La turbulencia de Carlos E. Zavaleta

  

Hacia 1950 la narración adquirió en el Perú, como en otros países de Hispanoamérica, un florecimiento que muy pronto sirvió de criterio para consagrar a un grupo de nuevos escritores. Los tropiezos de orden editorial y de distribución amplia impidieron, sin embargo, que las obras de Zavaleta, Ribeyro, Vargas Vicuña y Congrains fueran conocidas con rapidez en el ámbito sudamericano. Ello ocurrió más tarde, a través de antologías nacionales y continentales y del revuelo iniciado por los libros de los más afortunados novelistas, quienes habían sido lanzados al mercado internacional ante la remozada calidad de las letras hispanoamericanas. Sucedió entonces que, como en una suerte de remanso, se fueron decantando las constantes de ese sugestivo proceso y empezaron a reconocerse, a la vez, los méritos y el signo personal de quienes enriquecieron y expandieron nuestra narrativa, y para lograrlo, cribaron los temas desvaídos, cuestionaron las fronteras del quehacer artístico y renovaron las estrategias de composición.

Carlos Eduardo Zavaleta es un caso que merece subrayarse por una serie de razones personales y profesionales. Una temprana vocación lo aleja de los ya iniciados estudios de medicina y lo transfiere a las aulas de la Facultad de Letras, en la Universidad de San Marcos. En ésta, el azar, la amistad y la pasión de los años mozos se encargaron de unirlo a un grupo de jóvenes que, como él, y con igual ilusión, sentían por el destino del escritor, y en la avidez de los estudios literarios, un compromiso que les extendía una razón fundamental y suficiente para realizarse. Las revistas, los concursos, los premios, las distinciones académicas, la coyuntura nacional, los primeros viajes a Estados Unidos y a Europa, en calidad de becario y estudiante de postgrado, lo van convirtiendo en el trabajador tenaz y silencioso de una producción que se multiplica y dispersa, a causa de su ulterior ingreso en el servicio diplomático; y que, por lo mismo, lo aleja de ese primer amor, trajín azaroso pero también estimulante, del quehacer universitario, donde llegó a profesar la Cátedra de Literatura en lengua inglesa.

De aquel período formativo como lector, cuentista, novelista, traductor, devoto del teatro y de la crítica cinematográfica, ya han corrido varias décadas, y el currículum de Zavaleta ha crecido al impulso gradual de títulos y referencias geográficas, disolviendo en combinación feliz la vocación y el oficio, el trabajo en soledad y el servicio colectivo, el recuerdo transparente del Callejón de Huaylas y el horizonte incendiado bajo el sol de otras tierras.

Lo anterior dice bien de la sensatez de su antigua opción juvenil, al igual que su propósito de retornar sin fatiga al diseño de mundos fabulados y, a través de los mismos, al deseo de aposentarse en el fenómeno del lenguaje, en el sobresalto de lo imaginario y en el rasero de algunas realidades que hacemos y deshacemos los hombres, investidos de candidez o maldad, para descubrirnos o inventarnos del todo. En muy pocas palabras, Carlos Zavaleta es un escritor peruano que pertenece a la generación de los años cincuenta y tiene en su haber varios libros de cuentos y novelas, los que le han deparado un legítimo crédito de narrador, pero, además, es un estudioso que se resiste a ser yugulado por el funcionario o el artista, y, por suerte, también es un hombre franco, cordial, enamorado de las letras y de sus tareas como Consejero Cultural, amén de ser un convencido de las avenidas que la cultura franquea en el conocimiento de los pueblos y el respeto entre los hombres y mujeres de todas las naciones.

