| CAPÍTULO I
LA CLASE MILITAR
Anexo:
Apuntes sobre uniformes, armamento y número del ejército
Ni la índole de este libro ni la escasez de los datos auténticos, que sobre estos
asuntos se pueden conseguir, permiten que los apuntes que siguen sean completos; pero al
menos pueden dar algunas sugerencias sobre la condición del ejército en los primeros
años de la República.
1. Uniformes
En 1827 quedó establecido que la infantería usara casaca, pantalón y botín de paño
azul (blanco en parada), cuello, bota y barras encarnadas con cabos amarillos y morrión
con un pequeño pompón, en lugar de éste las compañías de granaderos una pluma
encarnada y las de cazadores una pluma verde; la caballería debía usar casaca corta y
pantalón de paño azul (mameluco blanco en parada) con botín debajo, cuello, bota y
barras carmesíes, cabos blancos con una pluma y un laurel entrelazados bordados en el
cuello, morrión a la polaca con cordón largo encarnado, penacho blanco de un palmo de
largo en figura de ciprés, silla húngara con mantilla azul y galón encarnado. El
uniforme de la artillería era casaca corta y pantalón azul turquí con vivos encarnados
en el cuello, solapa, bota y barras, botón plano amarillo con un cañón: bombas
amarillas en el cuello y extremos de sus faldas, el morrión adoptado para la infantería,
con los cordones encarnados. Los cuerpos de la guardia tenían un uniforme diferente
(decreto 21 de febrero de 1827); así como el Estado Mayor General. En 1830 se dio un
reglamento de uniformes distinguiendo los cuerpos de las diferentes armas, salvo
artillería donde sólo se diferenciaba a los ingenieros y los artilleros. La infantería
estaba subdividida en los batallones Ayacucho 1° de línea, 1° de Pichincha N.º 2, 2°
de Ayacucho N.º 6, 2º de Pichincha N.º 7 que tenían casaca grana larga sin solapa,
cerrada; barras y portezuela en la botamanga del mismo color con vivos azul turquí,
celestes, verdes, amarillos respectivamente. En los batallones 1º del Callao N.º 3, y
N.º 8, 1º y 2º de Zepita N.º 4 y N.º 6 y batallón N.º 9, casaca análoga de color
azul turquí con vivos amarillos, grana, celeste y verde con diversas combinaciones. Todos
los batallones de infantería debían usar pantalón azul y blanco en parada sobre botín,
morrión con cordones amarillos, chapa de metal del mismo color con el nombre del cuerpo,
pompón y escarapela nacional y soles en los esmaltes. Los cuerpos de caballería eran
cuatro; Húsares de Junín, según la reforma de 1832 debía usar dormán celeste, pelliza
carmesí, pantalón azul bordado, gorra de pelo con plumero y escarapela nacional, manga y
cordones carmesíes, maleta y schabrag azul turquí, con dos galones amarillos de pulgada
de ancho. Los Granaderos del Callao con casaca grana larga, cerrada, husareada, sin
barras, cuello y botamanga verde, con vivos amarillos, pantalón azul turquí de trabilla
y blanco en parada, sobre botín; gorra de pelo con plumero y escarapela nacional; manga y
cordones amarillos; maleta y schabrag verde con galón amarillo de dos pulgadas de ancho.
Los Dragones de Arequipa con casaca larga amarilla sin barras cerrada, cuello y botamanga
azul turquí con vivos grana; pantalón azul con trabilla y blanco en parada sobre botín;
casco con plumero y escarapela bicolor nacional, maleta y schabrag azul turquí con galón
amarillo de dos pulgadas de ancho. Y, por último, los Lanceros del Cuzco con polaca verde
cerrada, cuello, botamangas y barras carmesíes; pantalón mameluco azul y blanco en
parada sobre botín; morrión de suela con cordones amarillos, pompón y escarapela
nacional; maleta y schabrag verde con galón amarillo de dos pulgadas de ancho. El mismo
reglamento disponía ciertos bordados e insignias para los jefes y oficiales; establecía
uniformes especiales para los edecanes del gobierno, ayudante de los generales y otros
empleados, así como para inválidos y retirados.
