Estancias poéticas en

El tacto de la araña
 

La poesía última de Salazar Bondy produce inocultable asombro en el lector y en el crítico. Antes de El tacto de la araña, estimaba la obra poética de Salazar por algunos poemas extraordinarios del tipo de "Ojos, mundo": pero su poesía se me figuraba, sin embargo, un conjunto de intuiciones fugaces agobiado por la incesante búsqueda de un temple, de un cauce idiomático que emparejara su vocación cultista con su innato reguste del habla coloquial, y el celo por el molde castellano, de inspiración literaria, con la picardía y nostalgia de la canción criolla; en suma, percibía en ella aquel esquivo anhelo, por entonces, de materializar la eternidad.

La cautela habitual en el oficio no me impone callar la impresión que me deja hoy su libro. Este no es ya un relámpago, no es siquiera un concierto de hallazgos deslumbrantes, es, y aflige decirlo ahora que el autor ya no existe, una iluminación contínua, un vértigo constante de poesía y verdad, como quizá no hay otro en las últimas décadas de nuestra literatura.

El tacto de la araña empieza con un poema que debe leerse como dedicatoria y como testimonio. Dedicatoria que invoca al amor definitivo: testimonio de adhesión a una actitud frente al mundo, categorizado ideológica y estéticamente; y testimonio de fe en la capacidad del ser humano para ser él mismo, consciente de su condición precaria y su voluntad por trascenderla. Los poemas que lo siguen serán ordenados, por el análisis, en varias secciones que habrán de mostrar de qué modo, con qué intensidad y ante qué incitaciones, se vuelca esta poesía, especie de parábola contemporánea, y cómo el libro es un múltiple, aunque unitario, asedio a la realidad plena, ante la cual el poeta consume su vocación de aprehender y describir la verdad trágica, pero hermosa y cautivante, de la entraña temporal que configura el ser del hombre y de su creación.

Testamento ológrafo, en el portal de la serie, descubre serenamente la intimidad con la mujer amada; el monólogo sirve al curso del vivir que se proyecta en el mundo casero y lo confunde con el trabajo, los sueños, los objetos, y el presagio jamás pronunciado. Ahí están, rescatados, el cielo de la ciudad, trozos de biografía, los libros y sus páginas ganadas a la fatiga o la pereza, y un deseo de permanecer, de sobrevivir al tiempo que lo devora y que, al hacerlo, lo confirma en el penoso acceso a la realización íntegra. Las líneas finales depuran un rasgo esencial en la visión poética del autor, y lo hacen, justamente, en apertura de diálogo:

Acepta esto, recógelo en tu falda como unas migas,
da de comer al olvido con tan frágil manjar.

Qué extraña y conmovedora confesión de amor, y qué hábil manera de remozar el envejecido formulismo jurídico, para bromear con el tiempo e imaginar su proscripción; pero, además, qué natural comportamiento, viniendo de Sebastián, este departir del contacto efectivo, del ligamen familiar y sentimental, que es uno de los focos más diáfanos en su poesía, y en tan exacto ajuste también con el hombre que fue Salazar Bondy.

El cuerpo mismo del libro observa varias líneas de desarrollo que intentaremos esbozar, tanto en su estructura individual cuanto en su carácter complementario, y cuya relación podría definirse como un ritmo cíclico, como una tensión vigente que las engarza y completa, para llegar al diseño de una imagen general del hombre, inspirada en la experiencia de la vida y de la muerte, y de la cual se infiere una poética inconfundible y vigorosa.

Tras el remanso de intimidad que infunde el poema inicial, los que lo siguen desvelan un cuadro exterior, abierto, volcado al conocimiento del ser a través de los hechos, habituales o insólitos, minúsculos o graves, del vivir cotidiano. El aceptar la vida como un oficio amado y cruel, enternecedor y lastimoso al par. El admitir que ella es atravesada, en su centro mismo, por un eje temporal que hace inevitable el cambio, y que ese cambio ocasiona su esplendor y miseria, y la perfecciona o la niega. Por saberlo, precisamente, dice de la vida: "… es lo único que verdaderamente me interesa/ pues es más perfecta que los sueños". La exaltación de la riqueza fantástica que reside en los actos simples, repetidos o impredecibles, no lo conduce a la versión sentimental, ni al beatus ille pastoril, ni al estremecimiento teológico. Casi con sarcasmo, quizá con amargura admite:

…que un día lleno de perfume y de música de alas
se la comen los gusanos
se llama carroña
y todos la olvidan

La vie en rose

Tal certeza irreversible, que nos remite al tiempo y a la muerte, fluye en el libro con una intensidad excepcional. Importa saber que no aparece en un discurso teorético; que, por el contrario, advenimos a su revelación tras sinnúmero de instancias en las que la experiencia individual o individualizada, nos atropella con una premura que dice de la lucidez del autor, y con una melancolía que no empaña la aceptación del destino irrevocable. He aquí un fino ejemplo de esta problemática:

Cuántos relojes he visto, cuántas veces
he ido de prisa a encontrarme con un vacío…
todos ellos son ciegos y crueles,
uno pierde el tren lo mismo,
uno envejece igual
y caen los alcatraces, la vida, los años gota a gota.

