Mi recuerdo de Sebastián

  

Fueron varios los motivos que influyeron en mi amistad con Sebastián Salazar Bondy y en la manera casi automática de cultivarla. Buen fundamento fue el momento de la vida nacional, el cual reclamaba el intercambio de experiencias culturales y políticas, para asentar la apertura del remanso de la vida colectiva, a fin de que pudiéramos compartir los años por venir.

Ahora que inicio este recuento cae por su peso la hondura de ese poema extraordinario de Sebastián, que aún conservo ante mis ojos: Testamento ológrafo, sobre el cual he discurrido varias veces1. Siempre aturdido por la belleza y la profundidad de su sentido. Lo primero que salta a mi memoria, es la desenvoltura –variada y diversa– de sus formas expresivas, no sólo trabajadas con ahínco, si no también con tesón inusitado; especie de salvaje impulso para que percibamos su visión del arte y del artista y su reclamo a los amigos y seguidores.

Por aquel tiempo, me había incorporado a la Universidad de San Marcos y trabajaba como docente y al mismo tiempo en la Oficina de Publicaciones de la Universidad, donde colaboraba con Víctor Lí Carrillo y Augusto Salazar Bondy, hermano de Sebastián, ambos filósofos de formación europea y vasta cultura moderna. En ese ambiente, entre clases y tareas de la oficina, sobrevolaba el asesoramiento a los estudiantes y algunas ediciones. Hermosa aventura que completábamos acudiendo –a menudo– al recientemente formado IEP (Instituto de Estudios Peruanos), con el deseo de aparear el saber de las ciencias sociales y de las ciencias analíticas, es decir, estrechar y acercar los parámetros de la historia y la crítica analítica.

Para enfatizar el curso del tiempo humano, corría el año 19652.

 

A Carlos Drummond de Andrade

The spider´s touch, how exquisitely fine,
Feels at each thread, and lives along the line

POPE

 

TESTAMENTO OLÓGRAFO

Dejo mi sombra,
una afilada aguja que hiere la calle
y con tristes ojos examina los muros,
las ventanas de reja donde hubo incapaces amores,
el cielo sin cielo de mi ciudad.

Dejo mis dedos espectrales
que recorrieron teclas, vientres, aguas, párpados de miel
y por los que descendió la escritura
como una virgen de alma deshilachada.

Dejo mi ovoide cabeza, mis patas de araña,
mi traje quemado por la ceniza de los presagios,
descolorido por el fuego del libro nocturno.

Dejo mis alas a medio batir, mi máquina
que como un pequeño caballo galopó año tras año
en busca de la fuente del orgullo donde la muerte muere.

Dejo varias libretas agusanadas por la pereza,
unas cuantas díscolas imágenes del mundo
y entre grandes relámpagos algún llanto
que tuve como un poco de sucio polvo en los dientes.

Acepta esto, recógelo en tu falda como unas migas,
da de comer al olvido con tan frágil manjar.

 


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