"A LA SOMBRA DEL CREPUSCULO"

(TEATRO PARA LA TERCERA EDAD)

 

Luego de diez años de no escribir ni una sola línea sobre teatro, de súbito me encontré terminando una pieza, que imaginé de apenas un acto y para dos mujeres, pero que, mes y medio más tarde, me exigió otro más, situado en época de quince años antes, y la aparición de un hombre como tercer personaje... ¿Qué me indujo a todo esto?.. En principio ese influjo misterioso que impulsa a la realización, de un momento a otro, en medio de la oscuridad, muchas veces, o entre los saltos de un ómnibus o una combi, mágico halo que, quizá, no hace sino aflorar "la resaca de todo lo vivido" y volcarla en una hoja de papel, con frecuencia ni siquiera muy en blanco, sino ya garabateada de apuntes intrascendentes. Pero, en este caso, hubo de pesar, y no poco, sin duda, que la producción me fuera propuesta por alguien como Herman Sighuas -o para darle su nominación de combate, "Herman Herman"- director, actor, compositor, cantante, poeta y, en resumen, artista, quien, no bien lo conociera, me atrajo por algo de mayor virtud que las citadas: su nada común calidad de hombre sin vanidades, franco, honesto. Y a todo lo expuesto se sumó, por cierto, que el tema que me solicitó tratara dentro de un drama, versare sobre los sentimientos de quienes han entrado a la tercera edad". Hacía tres años al menos cronológicamente, pues bien sabemos que hay quienes desde muy jóvenes ingresan a ella, en tanto que otros, los de "corazón jilguero" y que suelen sonreír cada alba, jamás se introducen a su ámbito yo pertenecía al grupo de sus adherentes, empezando a sufrir de aquellos males y aislamientos de quienes han padecido este "valle de lágrimas" por más de seis décadas. Huelga puntualizar que por el solo hecho de haber superado la sesentena me sentía con mayor capacidad para referirme a esa "edad tercera" que cuando, unos cuarenta años antes, comencé a escribir obras de teatro.

Acaso por ello, pronto me fue dable cumplir con el encargo de mi nuevo amigo, en cuyas manos puse, en primer lugar, lo que vino a ser el Segundo Acto de "Dos Mujeres en Domingo" y, como ya está dicho, después, por puro azar, redacté un nuevo diálogo, que se constituyó en el Acto Primero, entregándoselo bajo el título de "A la Sombra del Crepúsculo".

Es el ocaso, sin duda, el momento del día más coincidente, con el ánimo de los que pertenecen a la tercera edad". Es la hora propicia para el ensueño, la recolección de memorias, la nostalgia, la melancolía. Tal como el domingo suele ser el hito hebdomadario que más hondamente marca las soledades. De allí que toda una generación llegara a detestarlo y plenamente se adhiriera a la letra y melodía de ese patético Dimanche je t'hair que la estupenda Juliette Grecó cantara en ya añejos tiempos. "María", la madre octogenaria, evoca la canción y la recuerda a "Mercedes", su hija, a la que confiesa, empero, haber olvidado el nombre de la actriz francesa. Y, de tal modo, marca esa característica de los de la "tercera edad" de olvidar aquello que quienes no pertenecen a ella comúnmente siguen juzgando de importancia y, en cambio, de guardar vívido en la mente el hecho o la frase que otrora se considerara superfluos y que, sin embargo, se comprueba de pronto que han sido celosamente albergados por la memoria. "Privilegio de ancianos" que a ellos mismos sorprende y tantas veces asusta al enfrentarse con "lagunas", con verdaderos "agujeros negros" dentro del espacio de su existencia, al tiempo que resurgen torrentadas de luz provenientes de épocas pretéritas, incluso de la infancia.

Pero, acaso el propósito esencial de haber aceptado teatralizar temas concernientes a los de la "tercera edad" haya sido el de recordar que quienes se hallan en ella son seres humanos más dignos de atención y cuidado que los restantes, pues han superado ciclos, cumplieron el cometido por el que fueron traídos al mundo y aún subsisten, son capaces de amar, de execrar y de indignarse, de oponerse a lo que juzgan frívolo o falso, aun a costa de encasillarse en esa soledad, cada vez mayor, en la que van encerrándose, por desaparición de los seres queridos y por la propia acción del Tiempo.

Son respetables sus miedos y fatigas, su cotidiano desgano, teniendo en consideración que no les es grato el presente, pues casi nada atractivo tiene ya para ofrecerles y que no creen en el futuro, no se ubican en él, y por lo general los atemoriza y lo atisban y analizan como porvenir apocalíptico. Y de esto que, por autoprotección, busquen refugio en el pasado y se aferren a él como a tabla en el naufragio. Pero actuando así, menester es subrayarlo, no le hacen daño a nadie.

Ojalá sirvan de algo estos dos diálogos -rematados, años luego y en Madrid, por un tercero, solicitado por alguien también de la "tercera edad", la actriz cinematográfica y teatral Ana Mariscal, quien me lo pidió telefónicamente y a quien lo entregué apenas al siguiente día, poco antes de su desaparición física-, el de Mercedes y María y el de ésta con Carlos, para volvernos más condescendientes con los seres que traspasaron la sexta década, y sintamos, como la casi totalidad de ellos, que "no hay edad para el amor

porque dio nacimiento al mundo
y es eterno...
como el alba, como el tiempo,
cual el sueño,
como la imagen de Dios
y el reflejo de Su aliento".

Y de algo valdrán si llegamos a reconocer y aceptar su derecho pleno, ganado a fuerza de años, a la remembranza, el romanticismo, la melancolía y la nostalgia, el ensueño, la extrema sensibilidad, la emoción, la lágrima, el llanto... la paz y el descanso.

4-II/94

 

 

PRIMER ACTO

 

MARÍA Y CARLOS : Sesenta y cinco años.

(La luz tenue, semiespectral, del ocaso, muestra la salita de ingreso a la casa de la pareja. Varias fotografías, pinturas y cuadros, penden de las paredes. Sobre la pequeña mesa del medio se ve una copa con vino, un vaso colmado hasta la mitad de leche y un plato con algunos higos. A escasa distancia, los dos personajes yacen, semitendidos, reclinados sobre el respaldar de un sofá, muelle, pero ya descolorido, semigastado, vetusto).

MARÍA. - (Murmurando. Casi para sí). - La última claridad del ocaso... Después la noche y su tiniebla... (Suspira).- Y un domingo más terminará para siempre.

CARLOS.- (Con acento similar al de su esposa), Definitivamente... sin vuelta... Y mañana llegará otro lunes.

MARÍA,.- Primer día de una nueva semana.

CARLOS. - Ni siquiera para todo el mundo... Depende de la religión que se siga.

MARÍA.- Pero sí para los católicos... para nosotros... y para la casi totalidad de los miles de millones de habitantes del mundo.

CARLOS.- (Susurrante).- ¿Importa realmente eso? ¿En qué cambia nuestro destino el hecho de que el lunes sea o no el primer día de la semana? ¿Dejaremos tú y yo de tener sesenta y cinco años? ¿Nos regresará a la adolescencia, a la adultez siquiera, en vez de vernos convertidos en una pareja más o menos típica de la "tercera edad"... (ríe quedamente y con sarcasmo), eufemística manera de designar a quienes, como yo, nos sentimos como unos "viejos de mierda"?

MARÍA.- ¡Por Dios, Carlos: no olvides que tú y yo tenemos los mismos años!

