PRÓLOGO Se me ha pedido, quizá por el hecho de mi dilatada trayectoria en el teatro, que prologue esta edición que el Fondo Editorial de la Universidad Nacional de San Marcos hace de dos obras dramáticas de Edgardo de Habich. Difícil compromiso para quien no tiene como oficio el creativo de la pluma sino el interpretativo de director escénico. El desafío es grande y también el honor que se me brinda y que agradezco. Su facilidad e inclinación para verter en bellas palabras sus inquietudes juveniles llevó a Edgardo de Habich a emprender el camino de las Letras para luego titularse como Abogado. Pero no sería el foro su destino; su capacidad, su versación, cultura y don de gentes lo ubicarían prontamente en el campo de la Diplomacia, donde logró alcanzar el máximo nivel de Embajador. Así, en su larga carrera diplomática cuyo primer destino en el extranjero fue Japón, recorrió diversos países, su sensibilidad fue internalizando el conocimiento de hombres y culturas, enriqueciendo su yo profundo de poeta y dramaturgo. Y, en las horas de descanso en diferentes latitudes, donde su profesión lo llevara a través de los años, fue sumando obras en las que expresaba su visión de la vida, del amor, de la fraternidad y la justicia. Nunca le preocupó el que ellas llegaran a ver la luz de la edición o de la puesta en escena, labor que correspondía a otros; sólo le interesaba poner en palabras su sentir. Y así se fueron acumulando muchas obras en las que levantaba la voz en defensa de sus sueños de justicia y hermandad. En estas obras, por cierto, estaba presente su preocupación porque estos postulados se cumplieran en nuestro país, cuya realidad fue el tema de varias de sus piezas teatrales. Dos de ellas alcanzarían el honor del Premio Nacional de Teatro, pero ni la publicación ni la puesta en escena que ellas merecían como compromiso, se llevó a cabo y así el medio teatral peruano no conoció los méritos de su obra. En «Menos grande que la Luna", Premio Nacional, su voz es vigorosa en reclamo contra los abusos que sufrían los campesinos. En otra, "María de Talara" hizo un paralelo entre la pasión por la justicia de Jesús y la lucha de los sindicatos petroleros. Palabras fuertes que no llegaron al público y que expresaban una posición ante la Injusticia, leit motiv de su personajes. En las obras de Edgardo siempre se encuentra esa constante; sus personajes son hombres comprometidos con destinos superiores, su agonía es su angustia ética ante la vida. No hay un antagonista, el conflicto se da en ellos mismos, ante su responsabilidad de lo que consideran su deber y compromiso en su paso por este mundo, ante su situación existencial en el momento en que les toca vivir. Miguel Grau en "Siempre el Mar", el ché Guevara en "Él", Jesús en «María de Talara". A través de sus parlamentos sus héroes nos traen el mensaje que este dramaturgo poeta es capaz de darnos. Sus diálogos corresponden al género trágico, puesto que surgen del conflicto del hombre con su destino que los lleva a la epopeya. Pero sus protagonistas no son sólo seres a los que la historia les reserva un sitio, también lo es Casimiro Fiestas, campesino analfabeto pero hombre íntegro, que entrega su vida en lucha por la justicia social en "Menos grande que la Luna". Es "Eróstrato", otra de sus obras laureadas, la antítesis de aquellos protagonistas que buscan la inmortalidad a través del bien común; por el contrario, la agonía de este personaje es la de no poder trascender luego de su muerte física por una obra gloriosa y es así como, realizando una obra de lesa humanidad, pasa a la posteridad a través del crimen, quemando el templo de Artemisa. Esta obra es quizá la única pieza dramática peruana que ha tenido el privilegio de ser traducida al griego y ha tenido una saga, quizá de menor mérito que la obra primigenia, en "El Juicio" pero que también estuvo en el palmarés del Concurso Internacional de Palencia. Hay otras piezas de teatro con otra temática, que se han alternado en su obra con novelas y fundamentalmente con poesía, el género que él privilegia. Luego de un largo silencio su última pieza teatral "A la sombra del Crepúsculo", que él califica como Teatro de la Tercera Edad, deja aflorar lo vivido. Su temática no es de acciones externas sino de introspecciones, llevándonos a la reflexión a través de diálogos profundos en que Habich nos muestra cuánto ha calado en la intimidad del hombre, de sus vivencias y sentimientos. Sólo "Antes de Partir", obra en un acto, subió a escena en el Perú en 1957, y "Siempre el Mar" tuvo una fugaz, si bien apoteósica, presentación en el auditorio del Coliseo Amauta, con motivo del sesquicentenario del nacimiento de nuestro héroe Miguel Grau; lo que ha hecho de Habich un autor casi mítico, de quien se ha oído hablar, pero no se le ha visto ni leído, más allá de un pequeño círculo que ha tenido el privilegio de tener acceso a sus manuscritos. Es por ello encomiable que la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de la que egresó Habich, haya decidido hacer esta publicación. Me atrevo a decir que de corporizarse sus personajes a través de la puesta en escena, el teatro peruano ganaría un autor que aún no conoce y que tal vez espera. Deseamos que así ocurra y que su teatro se enriquezca de la experiencia del encuentro de sus personajes con el público para impulsarlo a continuar con este género que tanto requiere plumas como la suya. Fernando Samillán Cavero.
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