En febrero de 1835 Salazar y Baquíjano dio un decreto determinando los uniformes de los
cuerpos de caballería de nueva creación: Guías del Callao, Lanceros de Arequipa,
Cazadores de la libertad; y dio también otro decreto donde se refería a que ya no
existían los cuerpos de infantería detallados en 1830 y que se habían creado otros
nuevos, por lo cual ordenó que los seis batallones de infantería del ejército usaran el
mismo uniforme. Estos decretos no tuvieron, seguramente, eficacia verdadera por la
fugacidad del gobierno que los dictó. Una de las causas que irritó contra la
Confederación fue que estableciera el uniforme del ejército boliviano. En marzo de 1839
se designó por uniforme, a toda la infantería, casaca azul con cuello, vuelta, barra y
vivo de color celeste; y a la caballería casaca corta azul con cuello y demás carmesí
debiendo ser el pantalón azul blanco o gris, pero no de otro color. Para la artillería
se restableció el reglamento de 1830. Una circular del ministro Raygada en 1841 encarga
la observancia estricta de este reglamento, de 1839, por ser el más sencillo. El
Directorio de Vivanco estableció, como no podía menos de hacerlo, uniformes nuevos que
duraron lo que él. El reglamento de Echenique, de agosto de 1852 y que parece que
continuó rigiendo, establece para la infantería, en parada levita azul con cuello y
botamanga celeste, botones amarillos, pantalón de paño garance con franja celeste; y
para el cuartel levita gris marengo con cuello y botamanga azul de solapa ancha con
botones y pantalón azul o gris fierro con franja azul y morrión. Para la caballería
levita azul corta cerrada con botones, botamanga en punta, cuello y vivos carmesíes,
pantalón color garance con franja azul y trabillas bajo la bota, casco de metal amarillo;
en cuartel levita verde obscuro, de solapa, botamanga en punta y cuello carmesíes y
pantalón gris marengo con franja de aquel color. Los generales tenían uniforme especial
así como los jefes y oficiales del Estado Mayor, edecanes, cirujanos, inválidos, etc.
Frecuentes son las órdenes generales prohibiendo a las clases inferiores el uso de
plumeros y plumas en el sombrero; el uso, por parte de los oficiales, de vestidos de
paisano, de galones y borduras, fajas y demás prendas que implican lujo y el uso de
insignias militares sin el correspondiente despacho, lo que indica la frecuencia y exceso
de estas pequeñas corruptelas.
2. Armamento
Grande era la confusión en lo que respecta al armamento. En el primer gobierno de
Castilla se introdujo los obuses de montaña montados en cureñas de flecha con dos
bestias de carga; antes los montajes y carruajes de artillería eran de los usados años
atrás, contándose cañones de a 3 y 4 con pesadas cureñas y armones que demandaban
cinco o seis mulas para su transporte. Durante el gobierno de Echenique se trajeron
fusiles de muralla, cargables dos por acémilas y los cohetes de guerra a la Congreve que
tanto elogia en su Memoria, de 1851, el ministro Torrico. La uniformidad de armamento no
se intentó sino en 1856: unos cuerpos tenían fusiles de chispa y otros de pistola o
fulminante; el gobierno procuró uniformar al ejército con estos últimos y trajo
después rifles Minié de Estados Unidos. En 1858 pidióse los rifles
fulminantes de Trel y los rifles de aguja con sable, en vez de bayoneta, que se cargaban
por la recámara. Todavía, sin embargo, el fusil que se cargaba por la recámara no
estaba en boga y solamente Prusia lo tenía; ello contribuyó a su decisivo triunfo en la
guerra con Austria, en 1866. Puede decirse que antes de esta guerra primaba el fusil que
se cargaba por la boca, cuyos cartuchos a veces tenía el soldado que romper con los
dientes; este fusil era inconveniente por la lentitud con que necesariamente tenían que
sucederse sus disparos. La introducción de desarmador de fusiles permanentes parece que
se realizó alrededor de 1857 a juzgar por la contrata aprobada en marzo de ese año. El
gobierno de Pezet señala uno de los más rotundos esfuerzos para la modernización del
material bélico no solo en infantería, sino también en artillería. La misión
Bolognesi en Europa tuvo esa finalidad. En la campaña de 1867, de Prado en Arequipa, se
dispuso de ese material moderno de artillería traído con motivo de la guerra con
España, inclusive unas defensas manuales o barricadas movibles de hierro de
las que se dijo que se conocían por primera vez en Sud América. También se trasplantó
a Arequipa un famoso cañón rayado de a 300 que fue capturado en Tambo de
Llaqueo por fuerzas arequipeñas al mando del general Segura cuando, arrastrada por
bueyes y a costa de crecidos gastos, era conducida. Ya en tiempo de la dictadura de Prado
habían algunos fusiles que se cargaban por la recámara. En tiempo de Balta todo el
ejército estaba armado con ellos, según modelos Winchester y Chassepot. Un armero hizo
algunas modificaciones en el Chassepot por lo que hubo también el modelo Chassepot
peruano. Ekdahl en su Historia Militar de la guerra del Pacífico dice que los
armamentos del ejército peruano, al estallar esa guerra, eran una mezcla excesiva: la
infantería usaba fusil Comblain, Chassepot, Peabody y Castañón, fusil peruano que era
un Chassepot transformado; pero habiendo también Beaumont, Minié y otros variadísimos
sistemas.
