Capítulo II: Clima y Tuberculosis (Continuación)

 


La discusión, según leemos en El Comercio, fue larga y apasionada. El Dr. Bravo opinó que se construya un sanatorio en Jauja, ciudad que goza de fama empírica «porque la ciencia no ha dicho la última palabra en Climatología» (nos parece que hasta la fecha no la ha dicho). El Dr. Olaechea sostuvo su informe, es decir, que no se construyera el sanatorio en Jauja, pues se carecía de datos precisos respecto a su eficacia y, en todo caso, era de la opinión de construirlo cerca de Lima. Enrique Basadre afirmó que los climas no influyen en la marcha de la enfermedad. Don Ernesto Odriozola manifestó que en su práctica de veinte años había visto «muchas curaciones en Jauja». Don Abel Olaechea insistió en sus conclusiones: ya no había necesidad de sanatorios, lo que se necesitaba eran dispensarios y salas para tuberculosos en los hospitales generales. El Dr. Barazzoni opinó que el sanatorio debía construirse en Jauja y dijo que Zapater, a pesar de haber sido un ardiente panegirista de Jauja, había dejado deslizar graves errores en su opúsculo, lo cual daba armas a los detractores de esa ciudad climática. Barazzoni relataba haber conversado con los Drs. Elías De Orellana, Anchorena y Pesce, médicos «de cultura poco común», quienes le habían dado muy buenas opiniones respecto a Jauja. Por otro lado, Basadre argüía que, según Eyzaguirre, la mortalidad de los tuberculosos en Jauja, con enfermedad adquirida en ese lugar, alcanzaba una cifra de 32%, con lo cual «nada de maravilloso y específico podía tener un clima como ése». Finalizó aquella trascendente sesión con la serena idea de Odriozola, quien pidió que se pasen circulares a los médicos para que informen sobre la bondad del clima de Jauja, según la experiencia recogida por ellos en sus enfermos.

Dos días después, el 4 de diciembre, El Comercio dedicó su editorial a la sesión del día 2. Hizo resaltar el decano que don Abel Olaechea opinaba que «los sanatorios habían ya pasado de moda, siendo ahora la época de los dispensarios y que si se quería construir un sanatorio se lo hiciese en Tamboraque. Los días 9 y 10 de diciembre el mismo diario vuelve a tocar el punto, publicando inclusive el informe de la Comisión de hospitales de la Beneficencia, firmado por los Drs. Arias Soto y Basadre. El columnista concluye que si bien no era de su incumbencia criticar dicho informe, lo urgente era la construcción de un sanatorio.

Pocos días después Almenara Butler, en el mismo diario del 24 de diciembre de 1907, hace reproducir un artículo suyo del 7 de enero de 1906, en donde manifiesta que lo que interesa no es un sanatorio sino la asistencia familiar de los enfermos y además la creación de dispensarios, y dice crudamente y con criterio realista y avanzado para la época: «El dilema del tuberculoso es: o se cura en un sanatorio mientras su familia se muere de hambre o trabaja en la calle hasta que muere». Esta noticia la consignamos, pues es la primera clarinada en favor de la asistencia social de los tuberculosos indigentes que se realizó en el Perú (8).

En 1908 don Abel Olaechea presenta su tesis doctoral a la Facultad de Medicina, un magnífico estudio y puesta al día en los conocimientos relativos a la tuberculosis (136). Olaechea, ya lo hemos citado largamente en páginas anteriores, era un decidido partidario de los dispensarios; no aceptaba sanatorios y menos aún los de altura y así vemos que en el capítulo de su tesis titulado Acción de los climas en la curación de la tisis manifiesta que la altitud no tiene acción específica (136). Los buenos efectos observados en la evolución de la tisis en las alturas hay que referirlos a la pureza del aire, a la falta de aglomeraciones y a la sequedad de la atmósfera. En las alturas «hay menos tuberculosos porque hay menos aglomeraciones». En su capítulo Profilaxis de la tuberculosis en Lima. Acción de clima, p. 211, manifiesta que Lannelongue, Achard y Gaillard habían hecho una experiencia demostrativa en París. Inocularon con bacilos de Koch virulentos a 150 cobayos: 50 de ellos fueron enviados a las montañas; 50 al borde del mar y 50 quedaron en el subsuelo oscuro y húmedo del Instituto Pasteur de París. El resultado de la experiencia es que vivieron más tiempo los cobayos que quedaron en París, y por ello los autores dedujeron que la influencia del clima era nula en la evolución de la tisis, opinión a la que se unía Olaechea.

Este autor en su tesis, además de los abundantes datos históricos que ya hemos comentado, ofrece una explicación para la fama de Jauja: habiéndose indicado desde la más remota antigüedad el cambio de clima para la curación de la tisis, era natural que los enfermos de Lima viajaran a Jauja, dado que ésta era la ciudad más importante del centro del país y la que ofrecía las mayores ventajas para un cambio de residencia. Ahora bien, habiendo curado algunos, la fama fue extendiéndose hasta darle virtudes superiores a las que tenía. Olaechea finaliza con estas palabras: «en los lugares de altura del país la tuberculosis se desarrolla lo mismo que en la costa; el clima de Jauja no reúne las condiciones requeridas para que se pueda ubicar en aquel lugar un sanatorio y es por tanto, completamente infundada la fama de especificidad que se le da». Insiste una vez más en que debe construirse dispensarios y en caso se persistiera en construir un sanatorio, dice que éste debe construirse cerca de Lima, «en la Magdalena por ejemplo», pueblo que también gozaba de cierta fama climática en la curación de la tisis.

La Memoria de la Beneficencia de Lima de 1907 nos manifiesta que las expectativas eran contradictorias; que existía una nueva iniciativa tocante a la ubicación y que la sesión del 2 de diciembre de 1907 no había conducido a nada concreto, y hasta se había dudado de la eficacia de los sanatorios. Manifiesta además que en la Beneficencia existían S/. 33,095 soles destinados a la construcción del sanatorio y hacía mención que las memorias de la Beneficencia desde el comienzo del siglo trataban el asunto sin decidirse nada, aún existiendo un acuerdo de la Beneficencia del 7 de abril de 1905 por el cual debía construirse un sanatorio en Jauja. Este acuerdo, sin embargo, había sido reconsiderado posteriormente sin ningún resultado (2).

La Memoria del año 1908 menciona que ocho años antes la Beneficencia había adquirido un terreno en Tamboraque por S/. 6,000, estando ese año de 1908 alquilado en S/. 150 soles, y terminaba: «visto que las nuevas orientaciones científicas conducen a abandonar la iniciativa se aconseja la venta del terreno para emplear el dinero en obras más productivas» (70).

