EXAMEN DE LAS CAUSAS DE LA GUERRA Y DE LAS FUERZAS
DE LOS BELIGERANTES



1. Causas de la guerra

Un consejo de personas notables decidió en Chile la guerra; salvo dos votos, uno de los cuales fue el de don Andrés Bello. El Congreso aprobó la guerra el 26 de diciembre de 1836 en una ley cuyos considerandos eran:

  1. “El general Andrés Santa Cruz, presidente de la república de Bolivia, detentador injusto de la soberanía del Perú, amenaza la independencia de las otras repúblicas sudamericanas.

  2. El gobierno peruano, colocado de hecho bajo la influencia del general Santa Cruz, ha consentido en medio de la paz la invasión del territorio chileno por un armamento de buques de la república peruana, destinado a introducir la discordia la guerra civil entre los pueblos de Chile.

  3. El general Santa Cruz ha vejado, contra el de gentes, la persona de un ministro público de la nación chilena”.

A estas razones, cabe agregar las siguientes, como otros tantos motivos de la guerra:

  1. Las dificultades comerciales.
  2. La influencia de los emigrados peruanos.
  3. El temor ante el predominio de Santa Cruz y de la Confederación Perú-Boliviana en el Pacífico.

Examinando brevemente cada uno de estos motivos se halla:

2. La amenaza de Santa Cruz, detentador injusto del Perú y Bolivia, a la independencia americana

Aún no estaban definidos los límites de cada una de las repúblicas americanas. No se había señalado cada nacionalidad con un carácter fijo que diferenciara profundamente a cada pueblo. Cuando Colombia se organizó con tres Estados, ninguna república vecina protestó; tampoco cuando se federó América central. Bolivia había sido parte integrante del Perú durante mucho tiempo; sus vinculaciones con el Perú estaban impuestas por la raza, la sociología, la economía y la geografía. Bolívar quiso unirla al Perú y no sólo al Perú sino a Colombia y nadie protestó. ¿Hasta qué punto tenía derecho el gobierno chileno para considerar a Santa Cruz “detentador injusto de la soberanía del Perú?” ¿No lo había reconocido como Protector? ¿No había recibido como ministros suyos a Méndez y a Olañeta? ¿Por qué no había protestado cuando Santa Cruz invadió el Perú en 1835, o cuando asesinó a Salaverry? ¿No estaba al lado Rosas en la Argentina con sus mazorqueros, originando una emigración mucho más compacta y brillante que la que produjo el encumbramiento de Santa Cruz y había sido Rosas acaso considerado “detentador” injusto de la soberanía de la Argentina, y no era antes bien aliado de Chile contra la Confederación? ¿Quiénes si no jefes peruanos habían llamado a Santa Cruz? ¿No había sido Orbegoso, el presidente legal, su aliado? ¿No había estado en tratos con él Gamarra que ahora buscaba la ayuda de Chile y del Ecuador? ¿Quiénes si no los peruanos tenían derecho a tomar cuentas a Santa Cruz? ¿Qué prueba había de que Santa Cruz quería extender sus dominios más allá de las fronteras Perú-bolivianas? ¿No tenía Chile en sus manos cómo impedir esa supuesta expansión, ya sea limitando la escuadra y el ejército de la Confederación, ya sea por otros medios directos o indirectos? ¿No había en todo caso que esperar la más insignificante tentativa de Santa Cruz a este respecto, antes de comprometer en una guerra la vida de millares de hombres, la suerte de inmensas cantidades de dinero y la tranquilidad de tres países?

Decía el gobierno chileno que Santa Cruz era una amenaza para el continente. El temor no es nunca una causa para la guerra; sino los hechos del contrario (insultos, agravio, violación de un derecho perfecto, falta de satisfacción o reparación). No faltó entonces alguien que recordara a propósito la frase de un autor clásico: “¿Podemos nosotros convertir nuestras propias inquietudes en un título para turbar la paz de que otros gozan?”96 El temor justo que podía Santa Cruz infundir como vecino más poderoso podía dar lugar, a lo sumo, a tratados de alianza de Chile con Argentina, Ecuador y otros países interesados para dejar equilibradas las fuerzas.