Contra el reloj

El tiempo es, pues, la sustancia esencial, el horizonte en el que transcurrimos y desaparecemos. Es el tiempo adherido a las y viejas tenaces maderas, el rasgo que las califica: ellas "vieron a tantas familias despedirse, volverse polvo y llovizna". En esa incidencia con el eje temporal se funda nuestra respuesta o receptividad, nuestra deuda como la concibe el poeta en Patio interior: deuda que Salazar, angustiado por vivir en el tiempo, por encararlo plenamente en adhesión y en revuelta, liquida cuando exclama:

Patio interior,
cuervo de ociosas neblinas
entre cuyas largas plumas los amantes
se deslíen como una inscripción de pañuelo
os debo ahora mismo mi fosforescente vicio,
y os habito,
os corrijo,
os firmo con mi rápido nombre de cuchillo.

La misma lógica que impone el cambio y que en la visión poética nos entrega a la persona y su mundo en unas migas, o el hilo de las sucesiones en una fila de alcatraces que caen, como los años, gota agota, va extendiendo su imperio y acomete a otro amor de Sebastian: la ciudad. Cuenta el autor que arrebataron la noche a la ciudad moderna, y quedamos en ella "como búhos que buscan oscuridades"; pero dice también que esta otra noche, la modificada por los tubos fluorescentes, no es sino un remedio frustrado, "un antifaz fetal del día que pasó". Y con Life vest under your seat, ese rótulo neutro que, no obstante, inquieta al pasajero cuando ocupa su plaza en el avión, Salazar reconstruye la atmósfera indefinible y desproporcionada que lo sobrecoge en el aeropuerto moderno:

Aeropuerto, piano de cola del planeta,
suenan en tu dentadura ciudades, cifras y apellidos,
y tus espesos ropajes de hierro amortiguado
retardan mi paso bajo tus horcas,
mi larga sombra ante tus lacios flecos eléctricos.

Ese frío impersonal, ese bullicio sin afecto conocido, esa maquinaria compleja e imponente lo que ha marcado la reacción del escritor, lastimándolo con la falta de resonancia para su ansiedad de viajero o su ilusión de cazador de vibraciones. Lo invade, por ello, un sentimiento de soledad, de solitario; el mismo que a veces lo introduce en el claustro de la calle, y le trae la mofa de la aurora; aquella conciencia de que, sin tenerlo, pierde el día, aquél que late, como la ciudad auténtica, la vital y poblada de seres concretos, distinguibles, queridos, y de la que por vida estuvo "pendiente en cada sueño y pensamiento". Los poemas: Mendigo, Rayo de Cadáver y Operación Ayacucho subliman la percepción de un nuevo recorte que nos cercena en cuanto hombres y victima con el furor de la máquina, con la impiedad de la guerra, con el estigma de la injusticia. En cada instancia, el testimonio aflora como pérdida personal, como un reconocer que hemos cambiado, que nos han mutilado, y que, en cualquier caso, hay un tiempo que viene, el de los hijos ajenos o propios, que nos juzga en silencio pero sin piedad. Otra estancia del libro está compuesta por un espectro cargado de memorias: niñez, adolescencia, personas, objetos, casa, que en la alquimia del verso son rescatados para que el ayer se introduzca en el hoy. El tono nostálgico que a ratos campea en estas líneas, no triza la convicción de que se vive a este lado del tiempo; no encubre la realidad con la leyenda desvanecida; se limita a comprobar que el hoy es el ayer más la huella que impuso el paso de los años, la interrogante cargada como un signo que cada quien posee, como una sombra que empalidece los perfiles. Grabación para Augusto ilustra esta gama poética que también encontramos en Rosa sólo escrita y en Improbable juventud, del cual copio un fragmento:

Quise ser un quimérico libro
abierto al azar por la brisa de su canción,
y hoy sólo tengo ausencias,
el dorado vacío de la improbable juventud
apretado en el pecho,
empobrecido ya y cayendo como la tarde.

