LA SEGUNDA CAMPAÑA RESTAURADORA
EL PERUANISMO ANTIBOLIVIANO Y ANTICHILENO



 

1. Biografía de Nieto

El general Domingo Nieto era, en aquel entonces, prefecto del departamento de La Libertad y mandaba la división que guarnecía el norte del Perú. Cuando la segunda expedición restauradora zarpó de Chile habían fundadas presunciones de que Nieto se pronunciara contra Santa Cruz.

Nieto nació en Ilo el año 1803. Principió su carrera de capitán de milicias en cuya clase ingresó al ejército en 1822. En la campaña de intermedios realizada aquel año prestó servicios en comisiones de utilidad y asistió a las batallas de Torata y Moquegua en los días 19 y 21 de enero de 1823. En este año se halló en la segunda campaña de intermedios. Concurrió luego a la campaña final de 1824 y a las batallas de Junín y Ayacucho; y en la primera fue capitán del glorioso regimiento de Húsares y en la segunda ayudante del Mariscal don José de La Mar. Después de haberse encontrado en el segundo sitio del Callao fue promovido en 1826 al mando del regimiento de Húsares. Hizo la campaña de Colombia en 1828 y 1829 y se distinguió en la batalla de Tarqui por su combate singular con el colombiano Camacaro al que atravesó con su lanza.184 A fines de 1829 ascendió a coronel; en 1831 a jefe de una brigada de caballería que mandó durante la aproximación del ejército a Bolivia conservando este mando junto con el de su regimiento. Ascendió a general de brigada a fines de 1833 mediante los trámites legales.185

Años más tarde reveló Nieto que en 1833 ya se le hizo desde Bolivia la proposición de que se pronunciara por la Confederación, dividiéndose el Perú además en dos Estados; 100 mil pesos y 2000 soldados bolivianos le fueron ofrecidos; él tendría a su disposición estos recursos y sería el Jefe Supremo de cualquiera de los Estados. A pesar de su edad, 29 años propensos a la ambición, repuso que los Congresos debían discutir este plan, que el de Bolivia tuviera la iniciativa y que estando la Convención Nacional del Perú en funciones, era la oportunidad de discutir una nueva organización del país. Por lo demás Santa Cruz desmintió estas aseveraciones. “Yo afirmo que son falsas y ridículas; ni el general Nieto ni otra persona alguna podrá comprobarlas jamás”, dice en su exposición de 1840.186

La campaña legalista de 1834 contra la tentativa de perpetuar la oligarquía militar de Gamarra llevó a Nieto al frente de Arequipa aún antes de la reacción que se produjo en Lima.187 En un momento de angustia parece que mandó comisiones donde Santa Cruz para solicitar su auxilio; pero luego se desdijo considerando excesivas las pretensiones de Santa Cruz y habiendo mejorado la posición de los arequipeños. Vencido por los gamarristas, vióse obligado a dejar la ciudad de Arequipa y replegarse a Tacna. Como muestra de su desprendimiento personal él recordaba más tarde que Gamarra le propuso entonces la Federación del Perú con Bolivia bajo la presidencia de Santa Cruz y dividiéndose en tres Estados. “Perteneciendo —dice— a la causa del gobierno provisorio nombrado por la Convención Nacional en circunstancias que se habían perdido dos batallones y que casi habían desaparecido las fuerzas con que contaba para sostenerse; cuando de los cuatro departamentos del Sud que estaban bajo de mi autoridad apenas contaba con la ciudad de Tacna y provincia de Tarapacá; cuando atacado por un ejército mandado por el Gran Mariscal Gamarra a 14 leguas de distancia, no era posible absolutamente resistir con 150 hombres única tropa que había podido conservar; cuando últimamente agotados los medios de defensa en posición tan difícil yo no podía pensar sino en evacuar el territorio para ir a perecer al extranjero, se me presentó una comisión bastantemente autorizada por el expresado Gran Mariscal, haciéndome las propuestas...” Después de trascribirlas textualmente, comprobando así que Gamarra fue partidario de la Confederación que luego combatió, transcribe también su respuesta basada en que su poder era limitado.188 

Pero la causa del gobierno provisorio nombrado por la Convención salió al fin triunfante. Nieto que había sido uno de sus defensores más leales y relevantes, viendo venir nuevos desórdenes por la imprudente prodigalidad de ascensos y la creciente importancia del aspirantismo, renunció los honores que se le confirieron; habiéndose negado por tres veces a admitir el ascenso a general de división. La revolución de Salaverry lo hizo su primera víctima, expatriándolo en un buque. Pero después de lograr dominar a su centinela con una pistola que su esposa le había enviado entre un paquete de ropa blanca logró poner al buque a su disposición, haciéndolo arribar a Huanchaco desde donde promovió la guerra civil en el departamento de La Libertad en defensa del gobierno legítimo. Caído en poder de Salaverry, “este hombre que inspiraba el terror y que parecía insensible a las consideraciones con sus enemigos políticos” lo colmó de deferencias, le invitó a que se le reuniera dejando a su elección el destino o jerarquía que quisiese ocupar. Nieto se negó a todo y prefirió la deportación.


2. Antecedentes del peruanismo de Nieto. Nieto y la invasión de Santa Cruz

Hallábase en Chile Nieto cuando tuvo noticia de la invasión de Santa Cruz en medio de la guerra entre Salaverry y Orbegoso y la reaparición de Gamarra. Conmovido en defensa de la dignidad y la independencia de la Patria proyectó con otros peruanos venir al sur del Perú a hacer la guerra al invasor. Solo y en son de paz llegó, sin embargo, a Arequipa el 4 de agosto de 1835. Quería lograr un frente único entre los peruanos; pero la exaltación de las pasiones y el estado de incertidumbre de las cosas le impidieron actuar. Sin embargo, habló a Orbegoso particularmente. Luego, producido el triunfo de Santa Cruz en Yanacocha y sus provincias, usurpando la autoridad peruana, Nieto de acuerdo con Castilla mandó a don Mariano Vigil como comisionado secreto donde Salaverry para que llamara al solio presidencial a don Manuel Salazar Baquíjano, a quien legítimamente correspondía el reemplazo de Orbegoso e iniciara así una guerra nacional contra el conquistador; pero Salaverry se negó. Insistió entonces Nieto ante Orbegoso sobre todo por los decretos de Santa Cruz con relación a ciudadanos peruanos; y Orbegoso le prestó alguna atención, coincidiendo en considerar como insidiosa la conducta de Santa Cruz y lamentando sus circunstancias y su débil posición, pues no podía oponérsele, según dijo, “con sólo su florete”, aunque agregando que el remedio lo daría el tiempo, lo cual implicaba una esperanza.

No obstante su renuncia de la Inspección General del Ejército y su propia condena a la inacción, los agentes de Santa Cruz lo vigilaban. A la llegada de Santa Cruz a Arequipa, le hizo una visita, fue recibido con cortesía y conversaron a solas media hora. “General, llegó a decirle, si Ud. en esta empresa toma otro lugar que no sea el que corresponde a un general auxiliar y sigue dando decretos sobre materias que como tal no pueden jamás competirle y para lo que no está Ud. autorizado mientras un Congreso Nacional no declare erigida la Confederación y a Ud. en el goce de ciudadano del Perú, con facultades suficientes, se pierde Ud. tarde o temprano, pierde Ud. a Bolivia, y, lo que es peor, presentaría Ud. al Perú humillado. El bien que cree Ud. hacernos con la intervención no será sino un mal que le atraerá la maldición general de los peruanos y su obra fracasará necesariamente por los medios poco o nada honestos que se emplea para plantificarla, puesto que ellos ocasionarán un justo resentimiento por el agravio que de hecho se le infiere a una nación...”. Le agregó también que había venido de Chile con el objeto de hacerle la guerra en defensa de su Patria “a la que idolatraba más que un joven loco a su querida”.189 No agradó seguramente a Santa Cruz este tono a pesar de que procuró disculparse largamente; y por eso hizo que Nieto fuera nombrado por Orbegoso ministro en el Ecuador, cargo que Nieto aceptó bajo la condición de que se entendería sólo con el Presidente del Perú y su ministro y no con Santa Cruz.

“Dando tiempo —dice Nieto— al torrente de los sucesos que favorecían a Santa Cruz que no era posible contener en esas circunstancias, concebí la idea de pedir al general Orbegoso un despacho de Prefecto y Comandante General del departamento de La Libertad que me mandó extender al momento. Con esa autoridad de que no dudé encargarme a su vez bajo la protección del mismo Orbegoso que siempre consentí en que por una política necesaria lo conservaría Santa Cruz, calculé que no sería difícil hacerme de alguna fuerza y elementos de guerra para poder oponerme al conquistador, seguro de arrojarlo del suelo que había profanado y de restituir al Perú su libertad”.

