Capítulo XXI  Hugo Pesce: el hombre, el maestro, el amigo

 

El 26 de Julio de 1969 se extinguía la vida terrenal de uno de los más ilustres pensadores peruanos del siglo actual, científico y humanista si cabe la diferenciación, maestro sin par, médico, filósofo y caballero a carta cabal.

Creemos que ha llegado el momento de dejar escritas algunas facetas inéditas de la personalidad de Hugo Pesce, apreciadas a través del contacto estrecho y permanente de 22 años de trabajo en común. Estas facetas contadas a manera de anécdotas precederán la sistemática clásica de referir quizás muy someramente su vida y su obra.

Haciendo llamado a nuestros recuerdos diremos que el primer contacto que tuvimos con don Hugo fue en 1947, cuando el entonces reciente médico Dr. Jorge Campos Rey de Castro nos lo presentó para ejecutar y continuar la labor bibliográfica en lepra comenzada por el maestro. Se trataba nada menos que de organizar la biblioteca y fichero bibliográfico del Departamento de Lepra del Ministerio de Salud. Esta labor comprendía el examen de muchas revistas, tratados y artículos concernientes a esa enfermedad y luego catalogarlos en tarjetas alfabéticas y tarjetas por materias. Desde luego, la clave de la clasificación de los artículos mencionados fue confeccionada por el Dr. Pesce.

Y así, con ese primer contacto, nació la amistad; diariamente a lado de él pudimos ser testigos de su trabajo, de sus angustias y desengaños, pero también de su alegría y optimismo.

En ese entonces el Departamento de Lepra estaba ubicado en el primer piso del ministerio de Salud, entrando a mano izquierda en el lugar que hoy ocupan las oficinas de Presupuesto y Contabilidad. Allí, con un reducido equipo de administrativos como Carlos Guillén, Jorge Chueca, Graciela Usandivaras, Edelmira Canales, Angélica S. de Freitas y Raúl Flores, el Maestro trabajaba hasta el amanecer, con gran asombro y desesperación de los conserjes y porteros del Ministerio, quienes murmuraban por el «derroche de luz». Sin embargo, el entonces Director de Salubridad, Dr. Fernando Castillo apreciaba y comprendía el trabajo proficuo del Maestro, quien apenas tres años antes había creado y organizado el SNAL (Servicio Nacional Artileproso), imagen en grande del SALA (Servicio Antileproso de Apurímac) que había iniciado durante su estadía en Andahuaylas.

Por aquellos años estaba en plena formación la Escuela Leprológica Peruana. Ya había formado a Ricardo Lara Limo, quien regresaba de un curso en Brasil; estaban por viajar a Rosario, a estudiar a lado de Fernández y Schujman, los ilustres leprólogos argentinos, Luis Chávez Pastor de Iquitos y Gustavo Hermoza de Andahuaylas. En Lima trabajaban Jorge Campos Rey de Castro, Alejandro de la Fuente, Marino Molina, Juan Aguilar y Federico Bresani, mientras que en Iquitos y San Pablo quedaban Raúl Pachas, Óscar Sigall, L. Teves y J. Ponce de León. Tal fue el panorama que rodeaba al profesor Pesce cuando lo conocimos en 1947.

Al tratarlo de cerca cautivaba su agudeza, su firmeza y su fineza. Ordenaba insinuando, obligaba a estudiar sin decirlo y el que trabajaba con él estaba predestinado a ser noctámbulo y políglota, pues era necesario para el trato diario conocer siquiera de oídas el latín, el portugués, francés, inglés y hasta griego. Ameno en la anécdota, era un profundo conocedor de la historia de la medicina peruana a través de recuerdos personales o de relatos escuchados a su padre el Dr. Luis Pesce a quien admiraba. Una vez, en la puerta de San Fernando, en la Av. Grau, se quedó mirando la puerta principal y dijo: «esas gradas las bajó mi padre en 1903 del brazo del Decano Dr. Belisario Sosa, quien lo acompañó hasta la calle después de su brillante sustentación de la tesis de reválida de Médico».

