| LA SUCESIÓN DE GAMARRA
32. Fracaso del Congreso
extraordinario. La junta preparatoria de la Convención y sus relaciones con el
gobierno
Para el Congreso extraordinario no llegó a reunirse el número de senadores y diputados
necesario. Con fecha 1° de agosto, Camporedondo, encargado del mando, dispuso que siendo
ya inverificable la reunión se formara las liquidaciones de los haberes de los diputados
y senadores que habían venido a Lima.183
En cambio desde principios del mes de julio trataron de reunirse en juntas preparatorias
algunos diputados de la Convención Nacional con el objeto de apurar la instalación
para sólo excitar a los ausentes su más pronta concurrencia. Los diputados
con empleos públicos pidieron, conforme a la Constitución, su reemplazo para estar en la
plenitud de sus funciones; y así se hizo. Se trataba de una maniobra de la oposición
liberal para dificultar cualquier plan legicida que pudiera tener el gobierno.
La Convención, ante muchos ojos ilusos, debía traer la solución de los problemas y
dificultades políticas e institucionales del país. La actitud del gobierno era, en
cambio, ante ella una actitud de vigilancia y de recelo. El 6 de julio los diputados a la
Convención se declararon en juntas preparatorias y eligieron presidente y secretario:
presidente a Vigil y secretario a Gómez Sánchez. Esto implicaba la creación de un
organismo de oposición. El ministro de gobierno Manuel del Río, a quien le fueron
comunicados los nombramientos, dijo que legalmente los diputados no estaban facultados
para elegir la mesa permanente ni compeler a los ausentes pues el artículo pertinente de
la Constitución se refería al Poder Legislativo compuesto por dos Cámaras; que faltaba
un mes para que trascurriera el plazo señalado por la Constitución para la reunión de
la Convención; que se había violentado la práctica de los anteriores Congresos
Constituyentes y las leyes fijadas para las elecciones populares. La nota fue enviada al
ex secretario de la mesa provisoria que la devolvió por haber cesado en sus funciones; el
gobierno la mandó al Consejo de Estado. En El Telégrafo, El Conciliador y La Verdad se
abrió polémica sobre estos hechos.184
A principios del año, ante la inminente instalación de la Convención Nacional, la
comisión de policía de la Cámara de Diputados había mandado hacer presupuestos para
las refacciones en el local de la Convención Nacional y la compra de útiles de
Secretaría (Nota de 20 de mayo al ministro de Hacienda). El ministro contestó que el
estado del erario no permitía un gasto tan crecido que no era, además, ni urgente ni
necesario aceptando sólo las mejoras y compras indispensables (4 de junio). El 12 de
julio la junta preparatoria dispuso que se pasase al Ejecutivo la nota correspondiente
sobre el mismo asunto. El ministro de Hacienda transcribió su nota anterior añadiendo
que hasta la fecha no se habían recibido los nuevos presupuestos. La junta acordó
replicar que no había más presupuestos que los primitivos, que el tiempo era escaso, que
el gobierno hiciera lo que pudiese (24 de julio). Pero la desatendencia subsistió
virtualmente.
La junta preparatoria, haciendo la calificación de las elecciones, declaró nulas las de
Huarochirí cuyo colegio electoral, sea dicho de paso, había estado entre los que
saludaron efusivamente a Gamarra al reunirse; y ofició al Ejecutivo para que diera lugar
a la formación de causa al subprefecto que había abierto ilegalmente pliegos cerrados y
lacrados de los colegios electorales parroquiales antes de pasarlos al colegio electoral
de provincia. No solamente había hecho eso sino también decretado: Matucana no ha
debido dar sino seis electores y ha elegido ocho; quedan excluidos dos (fdo)
Avilés. Chorrillos ha elegido a N. y a H.: estos no pueden ser electores por
orden superior (fdo) Avilés. El ministro de gobierno contestó que creía ajeno a
las facultades de la junta determinar la formación de causa al subprefecto; que si la
Convención no participaba del Poder Legislativo concedido a las Cámaras ni de las
funciones de los demás poderes, menos podían ejercerlas las juntas preparatorias
departamento de Amazonas, había sido aspirante a clérigo, desechado, a última hora, por
un escrúpulo del obispo de Maynas ante la circunstancia de que había sido guarda en la
línea del Marañón para vigilar los contrabandos de tabaco. Había tenido durante la
administración colonial un empleo en el Tribunal Mayor de Cuentas siendo diputado
después de la abolición de la Constitución Vitalicia. Activo, decidido, servicial se
hizo pronto de amigos en la política, habiendo contado siempre con especiales
vinculaciones con el elemento clerical a causa de su primitiva vocación. Fue diputado o
senador en todos los congresos siguientes aprovechando la circunstancia de que sus
paisanos en aquella su provincia distante no aspiraban a los cargos políticos. De la
Comisión Permanente fue miembro cuando se recesó la Constitución de 1828. Y fue
después dos veces consejero de Estado y luego vicepresidente del Senado en cuyo carácter
por la ausencia del presidente señor Tellería llegó a reemplazar interinamente en el
poder ejecutivo a Gamarra.
