| CAPÍTULO I
LA MONARQUÍA EN EL PERÚ
(Continuación)
12. La discutible tercera etapa del
monarquismo de San Martín en el Perú: El Rey José
San Martín tampoco se había, hecho popular por su inacción frente a los españoles, por
sus medidas administrativas, algunas de las cuales disgustaron a los propietarios, por el
lujo y el decoratismo en que cayó y que coinciden con algunas actas para darle la corona,
con la canción «La Palomita» que a ello aludía, con el nombre de "Rey José"
que le dieron sarcásticamente sus enemigos, con algunas conspiraciones en el seno mismo
del ejército. Riva-Agüero fue también uno de los leaders principales de la
oposición. Publicó escritos contra quienes recogían firmas para elegir emperador a San
Martín, los apresó y les siguió proceso;28 y adujo que los pueblos al
emanciparse de España no buscaban otro amo y mucho menos uno de sus conciudadanos, sino
su libertad e independencia; que no podrían ver jamás en uno de sus conciudadanos sino
los defectos personales; que ello despertaría las ambiciones de los caciques enlazados
con la familia incaica; de los reyes de España y otros monarcas europeos; y que debía
imitarse el ejemplo de Holanda, en su guerra de independencia que no confirió el trono al
príncipe de Orange cuando las potencias no quisieron suministrarle un rey. Esta actitud
de Riva-Agüero es muy interesante; y aunque está acorde con su hostilidad a Monteagudo,
no lo está con otras de sus actitudes posteriores.
Las ideas monarquistas consubstanciales con el Protectorado, no prosperaron. Tenían
cierto carácter exótico; los comisionados a Europa eran extranjeros y procedían
clandestinamente. Monteagudo se hizo odiar, la nobleza no ofrecía un apoyo compacto y
prestigioso a tales ideas, pues inclusive el más relevante de sus miembros, Riva-Agüero
fomentaba una propaganda díscola. San Martín lo comprendió y sin empecinarse en su
plan, apoyó la reunión del Congreso donde eliminado Monteagudo, entraron en masa los
liberales; y se retiró.
13. El triunfo de los republicanos. El primer motín militar. Encumbramiento de
Riva-Agüero
La instalación del Congreso Constituyente el 20 de septiembre de 1822 fue celebrada con
enorme alborozo por los republicanos. "El Congreso representante del Perú se ha
instalado y la esclavitud aterrada con su imponente majestad ha desaparecido con el
estandarte de Pizarro, con ese padrón de oprobio y de ignominia", decía
jactanciosamente La Abeja Republicana en su N.º 16. "El 20 de septiembre de
1822 es el primer día de la libertad del Perú". Se embarcó San Martín acompañado
por los honores que le rindió el Congreso, compuesto en su gran mayoría por quienes no
le eran afectos ideológicamente, a pesar de lo cual acataron la pureza y la grandeza
de su figura; y no volvió más aunque la supervivencia de su prestigio y las
inescrupulosidades de las pasiones lo llamaron varias veces. Pero desde su retiro, primero
en la Argentina y luego en Europa, siguió mirando lo que ocurría en América y ese
espectáculo más de una vez llevóle a reiterar sus convicciones.
La declaración del Congreso de 11 de noviembre de 1823 diciendo que eran incompatibles
con la forma de gobierno del país, la existencia de la Orden del Sol y de los títulos de
Castilla; la declaración del mismo el 22 de noviembre del mismo año desautorizando a
García del Río y Paroissien y la aprobación de las bases de la Constitución señalan
el hito final de estas tentativas monarquistas, dos de ellas auténticas; explícitas
el plan de Punchauca y la misión García del Río y Paroissien y una
extraoficial el trono para San Martín.
Luego vino por acción del Congreso o mejor dicho de los liberales encabezados por Luna
Pizarro la Junta Gubernativa, con la que procuraron ir a la unidad de los poderes
Legislativo y Ejecutivo bajo la égida del primero. Depuesta ella, ocupó la presidencia
Riva-Agüero, tipo de "conspirador pero no de caudillo, hombre más turbulento que
osado, más descontentadizo que convencido". Quedaron defraudados Luna Pizarro,
Mariátegui, Argote, Ferreyros y otros liberales de cuyas manos se había arrancado el
poder ejecutivo; Luna Pizarro se expatrió voluntariamente. Pero, inicialmente,
Riva-Agüero pareció en más dinámica actitud que ellos ante la guerra con los
españoles. Equipó y aumentó el ejército, atendió a la conservación del Callao,
buscó arbitrios para fondos, inauguró el colegio militar, fomentó la formación de la
escuadra, ordenó el ejercicio diario de tres horas para los cívicos, etc., decretó la
efectividad del bloqueo de las costas enemigas, en un afán un poco espectacular. Sin
embargo, no obstante esto, Riva-Agüero se dirigió al virrey pidiendo, primero la
regularización de la guerra o si no amenazando con la guerra a muerte; y, además,
ofreciendo un armisticio de dos meses conservando cada ejército sus posiciones
debiéndose entonces enviar diputados al cuartel general de uno de los beligerantes para
formalizar un tratado de paz, en el cual el gobierno del Perú aceptaría la vuelta al
país de los españoles expulsados y concedería toda clase de garantías y facilidades a
los intereses peninsulares. Pero para consumarse la independencia del Perú debía venir
Bolívar, a quien los liberales del Congreso instaban sobre todo a que viniese. Bolívar
dice Bulnes era un convidado de piedra que había tomado asiento en la mesa de
Riva-Agüero; un testigo invisible que se había convertido en juez de sus errores; porque
la opinión pública formaba inmediatamente el contraste entre cualquier falta del
Presidente y el genio y penetración de Bolívar. El pueblo de Lima tenía en sus manos
una balanza descontrapesada: de un lado, Riva-Agüero, del otro Bolívar. La presidencia
de Riva-Agüero es la lucha, por eso entre él y esa sombra que se proyectaba sobre la
América desde la cima de los Andes; un verdadero combate por la existencia de parte de
Riva-Agüero.
Con fecha 4 de marzo de 1823 había sido nombrado Gran Mariscal, después de haber sido
meramente Coronel de milicias. Con este ascenso surge un indicio sobre la manera cómo, a
veces, obteníanse los altos grados militares en los albores de la República. A esta
época, pertenece el más popular de los retratos que de Riva-Agüero nos quedan: el
rostro imberbe, los carrillos rollizos, los ojos saltones, con una expresión de
arrogancia y de impulsividad.
14. La evolución de Riva-Agüero hacia el monarquismo en 1823
Poco tiempo más tarde, cuando estalló en el Callao la discordia entre Riva-Agüero y el
Congreso, azuzado por Sucre, cuando Riva-Agüero marchó a Trujillo y disolvió el
Congreso quien a su vez lo reemplazó con Torre Tagle, en una hora turbia, para la causa
emancipadora, después de haber tenido la repulsa de San Martín cuando lo llamó para que
actuara otra vez en el Perú, Riva-Agüero entró en tratos con los españoles (octubre y
noviembre de 1823). Y como proposición final planteó la fórmula de Punchauca: el Reino
del Perú bajo el trono de un príncipe español que señalara España, una regencia bajo
la presidencia de La Serna, la igualdad de derechos entre españoles y peruanos (3 de
nov.).29 La prisión de Riva-Agüero por su subordinado La Fuente y la
marcha de las tropas de Bolívar entre aquél y los españoles, frustraron el resultado de
esta propuesta. Dice Riva-Agüero en su Exposición acerca de su conducta pública en
el tiempo en que ejerció la presidencia de la República del Perú, publicada en
Londres en 1824 que apeló a las negociaciones por el peligro que corría el Perú por la
desorganización de los planes de campaña contra las tropas virreinales; por el hecho de
que habiéndose celebrado la paz en Buenos Aires previa llegada de diputados españoles a
esa ciudad y a Méjico, tenía el temor de que se concentraran todos los esfuerzos
españoles en el Perú. Y agrega que, aun suponiendo que las negociaciones hubieran
fracasado, el armisticio habría salvado al ejército de Santa Cruz que habíase internado
en el Alto Perú. Vigorosamente niega en este manifiesto la tacha de traición. Aduce para
ello razones dialécticas: ¿cabía la traición cuando los pueblos habían manifestado
inequívocamente su deseo por la Independencia; cuando Lima y Callao eran militarmente
hostiles a Riva-Agüero; cuando el ejército español hallábase entre Potosí y Sicasica
entonces a 400 ó 500 leguas de él? Ni declaraciones hispanófilas, ni antidemocráticas,
ni monarquistas hace en este documento publicado cuando aún la victoria de los
independientes era problemática, cuando acababa de divulgar Torre Tagle su tremendo
manifiesto contra Bolívar y a favor de los españoles.
