Capítulo XXVIII: Contribución de la Medicina Francesa al Desarrollo de la Medicina Peruana

 

1. Unión Médica Franco-peruana

Aún antes de que el ilustre Cayetano Heredia fuera elegido Decano de la Facultad de Medicina de San Fernando, consoli-dándose así su dependencia con la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, ya se había hecho sentir la influencia de la medicina francesa en nuestro medio. Son conocidos los trabajos del Dr. Petit en el siglo XVIII sobre el «zaratán» o cáncer de la mama, o los del Dr. Abel Victorino Brandin que introdujo en América Meridional, y por ende en nuestro país, el uso del sulfato de quinina en el tratamiento de las fiebres palúdicas. Es verdad que la quinina se usaba desde la época de los Incas, pero aquí nos referimos al empleo de la sal de quinina.

Pero, evidentemente, es Cayetano Heredia quien intensifica la relación con la medicina francesa, pues uno de sus primeros actos al asumir el decanato fue enviar a Francia a cuatro de sus mejores alumnos del Colegio de la Independencia y que ya eran médicos. Nos referimos a los Drs. Celso Bambarén, José Mariano Macedo, José Casimiro Ulloa y Francisco Rosas. Éstos llegaron a Francia y seguramente se pusieron en contacto con el gran Armand Trousseau, que brillaba en aquella época como profesor de Clínica Médica de la Facultad de París.

Estos médicos, al regresar al Perú, difundieron la doctrina médica francesa a través de la cátedra universitaria y en las publicaciones Gaceta Médica de Lima y La Crónica Médica, fundada esta última años después de la primera.

De esa manera, casi todos los estudiantes de medicina y médicos del siglo pasado eran influenciados. Se sabe que Carrión, nuestro héroe, pensaba irse a Francia a terminar sus estudios a raíz del conflicto de 1884 y seguramente leía y hablaba francés, cuando sus últimas palabras dirigidas a su condiscípulo Enrique Mestanza fueron «Enrique c’est fini».

Los médicos peruanos, hasta la segunda guerra mundial, viajaban fácilmente a Francia y se nutrían de los avances de la ciencia. Figuras de esa época que estuvieron un tiempo más o menos prolongado en Francia fueron Ernesto Odriozola, que publicó en francés su libro La maladie de Carrión; Edmundo Escomel, Carlos Villarán y, algo después, Carlos Monge. Aquí hacemos la salvedad, que vale para más adelante, de que citamos nombres al azar acerca de los que tenemos pleno conocimiento de que hicieron larga estadía en ese país. Probablemente hay muchos más, incluyendo a los que solamente visitaron brevemente a Francia.

Después de esta primera hornada surge otra, después de la guerra mundial, y es la que llamamos «Generación del 28», donde hacen estudios y permanencia en Francia figuras como Juan Werner, Raúl Guerra, Óscar Trelles, Enrique Navarrete, Fausto Molina y, algo más tarde, Vicente Cortez, Jorge Montoya, etc.

Surge la guerra del 39, se interrumpen los viajes y es la cultura médica norteamericana la que comienza a sobresalir a partir de 1945. Pero, en contrapeso, los médicos peruanos que habían estudiado en Francia la década anterior fundan la Unión Médica Franco-peruana, el 23 de enero de 1945, en un esfuerzo loable de seguir manteniendo el vínculo con la medicina de Francia. Hay que remarcar que este país, recién salido de una guerra tan sangrienta, reanuda rápidamente las relaciones culturales con nosotros y se establece el sistema de becas para médicos, usufructuando de ellas médicos jóvenes de la década 45-55 tales como Teobaldo Pinzás, Edwin Vélez, desaparecido muy joven, Gino Costa, Mariano Querol, Alfonso Arce, Luis Flores Cevallos, Ernesto Velit, nosotros mismos, y varios más cuyos nombres se nos escapan. Ésta vendría a ser la tercera hornada.

La cuarta hornada es representada por médicos de los años 55 al 75 y, aunque no son numerosos, son de excelente calidad profesional. Citemos solamente a Bracamonte, Guardia, Villalobos, Valer, Danessi, Arbulú, Saldaña, Gallegos, etc.

En estos últimos años la Unión ha tenido altibajos que dependían del entusiasmo de sus directivos, y por eso ahora se deben intensificar estas históricas relaciones médicas reanudando el programa de becas, pues los ex becarios somos los más entusiastas y calificados difusores del pensamiento médico de Francia (Lima, junio de 1993).

 

2. Los viejos hospitales de París y las figuras que en ellos destacaron

El profesional médico, en particular el latinoamericano que llega por primera vez a esa meta de la inteligencia que se llama París y que lógicamente, por el cariño a la profesión y el deseo de superarse, acude a visitar los hospitales o a efectuar en ellos una permanencia más o menos larga, experimenta una gran sorpresa al comprobar que los nosocomios parisienses no son de tipo moderno, sino antiguas construcciones, la mayor parte ruinosas y lóbregas. Y este desencanto es aún mayor si viene de visitar los modernos hospitales de los Estados Unidos de América o de algunos países de Latinoamérica.

Pero en esas construcciones antiguas y sombrías, el genio médico francés contribuyó a dar al mundo lo mejor de los conocimientos que poseemos por intermedio de grandes hombres, de grandes figuras que por ellos desfilaron, que ahí dejaron lo mejor de sus horas, continuadas en la actualidad por otros investigadores de igual o mayor renombre que sus predecesores.

