Fuga en el mar
Crónica de San Gabriel 

Mirando hacia atrás, en la década del cincuenta nos sorprende la repentina difusión de una preferencia por la narrativa, y, en especial, por el cuento corto. En este renacer de una forma literaria que en el Perú había sido declarada en estado de agotamiento, sin duda influyó el ambiente creado en torno de varias revistas que, por entonces, empezaron a circular con mayor o menor continuidad, y en particular, la atmósfera que reunía a jóvenes de distintas regiones del país alrededor de Letras Peruanas, la revista que en 1951 auspició y dirigió Puccinelli. Las lecturas privadas en las sesiones del comité de redacción, o las públicas llevadas a efecto en algunas instituciones culturales, antecedían, por lo común, a la inserción de las piezas en la revista, y suscitaban un interés muy vivo por las preocupaciones teóricas y estilísticas que, casi uniformemente, se orientaban hacia el hallazgo del mundo urbano o campesino, pero entrevistos desde una perspectiva psicológica, y configurados en un lenguaje que –sin desconocer los rasgos individuales de cada autor– intentaba desbrozar el idioma, aligerarlo y desgajarlo de la impronta que, en el género, impuso un poderoso movimiento gestado en los comienzos de los años treinta, y prolongado sin mayores variantes por casi dos décadas.

Julio Ramón Ribeyro (1929) era, por entonces, un cumplido estudiante de Leyes en la Universidad Católica de Lima. Sin embargo, su interés por la literatura lo agrupó con la gente que, en la Universidad de San Marcos, conformaba el taller humano de esa experiencia común y hermosa en que se convertía la preparación de cada número de Letras Peruanas. Y, de ese modo, muy tímidamente, pasó un día de la categoría de consumidor a la de creador, exhibiendo unas cuartillas de las muchas que ya guardaba con celo y con pasión de ferviente enamorado. Se habló entonces de influjos de Kafka, de Flaubert, de la novelística francesa del diecinueve y, en efecto y por fortuna, todo ello era cierto, pues, al margen de las horas consagradas al estudio de los códigos, Ribeyro fue siempre un voraz lector de las letras francesas y uno de los más finos y sensibles comentaristas de Flaubert y Eça de Queiroz, contrastando la suya con la formación reducida y mayormente hispánica de sus compañeros de promoción. A la distancia, todos estos datos resultan anecdóticos; aunque, de otro lado, contribuyen a situar los antecedentes del autor de Los gallinazos sin plumas, quien en 1952 abandonó el país en uso de una beca de estudios que lo introdujo en Europa, en donde ha permanecido desde entonces –salvo un breve retorno– radicado en París, y consagrado a su obra artística y a oficiar de traductor.

Julio Ramón Ribeyro ganó rápido y merecido aplauso por la calidad de sus cuentos y la extraña alianza de realismo y poesía que lo singulariza. Ellos constituyen quizá el aspecto más difundido de su labor creativa; pero ésta es varia y, curiosamente, de calidad muy homogénea, a pesar de lo diverso de los géneros: cuento, novela, teatro, ensayo, reseña periodística. Crónica de San Gabriel (1960) reveló el ingreso de Ribeyro en el dominio de la novela y, salvo el primer capítulo, un tanto inseguro, es un bello libro que desenvuelve una trama común, enriquecida en virtud del apunte psicológico y desde el análisis social que desde él se infiere, por lo que no sólo fabula con el destino de una familia y la suerte de un huérfano, sino que traza limpiamente la fractura de un mito y descubre el grave e irreversible acabamiento de una clase social y de un código de valores e ideas de vida.

La novela transcurre casi en su totalidad en una hacienda de la serranía norteña. Las páginas iniciales rehacen el itinerario de Luis, de Lima a Trujillo, ciudades costaneras, para internarse posteriormente en los Andes, hacia San Gabriel, propiedad de un tío lejano. Lima y Trujillo son puntos geográficos que marcan el desplazamiento físico, pero, además, sirven como referencia del mar, que en la arquitectura novelística es un símbolo latente al que sólo se concibe por
su valor de contraste, de liberación, de ser distinto y, visto desde San Gabriel, de humanidad.

Lo que cautiva en esta novela es, a mi juicio, el arte con el que Ribeyro deja la naturaleza en la periferia y se concreta a describir y acatar la red de relaciones personales, "el paisaje humano". De modo que el planteo de Ribeyro difiere del que describía la sierra del indígena y, en general, de toda la corriente indigenista, pues los habitantes de San Gabriel constituyen una tradicional familia lugareña que subsiste en una etapa en la que su hegemonía y poder económico empiezan a quebrantarse. La novela nos introduce, pues, en las peripecias y rutinas de un grupo blanco, aunque ubicado en la sierra, y en general concibe a dicho grupo como una familia en el sentido extenso de este término, oponiéndolo a una galería diversa de personajes que pasan, o hacen un alto y se detienen transitoriamente en San Gabriel. El narrador de este relato, Luis, adolescente limeño, es uno de éstos; la novela se nos entrega como el recuento de sus vacaciones; su sensibilidad y condición de forastero descubrirán, a la postre, un horizonte humano mucho más complejo y sorprendente que el que apuntan los perfiles desconocidos de la naturaleza.