Camporedondo primero había sido riva-agüerino por sus vinculaciones con Tramarría y
liberal resuelto y tenaz. Luego su positivismo, presintiendo que la situación política
creada desde 1829 no era fácilmente conmovible, lo impulsó a acercarse al poder. Durante
su actuación parlamentaria logró la erección de la provincia de Chachapoyas como
departamento, pasando de Maynas a Chachapoyas la sede episcopal, el pago en tabaco de las
contribuciones de su provincia y de Jaén; promovió también el reconocimiento de la
deuda española. Fue por su intermedio que logró desde 1831 acercarse al gobierno el
general Bermúdez, amigo suyo y deudo de su esposa. Camporedondo logró su ascenso y su
nombramiento de ministro. Ante las encrucijadas políticas por las que incesantemente hubo
de avanzar el gobierno de Gamarra en sus postrimerías, Camporedondo fue siempre su
acompañante, a veces su guía leal y decidido. Tenía fe, como tantos otros políticos de
entonces, en el prestigio de Gamarra para la conjuración de obstáculos y dificultades;
así como igualmente el espanto a la anarquía que podía sobrevenir en su ausencia y
cierto desdén hacia las auras populares que todavía en aquel entonces no habían podido
levantar y sostener por sí solas a sus favoritos y predilectos. Servicial con sus amigos,
sin embargo, a causa quizá de su nacimiento, carecía de modales urbanos, del don de
tratar y manejar a la gente. También se hizo odioso por su empeño para que, no obstante
estar en el mando supremo, la Convención aprobara su elección como diputado; y por
ciertas medidas administrativas, sobre todo hacendarias.
El gobierno comenzó a hostilizar a la Convención como había hostilizado a las Juntas
Preparatorias. En primer lugar, no hizo imprimir ni circular el manifiesto que anunciaba
su instalación al pueblo peruano.
Los presidiarios de San Lorenzo se sublevaron y fugaron. El Ejecutivo entre otras
providencias ante estos hechos dispuso que el diputado coronel Gregorio Guillén tomara el
mando de las fuerzas destacadas en pos de ellos sin pedir permiso a la Convención, sin
enviarle siquiera una nota de aviso. Cuando Guillén se incorporó alegando el apuro de la
situación, el servicio que con su misión había hecho a la Convención, el presidente de
ésta le repuso que era la primera noticia que tenía al respecto.
Poco después el gobierno solicitó permiso para utilizar los servicios del diputado
general Vidal con motivo de los sucesos ocurridos en el norte, aunque sin advertir que lo
había nombrado prefecto y comandante general de la Libertad. Este nombramiento no era
legal porque Vidal no estaba en la terna que para la elección de nuevo Prefecto tenía
hecha la Junta Departamental (6 de noviembre).
El 18 de septiembre acordó la Convención pedir que se diera un salvoconducto a Tellería
y Riva-Agüero, elegidos diputados a la Convención. El 19 aceptó el Ejecutivo a pesar de
los temores que en relación con intentos de trastornos del orden público suscitaba el
segundo. Pero a poco fue suspendida esa orden, pues se sofocó en Piura un complot con la
esperanza de la venida de Riva-Agüero; coincidiendo eso con las sediciones de Huamanga,
Amazonas, San Lorenzo tendientes a la proclamación de Riva-Agüero como caudillo.
Además, había noticias de sus instrucciones desde Guayaquil para levantar partidas de
montoneros.185 La esposa de Riva-Agüero se presentó ante la Convención y afirmó que
éstas eran acusaciones sin pruebas. La representación pasó a comisión, la que opinó
que el Ejecutivo manifestase lo que hubiera sobre el particular. La respuesta no vino sino
cuando cambió el gobierno.