CARLOS.- (Sin mirarla, pero tendiéndole una mano abierta, sobre la cual ella oprime la próxima al cuerpo de su marido). - Tú jamás serás vieja para mí, María. Eres la mujer ideal, que eternamente llevaré en mis pupilas, en mi pecho y en mis sueños.

MARÍA.- (Volviendo, enternecida, la cara hacia él, inclinando la cabeza y besándolo en una mejilla), Y tú serás mi poeta hasta el fin de los siglos.

CARLOS. - Si algo queda de mí hasta entonces puedes estar segura de ello.- (La mira con fijeza y le habla con apasionamiento). - Mientras una partícula de mi ser subsista, en ella tú serás mi musa inspiradora y la princesa... (Con tristeza). - Y por eso me duele no sentirme a tu altura, no poder presentarme como el hombre exaltado que fui antaño, dispuesto por ti a cualquier locura y a dedicarte un poema de amor diariamente... Me juzgo ahora incapaz de darte, no digo ya el trono que mereces, sino ni siquiera un sofá menos decrépito que éste.

MARÍA.- (Acariciando la superficie del mueble), Yo lo adoro... (Sonríe nostálgicamente).- Aquí, sobre él, hemos hecho el amor infinidad de veces.

CARLOS.- (Melancólico), Sí; lo recuerdo... ¿Cómo olvidarlo?.. Éramos entonces un par de antorchas prestas a encenderse no bien entraban en contacto.(Suspira.- Con amargura).- No había entrado aún a esta condición de traste usado, de anciano jubilado, cuya pensión cada vez va reduciéndose, como aquella "piel de zapa" de que se sirvió Balzac para marcar la paulatina e indetenible merma de la existencia.

MARÍA.- ¡Por favor: no te pongas ni lúgubre ni patético! ¡No se gana nada con ello... salvo amargarnos!

CARLOS.- Perdóname: lo que menos quiero es entristecerte o mortificarte... ¡Pero es que daría tanto por volver a vivir contigo lo que día a día me considero más incapacitado para ofrecerte y que por ello me duele y angustia y me lleva a pedirte excusas por no saber complacerte cuanto quisiera!

MARÍA. - (Dulcemente). - Para mí estás muy bien tal como eres... Nada puede conservarse idéntico al través del tiempo. Y yo también he dejado de ser joven.

CARLOS.- Pero tienes sobre mí la inmensa ventaja de ser mujer, pues, contrariamente a lo que inventó el machismo idiota y aceptó el feminismo inteligente, las mujeres son más fuertes que los hombres. Baste con citar que el índice de longevidad sigue agrandándose a favor de ellas... Y su erotismo es muchísimo más poderoso y sin complicaciones que el nuestro, que padece el miedo a la impotencia y al ridículo que ésta apareja, los cuales son exclusividad de los infelices y torturados machos, perturbados con frecuencia por un hamletiano "poder o no poder" cuando tratan de hacer el amor a sus hembras.

MARÍA.- (Riendo suavemente).- Para nosotras, a lo sumo, la duda del príncipe dinamarqués, en lo que a sexualidad se refiere, queda reducida a un "sentir o no sentir"... (Ríe, de nuevo, ya abiertamente)... Y, por lo general, llegamos a sentir... con un poquito de empeño.

CARLOS.- Y de allí que la edad les pese menos que a un hombre corriente, como yo me considero.(Súbitamente se torna hacia María. Oprime con ambas manos sus mejillas y le habla sorda y apasionadamente).- ¡Pero yo añoro lo que gocé contigo! Y sufro en la búsqueda de lograr que nuevamente el sexo sea un ave enloquecida, una lava en ascenso, una mariposa en orgasmo, un alarido de plenitud enfebrecida! (La besa semi-desesperadamente).

MARÍA. - (Apagada y voluptuosamente). - ¡Ah loco... loco... mi eterno muchacho demente!..

(Separan sus rostros. Luego vuelven a tenderse las manos y a estrechárselas.- Silencio).

CARLOS. - (Sorda y fatigadamente). - Lo real es que se acaba un domingo y que mañana, para el común de los humanos, otro lunes principiará una nueva semana.

MARIA.- (Con similar acento).- ¿Y si sobreviene el Apocalipsis y marca el fin de todo?..

CARLOS.- ¿Hasta del tiempo, acaso?.. Me resulta imposible imaginar un espacio, una progresión, sin tiempo... (Susurra). - Acaso la Nada... (Medita.- Sacude la cabeza).- Pero ni siquiera a ésta la concibe mi pobre mente humana fuera de horario... carente de minutos y segundos.- (Pausa.- Ríe irónicamente).¿Pero qué importan estas metafísicas hueras, expulgadas sin resultado positivo al través de centurias?.. Ni el domingo ni el lunes cambiarán ni siquiera nuestros nombres... (Susurra)... María... Carlos... (Ríe en modo parecido). - ¿Y "quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa"?

MARÍA. - (En un murmullo). - "Altura y Pelos". "Poemas Humanos".

CARLOS.- (Exaltadamente).- ¡Olvidamos tanto, juzgado necesario, pero recordamos a Vallejo!.. ¡Cholo maravilloso! ¡Él me enseñó que todo nombre, si designa a un ser, a cualquier ente creado, es importante!

MARÍA. - (Susurrando). - Salamandra... abeja... hormiga... insecto.

CARLOS.- O Carlos... (Reflexiona.- Se exalta).- ¡Carlos que vale porque tuvo la suerte inmensa de conocerte y la de que tú le permitieras amarte! ¡Carlos cuyo nacer fue importante desde que pudo dedicarte una estrofa y aprendió a cantarte!

(Las manos de los dos personajes se entrelazan con fuerza. María besa el dorso de la mano de su compañero... Silencio).

CARLOS.- (Como para sí mismo). - ¿Pero cómo superar la realidad, al margen de ello? ¿Qué hará CarlosRomeo de sesenta y cinco abriles para patentizarle su adoración a María-Julieta? ¿Cómo disimular sus angustias y sus miedos?.. (Violentamente).- ¡Ancianidad, enfermedad y muerte! La contemplación de ese trío espantable convirtió a Sydarta Gautama, el príncipe favorecido por los dioses, en el Sakya Munhi, el "Iluminado", el Budha. ¡Él fue un hombre santo, sin duda, un privilegiado, mas yo, Carlos, apenas soy un simple mortal, un jubilado, un viejo de sesenta y cinco años! ¡Y esa trilogía sólo me sabe a desventura nata! ¡Ni la falta de salud, ni la senectud ni la muerte me son propicias para amarte!

(Nuevamente María se inclina en dirección al rostro de su marido y lo besa).

MARÍA.- ¡Cálmate... cálmate! ¡Con lo que ya me diste tengo más que suficiente!

CARLOS.- ¡Pero a mí no me basta! ¡Cada día quisiera llevarte a las cumbres más altas! Y arrancarte de este asco, de esta chatura que cubre las semanas y que induce a tantísimos a idear modos de partir, de zarpar a refugiarse en Miami, en París, en Barcelona, en Tahití, en Cartagena o en las Bahamas, sin advertir que el horror y la ansiedad yacen consigo y, por ende, los trasladarán donde quiera vayan. Pero... (hace un gesto desolado) la realidad termina golpeándome sin tapujos, con plena crudeza, y me veo sexagenario y jubilado, atenido a una pensión que reduce las cenas de antaño, del caviar, el "foie gras trufado" y el champagne a una copa de vino nacional (se levanta, la toma de sobre la mesa céntrica y la bebe), unos higos (come uno de los del plato) y unos sorbos de leche, (bebe del vaso)... no muchos pues el colesterol de los ancianos es susceptible y se resiente.

