Introducción

 

Luego de la presentación que antecede, el lector podrá preguntarse, cómo es que este médico que dedicó su vida profesional a trabajar en los campos de la tuberculosis, la lepra y otras enfermedades transmisibles, continuando en salud pública y culminando su ciclo como representante de los colegios profesionales en el Consejo Nacional de la Magistratura, ha podido tener la paciencia de elaborar mediante una búsqueda a veces incompleta de viejos archivos los capítulos que van a leerse y sobre todo, de dónde le ha brotado la inclinación hacia la historia y en particular a la historia médica, la que yo llamo «la pequeña historia médica», por la naturaleza de los artículos.

Pues bien, la respuesta a estas interrogantes justas y necesarias la tenemos enseguida. Y que se me perdone por consignar recuerdos familiares.

Desde el inicio de mis estudios universitarios en 1937, primeramente en San Marcos y luego en San Fernando, tenía ya la base o el cimiento de lo que vendría después.

Y este cimiento fue adquirido desde mi infancia pues mi madre era hermana de don Juan Manuel Ramírez, distinguido médico caravileño (Caravelí - Arequipa) y caravileña era toda mi familia.

Ella conservaba en el archivo familiar fotografías de la vida estudiantil de su hermano, las que yo contemplaba con deleite admirando los mandiles y bigotes de esos estudiantes.

Así pude conocer la juventud de los médicos de la época del tío y escribir nuestro primer artículo, que versa sobre su promoción, la Promoción Médica de 1902, lo que hice a fines de 1949.

De los relatos que escuchaba de los labios maternos pude conocer la entrañable amistad que existía entre Juan Manuel Ramírez, Juan Voto Bernales, Juan Cipriani y Aníbal Corvetto sus compañeros desde las aulas del Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe. Pude conocer las peripecias de la lucha entre caceristas y pierolistas aquellos días de 1895, en que la familia estaba prácticamente enclaustrada en su casa de la Plaza de la Inquisición, al costado de lo que es el Congreso, antes que se aperturara la calle Simón Rodríguez que va de la calle de la Universidad (ahora Ayacucho) a la prolongación San Ildefonso (ahora Andahuaylas).

Pude enterarme también de la propina que daba mi abuela a sus hijos Juan Manuel, Aurelia y Raquel (mi madre) con la cual a la hora de ir a la Facultad, el hermano mayor compraba, en la esquina de La Inquisición con la calle Puno, tres panes franceses con chicharrón para ellos. Luego las llevaba al colegio de la Sra. Badani que se encontraba en la calle Botica de San Pedro (ahora Miroquesada) y enseguida enrumbaba hacia la Plaza Italia, donde se encontraba la Facultad, aunque a veces iba a la entonces Alameda Grau para la clase de Anatomía en el Anfiteatro que conocemos y que ya funcionaba antes de la inauguración del local central, que fue en 1903, siendo decano el Dr. Belisario Sosa y presidente de la República don Eduardo López de Romaña.

Por supuesto, la separación de los hermanos en la esquina de las calles de la Cascarilla (hoy Abancay) y Botica de San Pedro era trágica, pues las hermanas se veían obligadas a caminar solas más de media cuadra en medio de las nubes de polvo que levantaban los barrenderos chinos desde las seis de la mañana, lo que hizo decir a la picardía limeña que ello constituía el «polvo de los chinos» o «el polvo de las seis».

He ahí la primera razón para mi inclinación histórica; la otra o las otras son la estrecha relación con mi maestro el profesor Hugo Pesce y a través de él con su gran amigo el profesor Juan Francisco Valega, íntimo de mi maestro.

Asistir a sus conversaciones científico-literario-históricas era para mí una fruición. La erudición de Pesce unida a la no menor de Valega, ambos cargados de una «chispa» fenomenal, sobre todo Valega, que cuando comenzaba a conversar no terminaba y hacía decir a don Hugo «hoy ha venido el cabezón con la mecha prendida».

Las anécdotas de Valega comenzaban siempre «el año 19...» (1919) que seguramente fue su mejor época, como para el que escribe fue el trienio 1938-1941. Y esos relatos y contactos con el maestro Valega continuaron cuando fue presidente de la Federación Médica Peruana entre 1957 y 1959 y yo era el secretario, con el recordado Dr. Ramón Vallenas. En efecto, salíamos de la Federación que se encontraba en la Plaza Pizarro alrededor de medianoche, a veces se detenía en el Haití a tomar un café, pero cuando estaba «apurado» me pedía lo acompañe por el Jirón de la Unión hasta la Plaza San Martín. Ese recorrido demoraba por lo menos una hora y media porque el Dr. Valega se detenía en cada casa o, por lo menos, en dos o tres por calle y me daba una lección de historia de lo acontecido en ese lugar.

Así llegábamos a la plaza San Martín al filo de la una y media de la mañana, me pedía dar una vuelta completa a la plaza para explicarme donde había estado la estación del ferrocarril inglés que salía de Quilca (antigua calle Iturrizaga) y continuaba luego por Zorritos y luego seguía marcha hasta el Callao.

Yo aceptaba todo esto por el placer de aprender historia y culturizarme y además porque prometía llevarme a mi casa en su DKV conocido, que lo estacionaba en la calle Cotabambas al lado del Gimnasio de San Marcos. Lo trágico era cuando llegaba precisamente el «eléctrico» como lo llamaba, que era el tranvía de la Magdalena, y el Dr. Valega me decía «mejor dejo el carro hasta mañana y me voy en tranvía». En esos años se podía dejar así no más el automóvil; hoy día no puede uno alejarse siquiera un centímetro si no lo deja bien cuidado. La consecuencia de este abandono súbito es que me quedara fuera de la carrera y tenía que resignarme a tomar mi tranvía de Chorrillos que salía cada hora, me parece, y me dejaba en el barrio de Santa Beatriz donde vivía, llegando a mi casa a eso de las tres de la mañana. Todo esto era desde luego los días de sesiones, pues la tormenta de 1959 estaba ya «ad portas».

No alargo más esta Introducción en la que me he referido en gran parte a recuerdos personales para explicar mi vocación hacia la historia.

Lo referente a mi maestro Hugo Pesce lo relato en el capítulo especialmente consagrado a él.

He pedido a mi amigo, arequipeño también, el Dr. Leonidas Delgado Butron, que me honre prologando este libro. Le agradezco infinitamente su fineza.

 

 

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