En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

 

EMILIO BARRANTES REVOREDO

 

I

Antecedentes

 

Tanto en referencia al individuo, cuanto en lo que concierne a la sociedad, es posible hablar de una evolución. No ocurre lo mismo con la cultura que surge, se afirma, se expande y enriquece, merced a una actividad incesante de la mente humana, manifiesta en la diversidad de las operaciones intelectuales.

Sin embargo, el antecedente animal es ineludible.

Bastará citar un solo caso: el de Köhler y los chimpancés.

Köhler multiplicó los experimentos que consistían en la presentación de retos ante los cuales el hábito y el impulso resultaban impotentes y sólo era posible darles una respuesta adecuada merced al ejercicio de la inteligencia.

Citemos algunos de estos experimentos que han sido llamados clásicos:

En una jaula se pusieron plátanos a una altura tal que los saltos habituales no dieron resultados. La operación fue posible cuando el animal hubo de recurrir a un cajón que había allí, al cual subió y alcanzó la fruta deseada. La inteligencia desempeño entonces un papel importante, puesto que hubo un esfuerzo de adaptación ante una situación nueva que no podían afrontar ni el hábito ni el impulso.

Los chimpancés tenían sed, pero el cubo con agua se encontraba en un comportamiento contiguo, separado por una reja.

Sultán, el más inteligente de ellos, tomó una caña que había en la jaula, la pasó a través de los barrotes de la reja, hundió un extremo en el agua, alzó luego la caña, permitiendo que algunas gotas se escurrieran a lo largo del instrumento y, aproximando el otro extremo a la boca, pudo aliviar su sed. Poco después, Sultán salto varias veces utilizando la caña como garrocha y los otros chimpancés lo imitaron sin esfuerzo alguno.

Este episodio nos revela no sólo el poder de la inteligencia para resolver problemas que puedan ser de importancia vital, sino las diferencias individuales y el influjo que están llamados a ejercer los seres mejor dotados sobre sus semejantes.

Kofka, al referirse a estos experimentos, se pregunta: «¿Obran los chimpancés con inteligencia?(33)».

He aquí un tema que demanda la mayor atención posible.

Para Gastón Viaud, «la inteligencia tiene varios sentidos. Designa ya cierta categoría de actos que se distinguen de los actos instintivos y automáticos, ya la facultad de conocer y comprender; ya, en fin, el rendimiento del mecanismo mental (como cuando decimos cuándo un niño es más o menos inteligente). En otros términos, cuando se habla de inteligencia, se entiende por esto o bien ciertas formas de comportamiento o pensamiento, o bien cierto nivel de eficiencia mental.

Lo que más generalmente diferencia a los actos inteligentes de los actos dictados por los instintos –añade el autor– es la precisión de la adaptación a las condiciones cambiantes del medio, a las situaciones desacostumbradas, a las exigencias nuevas.

Para que un animal actúe inteligentemente en una situación que le plantea un problema –continúa– hace falta: 1º que comprenda la situación; 2º que invente una solución; 3º que actúe en consecuencia»(29).

Para Jean Piaget, «la inteligencia es esencialmente un sistema de operaciones vivientes y actuantes. Es la adaptación mental más avanzada, es decir, el instrumento indispensable de los intercambios entre el sujeto y el universo.

La inteligencia aparece en suma –agrega el autor– como una estructuración que imprime ciertas formas a los intercambios entre él o los sujetos y los objetos que lo rodean»(35).

El caso de los chimpancés, y los experimentos de Köhler, es uno de los más notables y, acaso, el primero de todos, pero no es el único, los experimentos se han multiplicado con diversos animales como macacos, gatos, perros, jaguares y gallinas.

Es preciso observar que en todos los casos, aun en los más avanzados (Sultán pudo salir airoso de la prueba más dificil: encajar una caña en otra) se recurre a instrumentos que el animal encuentra ante sí y que le presentan un problema. No es posible ir más lejos.

Además de la resolución de problemas, se pueden citar los casos de construcción, de reproducción y de las formas de la vida misma.

Los nidos de las aves, las colmenas de las abejas y las galerías de los termes, invitan a observar y pensar.