El regreso de Tellería implicaba, legalmente, la caducidad del mandato de Camporedondo al
frente del Poder Ejecutivo en ausencia de Gamarra. Coincidió con la eventualidad de su
regreso la cuarentena que se decretó para los buques que vinieran del Ecuador y Nueva
Granada alegándose la epidemia del cólera morbus (22 de octubre). Tellería hubo de
permanecer por esa circunstancia a bordo durante 12 días en el Callao. Desembarcó por
fin el 19 de noviembre, pero esa misma noche entró a Lima Gamarra reencargándose luego
del mando. Cuando poco después se anunció que Gamarra iba a ir al norte a doblegar la
rebelión de Salaverry, el ministro de Guerra Bermúdez dijo a Tellería que debía irse
con el Presidente o expatriarse a Guayaquil para evitar así, con tan contundente actitud,
la posibilidad de que Tellería se encargara del poder.186
Antes de retirarse Camporedondo había tenido todavía nuevos agravios con la Convención.
El ministro de gobierno Río ofició a este cuerpo comunicándole que se había
descubierto una nueva conspiración esta vez en el Callao a favor de Riva-Agüero, de la
que eran cabecillas dos diputados solicitando por eso que se les desaforara por no haber
Cámara acusadora ni Senado juzgador (15 de noviembre). Parece que esta conspiración era
efectiva.187 La Convención respondió que se había declarado en sesión
permanente y que esperaba al ministro junto con todo lo actuado a fin de tomar la
providencia más conveniente (16 de noviembre). El ministro repuso que tal resolución
atacaba al secreto indispensable en las investigaciones y a la independencia del Poder
Judicial (16 de noviembre). La Convención insistió en que el ministro fuera a dar cuenta
de todo lo actuado (22 de noviembre). Al mismo tiempo aprobó una moción que nombraba una
comisión para expresar al presidente de la República recién llegado del centro el deseo
de que reasumiera el mando por la necesidad que hay de que se restablezca la
armonía entre la Convención y el Ejecutivo en la crisis a que nos acercamos; y porque
regresando a la capital el presidente no puede continuar en el mando el actual encargado a
quien desconoce la ley. Gamarra recibió a esta comisión con deferencia,
atenciones y agradecimiento. En la sesión del 23 dio cuenta la comisión de que
después de una prolongada conferencia con el Presidente que quería marchar a pacificar
Amazonas, éste había aceptado reencargarse del mando; e inmediatamente el diputado
Ramírez de Arellano presentó una moción tendiente a impedir que Camporedondo fuera
admitido en la Convención como diputado antes de ser absuelto del juicio de residencia
debiendo la Convención resolver sobre los crímenes cometidos contra ella después de
aquel juicio; proposición que no fue aceptada indicándose a su autor que formalizara y
fundara su acusación para lo cual la Convención se convertiría en gran jurado (5 de
diciembre). Aunque esta acusación no se llegó a formalizar, Camporedondo no entró en la
Convención y su curul fue declarada vacante.
Según los enemigos de Camporedondo, éste en el breve periodo de su mando había dado
leyes, despojado empleados al hacer una reducción de servicios, creado plazas
burocráticas, negociado con los zurrones de tabaco, invertido los bienes destinados al
pago de la deuda interna y externa en objetos distintos. Los periódicos de oposición lo
bautizaron de nuevo cambiando su nombre que era Braulio por el de Barullo.
Según él, Ramírez de Arellano le manifestaba odiosidad porque siendo fiscal en la corte
de Cuzco no lo hicieron vocal ni consejero de Estado.188
Camporedondo fue brusco con la Convención y, teniendo a su lado a un hombre exagerado e
inflexible como Bermúdez, sus relaciones se hicieron más tensas. Hizo falta la prudencia
no exenta de recelos que Gamarra ponía en sus actos por lo general. La Convención,
revelando su respeto a Gamarra en contraste con las violencias que desencadenaba
Camporedondo, comenzó por ser cordial con él al invitarlo a asumir el mando; y luego le
pidió clemencia para con los rebeldes del norte a lo que Gamarra accedió.
