Maynas

 

En 1616, un grupo de soldados de la ciudad de Santiago de las Montañas, en forma casual, después de sortear con mucha dificultad el Pongo de Manseriche, descubrió lo que llamaron la "Nación Mayna" en el Alto Marañón, vastísima región selvática poblada de "infieles", y que se les presentó promisoria de nuevas riquezas. Había transcurrido casi un siglo desde el descubrimiento del Amazonas, para que se reiniciara la euforia española por el oriente selvático. Desde la ciudad de Loja, jurisdicción del virreinato peruano, el capitán Diego Vaca de Vega obtuvo del virrey del Perú Francisco de Borja, autorización para conquistar todas estas zonas ignotas y ser su gobernador. Investido de gobernador y potencial conquistador de la Nación Mayna, Vaca de Vega organizó una expedición en las gobernaciones de Loxa y Jaén, e internándose por la ruta seguida por los primeros descubridores, cruzó el Pongo de Manseriche y, haciendo uso de su investidura, fundó la ciudad de Borja en 1634, en homenaje al virrey del Perú de quien emanaba, institucionalmente, su poder, convirtiéndola en base de apoyo para sus incursiones y conquistas de una serie de naciones selváticas hasta 1640, en que empezó a disminuir la presencia española debido a la oposición de las naciones selváticas y las invasiones sistemáticas de los portugueses que derivó en un mal endémico en los siglos XVII y XVIII.

No obstante la buena labor evangelizadora de los jesuitas, complementada por una política de civilización de las naciones selváticas, enseñándoles una serie de actividades artesanales, la debilidad en la colonización y defensa de la "Nación Mayna" por parte de Quito, se reflejó en el constante avance de los portugueses, aún cuando existieron razones por las cuales la conquista de la Nación Mayna literalmente se paralizó a mediados del siglo XVII por: las continuas sublevaciones de los pueblos selváticos; el trato despótico que dieron los españoles a los nativos motivando su rechazo y huida a los bosques; los pocos pueblos fundados a enormes distancias que no permitieron que se apoyaran mutuamente en caso de sublevaciones indígenas y que tampoco se consiguiera una eficaz evangelización. Esta situación se agudizó con la expulsión de los jesuitas (1768), ya que ingresaron clérigos sin mayor formación misional lo que unido a la disminución de las poblaciones indígenas, el territorio agreste y difícil, la extinción de las encomiendas, hizo poco rentable la permanencia de los blancos que, en su mayoría, abandonaron la región.

No obstante la precariedad y continuo deterioro en el dominio de la Nación Mayna, ésta se hizo efectiva aunque siempre estuvo presente el expansionismo portugués que en 1732 intentó establecerse en la confluencia del río Napo con el Aguarico; en 1743 lo hicieron en el río Negro; en 1762 en el río Putumayo y, finalmente, en 1775 fundaron la ciudad de Tabatinga como punto más extremo en sus dominios hacia el oeste de la selva amazónica, promoviendo el contrabando y desestabilizando la soberanía que ejercía España por intermediación de la lejana Audiencia de Quito. Sin embargo de estos retrocesos, fueron cuatro los caminos que conectaron la "Nación Mayna" con las regiones más desarrolladas y, por tanto, más sujetas al dominio colonial.

Llamar "caminos" a las trochas del siglo XVIII suena a exageración, pues la mayoría, sino todos, fueron "muy malos", transitados por los nativos utilizados como animales de carga para llevar en sus hombros a los pocos blancos que se internaban en la enmarañada selva y entre los que se contaban los sacerdotes misioneros. Los únicos pueblos que tenían en el siglo XVIII algunos pobladores blancos fueron Borja, La Laguna y Barranca que, incluso, debido a su ostracismo y falta de comunicabilidad, poco se diferenciaron de los nativos por su continuo contacto con la naturaleza. De todas formas, estos fueron los "caminos" que vincularon Maynas con la sierra y costa:

1. Quito: partiendo a caballo en dirección sureste se cruzaba la cordillera llegando al pueblo de Papallacta en un promedio de dos días; a partir de aquí, a pie, o "en hombros de Indios" durante 12 días de caminos desiertos, sin pueblos donde pudiesen auxiliarse los viajantes, se llegaba al río Napo, donde existía un pequeño poblado y a partir de aquí, en balsas o canoas por el río Napo se llegaba a la parte baja del Marañón. El viaje duraba un promedio de 25 a 30 días.