Naturalmente las expresiones vertidas por Olaechea y Basadre en la sesión del 2 de diciembre de 1907 fueron duramente com-batidas. Así vemos que en 1908 el Dr. Nicolás Hermoza publica un artículo titulado Clima de Jauja (84) en el que se asombra de las expresiones remitidas por dichos autores y según las cuales se clasificaba de «leyenda» la bondad del clima de Jauja en la curación de la tuberculosis. Hermoza decía haber efectuado un viaje a Jauja y Huancayo haciendo mediciones termométricas e higrométricas y concluía que a su parecer, era Jauja una estación sanitaria ideal, pero ya que no exisía servicio de agua y desagüe en aquella ciudad proponía a Concepción como la sede del sanatorio a construir, ya que posee «bastante agua, campiña encantadora, grandes bosques de árboles». «En Concepción, decía Hermoza, la vida de un hombre puede hacerse hasta con quince soles al mes». Decididamente era «la belle époque».

En 1909, don Elías Samanez, en su tesis de bachiller, nos dice que el Sanatorio Militar de Jauja había cesado de funcionar (167).

Aquí ponemos punto final a esta subdivisión de la Época Republicana.

El balance es negativo. Se discutió alrededor de 15 años sobre si debía construirse el sanatorio en el llano, en la altura y si en la altura en Jauja o en Tamboraque; se compró terreno en Tamboraque; se eligió Jauja y finalmente no se hizo nada. Es importante hacer la revisión histórica de los hechos ocurridos, pues nos dan enseñanzas para nuestro futuro.


c.- Se crea el primer dispensario antituberculoso

El pedido de creación de un dispensario antituberculoso fue original de Abel Olaechea y Hermilio Valdizán quienes se dirigen a la Sociedad Médica Unión Fernandina solicitándole que haga campaña para la creación de un dispensario antituberculoso. La sociedad que presidía don Miguel Aljovín acogió el pedido pero no tuvo éxito en su gestión (137).

En cuanto a la idea del sanatorio, por esos años estaba abandonada. También se pensaba en la construcción de sanatorios marítimos para niños pobres. En 1910 se ve la aprobación por la Junta Particular de la Beneficencia del pedido del inspector del Hospicio de Lactantes don Carlos Álvarez Calderón de construir un sanatorio de ese tipo (13) y que don Eduardo Bello, en La Crónica Médica de 1911, solicitaba se construyera en la playa de La Chira, la Mar Brava o en San Lorenzo (23).

En 1911, don Gabriel Olano reactualiza el pedido de Olaechea y Valdizán sobre la creación de dispensarios presentando un plan de organización al Concejo Provincial de Lima (140). Y posteriormente el Dr. Olaechea que acababa de regresar de París presenta el 27 de setiembre de 1911 su informe a la Dirección de Salubridad acerca de la lucha contra la tuberculosis relatando sus observaciones en los dispensarios antituberculosos de París proponiendo la creación de ellos en Lima aunque haciendo hincapié de que no era la única medida a tomar (138).

En 1913 el Dr. Raúl Rebagliati es el primero en lanzar la idea de la creación de una Liga Antituberculosa, proponiendo su creación en vista de los progresos cada vez mayores del flagelo (162). Y llegamos al año 1914 en que el viraje es decisivo pues es nombrado Director de Salubridad el Dr. Abel Olaechea, propugnador de los dispensarios, quien con fecha 21 de marzo obtiene la resolución por la cual se crea el Preventorio Antituberculoso Juan M. Byron, con los fondos que estaban destinados al sanatorio, como primer director se nombró al ilustre Aníbal Corvetto, siendo presidente de la Beneficencia don Manuel Montero y Tirado. Pero esto ya sucedía en 1916, o sea que transcurrieron dos años entre la resolución de creación y la inauguración del Preventorio (139).

Y se usaron los fondos destinados al sanatorio, pues la idea de construirlo estaba ya en los archivos. Durante los años 1909 y 1910 la situación era de expectativa. En 1911 no se había iniciado ninguna obra a causa de la controversia, la cual hizo que con fecha 5 de abril se archivara el expediente, en vista de que los miembros de las comisiones nombradas no pudieron ponerse de acuerdo sobre si correspondía a Jauja, Tamboraque o San Lorenzo el honor de contar con ese establecimiento. Manifestaba Olaechea, en el informe que presentó al Ministro de Fomento pidiendo la creación del dispensario, que la Beneficencia poseía 2,684 Lp destinados al sanatorio que podían ser puestas a disposición de la construcción del dispensario (138).

Ese mismo año de 1913 aparece la tesis de bachiller en Medicina de Bardales, y que ya hemos citado al comienzo de este trabajo.

El autor trató de demostrar en ella la nula influencia del clima sobre el bacilo de Koch y tuvo el mérito de tener base experimental aunque rudimentaria.

Bardales afirmaba equivocadamente que la tuberculosis no era conocida por los antiguos peruanos y explica el origen de enviar a los enfermos a Jauja para la curación de su tuberculosis como una obra de la casualidad. Aconsejaba que antes de enviar un enfermo a Jauja se piense en dos cosas: a) el estado económico del enfermo y b) el estado de las lesiones pues el clima por sí solo no basta para la curación. Bardales decía: «la acción benéfica del clima no se ejerce por igual para todas las formas de la tisis». Con lo cual le reconocía acción «para algunas formas», por lo menos.

Y en su parte experimental, muy digna de encomio, debido a la época en que fue realizada, el autor, valiéndose de inoculaciones en cobayos, trató de demostrar la influencia de los diversos factores del clima de Jauja en la viabilidad y virulencia del bacilo de Koch. Bardales encontró que solamente la luz solar directa hace disminuir en las primeras horas de acción y perder completamente después, estas propiedades al bacilo. Por el contrario, otros factores más o menos empíricamente estudiados como la luz difusa, la temperatura ambiente, el ozono desprendido en las tempestades, la intemperie, no tienen mayor acción pues los cobayos inoculados murieron siempre. De este trabajo concluyó Bardales que la influencia del clima de Jauja en la curación de la tisis es nula (20).

Finalmente, como dato interesante para la historia de nuestra lucha antituberculosa mencionaremos que en 1915, poco antes de la inauguración del dispensario, la Sociedad Médica Unión Fernandina con fecha 11 de setiembre formó una comisión destinada a elaborar una Cartilla de Profilaxis Antituberculosa, la cual estuvo formada por Corvetto, Rebagliati, Carvallo y Gastiaburú (127).


d.- El Sanatorio Olavegoya de Jauja

La Memoria de la Beneficencia de Lima que presidía don Manuel Montero y Tirado, anuncia en 1916 que en setiembre de ese año la institución había recibido S/. 100,000 soles de los albaceas de don Domingo Olavegoya cumpliendo el legado testamentario de dicho señor. La comisión que formó la Beneficencia de Lima para dictaminar sobre la ubicación del sanatorio, para cuyo fin era el legado del Sr. Olavegoya, fue integrado por los Drs. Ramón Ribeyro, Ernesto Odriozola y Ricardo Salcedo, señaló a Jauja como la ciudad ideal, y además «aquella que indicaba el Sr. Olavegoya en su testamento». La comisión afirmaba además que los climas de altura son «entre nosotros particularmente favorables para el tratamiento de diversas formas de tuberculosis y que una larga experiencia profundamente arraigada en el concepto popular ha demostrado la excelencia de la zona de Jauja como paraje de muy ventajosas condiciones por su clima».