La posición de Riva-Agüero era paradojal: no era hostil a la implantación de una
monarquía de origen hispano tal como la concibió San Martín a quien él no apoyó; y al
mismo tiempo se proclamaba campeón de la libertad nacional. Para Riva-Agüero, Bolívar
implicaba la dictadura extranjera. Se consideraba por eso campeón de la libertad y la
independencia del Perú, dando a la continuidad en su protesta el valor de que no
autorizaba ni legitimaba la usurpación. Equiparaba el caso del Perú al de España en
1808 cuando la invadió Napoleón; denunciaba el peligro que para la América implicaba la
adaptación napoleónica; dolíase de la inferioridad de Colombia para dominar el Perú.30
Sin entrar a sentenciar sobre la actitud de Riva-Agüero, cabe decir que, efectivamente,
no hay pruebas de que fuera más allá de las proposiciones de San Martín en Punchauca.
Pero si San Martín hizo estas proposiciones de acuerdo con un plan previo, Riva-Agüero
las hizo clandestinamente, urgido por una situación circunstancialmente desesperada y en
momentos en que iniciaba negociaciones antitéticas con Bolívar. En Riva-Agüero hablaban
con más fuerza los requerimientos del interés personal; su soberbia, sustentada en algo
por su peruanismo y en algo también por su espíritu de casta, llevóle en esta
encrucijada de su vida a lo que San Martín había propiciado con serenidad y desinterés.
Por otra parte, si los españoles retirándose y apoyándose en la sierra dieron a la
guerra de la Emancipación en el Perú un vago contenido regional demostrando que en Lima
y en la costa no está el país, que con prescindencia de Lima y de la costa se puede
mantener y continuar una guerra con probabilidades del éxito; el cisma entre las filas de
los "insurgentes" tiene un valor social, análogamente vago. La lucha entre un
peruanismo amplio y un peruanismo limitado pero auténtico que es el fondo de las luchas
entre la primera generación de nuestros caudillos militares La Mar, Gamarra, Santa
Cruz, Salaverry se inicia entonces en la lucha entre Riva-Agüero y Torre Tagle
contra Bolívar; pero el nacionalismo amplio de Bolívar, en este caso triunfante, mella,
hiere a la nobleza, a las clases más altas y así Riva-Agüero y Torre Tagle, vencidos
por Bolívar aunque enemigos políticos, se identifican en cuanto a la casta. Bolívar
implicó en este sentido, la primera ofensiva democrática, tanto para la nobleza
simpatizante con la Emancipación de la que formaban parte ambos caudillos, como para la
nobleza fiel a España en absoluto cuyo representativo podría ser el conde de Villar de
Fuentes; aunque, por otro lado, Bolívar se divorcia luego de los liberales con su
dictadura y con su proyecto de Constitución vitalicia.
Riva-Agüero había sido el más prominente de los miembros de la nobleza en el periodo de
la Emancipación. Su defección de las filas de los patriotas tiene, igualmente, desde ese
punto de vista un evidente significado sintomático. El balance de la actuación de la
nobleza en la Emancipación demuestra que su aporte fue, primero, indirecto desde el punto
de vista cultural, difundiendo cierta renovación ideológica, cierto orgullo patrio
(Baquíjano y el grupo de Mercurio Peruano); y que, dentro del rol fidelista que
tocó desempeñar al Perú, en parte, con sus conciliábulos ella sembró cierta inquietud
libertadora; pero que, en conjunto, esta clase Social ante la Emancipación misma
demostró no estar "en forma", término deportivo que Spengler dice que cabe
aplicar lo mismo a un caballo, un boxeador, un ejército o un pueblo.
Esto no implica negar muchos casos individuales dentro de la nobleza que merecen
admiración y singular elogio.
Pero en otros, un juvenil impulso de aquellos que más tarde provocan remordimientos y
congojas, una simple transacción con la moda, una ingenuidad fugaz y también un
propósito honrado y sincero que luego se vio frustrado, pueden explicar muchos servicios
prestados en los momentos iniciales de la lucha revolucionaria; pero el examen debe
abarcar las actitudes en conjunto, después de ocurridas todas las alternativas, todas las
incidencias de su desarrollo doloroso.
En cambio, la nobleza inglesa... Magnificent asses!, "¡Magníficos
idiotas!", cuéntase que decía Disraeli refiriéndose a estos lores de tez rojiza,
flemáticos, cazadores, turistas, meticulosos. Sus ascendientes o quienes ellos se
gloriaban en llamar sus ascendientes, habían conquistado "los derechos de los
ingleses que eran en varios siglos anteriores a los derechos del hombre"; y ellos
fundaron el predominio británico, el imperio colonial e hicieron concesiones sucesivas
pero limitadas al pueblo.
15. La expedición monarquista de Riva-Agüero
Desterrado Riva-Agüero en Europa, a raíz de su deposición, se casó quizá con un
prurito dinástico, en julio de 1826 con la princesa Carolina de Loos Corswarem, de una
casa que había sido soberana de un ducado pequeño en el antiguo imperio germánico. En
ese mismo mes el poeta José Joaquín Olmedo, entonces residente en Londres, daba cuenta
de la activa campaña de prensa que contra Bolívar realizaba Riva-Agüero. Otras noticias
sobre el peligro de su regreso mediaron y, con fecha 11 de septiembre de 1826, el ministro
Pando dirigió una circular a los prefectos diciendo que como las relaciones del Brasil
con los estados europeos y sus conatos para agitar América, los recelos de Chile y la
Argentina para con el Libertador, las invectivas de los escritores y las intrigas que
realizábanse en el extranjero eran un peligro para la paz pública, se hiciera cumplir
con la ley de 19 de agosto de 1823 que ordenaba el fusilamiento de don José de la
Riva-Agüero apenas pisara territorio nacional. Con fecha 12 de octubre de 1827 el
gobierno de Méjico trasmitió oficialmente al del Perú una información de su ministro
en Londres según la cual, como consecuencia de la muerte de Canning, estaban medrando en
las esferas oficiales inglesas los enemigos de la República y Riva-Agüero aprestábase a
salir con una expedición de aventureros a América con el objeto de coronarse él o
coronar a un príncipe alemán o al infante Francisco de Padua. Análogos avisos envió
Olmedo por intermedio de don José Gregorio Paredes que hallábase en Buenos Aires, en
noviembre de 1827. Una circular del ministro de gobierno Mariátegui el 3 de enero de 1828
daba publicidad a la expedición que debía salir de Bruselas para diferentes puntos de
América.31
Ni la calidad de los secuaces de tales preparativos, enumerados en los documentos
alarmistas que se ha mencionado, ni la vaguedad misma de las noticias, que atribuyen a
Riva-Agüero propósitos disímiles de monarquismo, ni la escasa huella que esos
preparativos dejaron, están de acuerdo con la gravedad de la noticia.
En septiembre de 1828 llegó efectivamente a Chile, y el mismo día que desembarcó en
Valparaíso se dirigió al ministro del Perú que era entonces su antiguo subordinado
Santa Cruz, comunicándole el objeto de este viaje. "Colmado de deudas en Europa
parar sostener mi existencia y no habiendo en cerca de cinco años recibido ningún
auxilio de mi país, me he visto no solamente sin tener absolutamente medio alguno de
subsistencia, sino también reconvenido fuertemente por mis acreedores, le decía. En
estas circunstancias y sabiendo por cartas de mi hermana que el soberano Congreso según
la referida carta escrita en Lima el 7 de septiembre del año próximo pasado, se había
dignado abolir los decretos dictados contra mí, no extrañará V.S. que no teniendo otro
arbitrio para existir, regrésate a América, a esperar en un país extranjero la
resolución del soberano Congreso y gobierno del Perú sobre mi solicitud para que se me
juzgue con arreglo a derecho por todos los actos de mi administración pública".
Concluía expresando su deseo de que el Congreso lo absolviera concediéndole el derecho
de vivir en el país como simple ciudadano sin ejercer cargo público, o el de cobrar lo
que se le debía y vender sus fincas para luego irse para siempre a Europa. La
contestación de Santa Cruz fue un simple acuse de recibo advirtiéndole que las leyes de
proscripción estaban vigentes.32
En Chile publicó Riva-Agüero su memoria al Congreso del Perú en otros párrafos citada.
Después de explicar su regreso también "a causa de los empeños contraídos en
Europa para mi existencia y la de mi familia", hace una larga y elocuente defensa de
sus actos durante su presidencia, impetrando el sentimiento antibolivariano que entonces
estaba imperando en el Perú; así mismo hace una relación de sus servicios a la causa de
la Independencia. En este documento concluye pidiendo la formación de un juicio legal,
para lo cual debía dejársele regresar al Perú con el objeto de preparar la
documentación de su defensa; y promete no admitir en ningún tiempo el cargo del Poder
Ejecutivo y ni aun hacer uso del derecho de voto.