35. El proyecto de Constitución. Reaparición del santacrucismo
La Convención había comenzado por nombrar una comisión para que presentara el proyecto
de nueva Constitución, integrándola con un individuo por cada departamento. Las
discusiones de esta comisión resultaron interminables. En tanto la Convención no quería
dar pretextos al gobierno cuyo vocero La Verdad llegó a decir que aquella no era un
cuerpo legislativo, ni un congreso, no vota contribuciones, no sanciona leyes, en
fin no es más que una academia científica erigida para discutir las enmiendas de que
pueda ser susceptible el pacto fundamental del Perú; apenas se reunía para aprobar
el presupuesto y para la renovación de la mesa. En los primeros días de octubre llegó a
Lima Luna Pizarro; y esta llegada significó para los liberales jefe, unidad y
consistencia.189
Dándose cuenta de que la demora podía implicar el desprestigio de la Convención, Luna
Pizarro acordó con Távara que éste fuera a la presidencia en la siguiente renovación
de la mesa, que era la del 12 de noviembre, nombrando secretarios a dos miembros de la
comisión para que fueran elegidos en ella en su reemplazo Luna y un amigo suyo. Luna se
presentó ante la comisión al día siguiente; peroró sobre la necesidad de estar
expeditos antes de la crisis que iba a venir y presentó un proyecto que previamente
había sido planeado en una reunión particular con Vigil, Villa, Zavala y Távara.
Aceptado, adicionado, corregido en pocos días fue presentado a la asamblea y comenzó a
ser discutido el 9 de diciembre. Al llegar al artículo segundo, se notó que había sido
suprimido un inciso consignado en la Constitución de 1828 prohibiendo el pacto de unión
o federación que se opusiera a la independencia de la nación. Luna, que ya entonces era
Presidente, bajó a la tribuna para probar el derecho de la nación para
constituirse de la manera que quisiera y le conviniera sin más condición que la de
consultar por medios genuinos su verdadera voluntad; y sólo la prudencia en
relación con las circunstancias le impidió hacer el elogio de la federación.
La Convención de 1833 marca, pues, el primer síntoma de la reaparición visible del
partido de Santa Cruz en el Perú.
Antes de salir de Arequipa para venir a las sesiones de la Convención, Luna Pizarro ya
había manifestado privadamente a Nieto y a Valdivia las conveniencias de la federación
entre el Perú y Bolivia.190 Una vez llegado a Lima tuvo oportunidad de reunir
a sus compañeros de asamblea que pertenecían a su grupo en una casa de la calle de San
Pedro para exponerles este plan. Bolivia debía unirse al Perú cediendo el departamento
de La Paz para formar el Estado del centro; Tacna debía ser la capital de la
Confederación. Ya había tenido él tal proyecto en la época de Bolívar; éste lo
había querido realizar a su modo y al oponerse Luna había sido expatriado. Ahora Santa
Cruz debía ser el jefe. Cuando se le recordó que años atrás Santa Cruz había ordenado
fusilarlo, repuso que estaba corregido y que en la federación tiene menos fuerza el Poder
Ejecutivo. No a todos sus amigos reveló Luna todo esto; a algunos sólo les dijo que
tenía un plan para la felicidad del Perú, entre ellos a uno muy fiel llamado por eso
el lego del profeta que sin saber nada más se puso a vocear que se acercaba
la edad de oro del Perú. Pero, en general, los presentes en la reunión de la calle de
San Pedro no recibieron con entusiasmo la idea, aunque fueron fieles al secreto que se les
exigió.
Al discutirse algunos de los artículos de la Constitución, los liberales vieron un plan
de cisión en la fervorosa intervención que tuvieron los gobiernistas para que se anulara
la distinción entre el Senado y Diputados calificada de antidemocrática; si eran
rechazados estos artículos se suponía que quedaba rechazado todo el proyecto y para la
presentación de otro nuevo se presentaba el obstáculo del tiempo. Apelaron, entonces,
los liberales al expediente de hacer retirar de la sesión con especiosos pretextos a tres
gobiernistas moderados para poner en votación dicho artículo y aprobarlo por ínfima
minoría.
36. La Convención ante el problema de la sucesión presidencial
En plena discusión de la Constitución, la Convención, firmemente constituida como
cuerpo deliberante, vio venir pues la fecha decisiva.