En 1917 don Augusto Pérez Araníbar en la Memoria de la Beneficencia de ese año anunciaba que el costo de la obra sería de S/. 250,000 soles a base del informe del ingeniero enviado al efecto. La obra se inició en 1918 en el terreno que ya ocupaban en parte las hermanas de Caridad desde años anteriores.

En 1920 la Comisión Ejecutiva del Hospital Olavegoya (como opinaba Pérez Araníbar que debía llamarse) determina que éste se inaugure tan pronto como se terminen las obras provisionales; que se reciban 40 enfermos gratuitos y 27 de paga y que se contrate con las Hermanas de Caridad, la Administración del Hospital. En la tarea de escoger la ubicación del sanatorio en el perímetro de Jauja intervino también el Dr. Gregorio Monge tisiólogo jaujino que por entonces residía en aquella ciudad así como en los primeros trámites directivos. Y así llegamos a 1922, año en que abre sus puertas el Sanatorio Olavegoya, siendo su primer director el Dr. Alfonso De las Casas y su asistente el Interno don Augusto Gamarra.

De las Casas ocupó la jefatura del sanatorio de 1921 a 1925, realizando una profusa labor. El 16 de junio de 1922 publicó en El Comercio un artículo en que alababa y recomendaba los beneficios que podían obtenerse con la luz solar en Jauja y en la curación de la tuberculosis.

Un año después, el 29 de agosto de 1923 y luego el 29 de febrero de 1924 siempre en las columnas de El Comercio, De las Casas abogaba por la mayor creación de sanatorios con responsabilidad médica absoluta refiriéndose específicamente a la necesidad de sanatorios de altitud entre nosotros, manifestando que en nuestro país «existe la mejor estación climática de altitud».

Después de los pabellones de Santa Elisa y Santo Domingo, que fueron los primeros puestos en servicio en 1922, se inauguraron los pabellones de Santa Luisa y Santa Rosa en 1923, y en 1926 el pabellón de pagantes de San Miguel, la jefatura del sanatorio la ocupó el Dr. Jacques Aronvald tisiólogo francés contratado por la Beneficencia. En 1929 se inauguraron los pabellones de Oficiales y Tropa y en 1931 ocupa la dirección el Dr. Leonidas Klinge, para dejarla en marzo de 1932 en que toma la dirección del sanatorio el Dr. J.E. García Frías hasta 1952. La administración de García Frías fue sin lugar a dudas la más fructífera para la marcha del sanatorio. En 1941 se inauguró el pabellón de La Purísima; en 1942 Fray Martín y en 1944 San Vicente, ésos fueron los mejores años del sanatorio indudablemente. En 1952 se hace cargo de la dirección el Dr. Raúl Guerra, quien encuentra el Sanatorio Olavegoya en una época de declinación debido a que ya había aparecido la antibioterapia específica de la enfermedad y era menor el éxodo de los pacientes pagantes a Jauja. Por ello en 1955 debieron clausurarse cuatro pabellones de pagantes. La mayor parte de los enfermos del sanatorio quedó en calidad de gratuitos, los que, en caso de faltar camas, no podían ocupar los ambientes de los pacientes pagantes.

Señalemos de paso que la labor del Dr. Guerra, distinguido tisiólogo huancaíno, fue esforzada, eficaz y digna de todo elogio.

Finalizando esta resumida historia del Sanatorio Olavegoya debemos decir que indudablemente tuvo su época de oro en la lucha antituberculosa en el Perú.

No podemos resistir la tentación de agregar a esta breve nota sobre el sanatorio, donde hemos trabajado con Aguilar (Efraín y Edgardo) Jinés, Mayorca, Raez, Quintana, Cardich y Acosta, el documento inédito firmado por el Dr. Luis Pesce, padre de nuestro maestro el profesor Hugo Pesce, quien nos lo ha proporcionado y en el que da su opinión sobre el clima de Jauja en el tratamiento de la tuberculosis, además de una hermosa nota periodística que se publicó en el periódico Sucesos del Centro de Huancayo.

 

2. la conveniencia de establecer un sanatorio para tuberculosos en Jauja: Memorándum del Dr. luis pesce

El alba del nuevo siglo se ha abierto en el Perú con llave de oro, marcando el primer paso decisivo en la gran lucha contra el mayor flagelo de la humanidad, a saber, el proyecto concreto de la construcción de un sanatorio para tuberculosos, presentado a la Sociedad de Beneficencia Pública de Lima, por su laborioso e inteligente Director Dr. Pedro D. Gallagher.

La comisión encargada por esta sociedad de estudiar la mejor manera de llevar a la práctica esta obra trascendental, ha comunicado ya al público sus primeros acuerdos, por medio de una carta dirigida por uno de sus miembros, el Dr. Belisario Sosa, al señor Director de El Comercio y publicada en el número del día 15 de enero de 1901.

El plan acordado por esta comisión no podía haber sido más adecuado y práctico en la triple forma en que ha sido concebido, llenando así todos los desiderata de la asistencia del tuberculoso en sus diferentes períodos.

Pero la obra más grandiosa y útil, considerando esta enfermedad como problema social, consiste en el Sanatorio de altura, destinado a recibir al tuberculoso curable, para cuyo efecto no podía ser más acertada la elección del valle de Jauja.

En realidad éste presenta diferentes ventajas; en primer lugar, sus excepcionales condiciones climatológicas favorables a la curación de la tuberculosis, justamente apreciadas en el Perú y en el extranjero; en segundo lugar, su hermosa y extensa campiña, que esta llamada a formar (como acertadamente lo observa el Dr. Sosa) colonias agrícolas o industriales, con el contingente de los enfermos que saldrían del sanatorio convalecientes o definitivamente curados. Es verdad que a esto podría objetarse, que un sanatorio no debe construirse cerca de las grandes aglomeraciones o centros de la actividad humana; pero en el caso de Jauja hay que tener en cuenta, por un lado la especial conformación y situación topográfica de su valle, la dirección de los vientos, la gran sequedad y pureza de su atmósfera, etc., y por otro, la especial ubicación del sanatorio proyectado al extremo norte del valle, como se dirá después. En fin, la tercera condición favorable que presenta Jauja, es el fácil acceso a ella, por existir buenos caminos que la ponen en comunicación con diferentes puntos de la República, sobre todo con la Costa y la capital, por medio del ferrocarril a la Oroya, y de ésta a Jauja por el camino llamado de Cachi-Cachi, el que tiene una cómoda gradiente, y podría facilitarse aún más su tránsito por medio de un hotel en su punto intermedio.