Dos factores intervinieron en lo que respecta al armamento: la especulación de algunos de
los encargados de contratarlo y la impericia en su manejo. Refiriéndose a esto último
suele contar, en sus sabrosísimas charlas, el gran erudito don Carlos A. Romero que las
baterías del Callao en 1866 eran de la misma clase que las empleadas para disparos a gran
distancia en el sitio de Charleston; pero que como los artilleros usaban media carga; poco
daño hicieron a la escuadra española, la que además, acaso deliberadamente, se acercó
mucho a la playa de manera que parte de los disparos de las baterías le pasaban por
encima.
En los primeros tiempos de la República fue frecuente ordenar a todos los habitantes que
tuviesen plomo que presentasen una razón de él y tomar razón de todas las monturas
existentes; así como obligar a la entrega de fusiles. La tradición de don Ricardo Palma
Las balas del niño Dios relata el episodio de los guardias nacionales de
Tarapacá a quienes se les agotó el plomo y fundieron una imagen sagrada en su defensa
contra la invasión boliviana. Campanas de templo convertidas en morteros vióse en los
asedios de Arequipa. Valdivia cuenta, en sus Revoluciones de Arequipa, que en 1834, cuando
Nieto se sublevó en esa ciudad contra Bermúdez y Gamarra, no habiendo nitrato de potasio
para la pólvora se convirtió el nitrato de sodio de Tarapacá en nitrato de potasio,
sacando ésta de las cenizas de los hornos de las panaderías y de los fogones de las
chicherías y casas particulares. En Lima existía una fábrica de pólvora, cuyo producto
era afamado por sus cualidades. Los trastornos paralizaron por algún tiempo la antigua
fundición de bronce que diera las mejores piezas del Callao. La fábrica de fundición y
maestranza naval de Bellavista funcionó también con intermitencias. La maestranza de
Lima también proveyó abundantemente el parque militar.
Hondas y piedras, sin embargo, fueron armas que no dejaron de emplearse; y así tenemos en
la batalla de Alto del Conde, en 1854, producirse una lucha a pedradas. Los
valientes y heroicos leales de Arica pelearon con un denuedo que rayaba en frenesí y
descompuestos los malos fusiles que tenían, tomaron piedras y las arojaban al
enemigo, dice Elías en su parte. Entre los muchos episodios, análogos de las
luchas de Arequipa, está el del asalto hecho por las fuerzas sitiadoras de esa ciudad que
obedecían al gobierno de Prado: los asaltantes llegaron a penetrar a los barios de Santa
Catalina y de San Francisco; pero el vecindario de esos barrios, compuestos inclusive de
mujeres y niños armados de piedras, palos, instrumentos de labranza, cacharros llenos de
agua y chicha hirvientes, denostó y hostilizó a los momentáneos vencedores y estimuló
a los sitiados hasta que llegaron refuerzos trabándose nueva lucha que concluyó con la
victoria para los arequipeños (27. Dic. 1867).