En un nuevo folleto Suplemento de la Memoria dirigida a la Representación Nacional del
Perú por D. José de la Riva-Agüero, ex presidente de aquella República (Santiago
de Chile, imprenta Republicana, año de 1829), defendió una vez más sus actitudes,
contestando la granizada de invectivas con que su regreso fue recibido. Es allí donde
explica más la génesis de sus negociaciones con los españoles, según él, análogas a
las que inició Bolívar, simple treta política para ganar tiempo; alega que si hubiera
querido unirse a los españoles le habría bastado moverse con sus fuerzas sobre Huánuco;
insiste en su nacionalismo que llevóle en la proposición hecha en Pativilca a Bolívar
el 12 de noviembre, a comprometerse a reconocer su autoridad militar y a renunciar al
Poder Ejecutivo con tal que los pueblos nombrasen otro peruano.
16. Riva-Agüero en la política peruana de 1829 a 1838
El diputado delfín, en la legislatura de 1829, presentó la proposición que permitía el
ingreso de Riva-Agüero a defenderse de los cargos contra él pendientes. Blancos,
negros, mujeres y niños, todos acudieron gustosos llenando la barra, atrio, ángulos y
techos..., dice el cura Garay en una carta ingenua y pintoresca.33 Principió
la sesión y mientras se ocupaban de otras materias, el concurso hacía con estrépito
notar su ansiedad. Vivas y palmoteos acogieron el voto aprobatorio de la Cámara.
Nuestro taita Tramarria sigue diciendo Garay que narra estos hechos a
Riva-Agüero a quien llama aún presidente enarboló su bandera y
disparó sus cohetazos. No es esto lo más gracioso sino que todo se ha hecho sobre los
esclavos del célebre Judas, agrega aludiendo a La Fuente, que había apresado a
Riva-Agüero en 1823.
Aunque en cartas particulares a Riva-Agüero, Gamarra, presidente entonces flamante,
habíale demostrado buena voluntad colocándose en un punto de vista nacionalista que
alguna relación tenía con su motín contra La Mar (hasta el día el país ha sido
el patrimonio de los extranjeros, le decía, agregando que su plan era dar
valor a nuestros recursos, a nuestros hombres, a nuestras leyes, a nuestra nación por
entero),34 el célebre Judas de que hablaba Garay todavía pesaba mucho
en los consejos del gobierno, pues había sido el colaborador más eficiente en el
encumbramiento de Gamarra. Seguramente por su influencia, el ministro de Gobierno, con
fecha 14 de diciembre respondía a la Cámara que el 3 había permitido el regreso de
Riva-Agüero que éste había desenvuelto recientemente nuevos planes de trastorno y que
su presencia serviría de centro a los partidos, excitando al desorden. Existen
agregaba en poder del gobierno documentos oficiales de la mayor
responsabilidad que comprueban los conatos empleados desde Europa por don José de la
Riva-Agüero para anarquizar al Perú con el designio de prepararlo de nuevo a ser presa
de la dominación extranjera. Y aunque testimonios tan relevantes no fueron suficientes
para negarle su regreso, la conducta que ha guardado desde su arribo a Chile demuestra a
clara luz que sus intenciones son siniestras y que el rencor y la sed de venganza lo
conducen a esta República.
Habían para atizar el rencor contra Riva-Agüero varias razones circunstanciales. Sus
amigos trabajaron activamente en los colegios electorales que se reunieron ese año para
elegir presidente y vicepresidente y, por lo menos, aseguraban haber triunfado en la
elección vicepre-sidencial, culpando al gobierno de sofocar o violentar los sufragios. En
cartas privadas había corrido sin cauce la hiel que el proscrito exhalaba inagotablemente
contra La Fuente. En algunas llegó a decir que éste merecía el cadalso, opinión que el
gobierno interpretaba en su nota mencionada diciendo que se ha ocupado
exclusivamente en encender el fuego de la sedición: provocó el asesinato del segundo
funcionario de la República según lo acredita una carta de su puño y letra.35
Con motivo de estas dilaciones, Riva-Agüero, grafómano incurable, publicó un nuevo
folleto: Representación a las Cámaras Representativas del Perú por don José de la
Riva-Agüero, Gran Mariscal y ex Presidente de aquella República, Santiago de Chile,
imprenta Republicana, 1830. Allí se venga de La Fuente y afirma reiteradamente que de
todos los ángulos de la República se le llama para salvarla del yugo ignominioso
que la oprime y la envilece pero que prefiere el rol de víctima. Observa Paz
Soldán en sus Efectos de los partidos sobre los Congresos del Perú publicado
en Revista Peruana, que Riva-Agüero entonces volvióse, a veces, arma del gobierno contra
el Congreso y, a veces, arma del Congreso contra el gobierno. Esto último fue después,
cuando chocaron Gamarra y La Fuente en abril de 1831, Riva-Agüero lógicamente vino a
resultar un aliado del gobierno. Cuéntase que la poblada que se reunió contra La Fuente
el día de su deposición prorrumpía en vítores al niño Pepito...
Riva-Agüero regresó al país, por fin después de haber puesto el gobierno el cúmplase
a la resolución legislativa que suspendía su proscripción (16 de mayo de 1831). Llegó
el 22 de octubre en la corbeta de guerra inglesa Clio y fue recibido con
cariño. Cinco días después de llegar publicó un remitido agradeciendo la acogida y
suplicando a sus amigos que no lo elogiaran por la prensa. Decía que su venida era para
contestar los cargos por su administración y arreglar sus intereses; y pedía obediencia
y respeto al gobierno, agregando que aun a costa de su sangre estaba dispuesto a cooperar
al sostenimiento del orden y del gobierno mientras éste marche, como hasta aquí,
conforme con nuestro sistema constitucional. A poco llegó su esposa cuya exótica
belleza dio origen a ripios de poetas de circunstancias. Con su característica actividad
se preocupó enseguida de mover el juicio sobre los actos de su periodo presidencial. Fue
su abogado don Manuel López Lissón. El tribunal fue formado por los conjueces Soria,
Benavente y Llosa Zapata. La sentencia absolutoria se firmó el 1° de agosto de 1832. Sus
partes conside-rativas se basan en que su entendimiento con los españoles no fue más
allá del plan de Punchauca; en que sus anteriores servicios resisten la presunción de
traición; en que si cometió errores, ellos quedaron purgados con siete años de
desgracias y de proscripción; en que sus actos habían revelado un laudable aunque no muy
fundado celo por la soberanía y la libertad del país, frente a un extranjero que,
aparentemente, iba a destruirlas y a quien fue conferido el poder supremo en agravio de
Riva-Agüero. La sentencia se basaba, así mismo, en el dictamen del fiscal don Blas José
Alzamora y concluía diciendo que no habiendo mérito como no lo había para la
prosecución de la causa, se suspendía su conocimiento y su continuación.36
Un auto de 6 de agosto, a solicitud de Riva-Agüero, declaró que en nada podía
perjudicarle dicha causa en orden a su empleo y grado militar.
Ausente y en desgracia La Fuente, en este juicio no intervinieron los enemigos de
Riva-Agüero. Sólo hubo una polémica por razones de tramitación procesal y por
cuestiones privadas con Vidaurre, presidente de la Corte Suprema quien primero se dirigió
a la Cámara de Senadores y luego a la de Diputados en consulta.37 Con fecha de
6 de febrero de 1833, se dirigió Riva-Agüero al Ejecutivo adjuntándole copia de la
absolución para que la insertasen en la orden general del Ejército y se le hiciesen sus
ajustes vencidos. Con fecha 12 de febrero emitió informe favorable el fiscal Tudela; pero
el gobierno se limitó a pedir copia de las resoluciones del Congreso sobre el asunto.38
El 8 de marzo de 1833, fue elegido diputado por Lima a la Convención Nacional. Pero en la
madrugada del 16 su casa fue allanada sin que tras una búsqueda minuciosa pudieran
encontrarlo. Una montonera en Carabayllo, rápidamente disuelta, reunida inmediatamente
después de las persecuciones realizadas aquel día de resultas de las cuales fueron
apresados don Manuel Tellería, presidente del Senado y el entonces sargento mayor
Salaverry, confirmó, según el gobierno, la existencia de una vasta conspiración.39
Desde su escondite, Riva-Agüero dirigió varias representaciones al Consejo de Estado
protestando de su inocencia y reclamando su fuero de diputado. El Consejo acordó decir al
Ejecutivo que suspendiera la orden de arresto contra él porque siendo diputado
notoriamente elegido a la Convención, no estaba sujeto a otra autoridad que al Consejo de
Estado, conforme a la ley de 30 de junio de 1831 (26 de marzo de 1833). No aceptó, en
cambio, el Consejo otro pedido para una licencia con el objeto de embarcarse para Chile,
por considerarla fuera de sus facultades.