Y aquí es el caso de desechar la otra objeción que algunos han señalado respecto a los peligros y maltratos que sufrirían los enfermos en este largo viaje; porque hay que tener en cuenta que precisamente a este sanatorio deberían sólo acudir los tubercu-losos que se encuentran en el 1º y 2º períodos de la enfermedad, y que al mismo tiempo no tengan lesiones cardio-vasculares y extensas destrucciones de tejido pulmonar (cavernas), siendo precisamente éstas las que pueden hacerle peligrosa la rápida traslación por grandes elevaciones, y aún la permanencia en un clima de altura.

Y por otra parte, para los tuberculosos cuyas condiciones no les permitieran afrontar este rápido cambio de clima, la comisión ha proveído sabiamente la proyectada estación sanitaria en un lugar intermedio entre Lima y Jauja, en donde los enfermos del pulmón provenientes de la Costa «acostumbrándose suavemente a este cambio preparen sus órganos respiratorios para la gimnástica forzada del clima de Sierra».

Ahora bien, mi profesión me proporciona frecuentes ocasiones de visitar estos lugares de altura, y sobre todo Jauja, por lo que he aceptado gustoso el encargo de suministrar los datos que he podido adquirir sobre el particular, valiéndome al efecto en este último viaje de la entusiasta cooperación del señor subprefecto de la Provincia Coronel Dn. Carlos y Abrill, y del señor Luis A. Ibarra, Director de Beneficencia y Alcalde de la ciudad. En compañía de estos caballeros hemos recorrido varios puntos del hermoso valle de Jauja, encontrando entre ellos dos que reúnen las mejores condiciones para la instalación de un sanatorio.

El primero, denominado Tambo, situado a media legua de distancia al sureste y a sotavento de la ciudad, presenta una hermosa y extensa altiplanicie, la que está protegida de los vientos por un cerrito de suave inclinación, que se abre al sur, este y norte sobre el inmenso y pintoresco valle, pudiendo extenderse la mirada desde la ciudad de Jauja hacia los pueblos y campiñas que se van escalonando a las orillas del Mantaro.

El otro lugar es una hermosa y ancha quebrada, la que situada a una legua al noroeste de la población, domina la célebre laguna de Paca, y presenta el más halagüeño panorama que hace recordar al viajero algunas regiones privilegiadas de la Suiza y de las Prealpes de Italia, en donde precisamente existen o se proyectan actualmente los mejores sanatorios para tuberculosos. Además aquel lugar reúne las más apetecibles condiciones para una instalación de este género: cerros que, al mismo tiempo que protegen de los vientos con su altura y configuración, presentan en sus faldas suaves ondulaciones y hermosas mesetas, las más propicias a la creación de bosques, parques, paseos y jardines; una suficiente cantidad de agua, la que brota de las diferentes vertientes y proviene de las alturas libre de cualquier contaminación; una muy propicia disposición del terreno, la que permite orientar la fachada principal del sanatorio del modo más favorable para defenderla de los vientos dominantes y exponerla a los rayos del sol. En fin, entre muchas otras ventajas de orden secundario, hay que señalar de preferencia la de este lugar; además de embellecer soberanamente el panorama, proporciona otros beneficios, como el de corregir con su evaporación la extrema sequedad que algunos reprochan al clima de Jauja, ofrecer amenos entretenimientos en bote y los saludables ejercicios del bogar y de la caza de los numerosos animales acuáticos que animan su superficie; y en fin, una agua potable de buena composición, en la que abundan los yoduros; según el análisis cualitativo hecho por el inteligente malogrado Dr. José María Zapater, el que preconiza su benéfico uso en la tuberculosis en su interesante y bien meditada monografía sobre el clima del valle de Jauja, publicada en 1871.

Dadas las muchas y excepcionales condiciones que reúne este lugar denominado Paca (cuya etimología quechua significa lugar escondido), y que sería imposible encontrar superiores en otra parte, no vale la pena detenerse a considerar que se halle situado a barvolento de la población, y esto por dos motivos: el primero, porque está probado que la tuberculosis se propaga esencialmente por contagio y por absorción de los bacilos, lo que el régimen severamente higiénico inherente a todo sanatorio hace imposible, por la constante y escrupulosa desinfección que en ello se observa; y el segundo se refiere a la conveniente situación topográfica del lugar indicado, del cual ni siquiera se divisa la ciudad.

En estos apuntes así a la ligera no es posible poder establecer en detalle un punto de comparación entre estos dos lugares; pero el primero presenta el grave inconveniente de ser muy árido, por no poseer vertientes de agua, ni aún en la vecindad, por lo que habría que traer este elemento mediante una larga y costosa canalización desde el río Mantaro; y aún más, como esta agua no podría servir sino para los servicios bajos, se necesitaría traer en cañerías el agua potable de la escasa dotación de la Samaritana desde más arriba de un kilómetro; dos obras que gravarían demasiado el presupuesto del sanatorio.

Por lo contrario, en Paca hay suficiente agua fresca y pura que viene de las alturas, con la que se podría dotar el sanatorio con un gasto insignificante.

Por otra parte, nos debe preocupar una cuestión de igual importancia, cual es la de los desagües, a fin de evitar la posible contaminación de las aguas y terrenos situados más abajo del sanatorio; ahora bien, aun este argumento hace inclinar la balanza en favor de Paca. En efecto, los desagües en Tambo se dirigirían forzosamente al río Mantaro, el que irriga los terrenos y provee el agua potable a una multitud de pueblos, caseríos y chacras situados en ambos lados de su largo curso; mientras que en Paca los desagües irían naturalmente a la laguna, de la que nadie hace uso como agua potable, y no sale ningún canal de derivación, perdiéndose sus aguas en el subsuelo. Sin embargo como éstas (según he dicho arriba) podrían aprovecharse para la curación de los tuberculosos, y aun sirven a los animales que en ella viven y que constituyen una excelente alimentación, sería el caso de poner en obra en este sanatorio todo el sistema de desinfección, destrucción, filtración y desvío de los materiales expelidos, que nos proporcionan hoy día los grandes adelantos de la higiene, y que está ya en uso en muchos sanatorios modernos.

A la realización de esta obra concurren en este momento muchas circunstancias felices.