2. Ambato: a tres días de jornada al sur de Quito se encuentra el pueblo de Ambato, de aquí a pie, y en dos días, se llegaba al pueblo de Baños, para después de una jornada de 10 días a pie cruzando montañas, llegar al pueblo de Canelos: "(Dpto. Loreto, prov. Alto Amazonas, dist. Andoas: hab. 146, año 1814). El Ecuador pretende, sin el menor fundamento legal, derecho sobre este pueblo y otros de Andoas, sin respetar el uti?posidetis, comprobado con la Cédula de 1802" (Paz Soldán: 148), lugar donde se embarcaban en canoas en el río Bobonaza, se pasaba al Pastaza y se arribaba finalmente a la parte superior del río Marañón en un promedio de 25 a 30 días de viaje.

3. Jaén de Bracamoros: se iniciaba el tercer camino por tierra en dirección norte al pueblo de Tomependa, ubicado en la confluencia de los ríos Marañón y Chinchipe: "situada en una hermosa llanura y tiene todas las ventajas e inconvenientes de los pueblos de montañas. El Marañón tiene en este punto una cascada que se llama el Salto de Tomependa: es uno de los puertos del Marañón" (Paz Soldán: 938). En Tomependa se hacía uso de balsas y, navegando por el Marañón con dirección noreste, en medio de "muchos raudales y saltos del río", se cruzaba el peligroso Pongo de Manseriche llegando en 6 días a Borja y de aquí en canoas se internaba sin mayor dificultad a los poblados selváticos. El viaje de Jaén al Marañón debió demandar un promedio de 12 días.

4. Moyobamba y Lamas: finalmente, el camino más corto y expeditivo para internarse a la Nación Mayna fue por la ruta de Moyobamba y Lamas, de aquí en jornadas a pie que duraban de acuerdo al tiempo y caminos, entre 3 y 6 días, se llegaba al río Huallaga y de aquí con canoas se navegaba a lo "más poblado de las Misiones", pasando por el pueblo Lagunas: "pbl. capital de este distrito de la provincia del Alto Amazonas, Dpto. de Loreto, a orillas del Huallaga: es considerado como puerto mayor" (Paz Soldán: 494), llegándose al Marañón en un promedio de 10 días.

5. Chachapoyas: por tierra se llegaba a Moyobamba, de aquí a pie, cruzando "una montaña fragosa" en cinco días, se llegaba al río Paranapura y en balsas o canoas se arribaba al río Huallaga y a la ciudad de Yurimaguas.

Ya por el río Huallaga se desembocaba al Marañón navegándose hasta el río Napo y finalmente se llegaba a Quito. Aproximadamente unos 15 días entre Chachapoyas y el río Marañón y 30 hasta Quito. En resumen éstos son los "caminos" de internamiento al Marañón:

Resulta evidente que la ruta más directa para llegar al Marañón y por ende al Amazonas, partía del virreinato del Perú. Geopolíticamente una mejor colonización y defensa de Maynas partía de poner bajo la jurisdicción del Perú la Nación de los Maynas. Cierto que Lima se encontraba a 40 días del Marañón, pero esta distancia fue compensada por la existencia de ciudades como Piura, Cajamarca y aun Chachapoyas, que tuvieron una población blanca y mayor desarrollo de su economía y un comercio que inclinó a sus moradores a interesarse por la región selvática. No sucedió lo mismo con Quito, pues no sólo por su distancia al Marañón, sino por su debilidad económica y poblacional, aunado a la falta de ciudades al sur, no pudo ejercer su influencia, deviniendo en un continuo desgaste de esta vasta región en beneficio de los portugueses. La constante decadencia de las Misiones de Maynas, bajo la jurisdicción de la Audiencia de Quito, se tornó evidente al mismo gobernador general Francisco Requena, cuyo informe, conjuntamente con el del Consejo de Indias y la Contaduría General, sirvió al Rey de España para emitir la Real Cédula del 15 de julio de 1802: "informó dicho ministro Requena, se hallaban las misiones de Maynas en el mayor deterioro, y que sólo podían adelantarse estando dependientes de este Virreynato [Perú], desde donde podían ser más pronto auxiliadas, mejor defendidas, y fomentarse algún comercio por ser accesibles todo el año los caminos de esa ciudad a los embarcaderos de Jaén, Moyobamba, Lamas, Playa Grande y otros puertos". Se justificaba que, ante a la decadencia de Maynas, la Corona optase por lo lógico, que fue volverlo a la jurisdicción del virreinato del Perú: "he resuelto: se tenga por segregado del Virreynato de Santa Fé y de la Provincia de Quito, y agregado a ese Virreynato [Perú] el Gobierno y Comandancia General de Maynas [...] extendiéndose aquella Comandancia General, no sólo por el río Marañón abajo, hasta las fronteras de las colonias portuguesas, sino también, por todos los demás ríos que entran al mismo río Marañón por sus márgenes septentrional y meridional, como son: Morona, Huallaga y Pastaza, Ucayali, Napo, Yavarí, Putumayo, Yapurá y otros menores considerables, hasta el paraje en que estos ríos, por sus saltos y raudales inaccesibles, dejan de ser navegables" (ibid).