Vivió momentos de angustia y desencanto cuando el golpe de Estado de 1948 derribó al gobierno constitucional de entonces. Felizmente para él y para la campaña antileprosa, el general Odría, natural de Tarma y hombre de gran sensibilidad, era paisano de don Hugo y había tratado al Dr. Luis Pesce quien fue médico de la familia del general.

Si se me permite la expresión, gozó en cierto modo de la benevolencia del general Odría y nada pudieron hacer contra él los intrigantes o calumniadores, que no faltan en esos casos, con el objeto de erradicarlo del Ministerio, acusándolo falsamente de anarquista aunque lo de comunista todo el mundo sabía que era cierto y él no lo negaba ni se avergonzaba de ello. Don Hugo contaba que el general Odría habría dicho: «A Pesce no me lo toquen». Sin embargo, por precaución de que lo sucediera en el cargo alguien que no apreciase el valor de la biblioteca y fichero bibliográfico de Lepra, hizo trasladar esa sección al Hospital de Guía, lo cual nos dio oportunidad de tomar contacto directo con los pacientes.

Las reuniones en su casa de pasaje Chacas 68 eran grandiosas y terribles. Citaba para las 9 de la noche; los convocados, con el deseo de terminar temprano llegábamos exactos pero aún no había regresado el Dr. Pesce. Se esperaba hasta las 9:30 a 9:45, hora en que aparecía. No entraba al escritorio, pasaba directamente al comedor, se le oía departir con su familia la señora Zdlenka y sus hijos Lucho y Tito que estaban pequeños. A veces lo esperaba también su gran amigo don Juan Francisco Valega, lo cual agravaba el panorama de la espera pues la charla entre ambos, conversadores natos, era interminable, fructífera y a veces muy jocosa. Aparecía por fin en el escritorio, como a las 10:30 de la noche. Pensábamos ingenuamente que comenzaríamos de inmediato la labor fijada, pero él iniciaba la «sesión» con un comentario de las noticias del día, de la política nacional, internacional, de San Marcos, del Ministerio. Extraía un gran mapa confeccionado por él, donde figuraba la China y explicaba la situación actual de la guerra civil señalando los avances del ejército rojo, confiando en que Chiang Kai shek sería arrojado en breve al mar gracias al empuje de las fuerzas de Lin Piao y de Chu Teh. Aconsejaba la lectura de Petróleo para las Lámparas de China y revisaba una vez más –sabia insinuación para leerlo– su libro «Latitudes de Silencio» con quien recién tomábamos conocimiento. A duras penas lo conseguíamos en préstamo... «con sumo cuidado por ser el único ejemplar que tengo y con correcciones a mano».

Daban fácilmente las doce de la noche y solamente entonces se iniciaba la labor señalada: preparación de planes de campaña antileprosa, revisión de tesis de bachiller, elaboración de presu-puesto, etc. Todo el mundo se caía de sueño pero él continuaba imperturbable con toda su energía intelectual. A las 2 ó 3 de la mañana, ante las miradas insistentes al reloj, él decía «...es inútil que mire la hora, de aquí no salimos hasta terminar» y así se continuaba hasta las 5 ó 6 de la mañana. Hasta la próxima amanecida.

Era extraordinaria su capacidad física a pesar de su aspecto tan delgado y ascético. Remigio Aguirre me refirió una vez que a las tres de la mañana le había hecho una demostración del ejercicio llamado «bandera» sobre su escritorio, es decir ponerse horizontal con las manos apoyadas sobre la mesa.

A nosotros nos refirió que en Andahuaylas y con altímetro en mano había ganado a un indígena a subir una cuesta de 4 000 a 4 100 msnm caminando rápidamente.

En 1950, nos llevó a la cátedra en Enfermedades Infecciosas, Tropicales y Parasitarias que regentaba don Oswaldo Hercelles García, quien quería y estimaba el valor de Pesce. Ahí se comenzó a hacer la labor de Bibliografía Nacional encomendándose a los alumnos de entonces la revisión de los trabajos nacionales de materias correspondientes a la asignatura; los alumnos debían hacer una síntesis y una apreciación crítica del trabajo leído. Esa labor tan importante continúa hasta ahora, y existe un buen fichero bibliográfico en la asignatura de Medicina Tropical que es como se llama ahora la antigua cátedra que ilustraron Julián Arce, Raúl Rebagliati y Hugo Pesce. Aquí el maestro dictaba brillantes lecciones en lepra, micosis profundas, rickettsiosis, aracneísmo, ofidismo.