El señor subprefecto Coronel Abrill, en el corto tiempo en que se encuentra al frente de esta provincia, ha comprendido las verdaderas necesidades del lugar, y con la cultura y el entusiasmo que le caracterizan ha gestionado ante el Gobierno la manera de lograr se aumente considerablemente la escasa dotación de agua potable de que al presente disfruta Jauja, y se lleven a cabo los trabajos de irrigación de su extensa y fértil campiña. Consecuencia de su gestión ante el ilustrado y progre-sista Gobierno que rige los destinos de la nación, ha sido la próxima visita que hará a esta provincia un ingeniero civil, con el objeto de llevar a cabo los importantes estudios de que se trata. En su cometido entrará por mucho el auxilio que, en lo que a su profesión atañe, puede proporcionar para el éxito completo del trabajo que respecto al mencionado sanatorio me ocupa; y cuya pronta ejecución se impone, pues vendrá a llenar la imperiosa necesidad que exige el enérgico tratamiento de la terrible enfermedad que hasta hoy, e injustamente, tantas víctimas ocasiona.

Así mismo el señor Ibarra, en su doble cargo, ha puesto al servicio de este pueblo su patriotismo y sus dotes administrativos, contando también con los buenos elementos de que están formados hoy las dos instituciones que él dirige. De su actividad, pues, y del firme propósito que le anima para procurar a la localidad los mayores beneficios, debe esperarse mucho en orden a la realización del sanatorio proyectado.

En fin, el hecho de haber tomado la iniciativa de la obra la primera Institución Beneficente de la República por su cultura y los amplios recursos con que cuenta, auxiliada por la munificencia del Congreso Nacional, el que votó por ley de 25 de enero de 1871 la suma de 20 mil soles para construcción del sanatorio de tuberculosos en Jauja, cantidad consignada hoy en el presupuesto adicional del año 1900, partida Nº 73; y el decidido apoyo que su Excelencia el Presidente de la República prestará no hay duda a tan importante como inaplazable fin, son prendas del mas brillante éxito y poderoso motivo para esperar que pronto el azote, cuyas consecuencias se dejan sentir diaria y considerablemente, se le oponga vigoroso dique que neutralice y disminuya notablemente sus efectos.

Así, como la ciudad de Berna en el año 1891, al conmemorar la séptima centuria de su fundación y el sexto jubileo secular de la Confederación Suiza, quiso dejar una constancia durable de su patriotismo y espíritu humanitario fundando el gran Sanatorio de Schwendi para los tísicos indigentes; así mismo el Perú celebrará el advenimiento del nuevo siglo con la fundación del primer sanatorio para tuberculosos en Sudamérica.

 

Jauja, enero 28 de 1901

Lima, 04 de febrero de 1901

 

 

 

Dr. Luis Pesce

Tarma

 

Mi distinguido señor:

Me es grato acusar recibo de su apreciada de Enero 29 y de su «Memorándum» sobre sanatorio para tuberculosos en Jauja, agradeciéndole los lisonjeros conceptos respecto a mí que en este emite.

Como puede Ud. suponer me he ocupado con gran interés del asunto, y dentro de pocos días la Comisión especial que presido, deberá presentar su informe a la Junta, informe cuya copia tendré el gusto de remitirle.

Quedo de Ud. su muy Atto. y S.S.

(Do.) P.D. Gallagher

 

Época Actual

Vamos a concluir refiriéndonos brevemente a los trabajos aparecidos de cuarenta años a esta parte, poco antes de la inauguración del Sanatorio Olavegoya.

En 1919 los Drs. Constantino J. Carvallo y Luis Pesce se asocian para fundar el primer Sanatorio Marítimo del Perú, el mismo que deseaban ubicar en La Herradura. Este proyecto no llegó a encontrar feliz solución, pero fue concretado aún más desde el punto de vista teórico en el trabajo que el Dr. Luis Pesce presentó en julio de 1922 a la 1º Conferencia Peruana del Niño, trabajo que tituló La Cura naturista integral y el Solarium artificial en donde se refiere nuevamente al proyectado Sanatorio Marítimo de La Herradura y a la formación de Colonias Andinas para diferentes formas de tuberculosis y en zonas de mediana altitud (154 y 155).

En La Crónica Médica de 1923 (49) consta que, por iniciativa de la Liga Antituberculosa de Damas, la Academia Nacional de Medicina había confeccionado un programa para una Conferencia Antituberculosa uno de cuyos temas debía ser desarrollado por Aníbal Corvetto y Alfonso De las Casas y se refería al «Estado actual de nuestros conocimiento sobre la climatoterapia de la tuberculosis». Esta conferencia no llegó a realizarse y aprovechamos para decir de paso que la única referencia escrita que hemos podido obtener respecto a la opinión de Corvetto está contenida en la Memoria del Preventorio Byron dirigida al inspector de dicho preventorio, Dr. Miguel Aljovín, y fue publicada en la Memoria de la Beneficencia de Lima de 1917 (152). Tal documento dice: «de las colonias marítimas, de las estaciones de altura, de la permanencia en el campo, de la organización apropiada del trabajo, cuantos beneficios podrían reportarse si debidamente implantados pudiera el suscrito disponer de creaciones de esta especie para mandar a ella los enfermos designados». Por otra parte, Corvetto viajó a Jauja con ocasión de la inauguración del sanatorio a fin de dictar algunas disposiciones administrativas.

La Crónica Médica de 1927 transcribe los «Votos y Recomendaciones» del I Congreso Nacional de Medicina realizado en Lima del 15 al 25 de diciembre de ese año y cuya Recomendación Nº 73 a la letra dice: «El 1er. Congreso Nacional de Medicina declara que no habiendo clima específico para la tuberculosis las ventajas que reportan los sanatorios se deben exclusivamente al régimen de asistencia higiénico-dietética que se sigue en estos establecimientos y que no existen por lo tanto razones científicas que hagan necesario su ubicación en regiones de gran altitud» (42).

En ese mismo año el Dr. Augusto Gamarra publica en El Porvenir de Jauja y en cuatro números sucesivos un artículo en el que solicita que se establezca en Jauja algunos de los métodos de curación utilizados en Europa.

En 1930 De las Casas publica en El Comercio de Lima, un artículo referido al ozono en los climas de altura, en donde manifiesta que su observación de varios años lo llevaba a considerar el clima de Jauja mejor que el de Suiza. En este trabajo De las Casas manifiesta haber efectuado algunos estudios meteorológicos como los que había efectuado Zapater en 1871, tras los cuales afirmaba que no existe un clima específico para la curación de la tuberculosis, pero que tal método sí era un medio propulsor del tratamiento. De las Casas concluía que la acumulación del ozono en las alturas impedía la acción destructora sobre la célula orgánica y ejercida por los rayos ultravioletas y que ese gas era microbicida y estimulante de las combustiones orgánicas (50).

En este año aparece en Madrid el libro del Padre Manuel Monjas, que ya hemos citado largamente (119) y que fuera escrito a la Memoria del Padre Francisco Blanco García, que vino a Jauja atraído desde España por la fama de este clima en la curación de su tuberculosis (de la que mejoró apreciablemente al decir de su biógrafo, pero por la que de todas maneras sucumbió a raíz de «una neumonía» en noviembre de 1903). El libro contiene apreciaciones interesantes sobre la favorable influencia del clima de Jauja en la evolución de la tuberculosis y, por lo demás, es un relato de viajes muy interesante.