No al Ecuador sino a Chile se dirigió Nieto con el consentimiento verbal del Presidente y tomó sus instrucciones de la Secretaría General del gobierno peruano. Desde Chile, ante la inminente batalla entre Santa Cruz y Salaverry, escribió a Orbegoso dueño del norte y mandó cerca de él a personas de confianza instándolo a hacer respetar la dignidad del Perú, señalando el camino del regreso a las tropas de Bolivia y a su jefe. Llegó al Callao a poco y buscó a Orbegoso en el Pacayar, donde residía, insistiendo en su actitud y haciéndole ver la gravedad de lo que ocurría y la posibilidad de convocar, ya que el país estaba pacificado, un Congreso constitucional sin dividirlo por regiones. Orbegoso le contestó con disgusto y desdén. Él se negó a ir al Ecuador. Adoptó provisionalmente con gran alegría el plan surgido entre los congresales de Huaura de declarar independiente el norte, sin unirse a la Confederación bajo el título de República Peruana. Por influjo del general Morán mantuvo su nombramiento de Prefecto de La Libertad. Sin embargo, Santa Cruz deja constancia en su manifiesto que Nieto se decidió de movimiento propio por el régimen confederal “dispuesto a servirle y sostenerle como me aseguró en muchas cartas”, por la cual y también por la recomendación de Orbegoso, abandonó sus desconfianzas.190


3. Antecedentes del peruanismo de Nieto. Nieto, servidor de la Confederación

Llegado a Trujillo, Nieto hizo regresar a sus hogares a muchos perseguidos y dedicarse a todos al trabajo para hacer convalecer a la patria. Colocó a muchos jefes y oficiales, antes excedentes, en la división que empezó a formar y en destinos civiles. Presionados por la fuerza, en tanto, los diputados de Huaura no se atrevieron a aprobar el plan de la República Norperuana independiente. Para evitar persecuciones Nieto entonces entregó la Prefectura al Intendente de Policía y haciendo uso de licencia se dirigió a la capital para imponerse del estado de las cosas. Llegado al pueblo de Pativilca, a 40 leguas de Lima, a las doce de la noche fue sorprendido por un correo extraordinario que le traía pliegos oficiales y muchas cartas personales. El gobierno, participándole el suceso conocido con el nombre de “el robo de Aquiles”, lo obligaba a regresar aprisa a tomar el mando del departamento para defenderlo de las incursiones de los buques chilenos. Después de 18 horas de vacilación se decidió a luchar contra los chilenos por su política injusta y a asegurarse en un puesto en el que Santa Cruz por las circunstancias bélicas lo dejaría, dándole con ello posibilidades de libertar el Perú. Renunciar era entregar el país al usurpador, burlar las esperanzas de muchos patriotas que en él confiaban, despojarse del mando de un ejército útil. Ante la primera expedición chilena sus proclamas denunciaron ya sus intenciones. La atacaban, pero sin defender a la Confederación, sin siquiera hablar de ella. Había una frase que textualmente declaraba que los peruanos “sólo desean deberse a sí mismos su felicidad o su desventura” (13 de octubre de 1837). Libertad, independencia repetíase en aquellos documentos con peligrosa insistencia.

Olañeta, secretario de Santa Cruz, y el general boliviano Ballivián pregonaron que esta proclama era el primer cañonazo tirado contra la Confederación. Para conservar su posición, no por fines personales sino para realizar sus planes ulteriores, Nieto hizo, en medio de un cerco de recelos y recriminaciones, nuevos sacrificios. Su proclama después de Paucarpata, donde adulaba a Santa Cruz, fue uno de ellos. Posiblemente también lo fueron otros hechos en los que Santa Cruz, contestando a Nieto, insistió más tarde: inclusive una carta por su condecoración de la Legión de Honor, prometiendo acreditar en los campos de batalla y en los lances difíciles su aptitud para la banda de Gran Legionario que no le había sido concedida; y el préstamo que pidió a Santa Cruz de una crecida suma de dinero “para reparar imprudentes quebrantos que comprometían su honor”.191 A pesar de eso se le llenó de espías y se quiso ganar la confianza de los jefes de la división; y todo lo cual llevóle a una conducta más estudiada y circunspecta.


4. Semblanza de Nieto

A pesar de la doblez con que procedió en sus relaciones con Santa Cruz y con la Confederación era Nieto un hombre bueno. Quizá en nuestros tiempos ya no pueden aparecer caracteres análogos al suyo. La creencia en cierta predisposición para tutelar y vigilar los destinos de la Patria por el mismo hecho de que había contribuido a crearla con su espada, influía muy adentro en su espíritu, como en el de casi todos sus contemporáneos militares de la Independencia. Pero en él la fe de la Patria era mucho más profunda que en sus compañeros, porque no estaba enturbiada por el frenesí de las pasiones o por inescrupulosidades de perillán. Amaba en la Patria algo de valor absoluto, indiscutible y esencial. Se parecía por cierta sencillez espiritual a la gente de campo y a la gente de hogar de sus tierras de Moquegua; pero las agitaciones de su vida consagrada al servicio público le habían dado también alguna cultura, no muy asimilada ni variada, pero que le infundía ciertas supersticiones intelectuales. Por eso, sin ser un doctrinario, tenía una credulidad reverente ante las grandes palabras con mayúscula: Libertad, Independencia, Democracia, convocatoria y reunión de Congreso Nacional, etc. Estaba convencido de que actuaba en la política como en un teatro y de que la Posteridad sería un tribunal inapelable para juzgar el rol que cada cual había desempeñado. Acentuábase en sus gestos, en sus actos y en sus proclamas, el énfasis de la época. Si en otros personajes de entonces se encuentra la influencia de Napoleón y de Bolívar, en Nieto más bien hállase la influencia de los hombres de la República Romana, antes de Sila, de Mario, de Pompeyo y de César. El mariscal greco-romano, llámesele con ironía.

No carecía de valor personal en el combate ni de decisión en sus planes. Si es que ambicionaba la Presidencia de la República, era seguramente pensando lograrla limpiamente, mediante la elección de un Congreso o de los Colegios Electorales o mediante una campaña gallarda en contra del absolutismo y de la ilegalidad. Tuvo muchas muestras de desprendimiento en su vida, en las que la nobleza no estaba distante acaso de lo que en nuestras tierras se llama la candelejonada. Como general carecía de grandes condiciones estratégicas y organizadoras; como político ignoraba el arte falaz de encaramarse sobre los acontecimientos y manejarlos para propio beneficio. Al lado de Santa Cruz, de Salaverry, de Gamarra y de Castilla aparece pequeño porque si bien era éticamente superior a ellos, le faltaba personalidad para ser un caudillo auténtico, un conductor de pueblos, un administrador fecundo o un soldado afortunado. Al lado de Orbegoso y La Fuente, en cambio, brillaba con nítido fulgor, porque pareciéndose a Orbegoso por su fondo de bondad era más consciente, activo, autónomo y respetable; postergado como La Fuente carecía de su opacidad. Como La Mar es una de aquellas figuras que disuenan en el panorama convulso de esas épocas lamentables y sombrías y que si en ellas padecieron de trabajos y amarguras en poco o en nada compensados, suscitan luego fácil, aunque tardía e inútilmente la simpatía y aun el cariño.


5. Pronunciamiento de Nieto contra la Confederación

El inminente pronunciamiento de Nieto por las antiguas formas de la República Peruana no era un misterio. Constantemente recibía por medios secretos o privados, invitaciones para realizarlo. Inclusive varías veces los caudillos de la emigración se habían dirigido a él.192 El mismo general Morán, según dice Nieto, a su regreso de las costas de Chile escribióle varias veces diciéndole que en aquella república, en el Ecuador y Bolivia, en el Sur y Norte del Perú se creía que ya estaba próximo a hacer una declaratoria. El gran prestigio de Santa Cruz se iba desvaneciendo; se sabía que trabajaba intensamente contra la oposición que el pacto de Tacna había encontrado en Bolivia, respetando dificultades que dejaban ver con claridad que no era omnipotente. El mismo tratado de Paucarpata se convertía en arma contra él y se consideraba humillante para el Perú aquella cláusula que decía “los peruanos se consideran como no venidos”. La proximidad de la nueva expedición chilena era evidente. Se hablaba, sin embargo, de que Chile esperaba la resolución del general Flores que se calculaba para diciembre conforme a sus protestas; lo cual implicaba el peligro de que tres ejércitos extranjeros lucharan en el Perú. Nieto vio que el momento decisivo se acercaba cuando el gobierno le ordenó que marchara con su división a Pativilca.