MARÍA.- (Dulcemente), Un poco de vino y de leche y unos higos... (Sonríe).- ¡Alimento de profetas bíblicos que alcanzaron a vivir, gracias quizá a ello, varias centurias y, al parecer, hasta procreando!

CARLOS.- Distinto modo de contar los años o frases intencionadas del Libro Sagrado para consolar a quienes, por estrechez económica, no gozan de opción para paladear otros majares.- (Se deja caer sobre el sofá, aferra una mano de su esposa y la besa frenéticamente).- ¡Perdóname, perdóname todo, María, hasta el ser viejo y no disponer del dinero suficiente para agasajarte como reina! ¡Perdóname las candideces diarias, los malos humores, los exabruptos, las incomprensiones, los caprichos!

MARÍA.- (Sonriendo con ternura).- Como obligarme a ver en la televisión una pelea de box en vez de mi telenovela, aun cuando sea chantajeándome al permitirme elegir mi favorito en el combate, pagándome si gano y no cobrándome si resulta nockeado.

(Ríen quedamente... Silencio)

CARLOS.- ¿María?..

MARÍA.- ¿Sí, Carlos?..

CARLOS. - Prométeme que, de ningún modo, te irás antes que yo... me dejarás solo.

MARÍA. - ¿Que no me muera antes que tú?.. (Sonríe).- Haré cuanto me sea posible.

CARLOS.- Vivir sin tu presencia me resultaría el mayor suplicio del mundo... Y hasta en eso, en resistir la soledad, las mujeres son mucho más fuertes que los hombres.

MARÍA. - (Como para sí misma). - Sí, es cierto; quizá porque, al ser más sentimentales, nos aferramos más a los recuerdos.

(Silencio)

CARLOS.- (En tono quedo).- "No te vayas con la muerte sin asirme de la mano"...
Lo escribí hace mucho... cuando aún era joven y no captaba hasta qué punto el cumplimiento de ese pedido me sería indispensable.- (Pausa, Sonríe).- Conque, prometido: por ningún motivo te irás antes que yo o sin mí de este mundo.

MARÍA.- (Con dulzura).- Si de mí depende, te lo juro.- (Se levanta. Lentamente empieza a recorrer la habitación y a observar con detenimiento las fotografías... Susurra).- Sí; por ventura las mujeres nos sujetamos mejor a las memorias y revivimos y nos remozamos con nostalgias y melancolías, (Pausa.- Mira un cuadro). - Tú serás siempre para mí el apuesto hombre que aquí admiro, (Avanza y observa otro retrato). - Y también éste, ya más maduro, menos sonriente y con más canas, pero que también amé y que amo al igual que entonces. - (Llega hasta el espejo central. Se contempla. Acaricia su superficie). Y en este espejo no me veré solamente sexagenaria, sino con la apariencia que tú prefieras para el día en que yo esté contemplándolo. Y sé que de él emergerá de pronto tu figura, me tenderá la mano, me conducirá del otro lado, y juntos recorreremos el mágico sendero de Orfeo y Eurídice.- (Se da vuelta de súbito y queda frente a su marido, quien la mira embelesado, reclinado siempre en el respaldar de su asiento. Corre hacia él, se arrodilla a su frente y apoya una mejilla sobre sus muslos).- ¡Pero estás aquí, aquí, mi poeta, m¡ marido, mi entrañable hombre de carne y hueso, por quien bendigo a la vida el haber nacido por darme la oportunidad de haberte conocido! (Besa sus muslos, vuelve a apoyar el rostro sobre ellos y cierra los párpados).

(Silencio).

CARLOS. - ¿Y cuando me marche definitivamente y antes que tú, tal como deseo, porque no podría soportar tu ausencia?

MARÍA.- (Cual entre-dormida).- Te buscaré en tus retratos... en el espejo... Te convertiré en mi fantasma más amado... Te perseguiré en mis sueños y serás la sombra que alumbrará a todos ellos.

(La diestra de Carlos empieza a acariciar la cabeza de María, mientras, lentamente, se va corriendo el telón).

Y se escucha una voz cantando:

"Y no hay edad para el amor
porque dio nacimiento al mundo
y es eterno...
como el alba, como el tiempo,
cual el sueño,
como la imagen de Dios
y el reflejo de su aliento".

21-I/94.

 

 

SEGUNDO ACTO

DOS MUJERES EN DOMINGO

 

MARÍA.- Ochenta años.- MERCEDES.- Sesenta.

(Tenues, plañideras, campanadas de iglesia tañen, conforme, lentamente, principia a descorrerse el telón. Su sonido percutirá en cada silencio de las dos personajes de la obra y, en general, constituirá una especia de música de fondo.
La escena muestra una habitación, salita de ingreso a la casa de María. Se ve a ésta recorriéndola lentamente, mirando, con detenimiento, cada uno de los cuadros, pinturas y retratos que, en gran número, penden de las paredes y yacen sobre mesillas y estantes del cuarto. Finalmente, se detiene ante un espejo y, pegando casi los ojos a su superficie, lo escudriña. Interrumpe su acción al escucharse un doble timbrado a la puerta de entrada. Mira hacia ella y se encamina a abrirla... Ingresa Mercedes, su hija).

MARÍA. - (Con acento de cierta sorpresa). - ¡Ah, eras tú!

MERCEDES.- (Algo irritada). - ¿Y quién pensaste que fuera?

MARÍA.- La muchacha... la sirvienta... la empleada.

MERCEDES.- ¡Pero mamá!.. ¿No sabes que es su día libre? No viene, te quedas sola. Y, por eso, desde hace quince años, cada domingo vengo a ver si te hace falta algo... a servirte un poco de compañía.

MARÍA.- ¡Ah... es domingo!.. Por eso están sonando las campanas de la iglesia vecina... (Se dirige a un sofá y, prácticamente, se deja caer sobre el asiento de uno de sus extremos... Luego de colocar la cartera en una silla próxima, su hija ocupa el lado contrario del mueble. - Suspira). - Su tañido y tu presencia son para mí la única diferencia entre uno y otro día de la semana... Y más o menos en todos me aburro en modo parecido... Pero ello no es extraño en una mujer de ochenta años, viuda desde estos quince que empezaron tus visitas dominicales.

MERCEDES.- ¡Por favor, mamá: no principies con tus quejumbres! Yo también soy ya una vieja de sesenta, que perdió su marido hace once meses y cuya única hija vive con el suyo casi como si estuvieran en el extranjero, por lo poco que la veo... Como tú, suelo bostezar de hastío, las horas se me hacen lentas y la soledad me asfixia con frecuencia y cada vez con mayor fuerza... Pero es cosa de la edad y de la vida. Y hay que sobreponerse... o suicidarse... Y, reconócelo, mama, que no tenemos derecho para esto último. Tú y yo aún, mal que bien, todavía vemos, caminamos, sentirnos, y no nos falta dinero para comer lo suficiente y subsistir con algún decoro... En resumen, la pasamos menos mal que muchísimos otros seres de este mundo.

MARÍA.- (Sonriendo irónicamente).- Pero, asimismo, no tan bien y gratamente como tantos otros.