Gamarra debía concluir su mandato presidencial el 20 de diciembre de 1833. Oportunamente
convocó a los colegios electorales y al Congreso extraordinario que debía revisar la
votación y proclamar al candidato electo. Pero las elecciones se realizaron en algunas
provincias y cejaron de realizarse en otras; en las provincias que eligieron, la votación
se dispersó. En el interior del sur, con la fuerza, triunfó Bermúdez candidato de
Gamarra; en la costa sur Nieto y Orbegoso; en el norte Riva-Agüero y Orbegoso. El
Congreso extraordinario, como se ha visto, tampoco llegó a reunirse. A los convencionales
amigos suyos, Távara había propuesto en vano que se aplazara la discusión de la
Constitución, se abrieran las actas de los colegios y se proclamara al electo,
recesándose enseguida la Convención. Entre tanto pasaban los días y las semanas. Cuatro
días antes del día en que debía Gamarra dejar el poder, el convencional Alipazaga
presentó un proyecto para que la Convención reunida en sesión permanente procediera a
discutir la primera disposición transitoria incluida en el proyecto de nueva
Constitución presentado por la comisión respectiva, disposición que decía: la
Convención elegirá un presidente de la República provisoria. Este proyecto pasó
a dictamen de los diputados Guillén, Bujanda, Benavides, Flores P. J. y Minauro. Acababa
de realizarse, en sesión del 12, una nueva elección para Presidente y preparándose para
las jornadas que iban a venir fue entregado aquel honor con filial sumisión a Luna
Pizarro. Luna Pizarro comenzó a dirigir con mano diestra las jugadas de la Convención;
y, al nombrar la comisión que debía examinar esta propuesta, escogió a notorios amigos
del Gobierno para sondear así el punto de vista oficial. La comisión presentó su
dictamen en la sesión siguiente en el sentido de que podía proceder la Convención a
discutir la moción planteada. Al ponerse en debate la moción, Laso, Flores y otros
opinaron favorablemente; y Luna Pizarro, Rodríguez Piedra, Jaramillo y otros opinaron en
contra. Por 52 votos contra 26 vino el rechazo. La política de Luna Pizarro era en esta
ocasión, la política de esperar. Del gobierno debía partir alguna iniciativa para
resolver el conflicto que se avecinaba: si lo hacía en el sentido de que la Convención
debía elegir, daba pública, espontánea y solemne muestra de respeto a la Convención y
quedaba legalmente maniatado para sobreponerse a su voto. Si no lo hacía, entraba por los
caminos tortuosos del legicidio y de la inconstitucionalidad.
37. La Convención y la sucesión presidencial. Las notas de Gamarra
Al día siguiente, el 18 de diciembre, dos días antes de la terminación de su mandato,
Gamarra envió un oficio a la Convención. Comenzaba este oficio repitiendo que el
ejercicio del mando de la República sólo le había rodeado de amarguras y conflictos
insufribles y que en vano había dimitido ante la legislatura del año anterior.
Enumeraba, enseguida, sus esfuerzos para la convocatoria de los colegios electorales y
para la reunión del Congreso extraordinario así como los peligros que había corrido
personalmente aguardando ponerles término el día que cerrase el periodo
constitucional de mi administración. Ese día está muy próximo y no encuentro designado
en la Constitución al ciudadano a quien deba entregarle el mando por vacante de la
presidencia de la República. Concluía diciendo que la necesidad podría justificar
su continuación en ella, inclusive porque nadie ha obtenido después terminantemente los
sufragios populares; pero, como el mando es un tormento para él, era su propósito
irrevocable no prolongarlo un día más del 19.
Esa nota pasó en la sesión matutina del 18 a una comisión especial que se dividió en
su dictamen. La mayoría compuesta por los diputados Freyre, León y Vigil, liberales,
opinó que la Constitución fijaba en el presidente del Senado la persona que debía
reemplazar el Presidente y al Vice provisoriamente; que no podía haber justificación en
la continuación del Presidente en el mando habiendo expirado el periodo constitucional y
que si insistía en sus dudas expusiera francamente si creía que en las facultades de la
Convención estaba nombrarle sucesor.
El presidente del Senado era Tellería a quien Gamarra tenía una manifiesta aversión
desde que lo descubrió conspirando.