¿Por qué Santa Cruz dejó a Nieto con el mando de esa división en el norte? Posiblemente se creía más fuerte de lo que era en realidad; la precipitación y gravedad de los acontecimientos le hicieron olvidar un poco este asunto; no tenía muchos jefes peruanos de alta graduación a su lado; no podía agregar nuevos nombres a la lista de sus enemigos con un despojo a Nieto por meras sospechas; acaso confiaba en ciertas cualidades de consecuencia y lealtad que Nieto tenía personalmente y que debían exacerbarse ante la invasión chilena. Además, Orbegoso le garantizó no una sino innumerables veces a Nieto. Santa Cruz, por último, estaba, no debe olvidarse, muy lejos del Perú cuando se precipitaron estos sucesos.


6. Antecedentes de la actitud peruanista de Orbegoso. El estado de ánimo de Orbegoso

Se ha visto ya en qué estado de ánimo se hizo cargo Orbegoso del mando en el Estado Norperuano cuando Santa Cruz se dirigió en agosto de 1837 al sur.193 Más tarde, él llegó a decir que el mando fue para él un sacrificio aceptado porque (y en esto coincidía con Nieto) pensaba que debía salvar al Perú en el porvenir. Los acontecimientos no hicieron sino exacerbar la reacción peruanista que en él estaba aumentando. No faltaban gentes que bajo el velo de la delicadeza o sin él le manifestaban la necesidad de que proclamase las antiguas fórmulas. Entre quienes querían seducirlo estaban algunos agentes de los emigrados en Chile, inclusive mujeres como ya se ha visto. Don José Antonio Rodulfo marchó a Chile como agente del gobierno chileno a convencerlo. Pero Orbegoso se resistía porque tenía esperanzas de que el propio Santa Cruz cedería al impulso de la opinión y conocería lo vacilante de su posición; y, además, la invasión le era odiosa por ser chilena y por estar capitaneada por sus enemigos capitales La Fuente y Gamarra. Lograda ya la paz externa cuando fueran vencidos los chilenos, pensaba que a favor de la prudencia y de las negociaciones pudiera conseguirse para la patria “la restitución de su nombre, su honor y su libertad”.

Supo Orbegoso que el general Ballivián que mandaba la segunda división del ejército que casi contenía la total fuerza de él tenía instrucciones reservadas de Santa Cruz para obrar en ciertos casos; del mismo modo, al margen de su autoridad presidencial, había un activo espionaje por el que alguna vez los transeúntes que iban a la capital fueron detenidos, exigiéndoseles la correspondencia que trajesen; juntas clandestinas celebraban los agentes santacrucinos y tenían con su jefe activa y directa relación. Los extranjeros ejercían tal influjo en el gobierno —decía más tarde Orbegoso, herido en su dignidad de presidente— que de los bufetes de las casas de comercio salían decretos para los ministerios y de allí pasaban al acuerdo gubernativo.194 Los tenientes de Santa Cruz  —Herrera, Larenas, Bedoya y otros— obtenían pagos exorbitantes por deudas atrasadas, concesiones inconvenientes, etc.

Vino al fin la primera expedición chilena. Después de ella, Santa Cruz, por su parte, desahuciando el pacto de Tacna y convocando un nuevo Congreso de Plenipotenciarios en Arequipa, suscitó nuevas alarmas en los partidarios de la independencia y la libertad peruanas: decían ellos que el Protector no había tenido de la asamblea de Huaura otra autorización que la de nombrar diputados a un Congreso de Plenipotenciarios y no para convocar otro Congreso y nombrar otros diputados. El tratado con la Gran Bretaña sirvió para atizar el descontento, pues decíase que por él quedaba el Perú privado de tener marina mercante por lo menos respecto de los buques británicos, pues para ser tenidos por peruanos los buques debían ser construidos en astilleros peruanos. El mensaje del Protector al último Congreso de Bolivia donde hablaba despreciativamente del Perú acabó de colmar las medidas y exasperar del todo a los peruanos.195 Además, el general Ballivián procedió descortésmente con el gobierno peruano embarcándose sin su anuencia en la “Confederación” y dando lugar a la pérdida de esta corbeta y a nuevas críticas. Para los tres departamentos del norte sostener solos toda la escuadra de la Confederación, un ejército de seis mil hombres, la formidable lista civil y militar, todos los empleados generales de la antigua República y los nuevos, implicaba una carga inmensa. Del Sur no se recibía un peso y antes bien desde allí se libraban sueldos. Además, para complacer a los extranjeros, se redujo al 3% el derecho de extracción del dinero amonedado que hacía la más segura entrada de la Caja de Moneda, entrada hipotecada a la deuda contraída para el sostén de la guerra.196 

Había pues efervescencia pública latente. Abundaban los conatos de conspiraciones en favor de los invasores. Orbegoso se sabía impotente para reprimir este descontento. Si dejaba el mando daba la señal de una conflagración general. En el ejército debía reemplazarlo en caso de enfermedad o muerte, el general Miller que estaba en contradicción abierta con los generales que mandaban las divisiones. Su resolución fue la misma, pero con más urgencia, con más perentoriedad: hacer uso de la moral del ejército, esperar la llegada de la expedición invasora, batirla y pedir enérgicamente a Santa Cruz la reunión de un Congreso Nacional que decidiera de la suerte del país y separarse del gobierno.


7. Antecedentes de la actitud peruanista de Orbegoso.
Actitudes exteriores de Orbegoso

Sin embargo, nada de esto hubo de traslucirse al público. Orbegoso que se enfermó a principios de enero reemplazándolo el Consejo de Ministros publicó una proclama con fecha 21 de enero, negando su complicidad con los conspiradores. “Por algunos datos recogidos en estos días —decía— y por una carta que acaba de llegar a mi poder, contestando a otra que se supone escrita por mí, se pone de manifiesto que algún perverso ha usado indignamente de mi nombre para comprometer la causa santa del orden social”.197 Varios editoriales de El Eco del Norte defendieron también su lealtad. Los decretos sobre precaución y defensa contra Chile fueron restablecidos. El territorio del Estado Norperuano fue declarado en asamblea (La Paz, 15 de febrero de 1838). El ejército de la Confederación fue puesto en el pie de 16.000 hombres: 6000 del norte con cuartel general en Lima, 5000 en el centro con cuartel general en Arequipa y 5000 de Bolivia con cuartel general en Tupiza (12 de febrero). La suma de los poderes públicos fue dada por el Protector al Presidente del Estado Norperuano, menos la dirección de las Relaciones Exteriores, la derogación del Reglamento de Comercio y la dación de los altos grados militares.

Ya más tarde, en junio, ante los rumores de que el ejército que guarnecía la capital se retiraría ante la aproximación del enemigo, Orbegoso dio una proclama tranquilizadora, afirmando que moriría en defensa de los limeños. “Desconfiad enteramente, decía, de los que introduciendo el desaliento y valiéndose de otros medios reprobados, trabajan en favor del enemigo. Sea cual fuere su pretexto, ellos no son, no pueden ser sino viles, traidores, parricidas: detestadlos más que a los mismos invasores”.198 Con fecha 5 de junio fue anunciada la prisión de cinco conspiradores.199 La muerte del teniente coronel graduado Juan Flores por una bala de cañón de la escuadra chilena en Huacho fue solemnizada con un servicio fúnebre en la capital y con concesiones para la viuda y los hijos para exacerbar el patriotismo y el odio contra los invasores.200 Con pueril suspicacia Orbegoso se opuso a que una división al mando del general Herrera, enemigo suyo desde los días del Congreso de Huaura, avanzara sobre Lima; y Santa Cruz deferente ordenó que no pasara de Ayacucho.

Desde La Paz, Santa Cruz tomó otras medidas para esperar la segunda invasión. Pensaba colocarse entre Puno y Cuzco para dar al ejército del centro la dirección conveniente si la expedición venía a Intermedios o para pasar en apoyo de Orbegoso si su dirección era al norte. En el primer caso confiaba en obtener la victoria en 20 días y ordenó a Orbegoso que no hiciera movimiento alguno que no fuera parecido al de Vigil en la expedición anterior.

En el caso de la expedición al norte, como se decía con más insistencia, Santa Cruz temía por las rivalidades y antipatías que había en el ejército y recomendaba a Orbegoso energía y prudencia. Ordenábale que hiciera situar la infantería de Nieto en Canta dejando en observación a la caballería en Trujillo. Si los enemigos desembarcaban en las inmediaciones de la capital, Orbegoso unido a la división Nieto estaría en condiciones de resistir la batalla campal. Si el desembarco se efectuaba entre Pisco, Cañete u otro punto análogo, Orbegoso debía limitarse a hacerle hostilizar con montoneras y partidas ligeras mientras llegaba el ejército del centro. Si el desembarco era de Chancay hacia el norte podía salir de la capital dejando el Callao bien guarnecido.
Nieto debía acercarse a la capital. La batalla debía darse sólo en defensa de la capital y el puerto y evitarla en los demás casos. La situación económica era muy mala; los fondos de Bolivia habían atendido a las necesidades del sur en los años 35 y 36 y ahora, teniendo que sostener un ejército fuerte y habiendo mandado 200,000 $. a Europa por azogues las cosas iban peor. Esperaba por otra parte a los diputados al Congreso de Arequipa, lamentando su tardanza.201 


8. Pronunciamiento a favor del Perú libre. Orbegoso pretende aplazarlo

Embarcada la expedición chilena, Orbegoso tuvo noticias de que su número llegaba a 5000 hombres y consideró insuficiente a la división situada en Lima para resistir la invasión; y perdida si se quedaba en Trujillo a la división Nieto, que ostentaba el título de la división del ejército del norte. Por eso dio orden para que se dirigiera a Pativilca.202 Por primera vez en toda la historia de nuestras guerras civiles, un ejército atravesó los desiertos pantanosos de Casma y de Huarmey.