Hay implicada toda una poética de lo memorable cuando Salazar escribe: "Espejo a medio día, el recuerdo es un oro impotente que nadie nos envidia"; por eso, sólo el recuerdo es capaz de oponerse a la Astucia del olvido, y frente a éste sólo el nombre –en el contexto del poema– puede redimir a "la improbable Hilda, a la no sé si Elba u Olga, de la muerte que ahora es su despiadada madre". Nuevamente los viejos tópicos de la muerte y el olvido se estrechan y confunden como en tantos pasajes del libro. En el texto A unos poetas, el autor habla de los mágicos labios comunicantes de unos libros dilectos; en los Convidados el aprecio y el nombre reconstruyen el encuentro con los amigos lejanos; y en Salutación del pequeño optimista, frente a la toma de conciencia de algo que escapa a nuestra voluntad, asoman la memoria y la palabra, el recuerdo y el buenos días, y nos reintegran a nuestra entraña humana, el gozoso reencuentro con el prójimo y la vida plena, por virtud de la palabra que se hace poesía, y que, al descartar al olvido (y en consecuencia, a la muerte) se hace vida.

La imagen del hombre se nos ha revelado así desde una doble coyuntura: como recluso y como despojado. Recluso o solitario, privado de afectos, incomunicado; y desposeído, avasallado por el artificio, la técnica o la despersonalización colectiva.

La muerte que Salazar describe "es un florido artefacto mecánico". No hay duda que lo técnico y lo cosmopolita distorsionan el contacto humano y proscriben el perfil personal, generando ese desajuste que hiere al poeta en la calle sin noche, en el aeropuerto sin eco afectivo, en los jardines de escaparate; pero el tiempo que rige las sucesiones e invita al olvido, a pesar de la memoria, al despojarnos nos urge a vivir de remanentes, y, cada día, nos hurta un poco más, al extremo que el poeta se pregunta por la tierra perdida:

Y cómo seré capaz de tomar un mapa escolar y
encontrar
en sus minucias el lugar tórrido de la inocencia,
la tierra que perdí bajo los pies antes de irme
y cómo, al fin, he de aceptar sin más mi plato de
lentejas.

Así llega Sebastián Salazar a un tercer estadio en el que los mundos individual y urbano se incluyen en la visión de la sociedad como fenómeno sociológico. Persiste el acento cordial y la configuración de la imagen se desgaja desde la experiencia concreta; por ello su palabra está henchida de vigor, desprovista de estridencia; su tono es enfático sin ser retórico; y la condensación del pensamiento nos llega en el interrogatorio a los héroes por la herencia prehispánica, por los mitos de que nos hicieron creyentes, o en el reproche por la paz interior y exterior que nos enajenaron.

Digamos que el arte poética de Salazar Bondy aparece con diafanidad en los breves y limpios versos de su Recado para un joven poeta:

No estés solo,
no hables contigo de ti mismo,
no mires demasiado
tu cinema en penumbra.

Pero que igualmente aflora cuando escribe el enamorado o discurre sobre la poesía, y cuando confiesa que espera que ésta lo consuma y maltrate, antes que proclamarse su trovador o su dueño. Poética construida en función de un y un destino solidarios; dispuesta para contagiarnos la conciencia del tiempo que se agazapa en el ritmo del verso, y que nos acomete con la cuidada disonancia del léxico, con el expresionismo incisivo, sarcástico de las figuras, para, finalmente, precipitarse y subyugarnos con la intensidad plástica de las enumeraciones que decrecen y se renuevan, y que, en su dinámica, redefinen el valor de los símbolos tradicionales.

Si la poética nos dibuja al enamorado y al hombre que renacen en la entrega absoluta y, palabra a palabra, recomponen su lección sobre el tiempo y el olvido, la muerte es el meollo fundamental del libro, y de muerte se nutre su palabra poética: los nuevos tiempos, los nuevos versos, la nueva violencia no acallarán su mensaje: "si borrase las cosas atroces / que nos emparentan con la muerte"; y aunque el autor no la define, las líneas que siguen identifican a la muerte y nos previenen:

Sin duda la verdadera muerte es lo que nos niega.

Ya nada cabe agregar a estos versos; ellos nos devuelven al poeta entero:

Tengo los siglos del mundo
y soy la ansiosa nariz
de un animal del tercer día
donde ya está el hombre,
donde estuvo Dios antes de morir,
donde mañana estaré
todo claro purificado.

Y así está ahora, Salazar, en su poesía.

 


Regresar