MERCEDES.- (Cortante).- Siempre hay alguien en situación mejor o peor que la de uno. Y es un hecho que resulta bastante inútil pasarse el resto de lo poco que nos queda de existencia suspirando y lamentándose por no estar en el paraíso sino en un simple y agrio valle de lágrimas. Así es la realidad, tal el destino humano.

MARÍA.- ¿Y tenemos, por fuerza, que aceptarlo, que resignarnos, como corderos que se saben conducidos, sin remedio, al matadero?

MERCEDES.- ¿Y qué nos queda? ¿Maldecir, rebelamos?.. ¿Cortar el hilo que todavía nos une a esto y ver si después nos aguarda algo?

MARÍA.- (En voz baja, como para sí misma).- Y si hay... ya veremos. Es la ruta que emprendieron los antepasados ... Tu padre, mi marido... los amigos que se nos fueron ... los seres que admiramos y quisimos ... Y si no, si nos engañaron y no hay más vida que ésta ... pues... (se encoge de hombros) el vacío pleno... la oscuridad absoluta... la inimportancia total... la Nada. (Mira a su hija).- Morir, al fin y al cabo, no es sino la opción de alcanzar algo o de penetrar a la nada. Y, viéndolo bien, no es desolador ni lo uno ni lo otro.

(Silencio, Se intensifica el melancólico tañir de las campanas).

MERCEDES. - Ese sonido me apena.

MARÍA. - Y a mí me pone nostálgica.

MERCEDES. - También, al parecer, a César Vallejo. (Recita, semi-murmurando).

"Fue domingo en las claras orejas de mi burro,
de mi burro peruano, en el Perú".

MARÍA.- Y el estupendo cholo pide en su poema humano que le perdonen su tristeza.

MERCEDES. - ¡Eres pasmosa, mamá! Te olvidas hasta de que es domingo, no sabes de fechas e ignoras en qué día te encuentras, pero, sin embargo, recuerdas versos de Vallejo.

MARÍA.- Que aprendí cuando tú eras una niña, (Ríe irónicamente).- Privilegios de mi memoria de anciana y que, si alcanzas mi edad, apreciarás día a día. Acordarse de lo antiguo y borrar lo reciente, retrotraer a la mente lo que se pensó insubstancial y perdido y evanescer de ella lo que antaño creímos fundamental y permanente... Mira, por ejemplo: tengo bien presente que en mi generación fue moda detestar el domingo y que hasta nos deleitábamos escuchando Dimanche je t'hair, pero no me acuerdo, en absoluto, quién fue el francés que compuso la letra ni el nombre de la famosa artista gala que la cantaba y que, según supusimos tontamente, la inmortalizaría.

MERCEDES.- (Con sarcasmo), Tú conservas apenas el título de la composición y doy por descontado que más del noventa por ciento de la población actual ignora que fue creada, (Susurra).- ¡Veleidades del destino, trucos de la suerte! Por ellos, Eróstrato figura en las enciclopedias y es personaje histórico y de cuento, de teatro y de novela, por quemar el templo de Artemisa en Efeso, una de las "Siete Maravillas del Mundo Antiguo", y nadie conoce el nombre de uno solo de quienes lo idearon y edificaron.

(Silencio, El repique de campanas resuena a lo lejos)

MARÍA. - Y, siguiendo la corriente en boga en aquellos tiempos de mi mocedad ya remota, hasta ahora suelo repetir en este día, dedicado más al aburrimiento que al descanso, la iniciación de un poema que me ha servido para matizar con una sonrisa mis bostezos de hastío:

"Domingo estomacal y atortillado
que naces con campanas plañideras
y pareces la sonrisa de un cojudo".

MERCEDES.- (Con real sorpresa y falso escándalo).- ¡Primera vez en mis sesenta años que te oigo decir una grosería!

MARÍA. - Bah, a mi edad puedo permitírmelo y debe tolerárseme aun cuando sea como excentricidad de una vieja chocha a la que le dio por imitar la forma de hablar de la juventud de hoy en día. (Pausa).Pero no repetí la estrofa "pour épater" tus resabios de burguesa pusilánime, sino por remarcar las injusticias del Sino: me acuerdo de esos lapidarios epítetos, pero no de quién los escribiera, a pesar de que... (Se contiene y esboza una sonrisa).

MERCEDES.- (Observándola, intrigada).- ¿Por qué te callas?

MARÍA.- (Riendo suavemente). - Temo continuar escandalizándote si te confieso que sospecho que el autor fue un amante de mis primeros años.

MERCEDES.- (Con estupor sincero).- ¡Lisurienta y con amantes! ¡Jamás lo habría sospechado!

MARÍA. - ¿Por qué no?.. ¿Crees que siempre fui este cachivache de mierda en que me he transformado?.. Fui moza garrida, de ardiente sangre, y me casé con tu padre cuando ya tenía veintiocho años. ¡Con mi temperamento hubiera significado para mí un infierno conservarme virgen por tal lapso!(Vuelve a reír, esta vez en tono franco).

MERCEDES.- ¡Vaya, vaya: mejor no remover el pasado, no escarbar en el tiempo, porque arriesgo a cambiar a mi madre su nombre de María por el de Magdalena!

MARÍA. - Con la diferencia de que yo aún no me he arrepentido de ninguno de mis pecados... (Sonríe).- O no me acuerdo de ellos o quizá jamás los he cometido o, viendo tantos espantos diarios, mis errores y faltas me parecen insignificantes.

(Silencio.- Torna el tañido de campanas).

MERCEDES.- Estas campanadas, las más fuertes, llaman a la última misa del día en la iglesia vecina... ¡Vamos, mamá; anímate a acompañarme!

MARÍA.- ¡Estás loca! ¿Qué haría una vieja mal vestida en la misa de los elegantes? ¡No estoy ya en edad de farsas!. Es tonto que a mis años me presente como antirreligiosa. No se trata de eso, hija. Si vinieras a verme cada domingo para el santo sacrificio de las siete o las ocho y no tan emperejilada como ahora, para asistir a la de los "señoritos y damas", la de la una, donde compiten para exhibirse y opacar a los demás fieles con su exacta reproducción del último grito de Christian Dior o de Oscar de la Renta, quizá me habrías convencido y estaríamos de bracete para introducirnos en un templo cuyos asistentes no comparan sus atuendos y donde podría solazarme con un cierto fluir de aroma de incienso, una contemplación de imágenes sacras que me arrastran a mi infancia y, por ende, me inundan de nostalgia, y de un matiz de paz y un esbozo de silencio que, indudablemente, hacen bien a mi espíritu... Pero la verdad es que siempre me propones algo que para mí sabe a exhibición de vestidos y a frivolidad suma, (Mueve de izquierda a derecha la cabeza).- Lo siento, mi hija: no insistas, no me arrastrarás a eso. Anda tú sola: prefiero mi soledad y mis memorias de anciana próxima a decirle adiós a todo.

(Silencio.- Nuevo y más intenso repique de campanas).

MERCEDES.- (Nerviosamente).- ¡Pero mamá, es apenas media hora: en la última misa se acorta el tiempo pues tan tarde ya nadie comulga! Y te distraerías con todas esas frivolidades, con los chismes de algunas amigas que encontraríamos y con las noticias de los diarios y revistas que podríamos comprar a la salida de misa.