3. La invasión del territorio chileno por buques de la escuadra peruana

Ya se ha visto cómo hay razones poderosas que inducen a dudar sobre la participación de Santa Cruz en la expedición Freire. Pero, aparte de esto, Santa Cruz se allanó a dar satisfacciones y seguridades amplísimas inclusive dejando sus barcos en rehenes. “¿Qué más podía hacer gobierno alguno sobre la tierra?”, se pregunta el historiador chileno Vicuña Mackenna. “En un caso análogo ¿habría hecho la mitad siquiera de aquellos sacrificios el gobierno de Chile?” El propio Andrés Bello, consejero de la política chilena, había escrito en sus Principios de Derecho de Gentes esta frase: “Hay casos que una guerra justísima ocasiona peligros y daños de mucha mayor importancia que el objeto que nos proponemos en ella; entonces nos aconseja la prudencia desentendemos del agravio y limitarnos a los medios pacíficos y obtener reparación antes de aventurar los intereses o la salud del Estado en una contienda temeraria”.

4. El vejamen al ministro chileno

No era la prisión del encargado de negocios de Chile por unas cuantas horas motivo suficiente para la guerra. Además, Santa Cruz la había ordenado ante el atentado pirático de la escuadra chilena y estaba llano a dar las explicaciones más amplias.

5. Las dificultades comerciales

Si bien la anulación del tratado de comercio de 1835 y la política comercial de Santa Cruz habían sido actos hostiles del Perú contra Chile ¿no era el Perú completamente libre para reglamentar su comercio? ¿Hasta qué punto estaba obligado a consultar primordialmente el interés de su vecino del sur? ¿No habíase dicho por Orbegoso y luego por Olañeta a nombre de Santa Cruz que podían iniciarse nuevos arreglos? Por lo demás, el propio Portales dijo en su memoria de guerra de 1836 que jamás había entrado en la mente del gobierno de Chile la idea de mezclar la cuestión comercial “con nuestra seguridad interior y exterior amenazadas por la actual administración peruana”.

6. La influencia de los emigrados peruanos

La influencia de los emigrados fue efectiva y decidió al gobierno de Chile no sólo por sus reiteradas súplicas sino porque ofreció las seguridades de uno o muchos levantamientos en el Perú contra Santa Cruz. Pero no es una razón que justifique la guerra.

7. La rivalidad ante el predominio de Santa Cruz

Tampoco la rivalidad ante el predominio de Santa Cruz es una razón ante el derecho ni ante la ética, pero sí lo es ante el mundo de los hechos. Chile era un pueblo puesto “en forma” y con su gran político todavía al frente. Tenía que chocar con la Confederación porque también en ella se trataba de ponerla “en forma” por otro gran político. Si entonces la Argentina hubiera querido vivir no en la anarquía y en la tiranía sino en la prosperidad y la unidad, probablemente Chile y Portales hubieran chocado con ella. Se ha dicho que gobernar es prever. Se ha dicho también que no es asunto de principios sino de tacto. Se ha dicho igualmente que el verdadero hombre de Estado es ante todo un conocedor de hombres, de situaciones, de cosas, con la mano segura para aflojar o ajustar, con un talento contrario al del hombre teórico, lejos de la doctrina, del sentimentalismo. “El que obra no tiene conciencia y sólo el que contempla tiene conciencia”. Y todo ello puede aplicarse a Portales. Con la añadidura de que intuyó la conveniencia vital de Chile. La obsesión del hombre y el destino de un pueblo se juntaron: no se sabe cuál de los dos primó en esta proyección hacia la lucha que nacía de un impulso profundo, impulso racial y añorante hacia la preeminencia y la prepotencia, orientación, dirección, necesidad de acción, de abrirse camino.