Los más viejos hospitales de París son indudablemente el Hotel-Dieu, el de Bicetre, la Salpétriere, Saint-Louis y la Charité. De este último, donde enseñara el gran Laënnec, apenas queda la capilla. El resto del edificio fue demolido y el emplazamiento lo ocupa la moderna Facultad de Medicina inaugurada hace apenas unos años.

El Hotel Dieu, situado en la Isla de la Cité, a pocos pasos de la Catedral de Notre Dame, entre los dos brazos del Sena, es el más antiguo hospital de París. Parece que existió desde la época de Carlomagno. Reconstruido el siglo pasado luego de un incendio desvastador, no podemos menos de recordar, al recorrer sus grandes galerías y oscuros pasadizos, las figuras brillantes de Guillaume DUPUYTREN (1777-1835) y de Armand TROUSSEAU (1801-1867) que por ellos desfilaron; este último, el segundo gran renovador de la Clínica Médica, cuyo aforismo «no hay enfermedad sino enfermos» es ahora clásico. Pero pecaríamos de injustos si al lado de estos dos pioneros no citáramos a Dieulafoy, Noel Fiessinger o Mauriceau, grandes médicos de este hospital.

El Hospital Saint-Louis fue fundado bajo el reinado de Enrique IV en los albores del Siglo XVII y conserva el estilo de la época. Emporio de la Dermatología, por sus jardines y salas discurrieron nada menos que Fournier, Jeanselme, Ravaut, Darier y Gougerot, los padres de esa especialidad.

El antiguo hospicio de la Salpétriere ha constituido, junto con el de Bicêtre, el centro más importante de atención de las enfermedades del sistema nervioso. Fundados bajo el reinado de Luis XIV, fueron primero lugares de reclusión para mujeres de mala vida, para ancianos desvalidos y para incurables. La tradición cuenta que en la Salpétriere estuvo recluida Manon Lescaut, trasportada hasta nuestros días por la obra del Abate Prevost. Pero, desde el siglo pasado, las figuras de Pinel para los alienados y de Charcot para los enfermos nerviosos, hacen de la Salpétriere el centro indiscutible de la atención de esas enfermedades; tradición continuada hasta nuestros días con las figuras de Dejerine, L’Hermitte, Alajouanine.

De la antigua Charité, hoy desaparecida, ya mencionamos a Laennec, pero no olvidemos tampoco a Malgaigne, Vulpian, Bouillaud, Potain y Sergent, que ahí dictaron sus mejores lecciones clínicas.

El resto de los 29 hospitales de París son del siglo XVIII y posteriores.

Citemos brevemente al Hospital Necker, donde también trabajó Laënnec, y en cuya fachada figura una placa sencilla pero expresiva: «En este hospital, Laënnec descubrió la auscultación». Nada más y nada menos.

En Necker, ahora fusionado con el Hospital de Niños (Enfants Malades), han figurado clínicos eminentes como Trelat, Albarran o Guyon, de la Escuela Urológica; o Marfan, Lannelonge, Grancher o Debré, de la pediátrica.

El Hospital Cochin, antiguo Hospital del Mediodía, tiene entre sus figuras destacadas del pasado a Ricord, en la Venereología, y a clínicos eminentes como Widal, Achard y Rathery, conocidos de los médicos peruanos que estudiaron en París en la década del 20 al 30.

El Hospital de la Pitié, cercano a la Salpétriere fue el centro de trabajo de Gosselin y de Lisfranc en la Cirugía, de Babinski en la Neurología y de Váquez en la Cardiología.

El de Saint-Antoine, situado en el tumultuoso barrio de la Bastilla, albergó e hizo brillar en la constelación médica a Hayem en la Hematología, a Chauffard en la Hepatología, y a Gregoire en la Anatomía y Cirugía.

El Hospital Laënnec, antiguo hospicio de incurables, era el centro de la cátedra de Tuberculosis y Enfermedades Respiratorias que tenía a la cabeza a Etienne Bernard, sucesor del gran Fernand Bezancon.

Y entre los hospitales de Maternidad, cómo no citar al de Port-Royal, cercano al tradicional Montparnasse y a las clínicas Tarnier y Baudelocque, donde trabajaron estos grandes obs-tetras.

Y así, en esta miscelánea, hemos querido evocar estos nombres gloriosos que trabajaron incansablemente en estos lugares venerables por su fama y por sus años.

Ahora hay hospitales modernos, como el de Beaujon o el Foch, pero siempre el médico latinoamericano querrá visitar la fuente misma de la ciencia médica francesa concurriendo a estos antiguos y vetustos hospitales de París, cuya gran mayoría está modernizada interiormente en la actualidad.

Como dato anecdótico, consignamos que el color violeta o morado que distingue a los médicos en sus emblemas, escarapelas o solapines data del año 1350, en que la Facultad de Medicina de París dispuso el color correspondiente a cada facultad e indicaba que los médicos debían portar una capa roja anudada con cintas moradas e, igualmente, el cinturón y los guantes.

Los estatutos de 1350 obligaban a los médicos a enseñar «In ccapa rotunda, honesta, propria, non commodata, de panno bono, de brunetta violacea» (citado por Alfred Francklin en La Vie Privee de Autrefois. Les medecins, Ginebra, 1980).

Como nuestra Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos tuvo como base la medicina francesa cuando la fundó Cayetano Heredia en 1856, se ha heredado entre nosotros esa tradición (julio de 1997).

 

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