MARÍA.- ¿Y crees que yo necesito leer toda esa inmundicia de la prensa para sentirme menos mal, para superar la angustia y neurastenia, propias de quienes todavía reflexionamos un poco y no somos totalmente perversos o imbéciles ?.. (Sonríe.- Evocadora).- Recuerdo que Manuel Scorza me dijo una tarde, hace ya quién sabe cuándo, que aquél que vive en el Perú -y yo diría que en cualquier parte del mundo- y se declara un ser feliz es porque se trata de un miserable. Coincido plenamente. La casi totalidad de la lectura de los periódicos se contrae a violencias, desgracias y espantos. Son el quid para atraer clientes y aumentar las ventas. Aparentemente, la felicidad y la alegría no constituyen negocio. Un hogar agradable e hijos gordos no hacen "noticia"; sí, en cambio, niños famélicos, aporramientos entre cónyuges e incesto. - (Vuelve a pendular la cabeza).- No, por Dios, Mercedes: déjame tranquila mis últimos años, días o minutos: vivimos los finales de siglo y el término del milenio. Soplan vientos apocalípticos. Deja que una octogenaria escape un tanto de su atmósfera emponzoñada, refugiándose en la contemplación de los seres queridos que se le fueron, en mirar su retrato, en besar sus sombras, en evanescerse ella misma al través de ese contacto etéreo que la retrotrae a un tiempo ido .

(Silencio.- Se intensifica el sonido de las campanas).

MERCEDES.- Anuncian ya la iniciación de la última misa. ¡Por favor, mamá: vamos juntas! Aun cuando sea para que te distraigas en algo.

MARÍA. - (Irónica). - Nada piadoso ni cristiano es lo que dices, hija: no se concurre a un sacrificio, por incruento que sea, a guisa de pasatiempo.

MERCEDES.- (Exaltada).- ¿Pero no adviertes, mamá, que lo que intento es no dejarte sola? Todo mi empeño es por eso, porque me preocupa que te suceda algo malo y no haya nadie a tu lado para auxiliarte al momento preciso.

MARÍA.- (Burlona). - Remordimientitos de conciencia.

MERCEDES. - Por eso me inquietan y molestan los domingos, ya que en estos días no cuentas ni siquiera con la sirvienta que, por bestia que sea, puede llamarme por teléfono si te pones mal o te ocurre un accidente.

MARÍA.- ¡Bah, bah, no te preocupes por tan poco, Merceditas: piensa que todo se reduce a una mera cuestión de pocas horas! A las ocho de la mañana de los lunes suele llegar la doméstica y ya dispongo de esa compañía cuya carencia te acibara los domingos. Si me encuentra muerta: fin del problema; si tan inválida como para no haberte telefoneado yo misma en ausencia de ella, pues te informaría apenas al día siguiente de mi percance. Conque, ándate tranquila a la iglesia a lucir tus galas y a enterarte de los nuevos chismes citadinos o barriales y déjame a mí en paz, con mis memorias y nostalgias.

MERCEDES.- ¿Y no sufres de soledad, de miedo, de angustia?

MARÍA.- Presumo que más o menos como cualquier ser normal de mis años. Pero dudo mucho que un templo lleno de damas empingorotadas y caballeritos, ídem contribuiría a mejorar esos estados de ánimo, nada extraños en quien es octogenario.(Meditativamente).- Estoy segura, eso sí, que una antigua iglesia con apenas un puñado de verdaderos fieles sería para mí atmósfera propicia para superar o disipar esos malos ratos... También, acaso, la de un convento con claustros, patios y fuentes, con sabor y aroma a pasado.

MERCEDES.- (Incisivamente). - ¿Y un albergue... un asilo? Allí se ocuparían de ti, velarían por levantarte el ánimo y estarías rodeada de personas que, al ser de tu generación, tendrían bastante en común contigo.

MARÍA.- (Violentamente).- ¡No, no y no! ¡Qué afán el tuyo de fregarme lo que me resta de existencia con esa cantaleta para que acceda a ser encerrada junto a otros viejos tan infelices como Yo misma! ¡Mientras me quede un ápice de raciocinio me opondré a ello! No quiero ser alejada de esta casa. Esto es lo mío, lo único que conservo. Yo converso largo tiempo con cada uno de esos seres que amé y que ves retratados allí, en esos cuadros (señala los que pueblan mesas y paredes) de los que ruego alguna vez saldrán para llevarme con ellos a esos espacios donde en la actualidad habitan y en los que me tienen sitio reservado.

MERCEDES.- (Murmurando).- No creo que ningún director se opondrá a recibirte en su centro geriátrico si llegaras con algunas de esas pinturas y fotografías.

MARÍA.- (Casi gritando), ¡Eso no me bastaría! ¡Es esta misma residencia, este cuarto especial, lo que me hace falta para seguir subsistiendo, para aguantar las veinticuatro horas que pesan sobre cada día! .-(Romántica, soñadora).- Sobre este sofá precisamente, después de beberse un par de copas, tu padre, mi marido, el hombre que más he amado en el mundo, solía acariciarme, (Ríe picarescamente).- ¡A veces hasta de arriba abajo, a punto tal que terminábamos haciendo el amor aquí mismo, sin perder tiempo en la convención de ir al dormitorio y utilizar la cama!

(Semi-instintivamente, la hija se levanta del lugar que ocupara, ambula un poco, mira sin mayor interés uno de los cuadros y va a sentarse a un sillón vecino).

MERCEDES. - ¿Nada qué hacer, entonces?

MARÍA.- Ni asilo de ancianos ni misa de una.

MERCEDES. - Terca como siempre.

MARÍA. - Cual una mula.

MERCEDES.- Obcecada.

MARÍA.- (Riendo), Como una vieja chúcara... Y ahora apúrate: no vayas a llegar después de pasado el Evangelio, pues no te valdría la misa, caerías en pecado mortal con consecuente peligro de irte de cabeza al infierno... Así se decía en mi niñez, al menos.

MERCEDES. - (Levantándose, tomando su cartera y acercándose a su madre, ante la que se inclina para besarla en la frente).- Adiós, mamá.

MARÍA. - (Semi-irónicamente).- Optimistamente, te diré: "hasta el próximo domingo".- (Pausa.- Con un dejo de tristeza).- Dale a mi nieta un beso de parte mía. Dile que me duele que casi nunca venga a visitarme, pero que la entiendo y perdono: yo también tuve veintiocho años, como ella, y no me habría gustado malgastarlos yendo a ver a una vieja de ochenta, por más abuela y cariñosa que sea.

MERCEDES.- Te prometo, mamá, que te la traeré algún día.

MARÍA.- (Sonriendo).- Al de mi velorio sí creo que lograrás arrastrarla.

MERCEDES.- (Llegando hasta la puerta, abriéndola y volteando la cara. - Sinceramente). - Te garantizo, mamá, que me apena dejarte tan sola.

MARÍA.- Estoy acostumbrada... como casi todos los de la edad tercera. Y, además, alguna compañía me procuro... La de los que están allá, tras de esos marcos, (Señala los cuadros y pinturas, Susurra).¡La de mis fantasmas, la de mis sombras!

MERCEDES.- (Con cierta ternura).- Adiós, entonces... Te dejo con lo tuyo.