Según Carlos Silva Andrade, el trabajo de los nidos llevan algunos días y, a veces, hasta semanas. «Rara vez el macho es constructor de nidos –dice el autor–. Es el vigía del hogar, el soldado desconocido de la familia; cuida a la esposa mientras trabaja, aleja a los rivales, da la voz de alarma y, eventualmente, concita sobre sí a la atención de los intrusos».

Silva Andrade formula una observación que podría referirse también a los hombres: «La Naturaleza es siempre ejemplar y cada ser tiene una misión que cumplir»(36).

Mauricio Maeterlink, en su libro La vida de las abejas, nos dice lo siguiente: «Todo indica que no es la reina, sino el espíritu de la colmena, quien decide la enjambradura. ¿Cómo todos los ángulos de los rombos coinciden siempre tan mágicamente? ¿Quién les dice que empiecen aquí y terminen allí?».

La respuesta la da él mismo: «Es uno de los misterios de la colmena».

La vinculación del Amor y la Muerte es patente en el vuelo nupcial de la abeja reina:

«La reina, ebria de sus alas y obedeciendo a la magnífica ley de la especie, que elige para ella su amante y quiere que sólo el más fuerte la alcance, sube y sube. Los débiles, los achacosos, los viejos, los raquíticos renuncian a la persecución y desaparecen en el vacío. Y el elegido la alcanza, la coge, la penetra. Inme-diatamente después de realizada la unión, el vientre del macho se entreabre, el órgano se desprende, arrastrando la masa de las entrañas, el cuerpo vaciado da vueltas y cae en el abismo.

La mayor parte de los seres –comenta Maeterlink– tienen el sentimiento confuso de que un azar muy precario, una especie de membrana transparente, separa la muerte del amor, y de que la idea profunda de la Naturaleza quiere que se muera en el momento en que se transmite la vida».

Además, a la fecundación de la reina sigue, poco después, la matanza de los zánganos por las obreras, convertidas en despiadados verdugos.

A pesar de la perfección en el trabajo de las celdillas, del orden que se mantiene en la actividad incesante, del regreso seguro de las obreras a la colmena desde puntos lejanos, de la obra de refracción cuando se producen daños y de la defensa ante el peligro, es evidente el imperio del instinto en todos los actos.

Después de agotar la observación y multiplicar la lectura de obras dedicadas a esta materia, Maeterlink concluye afirmando que «el hombre es, después de todo, el único ser realmente inteligente que habita nuestro globo(37)».

Esta información debe hacer frente –sin embargo– a otra que él formula respecto a los termes: «A la necesidad de defenderse contra la hormiga debe el terme lo mejor de sí mismo, a saber, el desarrollo de su inteligencia, los admirables progresos que ha realizado y la prodigiosa organización de sus repúblicas; problema que es difícil resolver.

Nada se pierde en la siniestra y próspera república –continúa el autor–. Si alguno cambia de piel, el desecho de su indumentaria es inmediatamente devorado; si alguno muere, obrero, rey, reina o guerrero, el cadáver es al instante consumido por los supervivientes.

No se nutren más que de celulosa. El poliformismo es sorprendente. Se cuentan de once a quince formas de individuos que han salido de huevos en apariencia idénticos. Sus armas las han forjado en su propio cuerpo(38)».

Esta república que ocupa complicadas galerías, que cuenta con obreros y soldados y reyes y reinas, todos ciegos, que da la vida a monstruos para defenderse, armados de tenazas tan duras como el acero, a los que es preciso alimentar porque las tenazas no les permite hacerlo por sí mismos; todo este mundo escondido que puede destruir casas enteras en breve tiempo (un colono regresó a su casa después de cinco o seis días de ausencia. Se sentó en una silla y ésta se hundió. Se apoyo en la mesa que se aplastó sobre el suelo. Hizo lo mismo con la viga central que se desplomó arrastrando el tejado en una nube de polvo); esta comunidad, en fin, ¿por qué vive así? ¿Por qué cumple ciegamente (por doble motivo, en este caso) reglas severas, como quien cumple un rito?

Al parecer, en este mundo todo está referido a la perduración de la Especie. Los individuos carecen de significación. Cumplen el papel que les ha sido asignado como miembros del grupo, que es lo único que importa.


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