Capítulo VII: El Dr. Juan M. Escudero Villar - Profesor Emérito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos

 

Tengo el inmerecido honor de decir unas palabras de presentación al Dr. Juan M. Escudero Villar esta noche que se le incorpora como Profesor Emérito de nuestra Primera Casa de Estudios, el «Alma Mater» de todos nosotros.

La tarea puede ser muy corta o muy larga. Puede ser muy corta si resumimos la presentación al decir que Juan M. Escudero Villar es y ha sido un verdadero Maestro. Puede ser muy larga si relatamos minuciosamente su ya extensa trayectoria en la profesión médica y en la docencia universitaria.

Optaremos por la solución intermedia, y señalaremos algunos de los rasgos más saltantes del quehacer profesional de nuestro ilustre presentado.

Juan M. Escudero Villar sale de las aulas guadalupanas ostentando, además de lo aprendido en este tradicional plantel, el título de Campeón Nacional de Tiro Escolar en 1920. Ingresa a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos inmediatamente después, en el año de nuestro centenario y a San Fernando en 1923. En 1928 es Interno de los Hospitales, Bachiller en Medicina y Médico Cirujano en 1930 y Doctor en Medicina en 1956.

Un hecho que es necesario resaltar en la época de ahora, donde se ha puesto en marcha el Servicio Civil de Graduandos, es que el Maestro en 1926, siendo aún estudiante de Medicina, fue uno de los primeros, quizás el primero, que desempeñó este servicio a título gratuito. Lo desempeñó en una localidad donde hace pocos meses se celebró brillantemente el primer aniversario del SECIGRA-SALUD. Me refiero a San Agustín de Huayopampa en la Provincia de Canta, en nuestros días a cuatro horas por carretera desde Huaral, y en 1926 a dos días de viaje a caballo desde dicha ciudad.

Juan M. Escudero Villar, con gran riesgo de su vida permaneció como sanitario, de enero a marzo de 1926, en Huayopampa, combatiendo una mortífera epidemia de peste bubónica, contando para ello con precarios recursos terapéuticos y profilácticos. ¿No es éste un timbre de gloria imperecedero para este distinguido maestro? Ya con este hecho se había ganado un lugar en la historia del secigrismo y había cumplido con lo que Cervantes dice sentenciosamente:

«Un largo viaje a pie o a caballo y malas noches pasadas en ventas y fondas, enseñan y ensanchan más el cuajo que siete cursos académicos».

Titulado de médico ingresa como Asistente de la sala Santa Rosa del Hospital Dos de Mayo, es decir después de la peste bubónica o Peste Negra, la tuberculosis pulmonar, otra peste, la Peste Blanca peligrosa en aquellos tiempos del 30.

Trabajó en Santa Rosa al lado del fundador de la Tisiología peruana, Aníbal Corvetto, y ahí desarrolló prácticamente toda su vida asistencial, llegando a ser Jefe del pabellón Nº 2 hasta su retiro. En 1949 es Asistente del dispensario antituberculoso de la calle Raymondi, cargo que desempeñó hasta 1962.

En 1942 se inicia en la carrera docente universitaria como ayudante en la cátedra de Tisiología que dirigía don Ovidio García Rosell, hasta que llega a la categoría de Profesor Principal en 1971.

Fue miembro fundador de numerosas instituciones científicas de nuestro país, entre las que destacan la Asociación Médica Peruana «Daniel A. Carrión» y la Sociedad Peruana de Tisiología y Enfermedades Respiratorias, Miembro Correspondiente Extranjero de las sociedades de Tisiología de Méjico, Cuba, Brasil, Uruguay, Argentina, España y Francia; presidente de congresos, miembro de numerosas comisiones del Consejo de la Facultad de Medicina de San Fernando de 1962 hasta 1971 y autor de infinidad de publicaciones en revistas nacionales y extranjeras.

Juan M. Escudero Villar representa, pues, al maestro nato, dignísimo heredero y sucesor de lumbreras de la ciencia médica peruana y lo que es más importante: trasmisor de sus conocimientos, de su ciencia y de su experiencia a más de 30 promociones médicas y egresadas de nuestra facultad. Y por sobre todas las cosas, un señor en el amplio sentido de la palabra: caballero, afable, cariñoso.

Jamás hemos oído de sus labios una palabra de reproche o de amargura entre algunas injusticias que se haya cometido con el hombre al que tengo el honor de presentar. Como alumno que fui de él, como compañero de trabajo en la vieja sala Santa Rosa y en la labor tisiológica, me siento honrado de haber pronunciado estas palabras y de decirle sencillamente «gracias Maestro por todo lo que he aprendido de usted, bienvenido como Profesor Emérito de la vieja casa de San Marcos».

 

 

 

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