(Cierra la puerta. La escena oscurece.- Se escucha un suspiro hondo de su madre, quien oprime su pecho con ambas manos y, luego, cubre con ellas su rostro. Sacude varias veces la cabeza, como tratando de alejar de ella pensamientos negros. Retira las manos de la cara, mira en torno y, con lentitud, se pone de pie y avanza hasta quedar frente al espejo céntrico. Aproxima a él los ojos y pasa las yemas de los dedos sobre su superficie.- Murmura:

"Hasta que un domingo,
al tender la mano
otra mano saldrá del espejo
y ya nunca habrá lunes".

(Luego prosigue su ambulaje que la lleva hacia uno de los cuadros, que contempla largamente. Acaricia su parte delantera y le sonríe. Luego repite los actos con otra de las fotografías. Finalmente, llega hasta la de un hombre. La levanta. La oprime contra sus senos y, así, vuelve al sofá y al mismo asiento que ocupara antes de iniciar su recorrido. Reclina la cabeza en el brazo del mueble y levanta los pies, hasta yacer acostada. Coloca entonces el cuadro a la altura de sus ojos y lo observa, arrobada).

MARÍA.- (Susurrante), Sí, mi amor, aquí estás... como siempre. Jamás me dejas... Nunca me abandonas. Tú no me fallas. (Lleva la fotografía hasta sus labios y la besa. Luego, con voluptuosidad, con unción y erotismo, pero sin nada que presuma expresión de exclusiva lascivia, desliza el cuadro por diversas partes de su cuerpo.- Se retuerce, suspira).

La luz de un reflector invisible, semejante al halo de una luna llena, circunda sus movimientos. Al final, la fotografía del esposo torna a sus labios. La besa de nuevo. Cubre con ella su rostro. Y, con las manos abiertas, deja caer ambos brazos a uno y otro lado de su cuerpo extático... dormido... transportado acaso... lejos... muy lejos.

10-XII/93.

 

 

TERCER ACTO

LA ETERNIDAD DEL OCASO

 

MERCEDES. - 70 años.- MARIA-MERCEDES: 38.- Viste de negro la madre; de blanco, la hija.

(La misma habitación de "A la Sombra del Crepúsculo" y de "Dos Mujeres en Domingo", pero con un cierto halo de abandono. Se nota el vacío de ciertas pinturas y cuadros; en cambio, al lado del retrato de Carlos, destaca, en igual tamaño, uno de María, su esposa, madre de Mercedes. Ésta los contempla... Tenues, llegan las campanadas de la iglesia vecina. Al concluir, Mercedes deja de mirar las fotografías de sus padres, les da la espalda y, con los ojos cerrados, pasa la mano sobre su cara y suspira hondamente).

MERCEDES.- (Murmurando).- ¡Otro fin de domingo... un nuevo ocaso! Ya casi me da lo mismo qué día de la semana sea. No odio a ninguno, a diferencia de lo que me confesó mi madre respecto al séptimo.

(Se escucha la voz de Juliette Grecó, cantando Dimanche je t'hair. Mercedes tararea, siempre como transportada a espacios muy distantes... Al finalizar la música, abre los párpados y, forzadamente, sonríe).- Sí, no aborrezco a ningún día en especial, pero me aburro por igual en todos... (Aspira con intensidad y abre los brazos), ¡Pero, por suerte, tú, ocaso, con tu arribo me dices que, sin opción, uno tras otro terminan!. (Ríe quedamente y con cierta sorna). - ¡Y a otra cosa! ¡Amarguras y filosofías de viejas no conducen sino a hacerlas más espantables, a que hasta los nietos les huyan como si fueran la bruja malvada!

(Dos timbrazos a la puerta de ingreso la abstraen de sus pensamientos e interrumpen su soliloquio de mujer solitaria. Se dirige a ella y la abre, dando paso a su hija).

MARÍA-MERCEDES.- (Mirándola con alegría, atrayéndola y besándola en ambas mejillas, repetidas veces).- ¡Estás acá, estás acá! ¡Qué susto me has dado!

MERCEDES. -(Apartándola suavemente, Con acento de broma). - ¿Pensaste que me había escapado con un joven?- (Ríe).- ¿O que me había ido con la Parca para reunirme con tu padre? ¿Crees que a mis setenta años y con una pensioncita de viuda de jubilado alguien se interesaría en raptarme? ¿Dónde supusiste que me había metido?

MARIA-MERCEDES.- (Aún agitadamente), ¡No sé, no sé! Pero tuve miedo, primero, al no encontrarte en la misa de una. Me preguntaron por ti todas tus amigas, también alarmadas por tu ausencia, la primera en muchísimos años, según me contaron. Apenas con la bendición, sin esperar a desearle la paz a ninguna de mis vecinas de banca, volé a tu departamento, rogando que no hubieras sufrido un accidente o que la enfermedad que te impidió cumplir con el precepto dominical no fuera grave... Nada... no había nadie...
Ya con pánico, tuve que ir a casa, a preparar el almuerzo para mis hijos... tus nietos. Apenas terminaron, me fui al cementerio, con la idea de que hubieras, ido a poner flores ante la tumba de mi abuela María... Y, Por último, al no hallarte tampoco allá, desesperada, no sé por qué se me ocurrió buscarte en casa de los abuelos.- (La remece cariñosamente de los hombros).- ¡No te perdono el miedo que me has dado: me has quitado años de vida!

MERCEDES.- (Murmurando.- Como para sí misma), ¡Y eso sí es inexcusable! ¡Nadie tiene el poder de retrotraer el tiempo, de recuperar un segundo!

(Tomadas de la mano, ambas avanzan hasta el antiguo sofá y se sientan lado a lado).

MARÍA-MERCEDES. - ¿Por qué no fuiste a la iglesia? Jamás dejaste de cumplir con la obligación de fiestas de guardar y de domingos.

MERCEDES.- Estuve.

MARÍA-MERCEDES.- (Semi-irritada).- ¡No me engañes, mamá! No es tan grande el templo y tus amigas y yo no te encontramos por ninguna parte.

MERCEDES. - ¿Y por qué habría de mentirte? A mi edad hacen muy poca falta las falsedades. -(Pausa).- Oí la misa de siete y media.

MARÍA-MERCEDES.- (Sorprendidísima).- ¿Fuiste a esa hora?- (Sarcástica).- ¡No hay que tomarse tan en serio eso de que, aunque incruento, la misa es un sacrificio!

MERCEDES. - Para los viejos no es tanto: dormimos cada vez menos. Ya verás a mi edad cómo asaltan los insomnios.

MARÍA-MERCEDES.- En todo caso, tan temprano nunca encontrarás a nadie de tu círculo en la iglesia.

MERCEDES.- (Burlonamente).- ¿Qué es mejor, conversar con Dios o con un grupo de chismosas, tan viejas y tan aburridas como yo, y que recurren a la misa tardía, de preferencia a la de una, con esperanza de disminuir el tedio, a fuer de hacer competencia de vestidos o de distraerse comentando errores y calamidades propios y ajenos?- (Palmea afectuosamente una rodilla de su hija), Pero te agradezco tu preocupación por mí y tu deseo de que busque compañía y entretenimiento, aun cuando se trate de uno tan irreverente como el del chismorreo de la misa de una. - (Evocadora). Con mi madre yo solía discutir cuando ella no quería acompañarme a la "misa de los elegantes", como la llamaba, y en cambio me proponía ir juntas a alguna de las "del pueblo", o sea, ésas que se ofician hasta las nueve de la mañana, cuando mucho.

