. Además, no tomó en cuenta las fuentes de origen chileno; como narrador y crítico le faltaba, entre otras condiciones, serenidad pues era implacable enemigo de Santa Cruz.

Vargas, a quien rinden homenaje las últimas páginas del tomo primero de esta obra, tampoco da algo definitivo. Alcides Arguedas, dentro de la trayectoria de su serie de libros sobre la historia republicana de Bolivia, tiene que abarcar esta época pero por el carácter de su propósito lo hace con brevedad y en función de Bolivia, no del Perú.

Diversos y muy valiosos aportes todos estos; pero cada uno con su caudal propio y señero. Precisamente lo que faltaba era una revisión de conjunto, integral, sin prejuicios y, además, en función del Perú. Pero algo más podía intentarse todavía. No han sido tomados en cuenta aún por ningún historiador algunos documentos de valía: el folleto del coronel Pedro Godoy, jefe del Estado Mayor del ejército chileno en la batalla de Guía, sobre la campaña del 38; las Memorias de Nieto; las Memorias de O’Connor; el conjunto de papeles de Orbegoso que no se limitan a lo publicado por Paz Soldán en el apéndice de su libro sino comprenden el manuscrito que empieza “Desde que los grandes sucesos...” incluido en el folleto impreso en 1893 por don Manuel Orbegoso, la Breve exposición de julio de 1839, folleto de Guayaquil, la Defensa contra el atroz, ilegal y atentario decreto de 21 de Septiembre también impreso en Guayaquil. Por otra parte están rigurosamente inéditas e intocadas muchas cartas y papeles de la Biblioteca Nacional, originariamente pertenecientes a Paz Soldán, inclusive por ejemplo la correspondencia íntegra entre Bulnes, Gamarra y La Fuente antes de Yungay; y del Archivo de Límites donde se guardan pruebas tan fehacientes como la de la gestión de los agentes de Santa Cruz ante Inglaterra para que obligara por la fuerza a Chile la suspensión de la guerra. El cateo de periódicos, hojas sueltas y folletos también puede dar nuevas luces y rutas.

En relación con el primer tomo, éste ofrece mayor madurez, mayor caudal de documentación, mayor método. Sus defectos y sus errores son, sin embargo, también muy grandes. En vano la constancia, la paciencia y la fe los han querido suplir. Decían las últimas páginas de la “Advertencia inicial” del tomo primero que para alguien al menos, él tenía a pesar de todo, “el valor de los pocos rostros a veces ni perfectos ni egregios y de las pocas ideas a veces ni útiles ni definitivas que surgen en el trajín cotidiano como única compensación de su mezquindad”. Ahora, después de año y medio, son repetidas aquí también las mismas palabras; pero con un poco más de tristeza.

Jorge Basadre

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(*) Este tomo nunca se publicó. Ver el trabajo de Gustavo Montoy "Jorge Basadre: el ensayo como estrategia", en el tomo primero de esta edición. (N. del E.)

1    De estos sketch's, de sentido literario más que histórico han sido publicado en Nueva Revista Peruana, "La conspiración de las sortijas negras" y "Pachamanca, Ajedrez, Rocambor"; y en Mundial,"Hombres de la otra Patria".



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