Llegada a Pativilca la división Nieto, circularon en Lima rumores de que el general que la mandaba y sus jefes y oficiales estaban acordes en el propósito de sustraer al Perú de la dominación de Santa Cruz. Nieto había pedido permiso para venir a Lima, pero Orbegoso se lo había negado por temor a dejar la división sola en tales circunstancias. Orbegoso, en cambio, creyó prudente ir a visitar a la división, situarla convenientemente y reprimir por el momento cualquier intentona revolucionaria. Esta decisión causó gran alarma en Lima. Unos temían que en la capital abandonada por el Presidente del Estado, hubiera desórdenes; otros creían inminente la invasión chilena, favorecida con esa ausencia. Orbegoso optó entonces prudentemente por suspender el viaje para evitar la alarma. “Después he sentido esta docilidad, dijo más tarde, porque es probable que entonces yo hubiera podido contener el estallido, pues los pueblos aún no habían tomado parte decidida ni hecho públicos sus compromisos”.203

Las operaciones exigían acercar aún más al Sur a la primera división, pues había que evitar el peligro de que los chilenos se colocaran cortando los grandes núcleos del ejército peruano. Dio Orbegoso la orden para que la división Nieto viniese a situarse en Chancay, a donde debió llegar el 10 de julio. En esos días le llegaron nuevos avisos que ya no le dejaron duda de la disposición de aquella división en favor de un pronunciamiento. Orbegoso se resolvió entonces a marchar sin demora confiando en que su presencia contendría el complot, dejando antes en Lima las disposiciones convenientes para que la escuadra saliese en la noche del Callao y fuese a encontrar y atacar el convoy enemigo. Dejó también instrucciones al general Otero como al más antiguo del ejército para los tres días que debía estar fuera de Lima. A las diez de la noche del 21 de julio se despidió de Otero en casa de su compadre Riglos, sin tener más sospecha que la de que el general Nieto estaba inclinado a dar el estallido y con la firme persuasión de que podría contenerlo. A su llegada a Chancay en la noche del 22 fue sorprendido de no encontrar allí la división ni más noticia de ella sino que estaba establecida en Huaura. El general Nieto se hallaba en Huacho casualmente. El pueblo de Huacho recibió a Orbegoso con transportes de contento y significativos vivas al Perú. Su entrada en Huaura dio lugar a una recepción igual, aumentada por las aclamaciones de la división que estaba formada en las calles.

Acabando de desmontar fue a ver desfilar la división en la puerta de la casa donde se había alojado y en seguida lo cumplimentaron todos los jefes y oficiales con Nieto a la cabeza. En su arenga le dijeron que aquella división toda peruana había salvado el pabellón que enarbolaba. “Que en esa misma villa de Huaura había sido destrozada la nación y que allí mismo volvían los peruanos a recoger su estandarte que habían jurado defender y que deponían en mis manos como el jefe que reconocían y que estaban seguros de recobrar conmigo nuestras primitivas instituciones. Últimamente, que esa división peruana toda, había jurado sostener con su sangre el voto de la Nación por su libertad y por su independencia. Estas palabras fueron acompañadas de lágrimas de ternura secundadas por todos los circunstantes”.204 Pero, a pesar de esto, Orbegoso confiaba aún anteponer la victoria sobre los chilenos a la demanda de libertad para el Perú.


9. Pronunciamiento a favor del Perú libre.
Las primeras actas populares. Justificación jurídica del pronunciamiento


“Si es verdad —dice Nieto— que la serie sucesiva de mis acontecimientos me presenta preparándome para apoyar cualquiera manifestación popular contra la Confederación, no por eso quise tomar la iniciativa en esta cuestión nacional, dando el funesto ejemplo de hacer intervenir la fuerza armada en materias de esta naturaleza y debí pues esperar como esperé a que los pueblos hiciesen la declaratoria que yo me presté a apoyar y sostener en consonancia con los principios que formaban la causa de mi corazón”.205 

La primera de las actas que dieron lugar al renacimiento de la República peruana fue la de Huaraz, capital del departamento de Huaylas, y tiene fecha 21 de julio de 1838. Sus considerandos se refieren a lo siguiente: El Estado Norperuano había quedado sin la representación necesaria para la nueva forma de gobierno que quiso darle la Asamblea de Huaura pues, determinando que un Congreso de Plenipotenciarios acordara las bases de la Confederación, confió únicamente al Protector la elección de los plenipotenciarios del Estado Norperuano y olvidó designar la autoridad peruana que debiese examinarlos y ratificarlos. Aunque en el art. 5° de su decreto confiaba provisionalmente la plenitud del poder público al Gran Mariscal Santa Cruz no pudo incluirse en este poder el de ratificar el pacto sin incurrir en el enorme abuso de trasmitir la Asamblea una facultad que la Nación no puede enajenar en su forma de gobierno popular representativo proclamado por la misma Asamblea, envolviendo además la monstruosidad de que reunidas en el Protector las facultades de nombrar los plenipotenciarios y de ratificar el pacto sería él quien hiciese el pacto consigo mismo y no con la Nación. Atendiendo el art. 10 de la declaración de Huaura, el Congreso de Plenipotenciarios que debió ceñirse a acordar las bases de la Confederación sobre el gobierno popular representativo, se extendió a dar una verdadera Constitución en la que podía decirse había más elementos de monarquía que de forma popular. Acumulando tantas facultades en el jefe de la Confederación y dejando tan diminutas las de los presidentes de los Estados en unas distancias tan enormes hacían imposible la regular administración según lo acreditado por el ensayo ya hecho. No habiéndose declarado en aquel pacto, no obstante otros pormenores a que se refiere, que habría una capital de la Confederación y cuál debía ella ser, y siendo por otra parte moralmente imposible el que se designara esa capital con mutuo beneplácito del Perú y Bolivia, quedaría el Supremo Jefe de la Confederación sentenciado a la pena de vivir ambulante con los gravísimos peligros consiguientes. Del art. 34 del pacto de Tacna resultaba que Bolivia se eximía de entrar en parte del paño de la deuda pública peruana, a pesar de que había adquirido una nueva Aduana en Arica, propiedad exclusiva del Perú, haciéndose de ingresos que disminuían los recursos con que el Perú debía contar para ratificar sus compromisos. La extensión dada por el Protector a sus atribuciones llamando a la presidencia del Estado Surperuano a un extranjero implicaba una violación del principio por todas las Constituciones establecido, de que al frente del gobierno debían estar hijos auténticos del país. A pesar de todo esto el pacto de Tacna había encontrado oposición en Bolivia y se había convocado un nuevo Congreso de Plenipotenciarios en Arequipa. Pero el Protector se había excedido en sus atribuciones al convocar este Congreso contra el tenor expreso del art. 38 del pacto de Tacna y sin que la Asamblea de Huaura le hubiera concedido la más remota facultad para el caso no previsto en que ese pacto no fuese ratificado por uno de los tres Estados. Si el Protector para legalizar esa convocatoria en Bolivia había creído indispensable recabar del Congreso de aquella República la aprobación de los actos anteriores a su fecha, el mismo requisito no era menos preciso en los otros Estados y por lo tanto necesaria la convocatoria de un Congreso Nacional en cada uno de ellos para que deliberara sobre el pacto de Tacna y resolviera lo conveniente para la futura organización del país. La falta de convocatoria de un Congreso de los Estados Peruanos era altamente atentatoria a su honor nacional, pues establecía una diferencia injuriosa entre los derechos de los bolivianos y los de los demás súbditos de la Confederación; diferencia más odiosa aún después del mensaje del Protector al Congreso de Bolivia donde no se recordaba al Perú sino para ofrecerlo como un trofeo del ejército boliviano. La Confederación no podía llenar los fines que se propusieron las asambleas de Sicuani y Huaura, pues no todos los Estados participaban de iguales ventajas por su plantificación: Bolivia, según el mismo mensaje, sin embargo, de tener rentas menores a las del Estado Norperuano y haber llevado sola el peso de una guerra contra las fuerzas argentinas se hallaba con sus arcas llenas, todos sus compromisos satisfechos, sus establecimientos públicos prósperos, sus empleados bien pagados y el crédito del gobierno asegurado; mientras que en el Estado Norperuano, cuyas rentas efectivas eran conocidamente mayores que las de Bolivia y después de dos años de organizada la Confederación y diariamente pregonadas sus ventajas, el erario se hallaba exhausto, el gobierno sin crédito, las rentas menguadas, la lista civil sin pagar, los establecimientos públicos en completa decadencia y esto en circunstancias que una guerra extranjera amagaba destruir la agricultura y otros ramos de riqueza pública. Hasta la ratificación del pacto de Tacna por todos los Estados, la Confederación era un simple proyecto cuya iniciación no era bastante para imponer a las partes contratantes obligaciones recíprocas e impedir su disolución salvo consentimiento de todos los Estados confederados. Y no pudiendo esperarse la convocación de un Congreso nacional y que este deliberara con independencia mientras permanecieran tropas bolivianas en el Estado Norperuano, se hacía indispensable para lograrlo, suspender los efectos de la proyectada Confederación.