La minoría de la comisión compuesta por los diputados gobiernistas Mendoza y Espinoza
disintió únicamente de la primera parte de este dictamen opinando que podían suscitarse
dudas sobre el derecho del presidente del Senado y que debía precederse al escrutinio de
las actas de elecciones. La Convención volvió a reunirse a las tres de la tarde para
conocer este dictamen. La parte sobre la injustificación de la prórroga en el mandato
presidencial fue aprobada por unanimidad; pero en el resto hubo discrepancias. Vino el
rechazo parcial. Luna Pizarro opinaba que era peligrosa la tesis a favor del presidente
del Senado porque no debía ofenderse a Gamarra con un acuerdo vejatorio, porque no debía
irse a una solución discutible y porque el propio Tellería se negaba a aceptar. Para que
no viniera el rechazo, el desconocimiento de los derechos de Tellería por la Convención
y con ello un arma para que Gamarra se quedase invocando el derecho de necesidad, la
Convención suspendió su sesión, volvió a abrirla a las 7 de la noche y Vigil retiró
el dictamen. En consecuencia, Luna ofició a Gamarra en el sentido de que quedaba la
Convención enterada de su nota y que no hallaba razón que justificase su continuación
en el mando supremo después de expirado su periodo constitucional (18 de diciembre).
Cuéntase que al recibir esta nota dijo Gamarra refiriéndose a Luna: Este clérigo
quiere más humillaciones y vejámenes.
Gamarra respondió al día siguiente: Él no había consultado si el tiempo de su
mando era prorrogable por la necesidad. Lo resuelto por la Convención era lo mismo que
él había expresado y a lo que estaba determinado. Su sincero amor a la paz y la unión,
su resolución de sacrificar hasta su existencia por conservarlas, lo obligaban a reiterar
su indicación en el sentido de que mañana dejo de mandar y si hoy mismo no elige
la Convención al jefe que deba sucederme, la República podría envolverse
desgraciadamente en la dislocación y en la licencia. En el texto de la nota hallaba
ocasión para injertar otra alusión al absoluto silencio que guarda la
Constitución acerca de la persona que debe encargarse interinamente del mando cuando el
presidente de la República concluye su periodo.
Al continuar la sesión del mismo día 19 a la 1 y ½ de la tarde hizo don Manuel
Tellería, presidente del Senado, por escrito una indicación urgente. En
vista de haberse declarado dudoso y cuestionable el derecho que podía tener, su
exaltación podría ser perjudicial al país. Si el Senado estuviera reunido,
renunciaría. Como no lo está declara que en ningún evento admitirá el mando supremo de
la República. En virtud de estos documentos y de las circunstancias, la comisión que
nombró la Convención para examinar la nota de Gamarra pidió al reabrirse la sesión a
las 2 ½ el nombramiento de un presidente por la Convención con el carácter de
provisional mientras se elija el propietario por los pueblos en la forma que disponga la
Constitución que se ha de dar. Este dictamen apoyado por los diputados Vigil, León
y Tellería fue impugnado por los diputados Zavala y Saravia y aprobado por 74 votos
contra 7 salvando los suyos 3 señores. Gómez Sánchez presentó algunas adiciones que
fueron aprobadas en la sesión siguiente por unanimidad: el presidente provisorio debía
desempeñar el poder ejecutivo hasta que fuera elegido el propietario con arreglo a la
reforma constitucional; y para ejercer el cargo debía prestar el juramento respectivo
ante la Convención.
38. La elección de presidente provisorio. Triunfo de Orbegoso
Gamarra y sus áulicos, contando con sus amigos y con los eternos e innumerables recursos
para corromper y para intimidar que tiene el poder, estaban seguros de que la elección
iba a favorecer a su candidato el general Bermúdez. Los liberales, en tanto, se habían
reunido las dos noches anteriores a la elección en casa de Luna Pizarro. En los primeros
meses de las sesiones habían estado divididos los diputados liberales entre los generales
Orbegoso que contaba con los del centro y del norte y Nieto que contaba con los del sur.
Orbegoso había sido elegido diputado, pero no había concurrido por temores en relación
con su seguridad personal; sin embargo, su amigo de confianza, el Dr. José Villa, lo
convenció de que viniera a Lima donde, en medio de la opinión pública, su seguridad
estaba más defendida que en una provincia distante. Además, debía estar alejado del
norte, donde Salaverry había iniciado la guerra civil. Orbegoso llegó a Lima seis u ocho
días antes de la elección obteniendo así ventaja sobre Nieto que estaba en Arequipa.