Ya en los numerosos escritos que entonces publicó, dejábase ver el desengaño y la
amargura que dominaban a Riva-Agüero después de diez años de persecuciones; tuvo
entonces frases que podrían pertenecer a las Memorias de Pruvonena.40
Publicábase en aquel tiempo el periódico La Verdad, en el cual escribía, como era
notorio, don José María de Pando, personaje de ideas autoritaristas y que tendría luego
ante las cosas del Perú una actitud muy semejante a la que iba tomando Riva-Agüero. A
pesar de la afinidad entre ambos, ya desde entonces presumible por el tono de los
editoriales como era su norma al gobierno de Gamarra, acusó a Riva-Agüero, de
conspirador y exhumó los principales cargos que ya se habían acumulado contra él.41
Riva-Agüero se embarcó para Guayaquil, donde vivió en la misma casa de Tellería,
denunciando ambos que en la noche de 11 de agosto de 1833 dos asesinos con trabuco
pretendieron asaltar su domicilio.
Refugiado Riva-Agüero en Guayaquil, los colegios electorales realizaron en mayo
elecciones para presidente de la República. En Lima obtuvo 174 votos y Orbegoso 165.42
Por acuerdo de la Convención, reunida en sesiones preliminares, se dictaron órdenes para
su repatriación así como la del diputado Tellería; pero esas órdenes fueron
suspendidas en octubre de 1833 por haberse sofocado en Piura un motín hecho con la
esperanza del regreso de Riva-Agüero y habiendo invocado su nombre las sediciones de
Huamanga y Amazonas y la sublevación de los presidiarios de San Lorenzo, conociéndose,
además, instrucciones venidas de Guayaquil para armar montoneras. La esposa de
Riva-Agüero manifestó a la Convención que la acusación carecía de pruebas; la
Convención pidió informe al Ejecutivo y éste no contestó. En una nota fechada el 22 de
octubre, Riva-Agüero decía a la Convención, exasperado y acaso paranoico
que se le había querido asesinar, que se le insultaba alevosamente en el periódico
oficial El Conciliador, que la elección presidencial había sido hecha en su favor sin
que mediara de su parte solicitud alguna, que por ello no había apelado a la
conspiración ni a las montoneras.43
Los años no habían limado sus desplantes jactanciosos de niño engreído. Pensaba que
sus trabajos en medio de la capital genuflexa le habían dado, aparte de sus blasones
amarillentos, un título para la permanente adhesión popular. Todavía, con fidelidad de
criados de familia vieja, algunos guerrilleros de aquellos días que se agigantaban con el
tiempo y parte de la plebe limeña, no se habían olvidado del niño Pepito.
Soliviantábase su orgullo paradójico de viejo conspirador y de aristócrata rancio ante
el auge de militares de quienes había sido jefe, caudillo, bienhechor. Él decía que no
solicitaba, que no buscaba nada. Pero sobre estos engañosos aspavientos recoletos, el
espectro de las tribulaciones pasadas le presentaba como una vindicación tentadora el
regreso tardío al poder que tanto amara desde los ilusos días mozos.
La oposición a Gamarra, podría dividirse en 1833, pues, en dos grupos: uno, el más
numeroso seguramente, que contaba con los principales periódicos liberales, El Telégrafo
de Lima, El Genio del Rímac, etc., y que contaba así mismo con la mayoría de la
Convención, a favor de Orbegoso a quien se habían plegado Luna Pizarro y su grupo,
inicialmente partidarios de Nieto. Y otro grupo representado por Riva-Agüero, análogo en
tendencias al cenáculo de intelectuales que con una camarilla de militares, daban fuerza
al gobierno. Riva-Agüero, que no sólo fue atacado por los periódicos oficiales El
Conciliador y La Verdad, sino también por algunos de la oposición,44 dice en el libro de
Pruvonena: El Congreso llamado convencional que estaba instalado con el objeto de
examinar la Constitución y reformarla, se negó a abrir las actas de los colegios
electorales y a proclamar al nuevo presidente de la república que esos colegios habían
elegido con arreglo a la Constitución vigente que la regía. (Se sabe por notoriedad que
la elección era en favor del Gran Mariscal Riva-Agüero). Se pretextó que hallándose la
Convención reformando la Carta Constitucional, se debía esperar a que se concluyese su
reforma y que con arreglo a las innovaciones que pudiese hacer, se procedería después el
asunto de la elección de la presidencia de la república....45
La Convención se encontró con el problema de la sucesión presidencial pues la inminente
fecha en que Gamarra debía dejar el poder, no daba lugar a acudir nuevamente a los
colegios electorales. Por sugestión del propio Gamarra y ante la crisis que podía venir
si se dejaba a éste o si se nombraba a Tellería, que era su reemplazante legal, pero que
era su enemigo y que se negó a aceptar, la Convención eligió presidente provisorio. La
mayoría de los votos la obtuvo Orbegoso. Riva-Agüero no obtuvo un voto.
Aunque hostil a la logia liberal triunfante, Riva-Agüero, de regreso del
destierro, se incorporó a las filas de Orbegoso, puesto que estalló a poco el golpe de
estado de Gamarra y de Bermúdez. Hizo con Orbegoso la campaña de la sierra que terminó
con el abrazo de Maquinhuayo. Díjose que por su influencia prodújose en mayo de 1834 la
proscripción de La Fuente, decretada por Orbegoso. Producido el 1º de enero de 1835 un
motín en el Callao que proclamó a La Fuente, en la junta de guerra dio su parecer que
contribuyó según, cuenta en el libro de Pruvonena, a la captura de la plaza por asalto.46
En octubre de 1835 fue nombrado por Orbegoso ministro en Chile, país en el cual, según
Sotomayor Valdés estaba desterrado por Salaverry a quien odiaba por creer que había
interceptado sus perspectivas presidenciales. Como Salaverry nombró con igual cargo a don
Felipe Pardo, se produjo entre ambos cuya afinidad de ideas es evidente una
enojosa polémica.47 De regreso de su infausta misión en Chile que concluyó
con la guerra, Riva-Agüero se incorporó a las filas santacrucinas o confederales. Con
motivo de la defección de Orbegoso a la causa de la Confederación por haber declarado
independiente al Estado Norperuano ante la llegada de la segunda expedición restauradora,
Santa Cruz lo nombró presidente del Estado Norperuano (11 de agosto de 1838). Desterrado
nuevamente a Guayaquil como consecuencia de la caída de la Confederación regresó al
Perú en 1843, ya viejo, empobrecido y desengañado definitivamente, dedicándose a la
vida privada. Falleció en Lima el 21 de mayo de 1858.
17. Pruvonena
El ideal monarquista al que pareció hostil en su ilusa juventud de conspirador así como
en sus actitudes durante el Protectorado de San Martín, túvolo por adepto eventual en
1823 y por adepto posible en 1826-28 pero parece haberle ido dominando del todo en sus
últimos años. Y en 1858, poco después de su muerte, fueron publicados en París sus
Memorias y documentos para la Historia de la Independencia del Perú y causas del mal
éxito que ha tenido ésta, con el seudónimo de P. Pruvonena (anagrama de un
peruano); libro en el que colaboraron los canónigos Arce y Garay.48
Todo el despecho, todo lo que el filósofo alemán Max Scheler ha llamado el
resentimiento acumulados en una carrera tempestuosa y frustrada, hierven en
este tremendo y triste libelo. Bien pudo Riva-Agüero, en el retiro de sus últimos años,
escribir sus memorias pretender una vez más justificar sus actitudes y vengarse de sus
enemigos siquiera con la pluma como ya varias veces lo había hecho; no hubiera importado
que mezclara a sus recuerdos y a sus argumentaciones toda la filosofía pesimista que
habíase acentuado en él. Hubiera hecho una obra más lógica, más franca, más digna y,
en el fondo, más útil para su defensa. Pero empezar por el pecado original de esconderse
en el seudónimo; escribir un fárrago de invectivas contra todos los caudillos de la
Emancipación sin reconocerles ni una cualidad y, lo que es menos grave, contra todos los
caudillos de la República, salvo Vivanco; trazar con siniestros colores el cuadro de la
realidad peruana autoelogiándose sin tasa ni medida, fue en cambio, lo que hizo; al mismo
tiempo que reunir un haz desordenado pero curioso de documentos, folletos y artículos,
firmados y anónimos, sobre la Independencia y sobre la vida republicana hasta 1856.
