La gravitación de Sologuren 

 

 En El Morador separata de Historia, Revista. de Cultura Nº 8 (Lima, 1944), leí por primera vez los versos de Javier Sologuren.

"Las Décimas de entresueño" cabalmente recogidas bajo ese título, van dando paso a la tarea metódica de compartir el impulso inicial con el remanso de su desarrollo. Leamos este desplazamiento sobre la superficie del papel, y cómo así se enhebran los pasos y contrapasos de su dibujo evanescente y repetido.

Si suspendida arena, nuevo mundo,
nace pronta en elipse aclimatada,
el silencio recoge despuntada
su espina de fragor, que no circundo,
y en crecida marea me confundo;
naufrago en olivar, y renacido
a cuenta de sus ramas verdecido,
recuerdo, acaso, la virtud del verde,
descanso de la vista que se pierde
en sueño rondador no repetido.

Al poner mis ojos –después de muchos años– sobre el poema, se me ocurre ahora que él condensa, lo que podría ser aprehendido como el emblema de la producción poética de Javier Sologuren.

¿Por qué? Dejemos correr el lápiz, para que después de tanto tiempo madure esta postulación.

En el tomo I de mi Antología de la poesía peruana (PEISA, 1973) anotaba que Sologuren se distinguía por su "culto a la perfección y a la palabra exacta; al ritmo sosegado, que progresa por repentinos ímpetus que alteran el remanso, la transparencia, de música y silencio, de alusión y murmullo; la poética de J. S. se ha ceñido, –decía– en sus distintos periodos, a distintos ajustes de técnica y mensaje". Y después añadía: "Y en este continuo trabajo, desde una misma voz, una pureza elemental, pero estrujada hasta su tono más secreto, ha teñido su lenguaje con virtudes que gustó de los españoles del siglo de oro y los contemporáneos franceses, y ha madurado un oficio que respeta el frescor, la claridad y la sencillez, con lo que llega a su verso ese porte de modernidad y clasicismo, de poesía actual y de todas las épocas (Ibidem p. 124).

Frente al muro donde las estaciones miran y sorprenden al tiempo como a un fruto olvidado o visto madurar sin impaciencia. La piel, aquí, encarnada, en suaves círculos se aparta del cuerpo recóndito y dulce del estío. Desnuda el aire. Prolijamente barre los decorados escombros, el polvo carminado de la flora; álzase y vuelve en fríos planos como una hoja creciente en la que alguien ha puesto una frase delicada.

De: Detenimientos (1945-1947) p. 27

Vida continua (1939-1989)

 

Para mi hija Viveka
porque cogí la mariposa
no en el jardín
sino en el sueño
porque en la almohada
oí cantar al río
el crepúsculo orar
porque en el cielo breve
de la flor
me llevó lejos
porque el niño aún
(que fui que a veces soy
despierta) ve
la mariposa en el jardín
que yo no sueño.

[Paso de los años]

De: Surcando el aire oscuro (1970) pp. 106-107

 

Gracias Matisse por el profundo
bienestar de tu azul
y por la libre y la precisa
música de tu línea.

gracias por la frescura
del limón y los cuerpos
rotundos
por la ventaja al mar
y las hojas dispersas
por la danza y el viento
gracias Matisse por el oxígeno
puro
del color y del tiempo
por desterrar la sombra
Por decirle al pan
pan
y vino a l vino.

(azul Matisse mediterráneo) p. 210


El amor y los cuerpos
(1978-1982)

La selección de poemas de las distintas etapas del poeta, no pueden silenciar la variedad y la intensidad de sus ajustes que dirigen el orden subyacente en cada composición; una especie de nervio que pulsa la visión poética que se desprende de los textos en la lectura.

En el vasto mosaico de los artículos publicados en "La imagen" de La Prensa de Lima, Sologuren hace un derroche de su familiaridad con la cultura del Japón, el cinematógrafo, la agudeza al hablar de los poetas, los antiguos y los nuevos de muchas naciones. Su recuerdo de antiguos amigos por razones de edad, universidad, estadas en los viajes, en fin, por su envidiable pasión por entender y expresar en forma docente y fácilmente logradas. Sin ser dogmático, sin poses extravagantes, muy al contrario con una sencillez análoga al ritmo de su poesía. Gracias a este volumen de Gravitaciones y tangencias. Colección de Arena, Edt. Colmillo Blanco. Lima, 1988, el cual recoge artículos que pueden designar cuando lo efímero se muestra hondo y su curiosidad hace conocer lo lejano y lo próximo; México y el Perú, Noruega y París, lo andino y lo cosmopolita, que se unen en su disertación para consolidar y ampliar la sensualidad estética, en distintos apartados nacionales. Lo que imprime una invalorable serie social entre lo humano y las artes del hombre, en todo el mundo.

Ahora creo entender, la postulación a la que me referí al empezar El Morador que fija el emblema de la vida y de la poesía de Javier Sologuren, poeta, editor, maestro de muchas generaciones. Finalmente, todos los libros poéticos de Javier, los ha rotulado como otro emblema externo, que toca a su foco profesional: Vida continua obra poética (1939-1989)

 


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