Klinge en 1931, al regresar de Jauja declara en La Prensa de ese año (92) que el sanatorio está a la altura de cualquier establecimiento europeo y sugiere la construcción de otro establecimiento de ese género en Obrajillo o en Tamboraque.

Aronvald, quien había sido director del Sanatorio de Jauja, en La Prensa del mismo año manifiesta que las propiedades terapéuticas del clima de Jauja están a punto de perderse por los humos de la fundición de La Oroya. Está de acuerdo en que el sanatorio está muy lejos de Lima y propone la creación de otro más próximo a la capital, en Chosica por ejemplo (15).

En marzo de 1931 De las Casas, nuevamente en El Comercio (51), defiende el establecimiento de sanatorios contra la opinión aparecida en esos días (febrero de 1931) de que debían ser sustituidos por dispensarios.

En 1934 aparecen dos artículos firmados separadamente por dos profesionales que trabajaban en Jauja. El primero es el de Augusto Gamarra: Los Climas andinos y el tratamiento de la tuberculosis (73) en el cual, de acuerdo con el criterio moderno y como De las Casas lo había ya manifestado, decía que no existía clima específico para la curación de la tuberculosis, pero que en forma secundaria sí actuaban determinados climas exaltando o modificando las defensas, de tal manera que la sequedad y la gran irradiación solar del clima de Jauja lo catalogan entre los climas excitantes indicados en algunas formas de la tuberculosis pulmonar actuando siempre como agente secundario. Concluía pidiendo estudios climatológicos concienzudos, los que no se han realizado hasta la fecha.

José E. García Frías dirigía el Sanatorio Olavegoya desde 1932. Fue fiel creyente en la eficacia del clima de altura en la curación de la tuberculosis. García Frías, en cierto modo de acuerdo con Gamarra, decía que el clima no influye sobre «la tuberculosis sino sobre el tuberculoso», dando a entender con esto que modificaba favorablemente el «status» biológico del paciente, permitiéndosele defenderse mejor de la agresión bacilar. Ésta es en síntesis la opinión que tuvo García Frías sobre el clima, sin afirmar de ninguna manera, como lo hacían nuestros ilustres predecesores de siglos pasados, que el clima tenía influencia directa y primaria en la curación de la tisis. Nosotros hemos oído afirmar al entonces director del Sanatorio Olavegoya en 1943 «que la tuberculosis que no se cura en Jauja no se cura en ninguna parte» queriendo afirmar simplemente que Jauja era el último refugio para el desdichado enfermo una vez fracasados los medios de cura de la época en otras regiones.

En El Comercio de 1934, García Frías sostiene esas ideas. Manifiesta que Jauja no es una panacea; no es específico; no es bactericida, pues también se contrae la tuberculosis en Jauja: los «casos de contagio se producen a pesar del clima»; y después de varias consideraciones en las que trata de demostrar que el clima no es sino un elemento coadyuvante en terapia antituberculosa, concluye pidiendo la creación o más bien la transformación de Jauja en una ciudad sanitaria dedicada al estudio de la fisiología y patología andinas (74).

En el mismo año García Frías firma con Augusto Gamarra una carta en la que solicitan la creación de una verdadera lucha antituberculosa y una red dispensarial y sanatorial para resolver el problema creado por la gran cantidad de nuevos enfermos (77).

De las Casas, en 1935, ofrece una conferencia en la Asociación Médica Peruana «Daniel A. Carrión», en la que precisa algunas de las indicaciones de la climatoterapia de altura en la tuberculosis (52).

En 1936 es Ovidio García Rosell quien en su tesis doctoral nos da datos sobre la tuberculosis en los Andes. Inducido por el tránsito corriente de tuberculosos entre Lima, Tarma, Jauja y Huancayo, García Rosell inicia una investigación tendiente a establecer la naturaleza de los fenómenos que la altura produce sobre los organismos específicamente enfermos de tuberculosis pulmonar, con miras al fin utilitario de normalizar técnicamente la indicación de la terapia de altura en nuestro medio. De seis enfermos tuberculosos que llevó de Lima estudió la clínica, la radiología, la hematología y la exploración manométrica de sus respectivas cámaras de neumotórax terapéutico, comprobando que ella aumenta conforme se asciende a la altura.

Ese mismo año García Frías publica un estudio estadístico titulado La tuberculosis en Jauja (75) en donde precisa que sus datos son muy relativos, y manifiesta que la mortalidad por tuberculosis en Jauja ha experimentado un rápido ascenso a partir de 1910 (el ferrocarril llegó a Jauja en 1908); que la mayor parte de fallecidos son inmigrantes, y que los jaujinos rendían poco tributo al mal; pero que de todas maneras las defunciones por tuberculosis en Jauja son menores que las de Lima. Estos hechos conducían al autor a pensar en la resistencia adquirida por la familia jaujina, después de 300 años de recibir tuberculosos en su ciudad, y además a considerar que el clima debe tener alguna acción profiláctica, pues era notoria la escasa difusión de la tuberculosis en la población jaujina. Su trabajo concluye con la insistencia en la creación de una Ciudad Sanitaria modelo en Jauja.

García Rosell y Juan Werner, en las columnas de El Comercio del 18 y 19 de enero de 1937, al referirse a la ubicación del futuro Hospital-Sanatorio «Hipólito Unanue», (que nunca llegó a construirse) se muestran decididos partidarios de que tal nosocomio no se levante en un lugar de altura de nuestro país (80), pues no hay clima específico para la enfermedad.

Algunos años después Arias Schreiber en El Comercio de 1941 dice específicamente que no hay clima eficaz contra la tuberculosis, pero que éste debe actuar en forma secundaria y de acuerdo con las nuevas tendencias señalaba que lo mejor en el aislamiento eran los hospitales sanatorios, de 500 a 1 000 camas, en las inmediaciones de una gran ciudad, protegidos de los vientos y de la humedad (14).

Barton en El Comercio de 1942 hace referencias al proyecto de construir un hospital-sanatorio en el sector del cuartel Guardia Chalaca del Callao, proyecto que había fracasado. Manifiesta Barton estar de acuerdo con la opinión de que el clima tenía influencia secundaria en el tratamiento de la tuberculosis, pero advierte que era impostergable la creación de un amplio hospital-sanatorio en las cercanías de Lima, al tiempo que da directivas clarísimas e inclusive señala la importancia de la creación en ese hospital de una sección de cirugía del pulmón, para la que veía un porvenir brillante (22).