MARÍA-MERCEDES.- Espero que no estarás tramando para mí algo parecido... Yo los domingos duermo hasta las diez, como mínimo, y lo que me levanta el ánimo desde que me divorcié, hace dos años, es idear combinaciones para mi atuendo y hacer que traguen bilis de envidia las mujeres que aprecian la calidad de mi ropa y mi buen gusto, y escuchar las novedades y reír con las malevolencias de las que se dicen mis amigas cuando me conversen luego de que se les pase la rabia por mi apariencia mucho más atractiva que la de ellas.

MERCEDES.- (Maternalmente burlona), 'Vanitas vanitatem et omnia vánitas".

MARÍA-MERCEDES.- ¿Qué?..

MERCEDES.- Así, en latín, acostumbraba repetir esa frase del Eclesiastés tu abuelo Carlos. "Vanidad de vanidades y todo vanidad". - (Vuelve a palmear cariñosamente una pierna de su hija, a la altura del muslo). - Pero tú aún estás en edad de "correr tras el viento": Salomón escribió esa reflexión cuando se sintió anciano y sin duda la legó para que meditaran los viejos. A los aún jóvenes, como tú, los hizo herederos de su Cantar de los Cantares.

MARÍA-MERCEDES.- (Sarcástica), ¡Divorciada, con dos hijos y treinta y ocho años, próxima ya a convertirse en cuarentona, sólo tú, por cariño o ceguera de madre, eres capaz de verme condiciones para actuar de Sulamita!

MERCEDES.- ¡Olvídate de lastres, haz de lado cuanto te resulte negativo, mientras puedas, y vive tu tiempo, hija, tus horas, tus segundos! ¡Bébelos a plenitud, saboreándolos gota a gota, pues ni uno solo retoma!. Sigue el consejo del Emperador chino que hizo grabar en su tina de baño: "mira todo como si fuera la primera vez; míralo como si fuera la última".- (Pausa).- Después, cuando realmente sientas sobre ti el peso de la edad tercera, ya podrás dedicarte a aquilatar la transitoriedad de todo y a apreciar el imponderable valor de los recuerdos.

MARÍA,-MERCEDES.- E, indudablemente, por eso, cada vez te empeñas más en alimentarlos. Hace ya meses que murió la abuela y persistes en estar de luto, acaso para recordarla más intensamente.

MERCEDES. - Y porque a ella y a mi padre les gustaba el vestido negro.

MARÍA-MERCEDES.- Y, desde que partió y la dejamos en el cementerio, no me llamaste más "Mechita", como solías, y comenzaste a decirme María-Mercedes, porque así era el nombre de tu madre.

MERCEDES. - ¿Es malo eso? ¿Lo es, acaso, que me vista, no como te agrade a ti, sino como les parecía bien a ellos? A tu abuela María, mi madre, el traje negro le gustaba especialmente: es motivo más que suficiente para que ahora yo lo use cuanto me sea posible.- (Vehementemente).- ¡Es a ella a quien me debo: me amó y yo la amo! ¿Importa que ya no pertenezca a este mundo, quizá más de apariencia y pasaje que aquel en el cual se encuentra y desde donde, sin cesar, me reclama y espera?.

(Silencio).

MARÍA-MERCEDES.- (Murmurando).- Ahora comprendo por qué, desde que la abuela murió, te ha dado por encerrarte en su casa.

MERCEDES. - Y sobre todo en este cuarto... Aquí la siento más a ella, a la que me uní, como nunca antes, en sus cinco últimos años. No fallé en verla ni un día, aun cuando fuera por media hora... Y me hablaba, hablaba y hablaba de tantas cosas. En particular del amor con su Carlos, su marido, mi padre, y de cuán tristemente contenta estaba por haber permanecido, soportando que él la precediera en la partida, tal como fuera su anhelo y se lo solicitara. Y encontraba bien que así hubiera ocurrido, por estar convencida de que las mujeres somos las más fuertes y las mejor preparadas para sufrir la soledad real y la adecuación a la etérea compañía de los espíritus... Se ponía, entonces, soñadora, y murmuraba que lo dejó marchar por su fe en que ella sabría convivir con su sombra. Aspiraba, luego, con fruición, el aire de este cuarto, como buscando o percibiendo fragancias de antaño. Y me enseño que, para quienes soñamos, el perfume del ocaso, su esencia secreta, nos ayuda a gozar de la invisible, pero trascendental, presencia de aquellos que amamos y que nos están aguardando... (señalándolo)... allá, del otro lado del espejo.

(Silencio).

MARÍA-MERCEDES.- ¿Y la soledad... no te agobia... no te sofoca?

MERCEDES. - A veces... más o menos como a todos los de mis años. (Sonríe).- Pero ya te he dicho que, aquí al menos, (abarca con un gesto la habitación en pleno).- siento la compañía de mis fantasmas predilectos: mi madre, en primer término, mi padre, y, últimamente, el tuyo, mi marido, (Sonríe ligeramente).- Al parecer también él ha optado por dejar nuestra propia residencia y trasladarse a ésta, la de sus suegros, sin duda para estar a mi lado. - (Pausa). - Y no te olvides, María-Mercedes, que los viejos soñadores contaremos siempre con un amigo fiel, el crepúsculo... Él nos trae su subyugante y tremenda belleza... el encanto de la penumbra... la magia de lo que es víspera y suspenso... de aquello que yace bajo el aura de una evanescencia, (Exaltándose paulatinamente).- El crepúsculo siempre torna, susurrándonos recuerdos y nostalgias, esparciéndonos sobre el alma sus sombras melancólicas. Es la eternidad del ocaso la que toca delicadamente la puerta de quienes ya hemos vivido y jamás volveremos a ser jóvenes y, abrámosle o no, se introduce para traernos memorias, aromas del pasado, espectros que amamos y cuya evocación nos lega la dulzura de las lágrimas... (Sonríe levemente a su hija). - Sí, María Mercedes, "Meche", mi "Mechita": el alba asomará siempre para los adolescentes, para quienes sienten arder su sangre. Pero el ocaso no fallará nunca a los ancianos que sentimos deslizarse tibieza en nuestras venas.

(Silencio).

MARÍA-MERCEDES.- (En tono bajo).- Ahora entiendo mejor tu resistencia a vender esta casa, pese a lo mucho que nos hace falta el dinero.

MERCEDES.- (Vehementemente), ¡Vende todo cuanto quieras, incluso el departamento en que viví con tu padre, pero, por lo que más quieras, no me arranques de esto! .- (Extiende los brazos, como para estrechar el recinto entre ellos). - ¡En ningún sitio tengo más recuerdos que aquí... y esta habitación me da embrujo... hechizo! ¡Y eso, por ventura, no tiene precio! .- (Hace un esfuerzo. Se calma).- Vende todo cuanto haga falta para seguir subsistiendo; ya, de hecho, te llevaste unos cuadros. - (Señala los espacios vacíos de la pared, donde estuvieron colocados).- Pero, al menos mientras respire yo, no me desligues de esos dos retratos (indica los de María y Carlos), de tus abuelos, mis padres,, ni de ese espejo (señala el dispuesto a mitad del cuarto y ríe sordamente) porque tras él me aguardan los seres que he querido y que me darán la mano al través de la superficie blanca para guiar mis pasos cuando yo también parta en pos de sus huellas. - (Pausa. -Sonríe melancólicamente). - No me quites, tampoco, este sofá (lo acaricia con la palma de sus dos manos), porque rezuma compenetración entre un hombre y una mujer que se amaron (ríe suavemente) y porque, acaso, sobre él me engendraron.