Santa Cruz había procedido otrora con la misma inescrupulosidad, con la misma tenacidad, con la misma saña, con el mismo desprecio para la vida de miles de hombres, cuando trató de dividir y destruir para lograr su sino unificador. Ahora, cuando sólo quería trabajar en su obra constructiva, invocó la necesidad de la paz, el derecho, la moral. Pero todos los que evoquen aquella época sin prejuicios tienen que darle aquí la razón. Será siempre una demostración de la ceguera que produce el sentimiento patriótico, el afán de historiadores como Bulnes y Sotomayor Valdés para presentar a su país como un paladín de la libertad y de la independencia de América amenazada, como un guerrero sin tacha que fue infaliblemente justiciero en todos sus actos: Vicuña Mackenna y Lastarria en una hora de menor exaltación nacionalista (cuando aún no había estallado la Guerra del Pacífico) y sin vinculaciones familiares y personales con los actores de la guerra, hablaron, en cambio, con franqueza. Otras etapas de la vida de Santa Cruz sugieren el desdén o la indignación, cuando intrigó y pecó de alevosía y doblez; pero aquí suscita la simpatía. Nunca ha habido en América una guerra menos justificada que la que Chile emprendió entonces. En el caso de la guerra de Brasil, Argentina y Uruguay contra Solano López hubo agravios de éste contra esos países; y con virilidad aceptó temeraria, imprudentemente, las responsabilidades de la lucha; había, además, pleitos de límites, el ideal paraguayo del Estado Mesopotámico de Corrientes y Entre Ríos, la entrega de la navegación fluvial a los brasileros. En la Guerra del Pacífico, la agresividad chilena repitió el caso de 1836; pero Perú y Bolivia habían firmado un tratado secreto de alianza y Bolivia no quiso cumplir su compromiso con Chile en lo referente a la tributación del salitre. Aquí Santa Cruz levantaba las manos casi implorando la paz; y se allanaba a dar garantías y seguridades y no había el motivo omnipotente de la avidez económica.
Pero “la historia es un escándalo permanente”, como decía Renán. Nada ni nadie pudo evitar la guerra. Y eso del fallo de la Posteridad no pasa de ser un tropo. Van a ser ya cien años. El celo patriótico o el interés personal de los historiadores ha justificado lo injustificable, ya que sobre todo estuvo acompañado por el éxito. El tiempo ha sido cómplice de la injusticia. La Divina Providencia que invocaba Santa Cruz en una de sus proclamas como aliada suya, no dio señales de vida en aquella “guerra de escándalo”. Unas cuantas personas de buena voluntad se indignan tan sólo por estos hechos ante la ignorancia y la indiferencia generales.

8. Semejanzas y diferencias entre Portales y Santa Cruz

Después de Gamarra, después de Salaverry, se enfrentaba Portales a Santa Cruz. El presidente de la pequeña Bolivia resultaba suscitando una conflagración sudamericana.

El hombre que dominaba en Chile y el hombre que dominaba en el Perú y Bolivia, tenían algunas semejanzas. Ambos prescindían en sus actos de las teorías y de las doctrinas; ni eran reaccionarios ni eran utopistas. Y desde el poder, cada uno en su situación respectiva, había iniciado una revolución análoga contra la rutina en hacienda, legislación, y administración en general. Después de la lírica revolución ideológica fomentada por los liberales, después de la sangrienta revolución militar consumada por Bolívar, era necesario en estos países la ordenada revolución administrativa, y aquellos que no llegaron a consumarla no quedaron “en forma”. Todo lo anterior a Portales en Chile y a Santa Cruz en Bolivia y Perú había sido bella teoría o desordenado ensayo. Ninguno de estos dos hombres tenía cultura académica; pero ambos tenían un poderoso instinto creador —en una época y en países en que primaban los factores de disociación— y su significado era análogo; y era análoga su laboriosidad y aun su crueldad para llegar a los fines que se proponían.

Pero se diferenciaban también en mucho. Portales —lo ha dicho con acierto Alberto Edwards— estableció el poder fuerte y duradero, superior al prestigio de un caudillo y a la fuerza de una facción y restableció el sentimiento de respeto tradicional a la autoridad en abstracto por el Poder legítimamente establecido, con independencia de quienes lo ejercen. Creó así un gobierno respetable y respetado, inmutable, permanente, que no se basó entonces en Prieto, como más tarde no se basó tampoco en Bulnes ni en Montt, sino en una entidad abstracta llamada “el gobierno”; creó, pues, la religión del gobierno no vinculada a nadie ni a sí mismo, pues ostentó tan sólo el título de ministro.