Lo que el fingido Pruvonena trata de probar, en suma, es que la ineficacia de las
instituciones democráticas en sí y, en especial, en América, así como una serie de
errores y contrasentidos como el hecho de no haber establecido San Martín un gobierno
nacional, de haber descuidado la guerra, de haber cometido otros abusos, de haber sido
entregado el país por el Congreso a Bolívar, de haberse promulgado una Constitución
inadaptable, de haber gobernado Bolívar como un monstruo, de haber imperado el
parlamentarismo, de haber sido autorizada la licencia de la prensa, etc., produjeron por
resultado un espantoso caos en el país, frente al cual la administración colonial fue
inmensamente superior. Aún más: habla de la conveniencia de una intervención europea en
América del Sur, que cure sus males y alude no a la necesidad de la monarquía porque su
tono es desesperanzado, sino a los beneficios que ella hubiera podido reportar.
Junto con el valor netamente personal o de cerrada camarilla afín a él, que hay en esta
última producción de Riva-Agüero ella refleja, además, cierto estado social. Recoge
esa amargura que las gentes desposeídas por las grandes transformaciones tienen sin ver
sus ventajas. Recoge el desdén y el asombro al ver ocupadas las más altas posiciones
públicas por hijos de casta o espurios o sacrílegos, por eso, tan
fáciles de venderse y de prostituirse. Recoge el descontento vasto que, un poco,
reflejara también Pardo y Aliaga sobre todo en sus últimas composiciones. Fue Pardo pero
pudo ser Riva-Agüero si es que hubiera escrito versos, quien dijo:
Aunque gruñan severos Aristarcos
yo prefiero a estos tiempos que dan grima,
aquellos tiempos en barullo parcos
en que tan sólo se agitaba Lima
cuando elegía su Rector, San Marcos.
...
¿Libertad en la tierra pecadora...
sin un poder robusto que la guarde
poder presidencial o poder regio?
¡Esas son necedades de colegio!
Pero el punto de partida de Pardo no era
tan personalista; estaba templado por la ironía y por innata discreción. Mientras
Riva-Agüero en el mismo año de su muerte publicaba un libelo infamando a sus enemigos,
Pardo, al compilar con ayuda de su hija Francisca sus escritos en prosa y en verso,
separaba aquellos que pudieran tener alusiones personales, perdiéndose así gran parte de
su obra de periodista en la que puso tanto donaire como en sus mismas comedias y
artículos de costumbres. Ello no quita que hablara en tono emponzoñado; allí está su
Constitución Política su ¡Vaya una República!
Más semejanza tiene la actitud de Riva-Agüero con la de José María de Pando. Como
Riva-Agüero, Pando había disfrutado de honores durante el régimen español, siendo
honores más altos los de Pando hasta el punto de haber sido ministro de Fernando vii.
Como Riva-Agüero, Pando tuvo un momento de auge; pero el tumulto de la anarquía lo
derribó. Como Riva-Agüero, Pando quiso vengarse de su país malquerido. Con soberano
desdén habló de él mendigando acogida otra vez en la corte española en 1835; con
moroso cuidado dialéctico y retórico lo sentenció en sus Pensamientos sobre moral y
política publicados en Cádiz en 1838, a irremisible perdición por causas étnicas,
culturales y sicológicas y, sobre todo por haber adoptado la república. Pero Pando, que
por no tener como tenía Riva-Agüero vínculos hondos con el Perú, por no haber
intervenido en la Emancipación ni haber sido caudillo, pudo consumar su evasión
alejándose para siempre de América, carecía por eso mismo del encono, de la obsesión
de Riva-Agüero. Así, sus Pensamientos sobre moral y política están dedicados a los
españoles; se refieren a la conveniencia de la monarquía constitucional en España y en
Europa y para América sólo tienen un párrafo genéricamente cruel.
Por más acerbas que sean las deducciones ante la conducta de Riva-Agüero en 1823 y en
1826-28, quizá no podría dejarse por lo menos de sentir cierta piedad, viéndolo roído
por los recuerdos de entonces, llegar hasta los umbrales de la tumba rumiando sus pasiones
que los años no aplacaban. Su caso es en realidad un caso de chasco y de escamoteo. Algo
hay del mito de Satán, el gran rebelde, después de ser el arcángel preferido, en este
hombre que pareció el favorito de la suerte en su juvenud, pues fue el más activo, el
más prominente de los agitadores de la Independencia uniendo a sus dotes personales el
prestigio de su abolengo, de su posición; y que, sin embargo, fue luego perseguido como
un réprobo. Ante tal persecución que contaba con el apoyo con que la gloria creciente
iba ungiendo a sus enemigos, este hombre díscolo no cesó de luchar con brío y vigor.
18. Amenazas póstumas del monarquismo. La expedición floreana
Con el resumen de las aventuras de Riva-Agüero queda prácticamente liquidado el recuento
del monarquismo en el Perú. El monarquismo de Pando pertenece a dos periodos extraños a
su estada en el Perú antes de 1826 y después de 1835. Y si hay comprobantes, mencionados
por Villanueva en su Imperio de los Andes, sobre su plan para crear este imperio con el
objeto de halagar e intimidar a Europa y de perpetuar la dominación de Bolívar, pronto
se sumó al proyecto de la Constitución Vitalicia cuyo elogio hizo breve y magistralmente
en la circular que dirige a los prefectos como Ministro de gobierno para que la
propusieran a los Colegios Electorales. Análoga al proyecto de Riva-Agüero en 1826-28
fue la frustrada expedición floreana, del general ecuatoriano Juan José
Flores a quien en 1854 Fernando Casós llamaría El Rey de la Noche por
sus condiciones de gentil caballero en saraos y en banquetes. Este episodio que
interesa a la historia del Perú por la actitud de vigía y de leader que asumió nuestro
gobierno, sirvió para revelar el rápido y definitivo enraizamiento de la República en
América.
Flores, venezolano de origen, había gobernado el Ecuador agitadamente entre 1831 y había
vuelto al poder en 1839; pero, después de varias incidencias había suscitado una
reacción nacionalista análoga, a la que en el Perú se enfrentó a Bolívar,
a La Mar y a Santa Cruz. Tres meses y medio de guerra civil sin resultado definitivo
llevaron a Flores y sus oponentes a un convenio según el cual aquél debía salir del
país durante dos años aunque conservando sus grados militares, sus sueldos y sus
propiedades y debiéndosele proporcionar veinte mil pesos para los gastos de su residencia
en Europa (Convenio de La Elvira, 17 de junio de 1845).
Flores llegó a la corte española a fines de 1846, año en el cual se había hecho una
primera tentativa para erigir un trono en Méjico. Un periódico de oposición en Madrid,
El clamor público, denunció la existencia de una empresa análoga que se proyectaba
sobre América del Sur (7 agosto de 1846) con la directa participación del ministro
Istúriz. Coincidió esta denuncia con una serie de aprestos militares en Inglaterra y en
España, cuyos gastos, notoriamente, sobrepasaban las posibilidades económicas de Flores
que era su gestor. La noticia, recibida primero con incredulidad en América del Sur, fue
alarmando poco a poco tanto a los gobiernos como a la opinión, sobre todo en el Ecuador,
en el Perú y en Chile. El ministro peruano en Londres, Iturregui, inició una acción
ante el gobierno de Inglaterra, pues tres buques estaban listos en el Támesis y en
Limerick; al lado occidental de Irlanda hallábase alguna gente enganchada, aparentemente
como colonos emigrantes y en realidad como soldados.