(Silencio).

MARÍA-MERCEDES. - (Levantándose). - Pierde cuidado: haré lo indecible para que conserves este recinto y lo que me has indicado. - (Avanza hasta la pared y descuelga dos pinturas).- Nos atendremos al dinero que me den por este par de cuadros. - (Mira con tristeza a su madre).- Me apena quitártelos.

MERCEDES.- Bah, no te preocupes: los viejos hemos aprendido que lo material, las cosas, los objetos, los cuerpos físicos, pertenecen al Tiempo, río eterno cuyo légamo los va arrastrando, a veces lentamente, otras en torrentadas de vértigo... Y sólo va quedándonos la reminiscencia, los remanentes del espíritu.

MARÍA-MERCEDES.- (Luego de acomodar los dos cuadros bajo su brazo izquierdo, de avanzar hasta el sofá donde permanece sentada su madre y de besarla en la frente. - Suplicante). - ¡Vente conmigo, mamá! En mi piso, tu nieta y tu nieto, mis dos hijos, y yo misma, por cierto, te cuidaremos y mimaremos.

MERCEDES. - (Negando, lenta y repetidamente, con la cabeza), No... no, te lo agradezco: mi presencia de trasto viejo, de carga inútil, te cortaría las alas, te pesaría en el vuelo, en tu opción de "correr tras el viento".- (Abarca con la mirada la habitación completa). - Esto es ahora a lo que pertenezco. Aquí yace mi infancia y mi pasado; acá despiertan las sombras de los seres queridos, que habitan tras el espejo (lo señala) y que, día a día, me reclaman con mayor insistencia que los acompañe a seguir juntos el nuevo sendero. - (Pausa. - Sonríe levemente). - Y, a guisa de refuerzo a mis razones para mi negativa a irme contigo a tu departamento, viene bien a pelo esta sarcástica delicia que acabo de leer en un artículo de Eduardo Haro: "Siéntese en el lado del camino y muera sin aspavientos. Por favor, querido anciano, no moleste usted más. Sobre todo a hijos y nueras, que tienen que producir para la Patria".- (Suspira).- Y yo ya no produzco para nadie. Por eso, también, prefiero no acompañarte y quedarme aquí, sola con mis recuerdos, mis sombras amadas, mis fantasmas queridos.

(Silencio.- Ambas se miran con detenimiento).

MARÍA-MERCEDES. - (Volviendo a besarla). - Me voy, madre.- (Sonríe).- Volveré a correr tras el viento.

MERCEDES.- No dejes de hacerlo mientras puedas, hija: gozarás la esperanza de atraparlo y la satisfacción de haberlo intentado.

(Sale María-Mercedes.- Su madre mira en torno suyo. Se levanta. Gira con lentitud y avanza, pausadamente, hacia el espejo, donde observa con detenimiento algo de más allá, acercando la cara hasta pegarla a su superficie. Luego se dirige hacia los retratos de Carlos y María. Toma entre sus manos el de ésta).

MERCEDES.- (Murmurando).- ¡Qué falta me haces siempre! ¡Por favor, convence a papá y vengan a buscarme pronto! - (Junta el retrato a su rostro. - Susurra).- ¡Mamá... madre... estoy esperándote... no tardes!

TELÓN LENTO

Madrid, 19-II/ 1995.

 

 

CUARTO ACTO

EPÍLOGO

 

(Lentamente, Mercedes llega hasta el sofá, se sienta en él, reclina la cabeza en el respaldar, estira las piernas hasta casi yacer tendida y permanece así, con el retrato de su madre ocultándole el rostro, sobre el cual lo mantiene, como besando la fotografía.
Repetidos timbrazos a la puerta la sacan de su ensimismamiento o ensueño. Suspira, se levanta con esfuerzo y acude a abrir a quienes llaman.
Alborotada, animadamente, irrumpen María-Mercedes y sus dos hijos, Carlos, de catorce años, y María, de doce. Los dos nietos llevan sendas telas pintadas, que muestran a la abuela).

MARÍA-MERCEDES Y SUS DOS HIJOS.- (A coro), ¡Sorpresa, sorpresa... Sorpresa!

MERCEDES.- ¡Y vaya que la ha sido!.. Me estaba quedando dormida, allá, en el sofá de mis padres, y creo que hasta soñaba, ¡pero este despertar me parece mejor que cualquier fantasía onírica! (Uno a uno, besa a su hija y a sus dos nietos).

MARÍA-MERCEDES.- De inmediato nos pusimos los tres de acuerdo y hemos decidido no dejarte de visitar ni un solo domingo y estar contigo aquí, en casa de tus padres, o donde quieras, el mayor tiempo que aguantes nuestra presencia.

MERCEDES.- (Con ternura).- ¡Todo, todo el tiempo que ustedes quieran perder con una anciana renegona!

CARLOS. - (Mostrándole el cuadro que ha pintado). ¡Te lo regalo, abuela! Hice un retrato de tu papá, mi bisabuelo Carlos, (ríe), ¡mi tocayo!, y me gané el primer premio en el concurso sobre arte organizado en mi colegio. (Se lo entrega a la abuela, que lo mira con arrobo, lo besa y, después, a su nieto).

MERCEDES.- ¡Para mí es el regalo más hermoso del mundo!

MARÍA.- (Enseñándole el cuadro que porta).- ¿Y el mío, mamama? Yo gané el segundo premio con este retrato de mi bisabuela María, (ríe).- ¡también mi tocaya, como el bisabuelo Carlos fue tocayo de mi hermano!

MERCEDES.- (Besando también el retrato de su madre y luego a su nieta).- Lo pondré al lado del que me acaba de dar tu hermano y dormiré abrazada a ambos.

CARLOS. - (Riendo). - Y si se te despintan por estrecharlos demasiado mi hermanita y yo te los retocaremos de inmediato.

(Sonriéndose, se miran uno a otro con honda ternura. Luego, en silencio, los cuatro se sientan en el sofá. Los nietos reclinan sus cabezas sobre cada uno de los hombros de su abuela).

MARÍA-MERCEDES. - Y así será cada domingo y cualquier otro día de la semana en que nos llames para darte el mayor tiempo de compañía que podamos... Yo hasta dejaría por un rato a mis colegas del patronato de solidaridad con los ancianos. Deberías visitarlo, mamá: te distraería y levantaría el ánimo ver a tanta gente mayor que tú aprovechando cada minuto, jugando cartas, inventando pasatiempos, divirtiéndose en suma, y hasta bailando.

CARLOS. - Y yo hasta me escaparía del colegio por venir a tu lado, abuela.

MARÍA.- Y también yo, mamama.

MERCEDES.- O me iré yo al patronato o a buscarlos a la escuela. (Sonríe).- Les prometo que no lo haré a menudo: ahora, con estos dos retratos de mis padres, que ustedes, mis dos maravillosos nietos, me han pintado y regalado, me sentiré acompañada por ellos.- (Murmura).- ¡Mientras se sienta amor todo es soportable!

(Abraza a sus nietos, entrecierra los párpados y tararea o recita):

"Y no hay edad para el amor
porque dio nacimiento al mundo
y es eterno...
como el alba, como el tiempo,
cual el sueño ...
como la imagen de Dios
y el reflejo de Su aliento".

(Lentamente se va cerrando el TELÓN).

Surco, Lima, 3-IX/97.

 

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