En Santa Cruz, en cambio, se repetía el caso del caudillo sudamericano. Todo lo subordinaba a su ambición que no sólo era ambición de mando y de poder —subterráneamente satisfecha en el caso de Portales— sino también de ostentación, sin nada más que secuaces a su alrededor. Era el cesarismo democrático con todo su individualismo; pero vinculado en este caso a una finalidad político-geográfica, la unión del Perú y Bolivia, de modo que su misión se hacía más difícil, se triplicaba, agigantándose: conseguir en Bolivia el poder personal y absoluto, expandirse sobre el Perú manteniendo y acrecentando esa omnipotencia, traer un estado de progreso y de paz.

Por lo demás, Portales —jovial, caprichoso, campechano, amigo leal y enemigo descubierto— y Santa Cruz —serio, tranquilo, formulista, desleal, lleno de recodos— se diferencian en su carácter íntimo. Y se diferencian, además y sobre todo, en los resultados de su acción respectiva. El uno consiguió el éxito a pesar de su muerte y el otro encontró la muerte política a pesar de su vida longeva. Portales siguió viviendo por largos años en el espíritu de la política chilena; Santa Cruz, después de ver desplomarse su obra por acción de Portales, vio inerme, solitario, impotente, durante muchos años a Bolivia y al Perú en la anarquía.

9. Posibilidades que la guerra ofrecía a los contendores. Factores favorables a Santa Cruz

Santa Cruz contaba con muchos elementos a su favor. Entre estos elementos cabe mencionar en primer lugar a su ejército. El soldado boliviano había revelado una admirable capacidad bélica en los años 1835 y 1836. No había sido vencido, en realidad, en ningún combate. Estaba orgulloso de sus laureles en Yanacocha, Socabaya, Ananta, Gramadal, etc. Auxiliado por los peruanos podía tener mayores posibilidades en esta guerra. Un grupo de jefes probados en las campañas podía conducirlos a la victoria: Cerdeña, Herrera, Pardo de Zela, O’Connor, Brown, Morán, Otero, tenían un prestigio que databa desde la Emancipación. Por parte del Perú, Nieto era la figura más relevante; Orbegoso y Riva-Agüero podían prestar un aporte de otro orden.

Era fácil relativamente hacer a los invasores la guerra de recursos que los sumiera en innumerables privaciones. Había que suponer también que ante el desembarco de una expedición chilena se exacerbara el sentimiento local de los habitantes, pues el ejército chileno, compuesto por elementos extraños en su inmensa mayoría, fácilmente tenía que tender a hacer exacciones.

Contaba Santa Cruz, aparte de esto, con la simpatía de los extranjeros, generalmente comerciantes. Era de suponer, además, como ya le dijera Orbegoso, que esa enorme masa amorfa que no intervenía en la política pero estaba cansada de tanta turbulencia tendiese a apoyar a un gobierno que había adoptado benéficas medidas administrativas, en tanto que la Restauración se presenaba como un vivero de ambiciones rivales.

También allí podría Santa Cruz tener un apoyo: no era imposible que Gamarra, La Fuente, Vivanco y cualesquier otro ambicioso que surgiese de repente exacerbaran su distanciamiento, perdiendo los emigrados y proscriptos su unidad, cayendo en la anarquía e incurriendo así no sólo en el desprestigio sino también en el debilitamiento. Algo semejante podría ocurrir con la política de Chile. Parecía imposible que la mayoría de la opinión pública chilena prestara su apoyo a una expedición tan costosa, tan aventurada, tan peligrosa para la vida de miles de hombres y del país entero; aun suponiendo que mirara con antipatía a Santa Cruz, de ahí no se deducía su apoyo a tales sacrificios. Ya sea una revolución —como la que realizó efectivamente Vidaurre asesinando a Portales— o un desastre de los invasores en el litoral o en las sierras peruanos, podían dar pábulo a ese descontento.