Gran filósofo, discutía y criticaba las corrientes filosóficas mundiales, las materialistas y las espiritualistas: Bergson, Comte, Merleau-Ponty, eran nombres que le oíamos con frecuencia. Tenía sus reparos a las opiniones filosóficas de Honorio Delgado, quien desde luego guardaba un gran respeto a la opinión de don Hugo. Una vez asistimos con él a una conferencia que dictó en la Alianza Francesa nuestro entrañable amigo Augusto Salazar Bondy. Don Hugo decía durante la conferencia y apretando los dientes: «Qué lástima que no haya discusión cerrada». Salazar Bondy, con gran inteligencia, al observar la facies del maestro, lo esperó a la salida, y se fueron ambos a enfrascarse en una discusión sobre el tema que duró hasta el día siguiente...

Con estas pinceladas de recuerdos hemos querido pintar algunos aspectos de don Hugo: médico, profesor, humanista, filósofo, atleta, amigo, ...sabio en una palabra.

Faltaríame agregar algunos aspectos de su criollismo y chispa verdaderamente extraordinarios. Había clasificado los Pisco sour de Lima, poniendo en primer lugar los elaborados en el Maury y luego los del Club de la Unión, que para él –aunque no bebía– eran superiores. Había clasificado y tenía porcentajes del número de sacerdotes «comunistas» de los conventos de Lima; asimismo refería que había «comunistas» hasta en el Club Nacional. A un socio de apellido muy conocido en Lima, por expresar ideas liberales para la época, sus compañeros del club lo llamaban «comunista».

Refería que en los primeros años de ejercicio profesional allá por 1925 ó 1926, atendía en el barrio de La Victoria a una gran clientela gratuita enviada por el Partido Comunista. Salía tarde y como no habían muchos restaurantes en Lima, se dirigía a pie a los chifas de la calle Capón, recorriendo las calles cuyo nombre pintoresco reconocía bien. Seguía por la calle del Hospital Italiano, luego la de Santa Teresa, Sagástegui, Santa María (todas ella ahora Abancay) y doblaba por Zavala hasta la calle Capón.

Era gran chifero –sabía comer con palitos– y ahí pedía al chino: «Dame un tallarín con caldo, sin caldo», ante lo cual el buen asiático se quedaba con la boca abierta. Explicaba que a él, como buen descendiente de italianos, le gustaban los tallarines, pero en el chifa el tallarín saltado costaba S/.1,20 soles, mientras que el tallarín con caldo costaba S/. 0,60 ctvs. y por tal razón pedía «un tallarín con caldo, pero sin caldo».

En las conversaciones con don Juan Francisco Valega era extraordinario. Ambos sabían la vida y milagros de todo Lima. Modificó la clasificación de Valega sobre la distribución de las personas en dos grandes grupos según su manera de actuar y reían ambos de las anécdotas del Hospital Larco Herrera de las que el Dr. Valega tenía una colección que debió escribir. Nosotros tuvimos el priviliegio de asistir a esas conversaciones.

En 1963 sufrió una injusta e inhumana prisión por los dirigentes del «cuartelazo» de la época. En compañía de su hijo Lucho Pesce, dirigente estudiantil de Medicina, fue sacado de su hogar y enviado hasta la colonia penal del Sepa en donde permaneció algunos meses. Regresó a Lima muy enfermo y debilitado, y fue atendido en calidad de detenido en el Hospital de Policía, donde pudimos visitarlo, esquivando la injusta incomuni-cación en que se le mantenía.