Por todo ello pedían la convocatoria a un Congreso nacional para que con arreglo a los intereses y votos de los pueblos peruanos y la forma popular representativa, hiciera las declaraciones convenientes.

Mientras se reunía el expresado Congreso, el departamento de Huaylas por sí y a nombre de los otros departamentos del Estado declaraba a dicho Estado independiente de la Confederación cesando por ende la autoridad del Protector sobre él; y proclamaba presidente provisorio al general Luis José de Orbegoso. Si se frustraba el ensayo de Confederación, el Estado Surperuano sería invitado para revivir la antigua Patria que había dado nacimiento a Bolivia. Las tropas bolivianas saldrían del territorio dándoseles las gracias por su buen comportamiento. El general Nieto sería el órgano para elevar esta acta al Presidente.206 

El pronunciamiento de Trujillo se realizó el 24 de julio en un cabildo abierto convocado por el prefecto, general Mariano de Sierra en la casa consistorial. Expresó allí el prefecto que ya le era irresistible el cúmulo de anónimos, impresos, invitaciones de la capital y demás síntomas de descontento para lo cual había convocado esa reunión. Después de detenida discusión se acordó firmar un acta. Los considerandos de esta acta diferían en algo de los que había invocado el acta de Huaraz. Se remontaban al año 1835. El tratado de La Paz, de 15 de junio de ese año, carecía de la validez que sólo puede provenir del cumplimiento religioso por ambas partes: habiéndose estipulado que las asambleas de Huaura y de Sicuani tendrían lugar por hallarse dislocados los departamentos que componían la República, se verificaron ellas cuando ya no existía dicha dislocación. Igualmente se faltó al principio esencial de que dicho tratado no tendría validez sino después de haberse ratificado por ambas autoridades, lo que hizo ilusorio Santa Cruz haciendo que sus tropas pasaran el Desaguadero al día siguiente de la firma en La Paz robando así la libertad del presidente del Perú porque hallándose sin fuerza armada bastante se vio coactado a ratificar dicho tratado el 24 a pesar de que sus plenipotenciarios se habían excedido en sus instrucciones. Por el art. 6° del tratado de La Paz se estipuló que después de la pacificación del Perú las tropas bolivianas repasarían la frontera, lo que no se verificó. Además, se invocaba los argumentos de independencia, libertad así como la ilegalidad del simulacro de asambleas realizado en Sicuani y Huaura y la necesidad de evitar la guerra con Chile. Por todo ello, llegaba a las mismas conclusiones que el acta de Huaraz, agregando el encargo al presidente Orbegoso para que con toda prontitud entablara negociaciones amistosas con Chile.

En los días sucesivos, continuaron las actas de otros pueblos en el mismo sentido: Chancay el 25, Lambayeque el 26, Huacho el 25, Piura el 28, Cajamarca el 29, Santa el 25, San Pedro de Chavín el 27, Huántar el 29, Huacho el 29, Llamellin el 29, San Marcos de Collapingos el 27, San Luis el 29, Huari el 29, Santiago de Cabana el 27, Sihuas el 30. Otros pueblos tienen sus actas con fecha 31 de julio o 1 de agosto.


10. El pronunciamiento a favor del Perú libre.
Orbegoso se hace la revolución a sí mismo, sin saberlo


Los rumores que corrían acerca de la actitud de la división Nieto, las noticias sobre el pronunciamiento de Huaraz y, de otro lado, la inminencia de un desembarco de los chilenos en Ancón hicieron que reunido el Consejo de Ministros el día 25 de julio llamara al general Otero y al general Morán; este último después de haber sido jefe de la escuadra había sido nombrado comandante general de la iii división del ejército del norte; y quedó acordado que esta división marchara a Copacabana. El coronel ayudante general de Orbegoso, Juan Pedernera, mandaba dentro de ella una compañía de cazadores del batallón Pichincha y estaba también en Copacabana. Orbegoso a quien se le hizo creer por Nieto o los suyos en el arribo de una división chilena a Chancay, le escribió para que se pusiera en marcha para Pacasmayo y también pidió su escolta; pero como estas órdenes estuviesen en contradicción con las prevenciones verbales que la junta de ministros hiciera a Morán, éste no permitió dicha marcha. La causa de tal medida estaba, escribió Morán a Orbegoso, en que extrañaba al Consejo de Ministros que habiendo Orbegoso prometido ir a detener la revolución pidiera tropas en vez de regresar a Lima. Orbegoso se exaltó ante esta desobediencia. Estallaron todas sus prevenciones sobre su situación humillada. ¡El Consejo de Ministros se había convertido en junta de guerra! ¡Esa junta de guerra o el general del ejército contrariaban al Presidente del Estado, al general en jefe! Sospechaba también Orbegoso que Bermúdez y Herrera podían quitarle por orden de Santa Cruz la presidencia. Quejoso e indignado escribió a Morán el 26 advirtiendo que la división Nieto era un modelo de subordinación y patriotismo. Nuevamente escribióle ese día diciendo que los ministros y Otero y él (Morán) habían delinquido y expuesto al país y al ejército a males infinitos de los cuales los hacía responsables ante la nación, ante el Protector y ante el mundo. Por eso él, Orbegoso, no había ido todavía a Lima. La primera división (Nieto) le obedecería y estaba dispuesto a emplearla tanto para hacer la guerra a los enemigos exteriores como en hacer respetar su autoridad. “El suceso de Huaraz —decíale— es cosa de un pueblo y no merece gran importancia que no hubiera dejado de poderse cortar sagazmente sin el suceso de Uds.; pero esto justifica el que no haya dispuesto a diseminar fuerza como pensaba para pacificarlos”. “Ud. y los otros señores se han hecho la gran pegadura creyendo que la primera división se había sublevado contra la Confederación... que yo también me había sublevado contra mí mismo”... “Ni con carretas me arrancan de la cabeza de la primera división sin garantías sólidas y que cese el estado hostil que Ud. tiene ahora. Sólo sentiré que entretanto nos ataquen los chilenos; me será sensible batirme solo pero me batiré: es mejor morir peleando que morir de tabardillo”. Pardo de Zela, jefe de Estado Mayor, fue a ver a Orbegoso y lo tranquilizó el 28.207 En cambio en Chancay se supo el empeño de Olañeta para que las tropas bolivianas batieran a las peruanas y esto acrecentó la indignación antiboliviana de la división Nieto.

Se acercó Orbegoso a Lima con sus tropas que —no debe olvidarse— aún no habían hecho su pronunciamiento en forma oficial, pero cuyos sentimientos peruanistas ya eran completamente públicos. Ante la noticia de su llegada, el 29 de julio, se reunió un cabildo abierto en Lima, a pesar de la guarnición santacrucina.