10. Posibilidades que la guerra ofrecía a los contendores. Factores favorables a Chile

Mirando las cosas desde el ángulo opuesto, los peligros que se cernían sobre Santa Cruz eran formidables. El gobierno chileno sabía que tenía en la Confederación un enemigo y no quería esperar a que las circunstancias lo pusieran en aptitud de demostrar eficientemente consolidado su poder. Y no se trataba ya de una hostilidad precaria sino de una hostilidad definitivamente resuelta; confiaba Santa Cruz en una presión pacifista en Chile pero sin conocer que en los largos años de paz, Portales había puesto “en forma” a su país disciplinándolo y homoge-neizándolo, aparte de que por su propia idiosincrasia el pueblo chileno en caso de un desastre era más propenso a encorajinarse que a pactar. Si a esto se agrega la actitud argentina que por lo menos obligaba a distraer un ejército e implicaba un considerable peso moral y se agrega por último la posibilidad entonces remota pero acaso más tarde realizable, de una intervención ecuatoriana, tenían con qué entusiasmarse los enemigos de Santa Cruz.

La superioridad marítima obtenida por Chile en las primeras incidencias del conflicto implicaba también un factor de primer orden en contra de Santa Cruz. Resultaba así seguro que la guerra se haría en territorio peruano con todas sus consecuencias de posibles sublevaciones, etc. Ningún pueblo de Sudamérica había tenido el sentido del mar como Chile. Alguien ha dicho que su posición y su sicología parecen insulares; y que, hasta geográficamente, semeja un barco atracado al costado de los Andes, una nave-territorio.

La cantidad y la calidad de los emigrados y proscritos era, como ya se ha visto, considerable. Cabía suponer que estos hombres, habituados a la lucha y a la intriga, con muchas vinculaciones en el país, iban a poner continuamente en muy serias dificultades a la paz de la Confederación. A muchos de ellos sólo se les podría tranquilizar con la muerte. Pero siendo ellos temibles había algo más temible aún: la traición desde adentro. Si Chile estaba ya vertebrado como país, los factores de disolución apenas si habían sido acallados en el Perú y en Bolivia. Hasta del amigo más íntimo, del subalterno más inmediato podía venir el “grito”, el “pronunciamiento” y Santa Cruz lo sabía cuando mandó vigilar a Nieto y a Orbegoso; pero a pesar de toda su experiencia no lo sabía suficientemente bien cuando los dejó con mando y poder. Por hábito subversivo, por conveniencia de última hora —esas conveniencias de última hora que enlazan con las nuevas situaciones a quienes usufructuaron ampliamente de las antiguas— cabían las infidencias en los jefes bolivianos; a tales factores sicológicos y de ambiente se unían, en el caso de los jefes peruanos, los sentimientos nacionales y regionales. Santa Cruz tenía sobre sí la acusación de haber victimado a muchos peruanos y de haber humillado, sojuzgado y parcelado el Perú; su ejército numeroso, boliviano en gran parte, descontentaba a los pueblos, sobre todo en el norte; su ensayo de gobierno tenía que haberle producido ya resentimientos y dificultades de los amigos pospuestos, de los aspirantes insaciados. Había en aquella época un difuso conjunto de elementos que dificultaban la marcha pacífica de los gobiernos y que favorecían a las revoluciones. Cabe llegar hasta a una fórmula. A consecuencia del fortalecimiento del Estado (caminos, medios de locomoción y de intercambio, armamento caro y eficaz, organización policial, represiva y preventiva, esta última sobre todo, etc.) hay ahora una gran superioridad del Estado sobre los que combaten contra él y, por eso, es difícil llegar al poder pero fácil mantenerse en él; entonces los elementos del gobierno y de sus enemigos no se diferenciaban tanto y era más fácil llegar al poder que conservarlo.



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96    M. de Real, La Science du Gonvernement, Chap. II, Seit. I, VI, cit. Irrisari, Defensa de los tratados de paz de Paucarpata, 1838. Imp. del Colegio de Artes, La Paz.



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