CAPÍTULO VI

DE LA CONFEDERACIÓN A LA RESTAURACIÓN



1. Orbegoso y Santa Cruz en los primeros meses de 1836

Producida la eliminación de Salaverry, parecieron abrirse durante los meses de marzo a mayo de 1836 buenas perspectivas para Orbegoso, Santa Cruz y la proyectada Confederación. Si el Congreso de Sicuani adoptó todos los acuerdos que le fueron dictados, en lo que al Sud-Perú respecta, de otro lado fueron preparadas y hechas con toda tranquilidad las elecciones para la Asamblea de Huaura que debía reunir a los representantes del Norte del Perú. Mientras Santa Cruz demoraba su llegada a Lima, Orbegoso dirigía los negocios públicos transformado. Trabajaba intensamente, él que diera lugar antes a cuchufletas por su abulia y su decoratismo. Ni abrazar a su familia, radicada en la hacienda de Chuquisongo, pudo el pobre a pesar de que la guerra civil había concluido. El nombramiento que hizo de García del Río como Ministro de Hacienda señaló el comienzo de una labor de reorganización. A poco, los cobros de la aduana fueron regularizados, los empleados innecesarios empezaron a ser suprimidos; y con éstas y otras medidas las rentas públicas quedaron al día.

Orbegoso tuvo otra transformación más. Volvióse enérgico y arbitrario, y resuelto a seguir una política tan contraria a su carácter, hasta que la Confederación se estabilizase. “El Estado sin mezcla de pronun-ciadores”, era su lema, y para lograrlo deportó en la “Libertad” con rumbo a Costa Rica a 150 personas entre prisioneros de Socabaya y alborotadores del Norte. Una Junta Censoria de la Imprenta se ocupaba activamente de impedir que se publicasen escritos que contribuyeran directa o indirectamente a una alteración pública. Ni el Consejo de Estado con el que Orbegoso había gobernado en 1834 fue convocado; y medidas eficaces se adoptaron para el caso de que algunos de sus miembros intentaran reunirse. Así mismo, quedó evitado todo lo relacionado con elección o reunión de Municipalidades para no reanimar las cenizas de las pasadas agitaciones. Mariátegui, León y Villa no obstante haber sido leales amigos de Orbegoso otrora, fueron desterrados por sabérseles hostiles al nuevo orden de cosas. La Corte Suprema que albergaba algunos gérmenes de descontento y manifestó hostilidad a un decreto sobre falta de derechos de los empleados nombrados por Salaverry, fue disuelta; aunque luego fue nombrado el mismo personal si bien creándose una sala más. Sobre los jefes y oficiales se mantenía una cuidadosa vigilancia. “Estoy resuelto a fusilar hasta mis hijos si se opusieran a la felicidad de la Patria, si alimentasen la traición”, escribía Orbegoso a Santa Cruz.

En aquellos meses ilusos, la preocupación más grande que atribuló al desventurado Orbegoso fue la actitud de Santa Cruz. Obsesionado estaba con los chismes y enredos que a éste inocularían algunos malos amigos y con los alardes que ellos hacían de desprecio contra él, contra Orbegoso. Rivadeneira y Baso, sobre todo, le molestaban y llegó a ocurrir que Baso dio garantías a nombre de Santa Cruz a un grupo de salaverrinos entre los que estaba el comandante Negrón, no obstante las expresas órdenes de Orbegoso para que fuera llevado preso a un pontón. Había en todo esto algo más: la sospecha de que Santa Cruz desconfiaba de él, de que había espías y vigilantes acechando sus actitudes y aun sus pensamientos; se alarmaba cuando pasaban algunos días sin recibir noticias. Y carta tras carta, Orbegoso, repetía las explicaciones, las protestas de buena fe. ¿Por qué desconfiar? “Nos unen, le repetía, los mismos intereses”. Y le pintaba el gran sueño que alegraba ahora sus días agitados: cooperar a que la Confederación se consolidase y luego, después de recoger la cosecha de todos sus esfuerzos, encerrarse en el retiro de la vida privada, contento y orgulloso de dejar como herencia a sus hijos —a sus hijos que tanto amaba— una patria feliz y un nombre glorioso.2

Insistía también Orbegoso en que nadie mandaba ahora en él, expresando acaso una verdad en lo que a Lima o al norte se refería; pero, en realidad quien lo mandaba era Santa Cruz. Aquello que Orbegoso llamaba “estar de acuerdo” no era sino seguir las inspiraciones del flamante Pacificador del Perú a pesar de que estaba de viaje, lejos, y aún no había asumido oficialmente el mando. Todo el esfuerzo de reorganización administrativa se hacía bajo su contagio. Para la provisión de puestos —por lo menos, los más importantes— se requería su aprobación. Un pacto habíase acordado de antemano en el sentido de que ningún ascenso militar se haría sin su permiso. Subyugación buscada. Pocas veces ha querido ningún hombre marchar tan absolutamente de acuerdo con otro como Orbegoso con Santa Cruz en aquellos primeros meses de 1836.