11. Pronunciamiento a favor del Perú libre. La actitud de Lima

Del cabildo abierto reunido a las 2 de la tarde resultó un acta que repetía los principales considerandos de las actas de Huaraz y Trujillo ya mencionadas; y en su parte resolutiva declaraba también la independencia del Perú, el regreso a la Constitución del 34, la ratificación de la presidencia de Orbegoso, la cesación de la guerra con Chile, el llamado a Lima de la división Nieto “de cuyos sentimientos patrióticos y consagración a la causa nacional espera el Perú que sostendrá el bien inapreciable de su libertad”. Las firmas no son muy relevantes. Se destacan entre ellas las de Francisco Rodríguez Piedra, Buenaventura Seoane, Juan Antonio Ribeiro, Joaquín Torrico, Juan Bautista Eléspuru, José Maruri de la Cuba, Andrés Reyes, etc.208 


12. El pronunciamiento a favor del Perú libre.
Orbegoso se resigna a su rol de sublevado


Orbegoso que venía con la división supo la noticia estando a 5 leguas de Lima y forzó su marcha. Dos leguas antes de llegar se adelantó con su escolta y habiendo salido a su encuentro solos los generales de la guarnición con el batallón Pichincha, peruano, que tenía como cuartel el de Santa Catalina, lo persuadieron de la necesidad de dejar fuera de Lima a la división Nieto para que no se alterase el orden. Orbegoso regresó a ordenar a Nieto que acampase en Aznapuquio o Aliaga; pero Nieto estaba tan receloso de las tropas bolivianas y aun de las peruanas que mandaba Morán, que no aceptó y le fue concedido “el empleo de todos los medios conducentes a la seguridad de su división”, a la que hizo vivaquear en la plaza de Lima a las 12 de la noche. En todo el resto de esa noche llegaron propios anunciando el estado de excitación del Norte; un propio del prefecto de Junín anunció también su decisión por la independencia que iba a ser ya manifestada. Con ello las últimas esperanzas de detener la revolución se desvanecieron en Orbegoso. A las 5 de la mañana del 30 de julio, Nieto, después de haber estado toda la noche a caballo, entró al dormitorio de Orbegoso para decirle que era tal la excitación del pueblo y de la tropa que él mismo no podía responder de su división si Orbegoso no manifestaba su decisión públicamente. Varias veces había respondido Orbegoso que lo dejara obrar; que todo se arreglaría pronto; pero ahora no cabía ya más dilaciones. “Llegó para mí el momento terrible”, dice Orbegoso. Salió a caballo a la plaza en donde arengó al pueblo y a la tropa. Recién en aquel instante se decidió ya a abandonar a Santa Cruz sin batir antes a los chilenos. “No había elección entre mis compatriotas y sus opresores. Aún cuando no hubiera estado convencido de la justicia y nobleza de la causa, yo no podía emplear las tropas bolivianas para degollar a los peruanos. Retirarme, en esas circunstancias, habría sido dejar al país al furor de los partidos, anegarlo en sangre y entregarlo maniatado a la expedición invasora”.209 

Fue así como el mismo 30 expidió al fin un decreto y una proclama sobre la independencia del Perú. En la proclama a los pueblos hablaba de “la decisión de vuestros conciudadanos armados que no he podido retener, los gritos de la naturaleza y de la humanidad me han hecho ceder a vuestro impulso a destiempo”. Y concluía: “Recibid, os ruego el sacrificio que os ofrezco, hasta de la esperanza que tenía de vivir tranquilo alguna vez. ¿Qué me resta ya que ofreceros?”.210 En el decreto enumeraba las manifestaciones de la opinión —repugnancia el régimen pasado, actas, decisión de las tropas, entusiasmo popular a favor del Perú puro, etc.; declaraba al Estado Norperuano libre e independiente de toda dominación extranjera; convocaba a una Representación Nacional; dejaba expresa constancia de que el Estado se hallaba en guerra con Chile “entretanto no se haga la paz la que debe esperarse supuesto que ha cesado el motivo alegado para la guerra”; daba las gracias a la división boliviana existente en la capital por su comportamiento; anunciaba que al presidente de Bolivia se le mandaría comunicaciones sobre lo ocurrido.211 Es interesante resumir el sentido de estos documentos: peruanismo, resignación a la Independencia por otros reivindicada, velado recelo a Chile en contraste con el pacifismo de algunas actas populares, cortesía con Santa Cruz, evitando por lo menos insultarlo. Otros decretos declararon insubsistentes e inobservables los Códigos Civil, de Procedimientos y Penal y el Reglamento de Tribunales promulgados por Santa Cruz (31 de julio); concedieron amnistía y absoluto olvido de delitos políticos (30 de julio); restituyeron al ejército peruano las insignias que usaba antes de la Orden General de 25 de agosto de 1836 que les impuso las bolivianas (31 de julio). En vez de ministro firmó los decretos el oficial mayor José Dávila. Prefecto de Lima fue nombrado don José María Lastres. Jefe del Estado Mayor, el general Loyola. Los generales Eléspuru y Raygada quedaron repuestos en el goce de sus empleos.212 


13. Retirada de las tropas de Otero y Morán

En lo que respecta a las tropas que obedecían a los generales Otero y Morán, Orbegoso llegó a un acuerdo con Otero. Se iría la división boliviana; sus presupuestos del mes serían cubiertos por la tesorería con la condición de quedar comprometido el general Otero bajo palabra de honor de conducirla hasta el Desaguadero, sin oponerse en lo menor a la expresión de los pueblos.213

Orbegoso creía que Morán, comandante de la iii División, compuesta de cuerpos peruanos, se le uniría. Morán se negó invocando la lealtad que en toda su honrosa carrera había tenido para con sus compromisos. Nieto desde Lima procuró convencer entonces a Morán que se uniese a los peruanos y Morán desde Chaclacayo procuró convencer a Nieto que se uniera a Santa Cruz, quien después de la paz reuniría la representación nacional; “veo a Ud., le decía, de lo contrario luchando con el general Santa Cruz, con los chilenos, con las incapacidades del general Orbegoso y con las facciones interiores. Vea Ud. venir a Gamarra y La Fuente con todo el aparato de sus pasiones”.214

En su retirada a la sierra Morán se llevó además los batallones Pichincha y Cuzco que eran peruanos. Nieto le dijo a Morán que haciéndolos irse con los bolivianos degradaba el pabellón bicolor “ahijado mío y engendrado por Ud.”; Morán repuso que se iban por su voluntad y que Pichincha era cuerpo de su corazón y símbolo de la lealtad.

Faltando a su palabra de honor, Otero emprendió con su división y la de Morán la marcha para Jauja. Nieto hubiera querido, batirlos; pero sus soldados ya estaban rendidos por las anteriores marchas, su número era inferior, se necesitaba integrar la guarnición de Lima y tampoco podía desatenderse la plaza del Callao en donde aún no había uniformado sus votos la tropa que la ocupaba y donde ocurrieron también tropiezos entre los jefes y oficiales de la flota. El coronel Guarda relevó en el Callao al general Miller cuya conducta se presentó dudosa.

Todo ello demoró la lucha contra Otero y Morán, cuyas actitudes demostraban no una cristiana resignación a las determinaciones de Nieto y Orbegoso, sino que serían la vanguardia de Santa Cruz. Pero las deserciones que abundaban en sus filas ofrecían posibilidades favorables para una persecución. Ella se hubiera realizado con los combates consiguientes; pero se produjo el arribo de la expedición chilena.


14. Reflexiones sobre el pronunciamiento peruanista

La actitud peruanista de Nieto que Orbegoso secundó con desgano se parece a las actitudes peruanistas que, igualmente débiles, surgieron durante la guerra de la Emancipación. Así como ahora había bolivianos y chilenos en lucha en el Perú, apoyados por peruanos, así durante la guerra de la Emancipación hubo argentinos, colombianos y españoles en igual situación. Morán y Otero con pacte de las tropas de Lima y además Riva-Agüero, Bermúdez y otros jefes peruanos apoyaban en 1838 a los bolivianos; La Fuente y Gamarra a los chilenos. De 1821 a 1824 San Martín tuvo sus partidarios. Bolívar los suyos, la continuación del régimen colonial los suyos y no faltaron también quienes pensaron en la monarquía peruano-española. Se ha dicho que el nacionalismo se encarnaba en Riva-Agüero; algo hay en ello de cierto, pero el nacionalismo riva-agüerino estaba teñido de españolismo y de espíritu de casta, buscaba precisamente la fusión de peruanos y españoles bajo la égida de la monarquía. El nacionalismo más puro y más auténtico en cambio está quizá en Luna Pizarro y su grupo: hostil a San Martín, a su monarquismo y a su prepotencia personal, hostil a Bolívar, hostil a Riva-Agüero, hostil a los españoles, buscando en cambio la consolidación de la Patria naciente dentro de las instituciones representativas, dentro de la democracia más amplia. Nacionalismo democrático que inspira la acción doctrinaria del Congreso Constituyente de 1822, que triunfa con el retiro de San Martín, con el nombramiento de la Junta Gubernativa y que es opacado luego por el motín militar que derroca a esta Junta, por la anarquía posterior y por la llegada de Bolívar, resurgiendo apenas en las actitudes de Luna Pizarro y sus amigos, oponiéndose a los planes vitalicios de Bolívar y logrando su fracaso mediante la ayuda de las propias tropas colombianas el 27 de enero de 1827.

A través del tiempo y en medio de análogo panorama contradictorio, la intransigencia celosa de aquel peruanismo mezclado con la fe en la fuerza taumatúrgica de los Congresos y en la soberanía popular renacía ahora. No eran ideólogos ni tribunos quienes la encarnaban; eran militares, pero militares no militaristas ni caudillescos.