Cuando Iturregui pasó su comunicación a Lord Palmerston, ministro de la Reina, después
de varias explicaciones dijo éste que como el comercio y los súbditos británicos
habían sufrido en varias épocas tantos perjuicios, vejaciones e injusticias de las
personas que de tiempo en tiempo han adquirido poder en Sudamérica, el gobierno
británico vería con gran satisfacción todo cambio mediante el cual la conducta de los
gobiernos de aquellos países hacia los súbditos británicos fuese más conforme con la
justicia, con la buena fe y con las obligaciones de los tratados. Por un momento
pareció, pues, que América sólo podría contar con sus propias fuerzas. Pero ello no
importó. Se pensó hasta en formar una liga sudamericana cuya presidencia pidió Nueva
Granada que fuera dada al general Castilla. La agitación en América, la acción
diplomática peruana, consonante con la que Chile realizó en Londres y en Madrid y, sobre
todo, una representación del alto comercio inglés invocando la necesidad de la paz (20
de octubre y 7 de noviembre de 1846) decidieron la actitud del gobierno de Lord
Palmerston. Los tres buques fueron embargados (19 de noviembre) y los contingentes de
enganchados fueron disueltos. Cuéntase que cuando Flores se dirigió a Santander, donde
también habíanse reunido algunas fuerzas a esperar a la expedición para unirse a ella y
tomar rumbo a América, recibió la noticia de este golpe que sumóse a otros
contratiempos que ya había sufrido, como por ejemplo la fuga, con gruesa suma de dinero,
de un agente de su confianza. Tras la caída del gabinete Istúriz, en gran parte debida a
la algarada que había suscitado esta empresa, vino el gabinete del duque de Sotomayor,
quien se apresuró a publicar una circular tranquilizadora para los países de América (6
de febrero de 1847). En este ambiente encendido se reunió en Lima el congreso de
plenipotenciarios americanos. Más tarde, Flores regresó a América curado de su
insensato proyecto cuyo único sustento verdadero había sido la protección de la reina
madre María Cristina; y en 1852 regresó al Perú, organizando aquí, con el apoyo
pecuniario del presidente Echenique y con la protección de algunos personajes del
oficialismo peruano de entonces, una expedición al Ecuador para deponer al general
Urbina, cuyas tendencias radicales rojas, emanación de las que
simultáneamente encarnaba en Nueva Granada el gobierno del general López preocupaban
vivamente al gobierno de Echenique que era moderado pero de tendencias conservadoras. Una
de las armas que esgrimió la oposición contra el gobierno y una de las primeras
manifestaciones de disgusto que exhibió ante él de nuevo en la presidencia se valió de
Flores para procurar la anarquía en el Ecuador, posponiéndolo, sin embargo, más tarde
ante García Moreno y ante Franco.49 Flores murió después de actuar
nuevamente en la política ecuatoriana, cerca de Guayaquil, en un buque en el cual
intentaba una nueva aventura, el 1º de octubre de 1864.
19. La agitación antimonarquista de 1862
El debate entre la monarquía y la república, tuvo, sin embargo, un último instante de
actualidad ante el surgimiento en Méjico, del trono de Maximiliano apoyado por los
conservadores mejicanos. En el Perú, los liberales miraron los acontecimientos de Méjico
como si fueran propios; una de las características de la etapa liberal posterior al
apogeo fugaz de 1855 y a la lucha con Castilla fue el americanismo. Periódicos
vibrantes, sobre todo La América, periódico político consagrado a la defensa de
la autonomía de las naciones americanas se enfrentaron a la cruzada del viejo
despotismo europeo contra la autonomía americana y contra sus formas políticas que son
la realización del dogma democrático. Además de La América cuyo equipo de
redactores incluía los nombres de Mariátegui, Vigil, Luciano B. Cisneros, Ulloa,
Químper, Casós, Juan Espinoza, Francisco Lazo, etc., aparecieron La Democracia, El
Pedestal de la Libertad, La República, El Perú, más o menos afines en ideas aunque
algunos de ellos orientados hacia la política interna. Sociedades como la Sociedad Unión
Americana, la Sociedad Liberal Central, la Sociedad Defensores de la Independencia, la
Sociedad Fundadores de la Independencia, mantenían la agitación pública. La misión de
Mariano Nicolás Corpancho como enviado del Perú en Méjico, que ha sido evocada en una
de las publicaciones históricas hechas por la Secretaría de Relaciones Exteriores de
aquel país bajo la dirección del eminente escritor de vanguardia Genaro Estrada,
consuena con ese espíritu. Comicios, veladas, discursos, himnos, representan diversos
matices de esta agitación a favor de la independencia y de la república; agitación que,
más tarde, se localizó en el propio Perú ante la expedición científica
española y ante la ocupación de las islas de Chincha, encauzándose en parte
contra el gobierno de Pezet a causa de la política que siguió en lo que respecta a la
cuestión española.50 Es interesante constatar que, a pesar de acumularse las
alusiones a la existencia de sectores monarquistas en el Perú, desde 1860 a 1866, ese
monarquismo no tuvo manifestaciones relevantes.51 Y cuando un simple folleto,
que visiblemente editado en el extranjero decía haberlo sido en Lima, comenzó a
circular, la palabra de Vigil lo condenó sin que el anónimo autor de tal folleto
aceptara la polémica.52
20. Las posibilidades de la monarquía en el Perú. Autoritaristas y monarquistas
Mucho se ha disertado sobre el dilema entre la monarquía y la república, entre nosotros.
En los últimos tiempos, José de la Riva-Agüero Osma se ha pronunciado por la monarquía
constitucional, Javier Prado limitóse a decir que el establecimiento de la república fue
un error; en cambio, el doctor Manuel Vicente Villarán y Francisco García Calderón lo
han defendido gallarda y eficazmente. Uno de los más recientes exponentes de este debate
ha sido el discurso del doctor Humberto Borja García sobre el proceso de nuestra
democracia en la inauguración del año universitario de 1920, en el que se pronuncia
también contra la república.
En realidad, los monarquistas que tachan de utopistas a los republicanos, lo son en mayor
grado. La Emancipación era la resultante de un proceso económico social. Había madurado
en las ciudades una clase burguesa criolla merced al contacto con Europa y al propio
desenvolvimiento. San Martín y Monteagudo primero y Riva-Agüero luego, eran ciegos ante
la transición que se estaba operando. Eran como Mirabeau cuando quiso limitar la
Revolución Francesa a una transacción con la monarquía constitucional; como Kerensky
que quiso reducir la Revolución Rusa a otra componenda con el pasado bajo las formas de
la democracia parlamentaria. Y es que, contra lo que digan los teóricos del
evolucionismo, puede ser que éste impere en las ciencias naturales; pero, a veces, la
Historia se realiza mediante algo terrible y bello, doloroso y formidable que se llama
Revolución.
Se ha dicho que el historiador profetiza el pasado, que da explicaciones fatalistas a
hechos que pudieron muy bien no realizarse; se dice, por ejemplo, que si Constantino no se
convierte al cristianismo, éste no hubiera imperado en el mundo. Así, si Carlota pasa el
Plata cuando la llamó Belgrano; si Abascal se corona; si La Serna acepta las propuestas
de Punchauca; si Riva-Agüero tiene éxito en las negociaciones de 1823, ¿habría surgido
la monarquía entre nosotros? Quizá, sí; pero ¿cuánto tiempo hubiera durado? La
Emancipación sólo hubiera sufrido un retardo. Es preferible creer que los hechos
históricos están determinados por antecedentes inflexibles en una dirección que se
forma ocultamente hasta parecer ilógica: el gesto audaz, el grande hombre las más de las
veces precipitan, apresuran o encarnan el acontecer. No hagamos, pues, por eso, Historia
tal como debió ser y no ha sido. En lo superficial domina lo imprevisto; él está en el
suceso particular, en la decisión singular; pero la época misma es necesaria, en ella
está la unidad vital del sino.
En la Carta de Jamaica, en el discurso de Angostura, en el Mensaje a Bolivia, en cartas
particulares Bolívar acumuló su pensamiento al respecto. Yo creo que el tiempo de
las monarquías, fue, escribía en 1822, en pleno triunfo del absolutismo en Europa.
Para él, en América estos monumentos antiguos, eran una amenaza para la
independencia y un peligro para la paz internacional. Ellos eran un contraste con el odio
que entonces suscitaba la península, odio decía Bolívar en su carta de
Jamaica más grande que el mar que nos separa de ella, agregando que menos difícil
era unir los dos continentes que reconciliar los espíritus de ambos países. En el fondo,
decía, tronos borbónicos en América equivalían a un protectorado europeo. La ambición
dinástica, el orgullo monárquico, las rivalidades de familia, las intrigas de corte
habrían traído a América gérmenes de rivalidades permanentes como las de las antiguas
monarquías europeas.53
Si América no estaba preparada para la república, tampoco lo estaba para la monarquía.
Si habían habido aquí tradiciones monárquicas, ellas caducaron con el régimen
colonial. América no había tenido reyes, la habían gobernado los de España, lejanos y
desconocidos. Sólo el Brasil tuvo reyes, porque los de Portugal vinieron, acompañados de
su corte, a residir y gobernar en tierra brasilera, formando una tradición monárquica
genuinamente nacional. En el primer momento de la revolución ya se habían adaptado por
eso en América española las formas republicanas; la organización definitiva de índole
monárquica habría tenido que comenzar por destruir esas bases.