Soñaba con regresar a Europa y felizmente pudo cumplir su sueño. Visitó ese continente después de la muerte de su hijo Lucho, el Dr. Luis Pesce Schereier, quien se ahogara en la playa Arica en el trágico verano de 1966, pocas semanas después de recibirse de médico, habiendo recibido su constancia de titulación de manos del propio Dr. Pesce. Todos sabemos del golpe tre-mendo que recibiera el maestro con esta muerte inútil e injusta. Escuchamos de sus labios el relato patente, dolorido y sentido de los acontecimientos de aquel domingo, desde la salida de la casa con gran alegría, la permanencia en la playa, los detalles del salvamento tardío en el que el propio Dr. Pesce se lanzó al mar a retirar a su hijo de las aguas, y lo desgraciado de los aconte-cimientos posteriores. El maestro nos refería que cuando regre-saba a la playa portando en sus espaldas a Lucho, ya inerte, reclamaba en lo profundo de su ser «el infarto, el infarto salva-dor». Éste debía llegar algunos años más tarde, pero induda-blemente este hecho aceleró la preparación del accidente final.

Hagamos ahora en breve recorrido, un trazado general de la biografía del profesor Hugo Pesce:

El distinguido médico, filósofo y humanista Dr. Hugo Pesce, nació en Tarma el 17 de junio de 1900, en el hogar que formaron el Dr. Luis Pesce Maineri, ilustre médico italiano que trabajó en Perú hasta su muerte y la señora Lía Pescetto, también de nacionalidad italiana.

Pasó los primeros años de su vida en su ciudad natal, de la que guardó un recuerdo inolvidable. En 1906 viajó a Italia con sus padres y se estableció en Génova, donde continuó sus estudios en el Colegio de los Padres Jesuitas. En 1917 ingresó a la Facultad de Medicina de Génova en la que se graduó como médico-cirujano el 29 de diciembre de 1923 con la tesis Operación del Cáncer de la Mama, que mereció el calificativo de sobresaliente.

Durante su estadía en Italia, a la par que fue un alumno brillante de la Facultad de Medicina, participó en las inquietudes políticas y sociales de la juventud italiana, adheriéndose al Partido Popular y asistiendo muy de cerca a los acontecimientos que instauraron el fascismo en la península.

También sirvió en la Sanidad Militar durante la última fase de la participación italiana en la Primera Guerra Mundial.

En 1923 regresó al país e inició su labor profesional en la Clínica de Salud que el Dr. Luis Pesce había establecido en Chosica. Fue allí donde comenzó a aplicar sus conocimientos, sobre todo en Radiología y Radioterapia, especialidad de su predilección, y donde trabó amistad imperecedera con José Carlos Mariátegui, con quien fundó el Partido Comunista Pe-ruano.

Poco tiempo después ganó un concurso internacional sobre problemas gremiales médicos que promovió la revista argentina Actualidades Médicas, perfilándose ya el futuro luchador y gre-mialista.

Se inició en las labores de investigación y docencia médica en 1927 participando en la Expedición Científica a Morococha organizada por el Dr. Carlos Monge, expedición que tuvo como objetivo estudiar los efectos de la altura en el organismo humano.

En 1929 fue Jefe de Trabajos Prácticos de Cronaxia en el Cursillo de Fisiología del Sistema Nervioso dictado por el profesor Laugier en la cátedra de Fisiología de la Facultad de Ciencias de San Marcos, que dirigía ese año el Dr. Alfredo Leví Rendón.

Sus amplias inquietudes de sanitarista nato lo llevaron en 1931 a trabajar como médico de la Colonia de Satipo, donde tomó su primer contacto con la Medicina Tropical. Fruto de su permanencia en esa Colonia fue su trabajo Geografía Sanitaria de la Región del Satipo.

En 1933 fue nombrado Comisionado Sanitario en la Provincia de Andahuaylas, a la que dedicó lo mejor de su vida: en 1937 fue nombrado Médico Sanitario de Andahuaylas, año en que fundó el Servicio Antileproso de Apurímac, desempeñando su jefatura hasta 1944, cuando regresó a Lima para ocupar la jefatura del entonces Servicio Nacional de Lepra, del que fue fundador.

En Andahuaylas nació lo mejor de su contribución a la salud pública del país; allí se inició su inquietud por el estudio del Mal de Hansen, enfermedad que entonces no tenía abanderado. En 1937 describió en Andahuaylas nuestro primer caso de lepra tuberculoide, el que había sido precedido por el hallazgo de la lepra en esa provincia y su importancia epidemiológica.