Teodoro Zavaleta también se ha ocupado de la climatote-rapia de la tuberculosis en la época actual. Ya en 1941, al comentar el artículo La evolución histórica de la tuberculosis en el Brasil de Rafael Paula Sousa, decía Zavaleta: «no somos solamente los médicos los que hacemos está indicación (la de viajar a la altura), la tradición popular empuja a estos pobres enfermos a las serranías y Vox populi, Vox Dei» (204).

Por esos años (1941-1942) estuvo en el tapete el proyecto de construir un hospital-sanatorio en el lugar que ocupaba el Cuartel Guardia Chalaca del Callao, proyecto al cual hemos aludido antes al comentar el artículo de Barton. La Revista Peruana de Tuberculosis en sus números 3 y 4 publica el informe de la comisión que presidió Augusto Pérez Araníbar y que formaban Guillermo Almenara, Luis Cano Gironda, Ovidio García Rosell, Juan Werner y José García Frías, comisión de estudios que había tenido por objeto establecer en diversas regiones del país Centros de Asistencia. Uno de los lugares sugeridos era el hospital en Guardia Chalaca, lo que fue combatido, dando lugar a comunicados de la Sociedad Peruana de Tisiología y de los médicos parlamentarios Rubin y La Puente en defensa de la idea. El proyecto no llegó a prosperar, desgraciadamente, ya que hubiera permitido al Callao contar con un hospital-sanatorio de 1 000 camas como se solicitaba (129).

Zavaleta, al comentar la tesis de Francisco Vásquez Álvarez, La alergia tuberculínica en la provincia de Canta, en la Revista Peruana de Tuberculosis, está de acuerdo en aceptar la influencia benéfica del clima de Jauja y dice: «creemos que los raciocinios anteriores descartarán los prejuicios que sobre climatoterapia y altura tenemos: lo que pasa es que entusiasmados por los éxitos terapéuticos modernos hemos olvidado analizar nuestro ayer tisiogénico» (205).

En 1947 comienza la etapa antibiótica y en 1949 se inaugura el Hospital-Sanatorio Nº 1 de Bravo Chico cerca de Lima. Es ya la época del ocaso, de la menor afluencia de enfermos a Jauja; la climatoterapia de altura recibe aún un golpe de la Sociedad Peruana de Tisiología cuando esta entidad declara que no existe clima específico de la tuberculosis, que no hay que confundir cura climática con cura sanatorial y, finalmente, que el clima no impide el contagio de la enfermedad tuberculosa (130).

Posteriormente se escuchan aún algunas voces favorables a la climatoterapia de altura. Raúl Guerra, Director del Sanatorio Olavegoya, publica en El Comercio de enero de 1956 (82) un artículo en el cual hace algunas consideraciones sobre las manifestaciones clínicas de los enfermos en el sanatorio. Guerra es del parecer que la quimio-antibioterapia específica sumada a la climatoterapia de altura en Jauja puede dar resultados más eficaces y rápidos que los observados en la costa. Se pronuncia además opuesto a la idea de clausurar el sanatorio y transformarlo en Hospital Regional, como se piensa nuevamente, manifestando muy acertadamente que «desde hace trescientos años y mucho antes de que ni soñemos» con antibióticos, ni cirugía pulmonar, ni siquiera con sanatorios, el consenso humano de varias generaciones se ha encargado de comprobar que el clima de Jauja, si no cura siempre, obra muy favorablemente en el tratamiento de la tuberculosis pulmonar.

Y finalmente es Zavaleta, quien en la sesión del 15 de noviembre de 1957 de la Sociedad Peruana de Tisiología y Enfermedades Respiratorias y cuyo resumen publicó La Prensa del día siguiente bajo el título «Se demuestra que el clima influye en la incidencia de la tuberculosis», nos dice que los cultivos de bacilos de Koch realizados a diferentes alturas crecen en forma muy diferente; con crecimiento común y corriente en Trujillo a 47 metros sobre el nivel del mar; ese crecimiento es menor en Samne a 1 500 m de altura y es nulo en Otuzco a 2 635 m de altura y esperando 120 días antes de tirar los tubos del mismo cultivo que fue positivo en Trujillo. La pequeña objeción que se le hace a Zavaleta es que es posible que tal hecho ocurra debido a la carencia de oxígeno en el tubo de cultivo y al vacío realizado al calentar la boca del tubo de prueba en la altura (206).

Con Zavaleta se cierra la bibliografía tisiológica referente a la climatoterapia de la tuberculosis en nuestro país y que hemos tratado de reactualizar y revisar minuciosamente a fin de dejar bien sentado, en estos tiempos modernos de quimio-antibioterapia y cirugía de exéresis, que si Jauja no fue la panacea de la tuberculosis como se creyó primitivamente y como lo pensaron Zapater y sus continuadores por lo menos ha representado «un momento» decisivo y benéfico en la historia de la terapia antituberculosa en nuestro país.

 

3. El Sanatorio cuenta su historia


Niña Murió al Mediodía*

Domingo de feria, domingo de faldas chillonas y gritos citadinos con aires de campo... estamos en la plaza de Jauja de los años 20.

Gruesos eucaliptos y sauces llorones dan su nota de frescura al sofocante calor del mediodía en la plaza principal de Jauja. Los vecinos notables lucen trajes domingueros y se dejan estar entre el pórtico de la Catedral y la Glorieta. Conversan, pasean, se cuentan la última.

De pronto la calma se quiebra con un grito... Una niña, pálida como el vestido blanco que lleva puesto, cae sobre la vereda. Tose, tiñe su pañuelo y tiñe la vereda gris... la gente la mira sorprendida y un hombre acude desesperado. Unos minutos después expira la niña y su padre llora desconsolado.

Ese hombre, llamado Domingo Olavegoya, acaudalado comerciante limeño había traído a su hija con la esperanza de que sanara. Ahora la tenía entre los brazos, como una paloma blanca herida a medio vuelo... sin vida.

Domingo Olavegoya bendijo esta tierra. A esta Jauja que le trajo cuando menos un rayito de esperanza para su niña y en agradecimiento construyó el sanatorio que lleva su nombre.

Sí, esta vez, habla el Sanatorio...

Hablan mis muros altos, mis rejas frontales que injustamente me dieron un aire de cárcel, hablan los cipreses seculares a cuya sombra se enjugaron muchos dramas cotidianos y en cuyas ramas, como polvillo de oro al atardecer, reposan todavía las pisadas extinguidas, las miradas afiebradas, las promesas dichas a media voz que casi siempre agonizaban cuando el crudo invierno mordía las carnes enfermas.

Fui testigo y confidente, esperanza y frustración, mi vida se apagó antes de medio siglo, pero mi nombre, Sanatorio Olavegoya de Jauja, ya entró por la puerta grande de las historias de mi pueblo y, junto al melancólico recuerdo de los tebecianos que ganaron batallas a la muerte, están las novelas que un poco con sangre y otro poco con tinta escribieron Carlos Parra del Riego y Pedro del Pino Fajardo. También están las otras historias, las que yacen en el fondo del tintero, las nunca escritas pero que yo me sé.