La opinión generalizada de los contemporáneos que conocieron la selva nororiental, fue que los caminos más cortos y menos incómodos para llegar a la "Nación Mayna" y por ende al Marañón, fueron desde Jaén y Moyobamba, no obstante que se reconocía que el más transitado seguía siendo el de Quito, pero ello resultaba contraproducente en la medida que la seguridad de estos vastos dominios coloniales estaba siendo jaqueada por los portugueses. No cabe duda que ello también influyó para que la selva nororiental de esta parte de América del Sur retornara a la soberanía del virreinato del Perú.

A fines del siglo XVIII resultaba evidente el continuo "deterioro" de las Misiones en la "Nación Mayna", que se reflejaba en la desaparición de pueblos, mínima presencia de gente blanca, reticencia de los misioneros para vivir en la selva y sólo esperar cumplir sus cuatro o cinco años de permanencia para regresar a "la civilización", en comparación con los pueblos bajo la jurisdicción del Perú donde había un mayor desarrollo económico, un número mayor de personas blancas y un comercio más intenso. La influencia de un desarrollo material para las naciones selváticas estaba más cerca de Chachapoyas, Moyobamba, Lamas o Jaén que de Quito o Ambato. En los 200,000 km2 de la Comandancia de Maynas, a fines del siglo XVIII, apenas se podía contar entre 21 y 22 pueblos con 9,111 habitantes distribuidos de la siguiente manera:

Como puede apreciarse, existió una variedad de naciones selváticas que tuvieron la particularidad de hablar diferentes idiomas, dificultando su evangelización y asimilación a la cultura occidental. Incluso, en un mismo pueblo, sus moradores no se entienden, pues no obstante hablar el mismo idioma, algunos lo hacen con mayor velocidad como los Cocamas, Cocamillas y Omaguas que los Caguachis y Yaguas. Si éste es un problema para una mejor evangelización, lo es también el hecho que la mayoría no habla la lengua española, y sólo algunos que habían vivido en pueblos de españoles, estuvieron en condiciones de entender el castellano aunque fue raro. De todas formas, como se ha dicho anteriormente, son las naciones que viven en la zona sur las que se encuentran más aculturadas, hay un porcentaje de indios que entiende el castellano como son en los pueblos de La Laguna, Xeveros, Muniches, San Regis, Omaguas, etc., no así las naciones que habitan el río Napo, Pastaza y el Marañón bajo. Es evidente que conocer la lengua de las naciones selváticas se convierte en la llave principal para lograr la conversión de estos llamados "infieles", aunque la política oficial del Estado español fue enseñar el "idioma Inca", con la finalidad de uniformarlos lingüísticamente y lograr una más fácil evangelización de las naciones selváticas. Este gran objetivo evangelizador y colonizador fracasó, en principio, porque la mayoría de los padres misioneros venidos de Quito no sabían el quechua, y sólo se quedaban en la selva entre 3 y 4 años, tiempo escaso que no les permitía aprender el idioma de los nativos. Por supuesto que los más lúcidos padres franciscanos fueron conscientes de la importancia de la lengua como medio para conseguir una eficaz evangelización de los naciones selváticas, como puede leerse en las instrucciones a los padres misioneros: "pondrán particularísimo y continuo cuidado en aprender la lengua de los Panos y Manoitas, que es la que generalmente usan con poca variación todas las Naciones del Ucayali: pues de saber la lengua con perfección depende la conversión de los Infieles" (Mercurio Peruano, T. V: 95). Esta Instrucción puede hacerse extensiva a las naciones del Marañón.