Esta actitud era simpática: que se acabase la dominación boliviana pero sin que se llegara a producir la intervención chilena. El Perú por sí sólo decidía su libertad y luchaba por ella. Nada tenían que hacer los extranjeros con su destino y con su gobierno.

Ya se ha examinado sin embargo en esta obra el carácter de la intervención de Santa Cruz en el Perú así como sus antecedentes de militar, político y gobernante peruano hasta 1828. Se ha visto que esta intervención fue un fenómeno de mégaloestatismo, de presión de un Estado sobre otro, más que de conquista.215 Aunque sustentada en muchos indicios humillantes, la actitud peruanista reclamando la libertad y la independencia no era pues del todo justa.

Pero suponiendo que lo hubiese sido, aquel no era el momento propicio para enarbolarla. Este nacionalismo era no sólo de undécima sino hasta de vigésima quinta hora. En ese sentido había mucha cordura en el afán de Orbegoso de batir primero a los chilenos y luego pedir a Santa Cruz ciertas concesiones. Ocurriendo lo que ocurrió, en cambio, el ejército destinado a contener esa invasión se fragmentó; dos divisiones se retiraron a la sierra; sufrió la moral misma de los soldados; perdió el movimiento del norte fuerza ante los chilenos, quienes resultaron así favorecidos. Cierto que ante los peruanos del norte ejercía gran influencia sicológica la idea de tener que batirse con más de 5000 hombres defendiendo un orden de cosas por el que no sentían fervor; pero Nieto y los mejores elementos de aquel neoperuanismo, bien podían suponer que los chilenos no se retirarían ante el solo anuncio del pronunciamiento encabezado por Orbegoso, precisamente el coautor de la intervención de Santa Cruz y el responsable directo de la expedición Freire; y enton-ces se presentaba otra vez la posibilidad de la lucha y disponiendo de menor fuerza.

Por lo demás, en nombre del pasado más reciente, Orbegoso no era quien debía encabezar aquel movimiento antisantacrucino. Sus actitudes desde 1835 hacían de él acaso el único peruano que estaba impedido moralmente para ello. “Uno crea su manera y luego la manera lo encierra a uno”, dice una admirable frase de Emerson; y Orbegoso estaba encerrado, aprisionado por su pasado. Al aceptar su nueva situación, sin embargo, no había en él perfidia sino más bien debilidad, aceptación de su rol de juguete de las circunstancias so capa de popularidad y de llamado de la opinión pública.

Un hecho interesante se vincula al pronunciamiento de julio de 1838: la participación del norte. Por la posición estratégica de sus principales centros poblados, sin las defensas naturales que tenían Arequipa y otros lugares en el sur; por su falta de mestizaje y de fusión entre sierra y costa; por la tendencia de su agricultura hacia la gran producción que requiere esfuerzo y paz; por la no-existencia de intereses políticos y comerciales en la frontera cercana; por la casualidad de que allí no habían nacido los caudillos o agitadores más inquietos, o por otras causas, el norte había sido hasta entonces, como lo fue más tarde, ajeno a las agitaciones políticas que formaron, el fondo de nuestra primera historia republicana y cuyos ejes eran Arequipa y Lima. Pero en esta ocasión, dividido el Perú en dos Estados, siendo inminente para el Estado Norperuano la invasión y la guerra y sintiéndose más alejado que el sur de los vínculos y ventajas que la Confederación Perú-Boliviana implicaba, simpatizó evidentemente con el cambio de régimen político. Orgulloso de su nacionalismo, también en la contienda entre Riva-Agüero y Bolívar, el norte había estado por Riva Agüero.

Otro hecho es también insólito entonces: la actitud del ejército comandado por Nieto, favoreciendo pero no realizando ese cambio.

Además, el pronunciamiento peruanista tan unánime y fácilmente secundado en el norte, revela que la Confederación estaba condenada a no seguir viviendo. “Nadie se muere la víspera”, dice una frase popular. Los peruanos del norte, los emigrados y los chilenos, en realidad, y contra lo que afirma el refrán, hicieron morir a la Confederación, la víspera.


15. Desembarco del ejército chileno

La goleta “Janequeo”, destacada del convoy chileno para recoger datos, trajo el 6 de agosto la noticia del pronunciamiento del norte que fue recibida con transportes de alegría: vivas y dianas. Por la noche el convoy ancló sobre el lado norte de la isla de San Lorenzo. En la madrugada siguiente llegó el coronel Castro con un oficio en el cual el Secretario General de Orbegoso transcribía al general Bulnes la nota en que daba cuenta al gobierno de Chile de lo ocurrido y otro en el cual Orbegoso notificaba al jefe de la escuadra que habían cesado los motivos para la guerra, más una carta particular a Bulnes.

No obstante el pronunciamiento, Bulnes ordenó el desembarco de sus tropas que se realizó ese día hasta medianoche en Ancón situando las avanzadas necesarias. Partió a Lima a conferenciar con Orbegoso, don Victorino Garrido, cuyo carácter diplomático había sido revelado misteriosamente por Postigo, el jefe de la escuadra en su respuesta a Orbegoso, inventando que era nuncio de los deseos pacíficos del gobierno de Chile y que venía como ministro. Al día siguiente, desde el alba continuó el desembarco.216


16. La misión Garrido

No era Garrido el hombre más a propósito para la comisión que se le encomendó a causa de la “metida de pata” de Postigo como se ha dicho más tarde o a causa de una premeditada elección poco cordial. Su actuación ordenando el robo de la escuadra peruana lo hacía particularmente odioso en Lima y ante Orbegoso. Ha habido además testigo que lo acusara de haberse encerrado cuatro horas con Gamarra, enemigo personal de Orbegoso y perjudicador directo si hubiese llegado a haber un entendimiento entre éste y los chilenos; Pardo, La Fuente, Vivanco, Beltrán y otros peruanos se dieron cuenta de este “conchabamiento” entre Gamarra y Garrido y el coronel Pedro Godoy se lo hizo notar a Bulnes. Nadie —según Godoy— esperaba un resultado favorable de la misión Garrido. Cuando regresó a las 10 de la mañana del 8 de agosto, sus primeras palabras fueron: “Él se presta al parecer a algunos ajustes, pero en verdad yo no concibo esperanzas y lo creo un traidor que mantiene relaciones con Santa Cruz”. Gamarra al oír esto —sigue narrando Godoy— tenía el semblante de un niño alegre, abrazaba a sus paniaguados y recibía parabienes de ellos.217 Las proposiciones enviadas desde Lima no eran todas equitativas pero eran controvertibles. Garrido, según testimonio de Godoy, fue insolente con Orbegoso. “Si Ud. no conviene con las indicaciones que acabo de hacerle —llegó a decirle— no se firmará por ahora el tratado pero se firmará mañana sobre el altar mayor de la Catedral”. Oficialmente se dijo que su misión había fracasado porque no estaba investido de plenos poderes, pues sólo debía arreglar el acantonamiento de las tropas, la prestación de recursos, etc.218 Entonces ¿por qué no se le ampliaron sus poderes?


17. Reunión en el palacio de Lima. Carta de Orbegoso a Santa Cruz

En tanto, Orbegoso organizaba su gobierno. Dio el cargo de secretario general del gobierno al Dr. Benito Lazo de la Vega. Decretó la libertad de imprenta previo pase de la Junta Censoria. Nombró prefecto del departamento al general Loyola y jefe de Estado Mayor al general Sierra, encomendando el Estado y el Ministerio de Guerra durante la ausencia del general Sierra al coronel Manuel Porras. Dio amnistía amplia a los emigrados. Reunió en el salón de arengas a las corporaciones e hizo el relato de los sucesos, derramando lágrimas. También había derramado abundantes lágrimas en Huaura. Quizás las lágrimas que Orbegoso derramó en esos días hubieron llenado entonces un recipiente. ¿Se lavó allí del pecado de infidencia?

Además, Orbegoso dirigió a Santa Cruz una carta justificando su actitud. 