Por ello es importante, a lo largo de toda la estructura de la obra, el deslinde entre los personajes o grupos que pueden calificarse como nucleares, esto es, los residentes de la hacienda, y aquéllos que son los elementos marginales, como la peonada indígena, los trabajadores de la mina, y el propio paisaje. La conjunción de ambas categorías configura el mundo total de San Gabriel, pero es de la tensión de esos órdenes, de su encuentro, que fluirá nítidamente el mundo más entrañable y peculiar de la obra.

Las primeras reacciones del joven limeño las motiva la impresión del paisaje: "En San Gabriel había demasiado espacio para la pequeñez de mis reflejos urbanos… En San Gabriel vivía derramado, extrañamente confundido con la dimensión de la tierra. Cada tarde al regresar de mis andanzas, debía hacer un esfuerzo para reconstruirme en torno a mi conciencia; pero no podía evitar que muchas de mis pisadas, de mis hallazgos, quedaran allí, perdidos en el campo, sin haber sido rescatados por la memoria". El párrafo transcrito, como otros tantos, sugiere la desubicación del forastero, en un proceso que asciende del nivel espacial a la resonancia interior; pero la definición de los ámbitos personales, en la estructura simbólica, se realiza a través del análisis de la interrelación de formas de vida, y en el conflicto de intereses e ideales de los grupos entremezclados. Para construir el universo imaginario, Ribeyro elabora simultáneamente varios estratos de representación. En el de la realidad-aparente, la hacienda organiza la propiedad e ideales del grupo familiar; su funcionamiento es producto de la cooperación entre parientes, inspirados en al salud y bienestar común. En el de la irrealidad-real, "San Gabriel no es una casa… ni un pueblo. Es una selva". "Aquí el pez más grande se come al chico. Los débiles no tienen derecho a vivir". La vida en la hacienda estaba llena de trampas, de tradiciones, de apetitos, de anhelos difícilmente contenidos a la espera de una oportunidad; pero lo más grave era que contra ello "no podían ni la virtud ni el heroísmo". En el plano de la realidad-tradicional se actualizan la superstición y la arbitrariedad, ya a través de los sujetos, ya a través del grupo comunitario. Desde el contorno poblado por los dependientes, avanza la multitud y se agolpa tras el ojo del supuesto asesino; entonces la gente de San Gabriel se identifica transitoriamente, como ante toda amenaza exterior, pero desvanecido el peligro, la codicia y la deslealtad corroen sus intenciones. En el plano de la realidad-ideal, la hacienda como grupo humano se define negativamente; los que no parten, los que no se quedan. El resto es un marco rural: el afecto por la tierra y su cultivo apenas subsisten en el ya fatigado y destruido jefe de familia. Nadie, aparte de él, tenía lazos sentimentales con San Gabriel, ni vivía la querencia; eran aventureros, oportunistas, viajeros. El copropietario trastornado mentalmente, que sorprendía por su extraordinaria lucidez, encarna al tipo de hombres y de sociedad ahí reunidos: "tenía todas las apariencias de ser un fin de raza, una de esas tentativas donde la especie humana se extravía y extingue". Por eso la realidad ideal es la huida, la fuga. Todos la pretenden, aunque algunos ignoran hacia dónde escapar. Y éste es un secreto mayor que el del origen de sus privilegios o el de su múltiple corrupción. También en esto "se habían convertido en los custodios de una verdad que no se atrevían, ciertamente, a revelar".

Cuando Luis distingue la playa en el horizonte, San Gabriel queda a sus espaldas, mientras el vehículo desciende hacia la costa: "Entonces –dice– ya no pensé en otra cosa que en el mar, en sus vastas playas desiertas que las aguas mordían a dentelladas lentas y espumosas".

En síntesis, el autor ha explotado en la caracterización de las criaturas y de sus acciones un contraste de tipo geográfico costa-sierra traducidos en términos de vida urbana-vida en hacienda, y ha instituido mediante el testimonio del adolescente un mirador, desde el cual atisbamos el derrumbamiento de un sistema familiar, de una organización económica, de un código ético; el incesante proceso de erosión de un régimen patriarcal y agrario, sin que en su reemplazo emerja ningún otro sistema. Tras las marcas que denotan la alienación y la fuga desesperada de todos los personajes, salvo aquellos para los que quizás ni la fuga implica una esperanza, el reencuentro de Lucho con el mar reaviva el sentido de un anhelo de cambio y la necesidad de reconocer cuán útil y frágil es el ocultamiento de la verdad y de la convicción perdidas. El mar es, por eso, otra vez, el posible mundo abierto e ilimitado para la aventura y la ilusión humanas; en el que se instituyen la claridad y la frescura que no faltan cuando el hombre recupera un ideal y el sentido de la historia. De esta manera, Ribeyro no sólo fabula con sus personajes sino que triza la banalidad de un mito rural largamente contrapuesto a otro mito citadino, y cala en la naturaleza del ser humano y, en ciertas áreas, de la sociedad del Perú de nuestro tiempo.

 


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