Unidos ya los liberales, eliminada la candidatura de Nieto, contaron más o menos 50
votos, pero sabiendo que a estas reuniones habían ido muchos como observadores de parte
del gobierno entre ellos uno que por su edad llamaba hijo a Bermúdez y le decía
estoy con esos demagogos porque están de moda pero en lo esencial un cuerno para
ellos: mi voto es para ti. Pero a éste que era vividor y que quería estar en el
partido que tuviera poder lo engañaron haciéndole creer que tenían 56 votos y que Luna
iba a saber la procedencia de cada uno de ellos.
Se procedió, pues, a la elección conforme a los artículos del reglamento de las
cámaras, contándose a los diputados presentes que resultaron ser 84 los que sufragaron
llamados sucesivamente según la lista.
Concluida la votación se numeraron los votos y se comprobó que correspondían al número
de sufragantes. Practicado el escrutinio resultaron 47 sufragios por el general Luis José
Orbegoso, 36 por el general Pedro Bermúdez y uno por el general Domingo Nieto. Uno de los
votos de Bermúdez tenía el título el ministro de guerra. Comisiones fueron
nombradas para comunicar este resultado al Presidente electo y al cesante señalándose el
día siguiente, 31 de diciembre, para el juramento.191
Había triunfado, pues, la táctica de Luna Pizarro. La derrota de Bermúdez era
explicable, Bermúdez tenía como primer factor de impopularidad el hecho de que después
de haber sido ministro de La Mar y de haberle acompañado en el destierro regresara a
incorporarse en las filas de Gamarra. Sus amigos, además, no tenían un jefe hábil en el
seno de la Convención. Don Juan B. Mejía, diputado por Huaylas, que era el principal,
aunque enérgico e inteligente, carecía del relieve del saber y de la posición social.
Otros de sus amigos no dejaban de reflexionar que las características de aquel momento
hacían preferible entregar el poder a quien no significara la perpetuación del combatido
régimen de gobierno establecido por Gamarra. La ausencia en que estuvo en los primeros
meses de la Convención Gamarra cuya discreción y destreza hubiera, según Távara,
modificado quizá el resultado de la votación, le fue perjudicial pues Camporedondo se
enredó en ingrata polémica y Bermúdez resultó firmando, cuando el gobierno pretendió
el desafuero de los diputados, notas que disgustaron y vejaron a la Convención.
Exasperado por la plétora de bandoleros a las puertas de Lima y por la reincidencia
conspiradora, Bermúdez el héroe de Pultunchara como lo llamaban los
periódicos gobiernistas se había sumado a la política de escarmiento para con los
rebeldes, el inútil derramamiento de sangre hermana como decían los
periódicos de oposición. Cuando los diputados por Huamanga fueron a su despacho de
ministro para pedirle que cortara el juicio que aún se seguía a los vencidos en el
motín reciente, Bermúdez los agravió negándose a complacerlos.
Pero, sobre todo, lo que perdió a Bermúdez fue la fuerza inmanente de la opinión.
Porque las fuerzas anárquicas bullentes en aquella época habían estado demasiado tiempo
contenidas en aquel fatigoso proceso de cuatro años; o porque los agraviados con el
gobierno por una u otra causa eran ya innumerables; o porque la campaña de oposición
liberal había tenido vasta repercusión seduciendo a unos con el prestigio tutelar,
entonces incólume, de la Constitución y de las libertades y a los más,
predominantemente, por la exhibición procaz de corruptelas y pecados, lo cierto es que en
aquellos días la oposición contaba con el apoyo popular y el calificativo
gamarrano era voceado con desdén o con odio.
Quizá comprendiendo confusamente esta situación que se manifestaba no sólo en Lima sino
también en el norte, en el sur y sobre todo en Arequipa y ante el temor de que en medio
de la guerra civil que podría serle por lo menos azarosa, se ingiriera una vez más Santa
Cruz, Gamarra aparentó acatar la elección hecha por la Convención. Después de haber
reconocido explícitamente su derecho electoral, no le era dable en forma brutal
sublevarse porque al ejercitar ese derecho no había ungido a su candidato. Tenían que
presentarse bien pronto ocasiones para definir la actitud más conveniente. Los
periódicos liberales, en tanto, ya por atraerse al Presidente cesante que tan solemne
ejemplo de civismo acababa de dar ya porque siempre fueron más enemigos de sus consejeros
y de sus métodos que de su persona misma, tuvieron para él frases deferentes.
El 21 de diciembre prestó juramento el Presidente provisorio don Luis José de Orbegoso.