La monarquía liberal y constitucional soñada por los realistas, en América hubiera
degenerado en gobierno despótico, pues faltábale lo esencial: la práctica
representativa y parlamentaria, la acción política nacional frente al poder de los
reyes. Aquí cabía repetir los argumentos de los monarquistas contra la república
agravados por los peligros sociales y políticos del trono. Había necesidad de crear
primero devoción y respeto por una dinastía; luego, hábitos de gobierno representativo;
y, por último, organizar el equilibrio recíproco del pueblo y del trono, poderes
antagónicos. La creación misma de la dinastía era problemática; la fuerza militar no
era un origen en el que se podía confiar; las candidaturas habrían surgido entre
rivalidades y ambiciones; la nobleza era decorativa, no tenía prestigio popular; no
había grandes plutócratas. El pensamiento de Bolívar, sintetizado en su mensaje
precediendo la Constitución Vitalicia fue en esto clarividente: "Véase la
naturaleza salvaje de este continente, que expele por sí sola el orden monárquico; los
desiertos convidan a la independencia. Aquí no hay grandes nobles, grandes
eclesiásticos; nuestras riquezas eran casi nulas y en el día lo son más. Aunque la
iglesia goza de influencia, está lejos de aspirar al dominio, satisfecha con su
conservación. Sin estos apoyos, los tiranos no son permanentes; y si algunos ambiciosos
se empeñan en levantar imperios, Dessalines, Cristóbal, Iturbide les dicen lo que deben
esperar. No hay poder más difícil de mantener que el de un príncipe nuevo. Bonaparte,
vencedor de todos los ejércitos no logró triunfar de esta regla más fuerte que los
imperios. Y si el gran Napoleón no logró mantenerse contra la liga de los republicanos y
de los aristócratas, ¿quién alcanzará en América a fundar monarquías en un suelo
encendido por las brillantes llamas de la libertad y que devora las tablas que se le pone
para elevar esos cadalsos regios? No, legisladores, no temáis a los pretendientes a
coronas; ellas serán para sus cabezas la espada pendiente sobre Dionisio. Los príncipes
flamantes que se obcequen hasta construir tronos encima de los escombros de la libertad,
erigirán túmulos a sus cenizas que digan a los siglos futuros cómo prefirieron su fatua
ambición a la libertad y la gloria".
Pero suponiéndose la factibilidad, la posibilidad del establecimiento y de la permanencia
de la monarquía ¿qué habría sucedido? Aquella época era un duelo entre la feudalidad
y el liberalismo; entre la reacción y la revolución. La monarquía habría favorecido a
la feudalidad y a la reacción. El pueblo, la masa, no habrían salido ganando mucho. Si
aún las formas republicanas conservaron social y económicamente la Infraestructura
colonial, ese proceso habría sido más saltante con la monarquía. Se condena la pereza
nacional, la ausencia de energía cívica, la falta de contralor administrativo como
defectos típicos de nuestras burocracias. Y el rey con su fausto, con su corte de
favoritos y áulicos, habría estimulado todos esos vicios, uniéndolos al culto de
exterioridades vacías, de lujos inútiles, de vanidades pequeñas.
Además, el germen de los motines no brotó del texto republicano de las constituciones
como Minerva de la cabeza de Júpiter, sino de causas sociales. La fórmula monárquica no
hubiera sido un freno para ello, tanto más cuanto que carecía de raigambre popular y
tradicional; pronto la cizaña habría surgido con motivo de los puestos de ministros y
favoritos como ocurrió en España en el siglo XIX con los pronunciamientos militares que
fugazmente ungieron a los generales Espartero, Serrano, Narvaez ODonnell, etc.
Habríamos tenido, en suma, como dijo Francisco García Calderón, todos los vicios del
cesarismo democrático sin las perspectivas de la libertad.54
Quienes a nuestra realidad compleja diagnosticaron la receta monárquica, procedieron,
pues, consciente o subconscientemente con el simplismo con que en medicina procede la
homeopatía, que bajo el lema similía similibus curantur pretende curar las
enfermedades con el mismo germen que las produce. La medicina política tiene otros
recursos: o la cirugía que amputa o la previsión que inmuniza.
La lejanía en que vivían los presuntos reyes, en exóticas tierras y en disímiles
ambientes y no cerca para hacer factible la influencia de los gobiernos interesados como
sucedió en el caso de Bélgica, Grecia y España con Amadeo de Saboya, era otro motivo
poco propicio para la implantación monarquista. La revolución se hacía contra la
soberanía de un monarca; el régimen hereditario y los privilegios de casta eran
incompatibles con las aspiraciones comunes a la Independencia. América reivindicaba,
además, la originalidad de su misión histórica al rechazar la monarquía a pesar de los
peligros y tropiezos que por ello sobrevinieron.
* * *
Muerta antes de nacer la monarquía en el Perú, de ella
supervivió, algo en ciertos sectores selectos de la intelectualidad nacional: la
desconfianza en la adecuación del fraseario liberal con la realidad criolla. Los
"autoritaristas" o partidarios de los gobiernos fuertes no hicieron más tarde,
en buena cuenta, sino repetir o glosar las razones que pretendieron justificar la
monarquía. Por eso algunas veces la pasión demagógica los señaló como monarquistas.
Un capítulo posterior está dedicado a ellos.
Está, así mismo, fuera del marco de este capítulo el estudio del hecho que ahonda y
aviva la actitud de los autoritaristas: la implantación de las instituciones liberales
tal como habían sido planeadas para la realidad de Europa. Quede, por ahora, simple
constancia de que en el Perú no apareció, como no apareció en América tampoco salvo el
intento por eso genial aunque frustrado de Bolívar, un ideólogo que, auscultando las
circunstancias típicas, adaptase a ellas las instituciones europeas.
_____________________________________________________________
28 Memoria, fechada en Amberes y publicada en Santiago 1828, Riva-Agüero, p.
37. Don José Ignacio Moreno publicó con sus iniciales unas cartas desde Huacho diciendo
que San Martín no quiso ser monarca. Era, pues, "El Solitario de Huacho" (El
Vindicador N.º 1 a 3, en enero de 1823), Riva-Agüero, en cambio, en Pruvonena II, p. 31,
afirma que consta en el libro reservado de actas del Consejo de Estado la propuesta que a
este respecto hizo Monteagudo.
29 Correspondencia publicada por OLeary, tomo x, p. 236.
30 Memoria de Amberes citada.
31 Todos estos documentos en el Manifiesto que di en Trujillo en 1824 sobre los
motivos que me obligaron a deponer a D. José de la Riva-Agüero y conducta que Observé
en ese acontecimiento por A. Gutiérrez de la Fuente, imp. de J.M. Masías, 1829. Véase,
sobre todo, las pp. xxiv y siguientes en la ediciones a dicho manifiesto.
32 Mercurio Peruano de 26 de noviembre de 1828.
33 Incluida en la exposición de La Fuente, p. xxii.
34 Representación a las Cámaras en el anexo.
35 Ídem, id., p. 16. Otro de los motivos que tuvo para su desazón fue una
supuesta proclama que, impresa en una imaginaria imprenta en Santiago de Chile, circuló
con su firma, loando a Bolívar y atacando a La Mar. Pidió al gobernador local que la
declararan apócrifa obteniéndolo con fecha 14 de febrero. (Ver Pruvonena, tomo ii. p.
354 y siguientes.)
36 El texto de la sentencia en un volante Vindicación del Gran Mariscal don
José de la Riva-Agüero. Anteriormente los conjueces Corbalán, Cabero y León habían
declarado que el periodo presidencial de Riva-Agüero había durado sólo hasta el 23 de
junio de 1823 y que lo referente a su conducta posterior no competía al Tribunal. Ver
Escandalosa injusticia hecha contra el G.M.J. de la R.A. Lima, 1822. Imp. Republicana.
37 La polémica entre Riva-Agüero y Vidaurre, en la que éste no se manifiesta
acusador de aquél por lo acaecido en 1823 sino tan sólo se refiere a la tramitación del
juicio, en el suplemento a Mercurio Peruano N.º 1466, de 14 de agosto de 1832, al N.º
1473 de 23 agosto, al N.º 1479 de 31 agosto, N.º 1513 de 12 de octubre.
38 En El Telégrafo del 17 de abril de 1833.
39 El Conciliador extraordinario del 18 de marzo de 1833.
40 "Bien notorio es al Consejo decía en su
Representación publicada en el alcance a El Telégrafo de Lima, N.º 285
así como a toda la nación de que al año hay tres o cuatro revoluciones o, lo que
es lo mismo, se vive aquí en una continua revolución como se deduce de las prisiones,
expatriaciones y sumarios ¿Y si es tan crítica la situación del gobierno actual, seré
yo por eso la víctima que se trate de inmolar al disgusto general? ¿Podría yo ser tan
insensato que apeteciese volver a ejercer el cargo de administrar el poder ejecutivo
cuando la República está en la actualidad, se puede, decir, totalmente arruinada?