Porque cada enfermo, cada humano que habitó sus pabellones tiene su propia historia que detuvo su nave y le hizo anclar en sí, como en un puerto obligado entre los farallones y vaivenes de la vida.

Pero: «... Las cosas humanas no son eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin», como dijo don Quijote cuando cayó malo su cuerpo flaco y hasta de repente tuberculoso. Así, los antibióticos y la penicilina se apresuraron a ponerme un epitafio.

El clima de Jauja: Varios siglos antes de que yo naciera, la fama de Jauja, de Xauxa, llegó hasta los oídos de Túpac Inca Yupanqui y el todopoderoso señor, tramontando los Andes desde el Cusco vino hasta aquí, a reposar perentoriamente sus males pulmonares. Y ustedes no vayan a creer que esto yo lo invento por aurolear a esta ciudad de Jauja, que pudo ser la Capital del Perú si Pizarro no nos hacía la jugarreta. Eso, lo de Tupac Yupanqui, lo registró un cronista indio, a quien le doy mi más plena fe: Guamán Poma de Ayala.

De allí para adelante el maravilloso clima de Jauja y el bacilo de Koch se encargaron de borrar las distancias del descendiente de virreyes y del hijo de siervos. Vinieron de todos los tipos y de todos los colores, la enfermedad es una mala mujer que tiene siempre los ojos vendados.

En 1871 José María Zapater, eminente médico de su tiempo, publicó Opúsculo sobre la influencia del clima del Valle de Jauja en la enfermedad de la tisis pulmonar, donde se demuestra las grandes ventajas del ozono del cielo jaujino para vencer los males del pulmón.

El tren de los condenados: La mayoría de mis habitantes llegaron con el tren de Lima, por el ferrocarril. He oído muchas de sus conversaciones y siempre han coincidido en la zozobra que significó para ellos cruzar los Andes, desde los cantos del mar hasta las nieves perpetuas.

Abatidos por la fiebre, extenuados por la enfermedad, muchos subían al tren despidiéndose para siempre de sus familiares, pero la vida teje otras cosas, por ejemplo, Carlos Parra del Riego vino de Lima pensando sanarse y volver, y su novela, aunque con amargura, está llena de fe... pero su autor no volvió. Mientras que otro periodista, llamado Pedro del Pino Fajardo, vino hacia mí, pensando no volver nunca a Lima, pensando morirse y escribió también una novela, bautizando al tren como «de los condenados» y se curó y volvió a Lima y viví yo más de treinta años en su recuerdo.

El tren llegaba a dos luces, al filo de la tarde. El inseguro paso de los tebecianos era asaltado por bandadas de chiquillos armados de canastas con almibarados fiambres de pregoneros canillitas y luego, el murmullo helado del viento entre los árboles de la alameda Ricardo Palma, las viejas calles estrechas y demacradas mis rejas, las rejas del temido Sanatorio y las ojivas exóticamente góticas de la capilla de Cristo Pobre.

Un hombre con mucha fe; de puño y letra en el registro de ingresos está la firma de Carlos Parra del Riego, el narrador y periodista, hermano de Juan el poeta huancaíno. Fue el 10 de enero de 1936 cuando vino y el 3 de octubre de 1938 cuando huyó de mí, para no volver más...

En la creencia de que su novela Sanatorio iba a provocarle serios problemas, se fue a Huancayo y vivió allí hasta el 23 de enero de 1939, en que murió.

La novela Sanatorio relata solamente una parte de mi historia: el apasionado amor de dos seres que tienen una sola noche de amor antes de morir, las aventuras del japonesito que se murió de miedo, las del ardiente capitán Pantoja que soñaba con una amante, las diferencias de los pabellones (hombres, mujeres, pobres, ricos), las revueltas contra la mala alimentación, los entretelones de quienes se sentían condenados a morir.

Poco después de aparecer Sanatorio en 1938, llegó a Jauja otro narrador y periodista. Era ayacuchano, aún recuerdo el eco de su cantarina voz y las agudas ocurrencias que precedían a sus desbordantes carcajadas. «Si muero me voy a morir riendo» dijo una vez para animar a un recién casado que lloraba porque su recién estrenada esposa no iba a visitarle.

Este divertido señor que también compartió mis muros por buen tiempo se llamaba Pedro del Pino Fajardo. Leyó Sanatorio de Carlos Parra del Riego y al ver que «las cosas no eran tan negras» como se pintaban escribió otro libro: Sanatorio al desnudo, que fue impreso en los talleres de La voz de Huancayo y estuvo en los escaparates de la querida Librería «Llaque» de Huancayo en 1941.

Esta novela trata de los romances y de las cosas tiernas, de los entretenimientos y los paseos dominicales, de los sueños y los delirios de los tebecianos... pero también de la muerte como un compromiso ineludible con la vida.

¿Y La Ciudad de los Tísicos de Valdelomar? Los literatos, esos tipos medio raros, que por donde van siempre andan averi-guando cosas, me han preguntado muchas veces si Abraham Valdelomar se inspiró en mis muros y mis pabellones para escribir su novela La Ciudad de la Tísicos.

Bueno, un poco que sí y el otro poco que no, un poco que sí porque Valdelomar describe Lima y luego a una mujer y después a un hombre que persigue su perfume. Pero el hombre está enfermo del pulmón y tiene que ir a una ciudad de la sierra a curarse. Va en tren y llega, y es testigo de muchos dramas de los tuberculosos, hasta allí, ni hablar.

Pero digo que no porque la novela de Valdelomar apareció en 1911 y a mí me inauguraron recién en 1921. Luego el escritor habla de la nieve que cae, y nunca nieva en Jauja y de los zapatitos de charol de los niños de ese pueblo y bueno... En Jauja no hay zapatitos de charol sino unos zapatones hechos en Julcán, Masma y Pancán. Es decir...

El Gran Torero «Manolete» pidió venir al sanatorio*:

La carta está fechada en abril de 1946 y viene de Sevilla, España. La firma un tal Manuel Rodríguez Sánchez a quien en el planeta de los toros le llaman «Manolete».

En ella «Manolete» dice que ha decidido colgar los trastos, cortarse la coleta y dejar los ruedos. Está enfermo y quiere venir al Sanatorio para recuperarse.

Dice que sabe del clima benigno de Jauja, de los avances médicos y de la bondad de la gente.

Sin embargo, el signo trágico se le puso en el camino. Y esa tarde, la última en el ruedo, del 28 de agosto de 1948, «Manolete» murió matando a «Islero», un Miura en Jaén, en el coso de Linares.

La afilada figura de «Manolete» quedó para siempre en Linares. En Córdoba yace su cuerpo y entre archivos del Sanatorio de Jauja una petición suya que nunca llegó a cumplirse.

 

Anterior