Desde la jefatura del Servicio Nacional de Lepra y luego del Departamento de Lepra, posición en que le conocimos en 1947, realizó la gigantesca labor de ordenar nuestros conocimientos sobre esta enfermedad al reconstruir paso a paso la historia de nuestra endemia leprosa y de organizar en escala nacional un verdadero programa de lucha contra esta enfermedad bíblica.

Gracias a la minucia que caracterizó siempre su trabajo y con su método epidemiológico de «los leprosos referidos» señaló que la endemia leprosa en la Amazonía se había iniciado en nuestro país en los albores de este siglo por la importación brasilera; que la de Apurímac reconocía dos orígenes: de la selva, remontando el río Apurímac, y de la costa; y que los primeros casos aparecieron en la década del 20; que la lepra de la costa era de la época de la conquista, foco que se ha ido extinguiendo progresi-vamente quizás con el avance de la tuberculosis; y, finalmente, que la lepra del departamento de Amazonas era de procedencia ecuatoriana.

Estos estudios señalados tan brevemente, fueron el fruto de largos años de trabajo y de vigilia que brindó al conocimiento de esta enfermedad y fueron concretados en su tesis doctoral de 1961 sobre La Epidemiología de la Lepra en el Perú.

La labor del profesor Pesce en el campo leprológico se extendió mucho más allá. Organizó el Departamento de Lepra y con carácter de programa vertical tuvo a su cargo la lucha anti-leprosa en el país en base a estadísticas rigurosas llevadas directamente bajo su control en la sección de Epidemiología del Departamento. Con la base del conocimiento epidemiológico y del establecimiento de la prevalencia regional de la endemia, la lucha antileprosa organizada por Pesce tenía como base el aislamiento obligatorio de los casos contagiosos, el seguimiento en los Centros Antileprosos Zonales y el despistaje precoz en los dispensarios dependientes de los centros. Remozó el viejo Asilo de San Pablo para los leprosos de nororiente; fundó y organizó el Sanatorio de Huambo en Apurímac, y prodigó sus desvelos al Sanatorio de Guía que funcionaba en el viejo hospital del mismo nombre, para infectocontagiosos.

Aquí en Guía organizó además el Laboratorio Central de Lepra y la Biblioteca especializada con un fichero bibliográfico que solamente tenía parangón con el que funciona en la Biblioteca del Servicio de Lepra de Sao Paulo en Brasil.

No solamente desde el ministerio de Salud y en el curso de sus visitas a las zonas leprógenas efectuó su labor sanitaria Hugo Pesce. En el Congreso Panamericano de Leprología de Río de Janeiro (1946) contribuyó decididamente a establecer la Clasificación Sudamericana de Lepra. Esta clasificación que destierra definitivamente los viejos conceptos de clasificación y que considera dos tipos polares: el lepromatoso y el tuberculoide, y una forma intermedia, la incaracterística o indiferenciada, fue sancionada como Clasificación Mundial de la Lepra en el Congreso de Madrid de 1953 y ella fue fruto de la Escuela Sudamericana encabezada por Nelson de Souza Campos de Brasil; J.M.M. Fernández de Argentina; y, Hugo Pesce de Perú.

En 1947, cuando lo conocimos, nació nuestra observación directa de la labor universitaria del profesor Pesce. En el año 1945 ingresó como profesor auxiliar contratado a la cátedra de Clínica de las Enfermedades Infecciosas, Tropicales y Parasi-tarias que regentaba el profesor Oswaldo Hercelles. De 1945 a 1954 fue profesor auxiliar nombrado; catedrático asociado desde 1954 hasta setiembre de 1961; asociado encargado de la cátedra de 1961 a 1962 y, finalmente en junio de ese año, ganó por concurso, su ascenso a profesor principal hasta su retiro de la docencia algún tiempo antes de su fallecimiento.

Dentro de su carrera docente se debe mencionar su calidad de miembro de diferentes comisiones de la Facultad de Medicina, entre las que destaca la Junta Transitoria de 1961, en la que fue uno de los elementos más importantes al contribuir decisivamente en la reconstrucción de la Facultad de Medicina después de los lamentables acontecimientos de ese año.

La Facultad de Medicina y la Universidad toda, tienen una deuda con el profesor Pesce. Éste es un homenaje que le tributamos en agradecimiento a su titánica labor en esos días, en esas noches, y en todo momento, a favor del resurgimiento de San Fernando.