Últimamente, ¿podría yo prestarme a servir de apoyo a una revolución cuando la carta
constitucional tiene señalada la persona que debe mandar en defecto del Presidente de la
República? Y si en mí cupiese esta extravagante aspiración de querer resucitar un
esqueleto cual es hoy la nación; ¿no me sería más útil que continuase la actual
administración y esperar pacífica y honorablemente unos pocos meses que faltan para que
se verifique la elección del nuevo Presidente? ¡Brava insensatez! Yo no aspiro sino a
vivir en mi retiro y estoy persuadido que los males inferidos al Estado por efecto de las
deposiciones de los gobiernos legítimos han retardado por siglos los bienes que
esperábamos de la Independencia y no serán curados por nadie durante la presente
generación. Tales son los efectos de los desórdenes acaecidos en el Perú desde que
comenzó su gloriosa lucha, que de un país rico y feliz lo han convertido en un esqueleto
horrible".
En otra exposición al Consejo (Alcance a El Telégrafo de Lima, N.º 244) dice, revelando
su nostalgia de hombre privilegiado dentro de la administración colonial: "De lo
contrario habríamos perdido mucho con la Independencia, porque en el sistema colonial los
virreyes no obstante ser un alter ego del rey, no tenían la atribución de juzgar y si
abusaban de las facultades, las audiencias los contenían en sus justos límites así como
a aquellas el supremo consejo de las Indias. Además, quedaba a los súbditos del rey el
arbitrio de reclamar los perjuicios en la residencia que precisa e indispensablemente
daban los virreyes al finalizar su mando. Luego, si la Constitución que nos franquea
mayores garantías fuese violada, impunemente, resultaría que en vez de haberse logrado
el objeto de la Independencia y de la libertad, habríamos caído en un despotismo
infinitamente mayor".
41 Véase La Verdad, N.º 35-38. En el suplemento de El Telégrafo de Lima,
N.º 246, Riva-Agüero se defendió, aludiendo al mismo tiempo en forma enconada a Pando,
a quien acusaba de inconsecuencia política, agregando que acaso agentes del gobierno
español (Pando había sido ministro de Fernando vii) atizaban la anarquía en el Perú.
Véase igualmente el N.º 254 y el suplemento al N.º 265 de El Telégrafo de Lima con
nuevas defensas de Riva-Agüero. "Nadie ignora decía entre otras cosas La
Verdad que don José de la Riva-Agüero es un hombre decente por familia y modales;
que en Europa ha tratado también con hombres decentes: que sus hábitos y conexiones lo
atraen necesariamente a la sociedad de los que valen algo. En estas circunstancias debe
serle muy doloroso pasar revista a las tropas alistadas bajo su bandera porque en ellas no
conocemos uno solo de los individuos que hacen algún papel en la sociedad de Lima por sus
servicios, por su talento o por su influjo".
42 El Telégrafo de Lima, de 8 de mayo de 1833.
43 Nota de 22 de octubre de 1833 a la Convención. En Pruvonena, tomo ii, p.
668.
44 Véase el N.º 847 y siguientes de La Miscelánea. Mucho se usó contra R.A.
una supuesta carta de San Martín en que lo insulta. En su folleto Paralelo de dos cartas
del general San Martín, Riva-Agüero publicó una carta de aquél posterior a la otra,
sumamente afectuosa, y dejando el original en la Imprenta Republicana.
45 Tomo i, p. 324.
46 Tomo ii, p. 604.
47 Historia de Chile bajo el gobierno del general D. Joaquín Prieto, por R.
Sotomayor Valdés, tomo ii, en la edición de 1900, capítulo xx. Cuando llegaron a Chile
malas noticias para Salaverry, Riva-Agüero solicitó la detención y el arraigo de Pardo
hasta que restituyese unos fondos que había recibido del Estado peruano para viajar a
España como ministro. Pardo publicó un folleto respondiendo a estas acusaciones que
revelaban las pasiones de Riva-Agüero. Éste hizo un empréstito de 100,000 pesos que según el gobierno de Chile, sólo sirvió para dar
dinero a enemigos notorios del orden público de aquel país quienes resultaron poseedores
de ficticios créditos ante el gobierno peruano que aprestóse a abonarlos.
48 Dice Riva-Agüero y Osma en su carta a Cejador (Tomo vii, p. 131, de la
Historia de la Literatura Castellana): "Sus dos amigos más fieles, los dos más
asiduos concurrentes a su tertulia diaria eran los canónigos Arce y Garay, que como él
había[n] sido ferviente[s] revolucionarios y eran entonces reaccionarios furibundos. De
la colaboración de estos ancianos amargadísimos e implacables resultaron las desdichadas
Memorias de Pruvonena, de sabor tan acre y antiamericano, exactas en muchas partes pero
siempre rencorosas y ceñudas y en general temerarias al acoger toda especie de malévolos
rumores sobre personajes de la revolución separatista, dignos de más equitativa
apreciación. Me duele tener que declarar todo esto aunque sea en carta privada; pero es
menester decirlo para explicar la índole de esa obra. El canónigo Nicolás Garay
suministró principalmente a mi bisabuelo citas de autores clásicos, notas y anécdotas y
correcciones y parece que fue el encargado de revisar el manuscrito y enviarlo a París
para su edición que fue póstuma. Cuando mi abuelo Don José de la Riva-Agüero y Loos
Corswarem regresó de Europa hizo recoger y destruir muchos ejemplares que por eso se han
hecho tan raros".
49 El Ecuador, por Pedro Moncayo, Santiago, 1886, pp. 173-188. Resumen de la
Historia del Ecuador, por Pedro Fermín Zevallos, tomo V, 2.a edición, Guayaquil, 1886.
Obras completas de Andrés Bello, tomo x, pp. 547-588. La protección de Echenique a
Flores que, por lo demás, no tiene importancia para el tema de este trabajo, está
confesada en su manifiesto de 1858. La nota de Lord Palmerston en El Comercio de 12 de
febrero de 1847.
50 La América publicó su primer número el 6 de abril de 1862. El último de
estos periódicos, cronológicamente, fue El Perú, que apareció el 18 de junio de 1864:
"lo consagramos desde luego al servicio de la independencia de América y de las
instituciones republicanas", dice el editorial, aunque este diario se dedicó a hacer
violenta oposición al gobierno. De menos importancia fueron El Garibaldi y El Hijo del
Pueblo, éste último órgano de la sociedad de su nombre que presidía don Mariano
Bolognesi, autor de varias canciones patrióticas del momento. Pero la más importante de
ellas fue una con letra de José Toribio Mansilla cuyo coro decía:
Libertad, luz divina del mundo
no nos niegues tu puro arrebol;
antes muertos que esclavos de reyes
ser prefieren los hijos del sol.
Las estrofas decían entre otras cosas:
No más reyes han dicho los pueblos
que tinieblas arrastran en pos.
51 Por ejemplo, hubo una verdadera campaña periodística contra el
nombramiento que Pezet en sus primeros meses de gobierno quiso hacer del general Vivanco
como ministro en España y de don José Antonio de Lavalle como secretario, acusándolos
de monarquistas.
52 Se trataba de un folleto titulado Examen comparativo de la monarquía y de
la república por "Un Thaboriano", impreso nominalmente en Lima en 1867. En
algunos ejemplares habían dos estampas: una con un águila coronada en cuyo pico leíase
el letrero "Bajo y Alto Perú libre e independiente"; en otro, el retrato de
Felipe Leopoldo príncipe de Bélgica, conde de Flandes. Escrito en un estilo fácil y
razonado, este folleto comenzaba por examinar las objeciones contra la monarquía;
sostenía que la única organización política buena es la que mantiene en armonía los
dos principios de libertad y autoridad; que la república ultraliberal y la monarquía
absoluta no consultan dicha armonía; que la república moderada es una organización
política absurda contradictoria e impotente para hacer el bien de la sociedad; elogiando
enseguida largamente a la monarquía constitucional. No aludía a cuestiones políticas
concretas del Perú; contentándose con referirse en forma genérica al mal resultado de
la república en América y a insertar el acta del consejo de Estado de San Martín sobre
la misión García del Río-Paroissien así como algunos documentos relacionados con la
monarquía en Méjico. Vigil refutó a este folleto en su opúsculo v, Impugnación de un
folleto defensor de la monarquía, al que consideró como continuación de otro opúsculo
suyo, El gobierno republicano en América. La fe y la devoción de Vigil por la democracia
revelado también en otros escritos suyos, inclusive su Catecismo patriótico, se unían a
su americanismo y constituyen uno de sus blasones más altos para considerarlo entre los
grandes hombres de América.
53 Véase el "Ensayo sobre las ideas constitucionales de Bolívar"
por el Dr. M.V. Villarán en Revista Universitaria de diciembre de 1916. Algunas de las
consideraciones expuestas han sido tomadas de este admirable estudio que contribuye a
liquidar el debate.
54 F. García Calderón, en El Ateneo de 1906. Reproducido por Jorge Guillermo
Leguía en los "Domingos históricos" de La Prensa (30 de abril de 1922).
|