Capítulo XXVI La Promoción Médica de 1902 Apuntes para la historia de la Medicina Peruana

 

No es sin profunda emoción que escribo estas líneas, que no tienen otro objeto que el de difundir aún más –si cabe– el conocimiento de nuestros valores médicos nacionales del pasado y aun del presente, y rendirles el homenaje de quienes, a través de sus estudios médicos, han podido apreciar el valor y las proyecciones incalculables de la obra de aquellos hombres que pertenecieron a la generación médica de 1902.

Además, uno de los integrantes de aquella promoción fue familiar del que esto escribe y ésa ha sido otra razón para admirarlos aún más y conocerlos.

Ingresados a nuestra querida Facultad de Medicina de San Fernando el año 1896, siendo decano el Dr. Armando Vélez que reemplazaba interinamente al Dr. Francisco Rosas, ausentado en el extranjero, fueron 21 jóvenes pletóricos de energía y entusiasmo los que se inscribieron en la primera matrícula de Medicina. Desgraciadamente, no todos pudieron llegar al séptimo año. Uno de ellos, Salazar, falleció en el tercer año, Otero no continuó los estudios médicos, y Arturo Yáñez falleció en Matucana muy joven, pocos años después de recibido. Reducida la promoción a 19, fueron éstos los que conformaron la generación de internos de los hospitales de Lima y Callao el año 1902.

Fueron sólo 19. Pero de que categoría intelectual. De ellos salieron lo más graneado de nuestros valores médicos. Citaré los nombres de todos ellos, limitándome a señalar a quienes han dejado un recuerdo imborrable en nuestra medicina por sus obras y trabajos, ya sea en la cátedra o en la labor hospitalaria.

Debo mencionar en primer lugar al inolvidable Aníbal Corvetto, verdadero creador de la Tisiología peruana y cuyo solo elogio merecería un artículo especial. También a ella estuvo ligado Felipe Merkel, quien sería después uno de los primeros sifilógrafos y dermatólogos del Perú. Están también Juan Cipriani, el gran oftalmólogo, que ha dejado un heredero ilustre en su hijo el Dr. Enrique Cipriani; Luis Chávez Velando, también oculista y que residió en Arequipa; Juan San Bartolomé, que describió casos de peste en Lima en 1903 y posteriormente, obstetra reputado; Juan Manuel Ramírez, tío del autor de estas líneas, que señaló en su tesis de bachiller el peligro social de la sífilis y ejerció en Camaná, Caravelí y Arequipa; Carlos Martínez Cabrera, que trabajó en el pabellón N° 4 del Hospital Loayza; y en fin, Enrique Rossel de Yungay, Segundo Salcedo, Víctor Diez Canseco, padre del gastroenterólogo Jorge Diez Canseco, Luis Felipe Arce, etc., todos ilustres desaparecidos.

Me he entrevistado con los que para orgullo de nuestra medicina perduran todavía. Todos brillan actualmente como estrellas de primera magnitud en nuestro firmamento médico. Así tenemos al Dr. Francisco Graña, quien hizo su tesis sobre Higiene. Primeramente cultivó esta bella disciplina, llegando a ser catedrático del curso, y posteriormente su inclinación quirúrgica lo llevó a dedicarse íntegramente a esta no menos bella especialidad, en la cual ha llegado a ocupar las más altas distinciones.

Asimismo, destaca el Dr. Juan Voto Bernales, ilustre clínico del Hospital 2 de Mayo, sucesor del maestro Odriozola en la jefatura de la sala de Santo Toribio del mismo hospital, que también tiene un heredero de fuste en su hijo el Dr. Jorge Voto Bernales. Aquél fue el primero en describir un caso de lepra autóctona en Lima en 1915, publicando también numerosos trabajos en enfermedades infecciosas y tropicales.

Luego siguen: Belisario Sosa Artola, que llegó a ser catedrático de Piel y Sífilis en 1908; Carlos Granda, que fue catedrático de Física en la Facultad de Ciencias; Enrique Portal, asistente infatigable de la sala Santa Ana del Hospital Dos de Mayo, pero inicialmente médico rural combatiente del tifus en Cerro de Pasco; Ricardo Saettone, que ejerció en el Callao; así como Aurelio de la Fuente, padre de nuestro colega Alejandro de la Fuente, que ejerció en Mollendo.

Cuántas anécdotas de aquellos días me han referido mis entrevistados, cómo se han alegrado al recordar aquellos hermosos días...

Así, por ejemplo, el Dr. Graña refiere que cuando el ilustre maestro de maestros, el gran Ernesto Odriozola, recién llegado de Francia donde había estudiado al lado del genial Testut, y tan recordado por todos los que hemos pasado por el anfiteatro, dictaba sus clases de Anatomía del Sistema Nervioso, lo hacía con tal maestría que los alumnos, al finalizar la clase, no podían menos que estallar en aplausos.

Promoción considerada «numerosa» con 21 alumnos aún recuerda con cariño al guardián del anfiteatro, el popular «pajarito» de apellido Valera, el cual conseguía los «muertecitos» para la disección de los alumnos, a cambio de algunas propinas.

A través del tiempo, la admiración por aquellos hombres que solamente con el auxilio de la clínica llegaban a diagnósticos finos que ahora envidiamos, que se han encumbrado merced a sus méritos y que hacen honor a nuestra medicina, la admiración repito, crece ante mí y es por eso que como un modesto aporte a la historia de la medicina peruana he escrito estas líneas recordatorias.

 

Diciembre de 1949

 

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