En esta carta se refería a toda la historia de lo ocurrido desde 1835. Alegaba que el pacto que había celebrado con él —con Santa Cruz— debió ser un convenio de subsidios según las instrucciones a los plenipotenciarios y se convirtió en pacto de asociación y constitución interna. Él, Orbegoso, lo había aceptado, sin embargo, por una razón teórica y una razón práctica. “Ciertas ideas de perfectibilidad social, ciertas prevenciones contra el sistema republicano en una nación diseminada en un vasto plan de territorio, tal vez intereses personales disfrazados con esas razones de común provecho; y la experiencia de frecuentes trastornos atribuidos bien o mal a la coexistencia del Sur y Nor Perú formando un todo único, habían contribuido a mi ver a presentar en esa época a los pueblos en especial a los del sur, la emancipación recíproca como el talismán de la paz doméstica”. Razón práctica: el ejército boliviano penetró en territorio peruano antes de que las estipulaciones del pacto fueren aprobadas. Refiriéndose en seguida a la dominación de Santa Cruz repetía los cargos de falta de libertad, gobierno ambulante, coacción sobre las asambleas de Huaura y Sicuani, pobreza general, etc. Se quejaba de los medios mezquinos y limitados puestos a su alcance y reiteraba la afirmación de que había esperado la paz exterior para buscar la solución de los problemas internos, así como los cargos más recientes contra Santa Cruz ya expresados en las actas de Huaraz y Trujillo. Narraba por último los sucesos más recientes y terminaba declarando su confianza en que Santa Cruz contribuiría a devolver al Perú su reposo interior, su prosperidad y su nombre y a que se forjaran con Bolivia relaciones de amistad espontáneas y declarando asimismo que ante Dios, ante el mundo y ante su conciencia estaba satisfecho de haber cumplido su deber. Así Orbegoso renegó públicamente de la intervención boliviana que solicitó y obtuvo para readquirir su poder tambaleante; renegó de la Confederación con la que se mostró de acuerdo pública y privadamente; renegó de las asambleas de Sicuani y Huaura que él convocó e inauguró y cuyos honores y prebendas aceptara; renegó del régimen político cuya cabeza visible fue en el norte después de haber sido su promotor.


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184 Ver tomo primero, p. 172-173.

185 Attilio R. Minuto, El Gran Mariscal de los ejércitos del Perú Don Domingo Nieto, Moquegua, Imp. La Provincia, 1924. —“Necrología del Gran Mariscal Nieto”, en El Comercio, 17 de febrero de 1845, reprod. Boletín del Museo Bolivariano, N.º 7, marzo de 1929. —El Gran Mariscal Domingo Nieto, por el capitán Bruno Gayoso T., ídem, id.

186 Memoria de los hechos que justifican la conducta pública que como general del ejército del Perú ha tenido Domingo Nieto en la época que comprende los años del 34 al 39 y muy particularmente los que tienen relación a la [...] en que se proclamaron los pueblos contra la Confederación, Lima, Imp. El Comercio, 1839. —Manifiesto de Santa Cruz, p. 67 en la edición O. de S. C. Dejaba constancia Santa Cruz de que Nieto no revelaba el conducto de las propuestas, ni señalaba las personas, ni exhibía las pruebas ni indicaba los demás incidentes para justificar su aseveración.

187 Tomo primero, p. 281 y siguientes. 

188 Memoria de los hechos cit. De ahí ha tomado Valdivia muchos datos para sus Revoluciones.

189 Memoria cit., p. 19. Santa Cruz desmiente también terminantemente esta aseveración. Manifiesto cit. 165. Valdivia en Revoluciones de Arequipa calca estas frases del manifiesto de Nieto (p. 182).

190 Manifiesto de Santa Cruz, p. 165.

191 Manifiesto de Santa Cruz cit., pp. 165 y 166.

192 Hay copias de varias cartas a Nieto desde 1836, dirigidas por los emigrados. Véase, por ejemplo, la de La Fuente, con fecha 22 de enero de 1837 instándole a sublevarse y asegurándole que ni él ni Gamarra vacilarán en ponerse a sus órdenes. Archivo de la BNP.

193 Ver en este tomo, pp. 22, 23 y 132 a 134.

194 Memorias inéditas del general don Luis José de Orbegoso, Lima, 1893, Imp. El Comercio, p. 67.

195 Manifiesto cit. Paz Soldán, p. 171 y 172 (Ver el mensaje en El general A. de Santa Cruz y el Gran Perú, pp. 369, 373).

196 Memorias inéditas de Orbegoso cit., p. 59.

197 El Eco del Norte, número extraordinario de 21 de enero de 1838.

198 El Eco del Norte, N.º 100, de 13 de junio de 1838.

199 El Eco del Norte, N.º 102, de 20 de junio de 1838.

200 Eco del Norte, N.º 106 de 4 de junio de 1838.

201 Santa Cruz a Orbegoso. La Paz, 30 de junio. Esta carta no fue recibida por Orbegoso, El Peruano, N.º 3 de 31 de agosto de 1838.

202 Memorias inéditas de Orbegoso, cit.

203 Orbegoso, manifiesto publicado por Paz Soldán, p. 174.

204 Toda esta relación está tomada de la exposición de Orbegoso en Palacio el 1 de agosto de 1838 (El Redactor Peruano, N.° 3 de 13 de agosto de 1838). Lo mismo dijo Orbegoso en todas las demás ocasiones en que se ocupó de este asunto. Poco conocida es su carta al general Otero, desde el Callao, el 30 de noviembre de 1838. Dice allí: “Por más que se empeñen mis enemigos y tal vez mis amigos en persuadirse de que yo concurrí a la revolución de julio; y aunque hayan datos que me condenen mucho a la apariencia, aseguro a Ud. que nunca quise ni deseé la revolución; que no concurrí a ella sino que me apoderé de ella después de hecha y cuando no sólo no era posible contenerla sino que preveía que sus lavas iban a ensangrentar la República y a entregarla sin remedio a los brazos de invasores. Que me he despedido de Ud. en casa de nuestro compadre Riglos a las 10 de la noche del 21 de julio sin tener más sospecha que la de que el general Nieto estaba inclinado a dar el estallido. Que mi viaje a Chancay ha sido en la firme persuasión de que podría contener el movimiento. Que he llegado hasta Huaura con esa sola idea y con ese solo objeto. Que encontrada la revolución aún no me he decidido hasta saber allí mismo el mismo día de mi llegada el 23 de julio que todos los pueblos del norte estaban inconteniblemente en la revolución y que el departamento de Junín iba a estallar, que los cuerpos de policía de Lima y algo más estaban también; y que mi negativa a prestarme, sería sin duda la señal de un desorden espantoso y cuyos resultados no se alcanzan a preveer”. (Ver Contestación que da Trinidad Morán a los manifiestos de los generales Orbegoso y Nieto en la parte que se ocupan de él. Valparaíso, Imp. de El Mercurio, 1840.)

205 Memorias de Nieto cit. p. 31.

206 Colección de las actas en virtud de las que los departamentos de Lima, Huailas, Libertad y parte del de Junín proclamaron su separación del gobierno establecido bajo la dominación del general Santa Cruz, por E. Aranda, 1838, Imp. del Estado, pp. 3 y 4.

207 Cartas que incluye Morán en su manifiesto cit., p. 15. Más tarde Orbegoso dijo en carta a Otero (Lima, 30 de julio) refiriéndose a estos hechos y a Morán: “Los sucesos justificaron sus precauciones, entonces injuriosas. Yo miraba entonces con diferentes ojos” (p. 31 en el mismo manifiesto). Orbegoso llegó a llamar a Morán al indignarse con él, extranjero. Morán le repuso que su peruanidad no estaba determinada por el azar del nacimiento sino por la eficacia de su espada.

208 Colección de actas cit. pp. 1 y 2.

209 Nieto, Memoria cit., p. 35. —Orbegoso, Memorias inéditas cit., p. 61. Actas de la reunión en Palacio el 1 de agosto cit. El Redactor Peruano, tomo 6, N.º 3.

210 E1 Redactor Peruano, tomo 6, N.º 1 del 31 de julio de 1838.

211 El Redactor Peruano, ídem, id.

212 El Redactor Peruano, ídem, id.

213 Nieto, Memorias, pp. 35 y 36.

214 Manifiesto de Morán, documentos pp. 29 y 30.

215 Ver tomo primero, p. 373 y siguientes.

216 Diario militar de la Campaña que el ejército Unido Restaurador abrió en el territorio peruano el año de 1838 contra el general Santa Cruz, titulado Supremo Protector de la Confederación Perú-Boliviana, por el coronel A. Plasencia, Lima, Imp. de Juan Masías, 1840, pp. 4 y 5.

217 Yo y Garrido, manifiesto del coronel Pedro Godoy firmado en la prisión de San Pablo, Santiago, 6 de febrero de 1846. Godoy, como se ha dicho, fue segundo jefe de Estado Mayor. Sus revelaciones no han sido utilizadas por Paz Soldán ni por Bulnes ni por Sotomayor Valdés.

218 Ídem. id. Diferente es la versión del Diario de Plasencia, p. 5. La nota de Bulnes a Orbegoso está en El Redactor Peruano, N.º 5 de 9 de agosto. Para todas estas negociaciones consúltese también el folleto Documentos oficiales y particulares a que se refiere la proclama dirigida a los habitantes de la capital con fecha 22 del corriente por el señor jeneral en jefe del Ejército Restaurador del Perú cuya sola lectura bastará para convencer a todos de la moderación y buena fé con que en el curso de las negociaciones se ha conducido el expresado jeneral en jefe bien opuestos a la conducta tenaz del jeneral Orbegoso y de la dura necesidad en que vió de tomar la defensiva en la acción del 21 del corriente, 10 págs.



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