Si nos atenemos a las informaciones que nos han dejado los padres franciscanos y algunos contemporáneos que vivieron entre las naciones selváticas, no fue difícil "evangelizar", enseñar castellano, las técnicas en la producción de bienes artesanales o el cultivo de la tierra, pues la leyenda negra de la "rudeza y brutalidad" de los selváticos fue un mito como lo hace saber el padre Narciso Girbal en 1792: "Nuestros amados Panos prosiguen con mucha tranquilidad y armonía: hemos logrado ya que todos los niños hasta la edad de 13 años vengan diariamente mañana y tarde, a rezar al Convento" (Mercurio Peruano, T. V: 119). Y mucho más elocuente y veraz porque conoció la región don Francisco Requena afirmó: "Los más que han : descripto las costumbres de los Indios han querido darlos a conocer por sus vicios, y no por las virtudes, llevados de una preocupación de desprecio con que les han hecho injusticias. Como se notan en ellos defectos que los caracterizan brutales, también propiedades dignas de estimación cuanto nos producen utilidad. Los de Mainas son nimiamente sencillos, cándidos, o con muy poca malicia, de bella índole, de buenas inclinaciones y de la mayor frugalidad, son bastante humildes, obedientes y leales, constantes en las calamidades, sufridos en la miseria y de una extraordinaria fortaleza para tolerar con resignación toda especie de trabajos, pero demasiados embusteros, lo que les viene de no conocer el honor"76, y que se corrobora con la opinión del padre Girbal: "[...] nos trajeron leña y agua, y todo lo necesario; y lo continúan diariamente a la más leve insinuación, y sin la menor violencia" (Mercurio Peruano, T. V: 110). Lamentablemente, la opinión negativa en torno a las naciones selváticas persistió en las más altas esferas eclesiásticas como se demuestra por la opinión del obispo de Maynas en 1814: "Estos infelices son todos unos autómatas; es tanta su miseria en el espíritu y en el cuerpo que apenas parecen racionales; falta de luces; falta de medios para subsistir; falta de todo lo que constituye una vida social. Es necesario mucha copia de doctrinas, mucho zelo y mucho dinero para que esto, si es que Dios quiere dar el incremento, valga un día alguna cosa." (Cornejo y Osma, T. IV: 43). Cierto que hubieron muchos problemas a partir de 1802, no sólo porque se recibía una región literalmente abandonada y con el peligro constante de los portugueses, sino también porque a nivel de la Iglesia hubo mucho celo y rivalidad, pues los franciscanos de Ocopa se negaron a reconocer al obispo, quien en los primeros años no tuvo una sede, como mínima concesión, pero se comenzó a "andar" y ejercer soberanía como lo demuestra el padrón presentado por el obispo en 1814:

Es de anotar que se produjeron intentos de algunas autoridades colonialistas de la Audiencia de Quito para que volviese la Provincia de Maynas a esa jurisdicción, como el pedido presentado al Rey por don Toribio Montes en 1815 aduciendo que: "Quito unido con Maynas siempre cubrió sus atenciones; Maynas sin Quito las presenta descubiertas, el gasto es mayor, los pueblos buelven [sic] a la barbarie ... " (Cornejo?Osma, T.IV:99). Sin embargo, Francisco Requena las refutó y el Perú siguió teniendo soberanía sobre la selva, como lo acredita incuestionablemente un documento firmado en 1829 por el Jefe Provisorio del Perú, general Antonio Gutiérrez de la Fuente, al otorgar los sueldos a las altas autoridades eclesiásticas y en la que se encontraba el de: "Maynas [con] cinco mil, fuera de los mil de los dos asistentes que previene la cédula de su erección"77, demostrando que el Perú sí tuvo conocimiento de la Real Cédula del 15 de julio de 1802, más aún, la continuidad de la soberanía peruana sobre nuestra selva se corrobora con el censo que se formó en 1847 bajo autoridades políticas del Perú:

 

________________________________________
76. ALRE.LEA-11-88-A. Caja 16, fs.7.
77. ALRE.LEA-4-31. Caja 4,fs.1.

 

Regresar