Las desconfianzas y los recelos podían, con todo, disiparse. En tanto en el país había una gran apatía. Las elecciones para los congresales de Huaura la evidenciaron permitiendo sin obstáculo el triunfo de las listas elaboradas por Orbegoso y personalmente enviadas por él a cada circunscripción. Esto era para él un buen síntoma: el país estaba deseoso de tranquilidad y ese factor difuso podía servir en contra de cualquier tentativa de trastorno. Afuera estaban los emigrados. En el Ecuador y en Chile conspiraban. Pero Orbegoso se sentía fuerte. Creía que ni el mismo Salaverry si resucitara, lo podría derrocar esta vez.3

2. Los proscriptos

Así como se habla de una generación de proscriptos en la historia argentina, durante los días de la Santa Federación, de los mueras a los “salvajes, inmundos, asquerosos unitarios”, de la “mazorca” tremenda, cabe hablar de una generación de proscriptos peruanos durante los días de la Confederación Perú-Boliviana, por ellos llamada “conquista, subyugación y disolución del Perú”.

Agitábanse dentro de las privaciones y la miseria y las intrigas y los planes y las esperanzas, no sólo ex presidentes como Gamarra y La Fuente, militares prestigiosos como Castilla, Vivanco, Bujanda, Torrico, marinos como Postigo, Boterín, Salcedo; y también civiles, que habían sido ex ministros y consejeros políticos de los caudillos caídos, literatos, abogados como Pardo y Aliaga, Martínez, Ferreyros, Rodulfo, Lasarte, Meza y aún hasta mujeres como la joven y bella esposa de Salaverry que publicó entonces las patéticas cartas de despedida de su esposo.

Los proscriptos peruanos fueron agrupándose en dos centros y a ellos se trasladaron los que estaban en otros lugares: Ecuador y Chile. Ecuador vino a ser el lugar de refugio de Gamarra, Salas, Bujanda, Alcalá, Layseca, Iguaín y Rodulfo. Chile fue el centro más nutrido. Allí estaban La Fuente, Castilla, Vivanco, Torrico, Balta, Ugarteche, Frisancho, Escudero, Pardo, Martínez, Salcedo, Arrisueño, Lasarte, La Puerta, Soffia, Lopera, Andrés Garrido, Espinoza, Mayo, Deustua, Beltrán, Juan Antonio Ugarteche y muchos otros.

Los ojos de los proscriptos peruanos que estaban en Valparaíso casi todos —pues en Santiago moraban Pardo, Vivanco y unos pocos que hacían vida cortesana —cuando se posaban en el mar cercano, acaso no se fijaban en el número de veleros que entraban y salían cada día y en el número de los mástiles que interceptaban la lontananza. Valparaíso tenía entonces 30,000 habitantes, cinco veces más que antes. Los ojos de los proscriptos peruanos no veían la relación que existía entre el auge de Valparaíso, la decadencia del Callao y Santa Cruz.


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    Ya desde 1835 habían habido quejas de Orbegoso porque no se le trataba con consideración. Las cartas de Santa Cruz son muy interesantes. Aconseja, instruye, ordena a su aliado. Hace lo posible por guardar las fórmulas, pero tiene tono de superior. ¿Vanidad, egoísmo, don de mando? También visión de estadista. Cuando se publiquen estas cartas se verá su conocimiento de los hombres, su sentido estratégico, su afán de economías, su tino político.

3     Cartas de Orbegoso a Santa Cruz. Archivo Paz Soldán. Tomo x. Ver, sobre todo, las de 21 y 27 de marzo, 11 y 27 de abril, 4 de mayo y 11 de junio de 1836 en la Biblioteca Nacional de Perú [BNP]. Véase, más adelante cuán distinto al estado de ánimo que tenía Orbegoso en 1836, fue el de 1837 y 1838.

 


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