Además de su tesis, el profesor Pesce fue autor de siete libros de observación original o de carácter expositivo, dentro de los que destaca Latitudes de Silencio publicado en 1947, con sus capítulos tan hermosos como: «En pos del tifus», «Dos Hombres y la Malaria», «Una vez al indio Ccorihuamán le abrieron el Vientre», «Tiene usted razón», «Galgas», y «Nota Epicrítica». Asimismo, el libro Los selvícolas en el Perú y su mapa de distribución actual (1956), obra de consulta obligada para todo estudioso de nuestra Selva.

Publicó además 50 trabajos de medicina tropical en revistas nacionales y extranjeras; hay 45 trabajos médicos o de cultura general inéditos, entre ellos el último Estudio sobre las Reli-giones. Dirigió unas 30 tesis de Bachiller en Medicina sobre diferentes puntos de la medicina tropical.

La erudición del Dr. Pesce llegaba al terreno lingüístico, tan útil en la carrera universitaria. Dominaba nueve idiomas, incluyendo dialectos italianos. Alguna vez lo oímos conversar y discutir animadamente con genoveses y napolitanos en el dialecto propio de esas regiones de Italia. Conocía también el sánscrito.

En los últimos años de su vida, ya retirado de la docencia y del ministerio de Salud, el profesor Pesce continuó su trabajo intelectual elaborando numerosos ensayos de carácter filosófico y participando activamente en la vida gremial de la profesión médica.

El trágico fallecimiento de su hijo recién titulado médico, Dr. Luis Pesce Schereier en enero de 1966, constituyó un rudo golpe para el profesor y maestro, golpe del que ya no pudo sobreponerse jamás y que, indudablemente aceleró su fin; pues el 26 de julio de 1969 falleció en Lima, dejando a su viuda la señora Zdenka de Pesce y a su hijo el arquitecto Tito Pesce Schereier, así como a los discípulos y amigos que admiraban y trataban de emular la obra de este verdadero maestro de maestros y cuya síntesis biográfica hemos tratado de esbozar, pues comprendemos que dejamos de lado numerosos aspectos de su vida tan fecunda.

El Dr. Pesce fue miembro de numerosas sociedades cientí-ficas del país y del extranjero, tales como la Sociedad Peruana de Salud Pública, la Asociación Médica Peruana «Daniel A. Carrión», la Asociación Nacional de Escritores y Artistas y la Sociedad Peruana de Higienistas, que fundó con su entrañable amigo el Dr. Juan Francisco Valega. «Si hubiéramos vivido en la Edad Media nos hubieran declarado santos», dijo Valega en el discurso de ofrecimiento en el homenaje que se le tributó al Dr. Pesce al cumplir sus Bodas de Plata como Médico en 1949, recordando Don Juan Francisco los paseos que efectuaban algunas tardes en la entonces «Alameda Grau» en un ir y venir del edificio de la Facultad de Medicina, a lo que es ahora la Av. Abancay y que entonces se llamaba la Calle del Hospital Italiano.

También perteneció a la Sociedad Brasilera de Leprología, a la Sociedad Argentina de Leprología, fue Miembro del Comité de Expertos de la O.M.S. y Oficial de Salud Pública del Gobierno de Francia.

Juan Francisco Valega llamaba «Amigo» a aquél con quien se puede conversar. Y eso fue Hugo Pesce para el que escribe, además de hombre excelso y maestro sin par. A quien hoy, el discípulo agradecido recuerda con emoción y viene a decirle reverente con ocasión de su muerte:

«La Universidad de San Marcos que lo tuvo como maestro efectivo y el Cuerpo Médico Nacional enlutaron sus insignias porque perdieron una voz que les hacía honor.

 Nosotros sus alumnos perdimos más que todos: perdimos al maestro, al amigo, al consejero, al guía. A nosotros Pesce nos legó una tremenda herencia: difundir su escuela, su doctrina, trabajar en su nombre, ser dignos de él. Hoy nos incumbe la responsabilidad de obrar sin su palabra, sin su consejo, sin su ayuda, sin su elogio o reprobación».

 

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