¡Ciudadanos!, empezaba la proclama de Gamarra al pueblo peruano al separarse
del poder. Expirando hoy el periodo de mi magistratura constitucional, termina
también hoy mi carrera política.
________________________________________________________________
183 La Miscelánea, N.º 910 de 5 de agosto de 1833.
184 El minucioso relato de las relaciones entre el Gobierno y las Juntas
Preparatorias primero, y la Convención, después, con la documentación respectiva, en el
escrito de Vigil "Conducta de la Convención con el Ejecutivo y de éste con la
Convención desde las Juntas Preparatorias" que se publicó en varios números de El
Constitucional de 1833-34. Desde el N.º l, de 2 de noviembre de 1833.
185 Véase el capítulo i del libro primero de esta obra.
186 El Genio del Rímac, N.º 23 y El Telégrafo de Lima, N.º
431 denunciaron este hecho. Lo mencionan también Rufino Macedo en su exposición como
diputado por Lampa (publicada en El Veterano de Lima, N.º 12, 28 de octubre de
1834) y Vigil en su publicación citada.
187 Távara lo dice así. Publicación citada en El Comercio de 9 de
octubre de 1862
188 Refutación del ciudadano diputado a la Convención José Braulio
Camporedondo a las imputaciones calumniosas que se le han hecho por varios actos de su
administración durante el tiempo que ejerció el Poder Ejecutivo de la República como
Vicepresidente del Senado. Lima, Imp. de la Gaceta, 1834.
189 Para esta parte tienen singular valor la tantas veces citada «Historia de
los partidos» de Távara que es bastante explícita en lo relacionado con la Convención.
Por haber sido Távara actor de algunos de estos acontecimientos y testigo de todos ellos,
su testimonio, que acaso es el único referente a la "vida íntima" de este
momento de nuestra vida pública, es inapreciable.
190 Después de la remisión de las notas dijo Nieto a Valdivia: "Recuerde
usted lo que nos dijo el señor Luna Pizarro antes de irse de diputado a la Convención:
Que había meditado mucho sobre la suerte del Perú; y que veía que a la larga tendría
que formar con Bolivia una confederación de tres Estados; y que si hallaba oportunidad,
lo propondría en la Convención a fin de que los Congresos del Perú y Bolivia la
verificasen, evitando de ese modo las guerras interminables de ambos países, que no
tendrían otro término que la Confederación; pues Bolivia aspiraría constantemente a
obtener el puerto de Arica porque enclavada mediterráneamente como se halla, le era
imposible sostener su independencia y aspirar al progreso" (Valdivia, Memorias
sobre las revoluciones de Arequipa, p. 32).
191 Actas de la Convención publicadas por El Telégrafo de Lima de
diciembre de 1833 y enero de 1834. Según Gamarra, en su manifiesto de 1834, el espíritu
sedicioso de la Convención se reveló desde que dieciocho diputados se arrogaron el
derecho de aprobar poderes nulos y rechazar otros legales. Nieto, llevado por la plebe
liberal, y Orbegoso con la plebe riva-agüerina se unieron: fue el triunfo de la "eruptum
fulmen" (Gamarra era latinista). A pesar de las representaciones de personas
honorables, él (Gamarra) condescendió con la Convención "aunque no se necesita
más que una ligera tintura de derecho público para saber que la autoridad legal no puede
ser reemplazada sino por otra que tenga los mismos caracteres de legalidad; que la máxima
de la legislación romana melior est conditio possidentis, se aplica con tanta
razón a los conflictos que ocurren entre los derechos civiles como a los que sobrevienen
entre los derechos políticos; que un cuerpo constituido para un solo objeto no puede
desempeñar otros sin romper el pacto que lo constituye; que la Convención no podía
ejercer más que un solo y único acto de autoridad estrictamente señalado y circunscrito
en la Constitución; por último, que la seguridad pública es la suprema ley de los
Estados y que la del Perú iba a desaparecer en el momento mismo en que la autoridad
legítima abandonara el puesto para que éste fuese ocupado por un poder usurpado,
anticonstitucionalmente y creado por el espíritu de facción y de intriga". (Manifiesto
que hace el General Gamarra al Congreso y a toda la nación peruana sobre los
acontecimientos que lo obligaron a defenderse y a defender la tranquilidad pública bajo
las órdenes del General de Brigada D. Pedro Bermúdez. Cuzco, Imp. Libre, 1835.
Fechado en Cochabamba, 1° de noviembre de 1834).
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