Durante años he sentido una especial debilidad, una especie de afición casi cómplice, por algunas piezas sobre las que se fue definiendo la garra del escritor vigoroso que, sin duda, es Carlos Zavaleta. Al releer hace poco La batalla (1954), Los Ingar (1955), Vestido de luto (1961), he rastreado el progresivo escorzo de un universo multivalente que se transformaba y renacía sin empalidecer, sin aquietar su turbulencia visceral y su rebeldía ingénita. Libros que sin atrapar al lector, lo cautivan o lo persuaden de la habilidad y las virtudes del discurso narrativo. Otros, en fin, que son hitos, anticipos o balances del talento en trabajo, y entre ellos Niebla cerrada (1970) y Los aprendices (1974), demarcan el ejercicio de quien llega a la madurez tras pausada labor, todavía empapado de las aguas que lo conducen de la esperanza a la pasión y de ésta al hallazgo concreto. Vale lo dicho para dejar en claro que Un día en muchas partes del mundo significa para mí, que también soy peruano y contemporáneo del autor, la oportunidad de encararme con una serie de textos que he leído con ansiedad, del primero al último, refrenando la emoción y el entusiasmo; y, por eso, al final, puedo decir satisfecho que Un día en muchas partes del mundo es un libro cabal, conseguido con la penetrante y lúcida belleza que la obra lograda obsequia a quienes contemplan la literatura y la vida, y las comparten, apreciándolas.

Nuestros narradores del cincuenta derrumbaron las murallas que aislaban lo rural y lo urbano y concedieron prioridad a este ámbito: introdujeron en la literatura el universo suburbano, los sectores medios citadinos, las llamadas poblaciones marginales (la barriada establecida por la invasión de terrenos baldíos), el segmento designado por la ciencia social como "cholo emergente" y que procedía del agro provinciano y se volcaba hacia las ciudades y, en particular, en la macrocefálica y cautivante capital. De ese modo, toda una temática entretejida por los condicionantes y los procesos socioeconómicos de la época coincidió con las curiosidades de orden técnico y artístico que estimuló la postguerra. En muy corto lapso la narrativa peruana adquirió un ritmo de experimentación, de aperturas y búsquedas que foguearon las preferencias de los autores tras una u otra vía o en una y otra, según las etapas de la carrera creativa; pero que, en el caso de Zavaleta, constituyen un mosaico, en el cual como en un prisma asoma la gama de luces y colores en que se disocian las sociedades nuestras, sus contrastes y mitos colectivos.

Por eso ni los personajes ni los cuentos de este volumen están desprovistos de un rasgo o acento o desplante que los hilvana con la memoria o el paisaje abiertos en los años cincuenta, tanto en las artes como en el pensamiento y la vida social; vale decir, en ese lindero que reinicia la expansión de los horizontes a escala universal. Y Zavaleta, viajero y escritor, se embarca en pos de los aparejos que lo habiliten para captar lo múltiple a través del redescubrimiento de lo que le es más próximo, convencido de que en la aventura del personaje y sus situaciones se reproducen los mismos cruceros que son transitados "en muchas partes del mundo". Poco a poco nuestro autor ha depurado su virtuosismo en el dominio de la prosa narrativa, en la novedad del suspenso, en el diseño de la coartada del relato; paulatinamente ha conseguido seguir el cálculo de una trama subyacente que organiza las historias y las comprime en las aristas de una tragedia estéril, equívoca, que a veces se convierte en una victoria que es también un modo de destrucción o de vergonzosa venganza; que otras fluye al compás de un desquite que se alimenta del odio o se impone como una liberación sin venganza o una rebeldía incapaz de coraje. Pero en la transparente trivialidad de ese tránsito, las criaturas encienden el fulminante escondido en el castillo de los fuegos de artificio, y se desencadena la explosión que produce la secuela de luces, sorpresas y enceguecimiento ulterior. Luego, tras la incidental y sin embargo agobiante frustración, ni el cinismo ni el odio, y ni siquiera el amor o el azar, preservan de la violencia la simetría de líneas, sentimiento o costumbres, que distinguieron la ideología a deshora de aquella pequeña burguesía, desubicada y desguarnecida ante una modernidad que rechaza, y que tampoco entiende si sabe transformar, no empece que ésta le vaya convirtiendo la vida, de día en día, en una apuesta miserable, desencantada, por su oquedad y desenfado.

Aunque la escritura, como el arte todo, es celosa de su lección más secreta, también veladamente rehace nuestra ansiedad de fábula y catarsis; Zavaleta lo sabe y se empeña en cautivarnos. Y, con este libro, una vez más y mejor que ninguna, gana otra batalla.

 


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