3. Número del ejército
El número del ejército fue muy variable. En tiempos posteriores inmediatamente a
Ayacucho ascendió a 6000 hombres. En 1829 el Congreso decretó la reforma militar que,
puesta en ejecución, creó un capital de 2.876,606 pesos que reconoció el Estado y un
gravamen anual de 132,656 pesos por razón de intereses para distribuirse entre 269 jefes
y oficiales que se reformaron. Pero, entonces muchos vendieron a precios ínfimos
sus cédulas, otros no podían sostenerse con la cantidad de los réditos: no tenían
facilidad de amortizar sus capitales de un modo que les ofreciese ventajas: sobrevino el
atraso del pago de los intereses por los trastornos públicos y estas mismas convulsiones
franquearon a los reformados nueva entrada en la carrera militar. Los más ingresaron en
los mismos empleos que tuvieron antes y recibieron ascensos consecutivamente, con lo que
quedaron en mejor condición que los que no se reformaron y el erario sujeto a sufrir la
carga de una deuda circulante y amortizable, dice Mendiburu en su ya citada Memoria.
Posteriormente la reforma fue intentada en el Directorio, ello levantó una poderosa
corriente en su contra: los mismos inconvenientes y descontento surgieron y las
asignaciones hubieran tenido que ser menores para los que carecían de servicios
dilatados.
El 1º de septiembre de 1831 dio el Congreso una ley reduciendo las fuerzas de la
República en tiempo de paz a 3000 hombres de toda arma y en tiempo de guerra a la que a
propuesta del Ejecutivo, determinara el Congreso, vinculándose este hecho a la
celebración de un tratado con Bolivia. En junio de 1834, alegando la terminación de la
guerra civil y el estado de decadencia de los fondos públicos, Orbegoso ordenó que el
ejército permanente de la República estuviera compuesto por dos mil novecientas
cincuenta plazas, constando de seis batallones de infantería (Pichincha, llamado también
3 de Enero, Legión Peruana, más tarde Legión de Junín, Defensores de la Libertad,
Cazadores del Rímac, Ayacucho y Maquinhuayo); un regimiento (Húsares de Junín) y 3
escuadrones de caballería (Lanceros de Arequipa, Cazadores de la Libertad y Guía,
llamado después Guía del Callao); y una brigada de Artillería compuesta de un
escuadrón ligero y cuatro compañías de infantes. En abril de 1844, después del
restablecimiento de la Constitución de Huancayo, se volvió al ejército de 3000 hombres
(26 de abril de 1844), arreglando su composición en resoluciones de 6 de julio de 1845 y
3 de julio de 1847. Sobre nombres de los cuerpos había gran confusión; es de recordar,
sin embargo, el decreto de Cartilla efectuando los siguientes cambios: En infantería, el
batallón Gamarra se denominaría Pichincha N.º 1; el Granaderos de Tacna, Granaderos de
Zepita N.º 2; Moquegua, batallón Callao N.º 3; Tarapacá, batallón Junín N.º 4;
Puno, batallón Ayacucho N.º 5; Cuzco, batallón Yungay N.º 6. Caballería: Húsares de
Junín Guías de Nieto a llamarse lanceros de Torata y Escolta (28 de dic. de 1846). En
1845 había 2320 hombres de infantería, 372 de caballería y 104 de artillería. El
Reglamento de 3 de julio de 1847 dividió al ejército permanente de la República en
tiempo de paz, cuyo número estaba fijado por ley especial, en una brigada de artillería,
seis batallones de infantería y tres regimientos de caballería. Las leyes de 6 de
diciembre de 1862 y 24 de enero de 1863 dieron nueva organización al ejército elevando a
6000 hombres y distribuyéndolos así: 4250 hombres de infantería, 1200 de caballería y
550 de artillería.
El número más alto calculado para el ejército entonces fue el de 30,000 hombres que
autorizó el Congreso con motivo del conflicto con España. Cuando la guerra del Ecuador,
en 1859, hubo facultad hasta para subir al ejército a 15,000 hombres. Santa Cruz lo puso
en el pie de 16,000 después de la paz de Paucarpata pero solo 11,000 correspondían al
Perú.
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