El equilibrio de Francisco Bendezú 

 

La obra poética de Francisco Bendezú (Lima, 1928) se distingue por factores que, releyéndola, me inducen a situarla –una vez más– en un punto de equilibrio constante, pero siempre regulado por su notable pericia técnica y la arrebatadora explosión de su material constructivo.

Quiero decir que la inspiración y el hacer del poeta con respecto a la realidad textual en sus poemas, se confunden y plasman de manera intermitente. Es así como emerge en el escenario lo que será el cauce normal para la ilusión de las historias del amor terrestre, transformándose permanentemente, a través de situaciones celebrativas, u homenajes y evocaciones, que, al fin, procesan el realce laudatorio o expresan la queja desesperanzada.

Entre uno y otro hito, discurre el cauce memorable del poeta en Los años y Cantos; es decir, la notable producción poética de Francisco Bendezú Prieto* 


ELEGÍA

...des guirlandes de fenêtre a fenêtre;

RIMBAUD

Una guirlanda de melancolía.

GARCÍA LORCA

Decidme, su mirada de corza, su densa cabellera de bronce, sus labios oscuros como el vino, sus manos que hilaban la seda amarilla de las tardes: ¿qué se hicieron? ¿Dónde los rocíos, la trompeta gualda (¡hacia el oriente!) de la maga, los visillos que el tiempo puso de oro? ¿Dónde las amapolas, las lunas, las muchachas que enriquecían por diciembre la espesura? Oh dríade casi fotografía, oh ídolo mío: ¿qué atezado semidios entreteje rosas encarnadas en tu pelo? A la sombra de las palmeras, antaño, corriste –pálida– detrás de un aro... ¡Y quizá, quizá tu espectro tienda, en medio de las luces de Bengala y el tañido de la cítara, guirnaldas de melancolía de ventana a ventana!

LOS AÑOS, p. 31

 

CANTOS

MÁSCARAS

¿Qué baila detrás de nuestras frentes?
¿Quién vela al otro lado? ¿Qué nos espera?
Nadie. Nada.

Solamente una luz fuliginosa.
O nuestros brazos como remos de inmóviles mareas.

Ni punto ni círculo ni línea
ni la barca del tiempo.

(Yo no sé si la voz no es más que un sueño
ni si el amor es un casto paroxismo de amapolas.)
Yo sé que las estatuas sorben llanto en la arboleda.
Yo sé que el otoño acumula silencio en las botellas.
Yo sé que en la estación los guardagujas duermen.

Solamente un solsticio de sordas mariposas,
o inútiles carruajes con teas de tinieblas,
o esqueletos de gallos
cantando eternamente por albas que no rayan.

Mujeres sin sombra, apariciones,
espejos insondables con lentos naufragios a distancia,
y fuegos fatuos, y en las landas
el tierno gemido de las mandrágoras recién arrancadas,
y el siempre y el jamás ardiendo juntos.
Ni torres ni molinos
ni el tórax misterioso de las tardes.

¿Para qué las cabelleras desplegadas
como estelas sobre el mundo?

¿Para qué los púlpitos, las bazas,
los óvulos, los cascos, los marbetes?

(¿Y las águilas inmunes de alta mar?
¿Y los granos –óleo y luz – de los sarcófagos?)

¿Para qué los mástiles, los cables,
las epístolas, las gafas, las briznas de los nidos,
el agua magnetizada, los muñones,
las escuadras de cuencas vacías, los gramiles,
las sinuosas membranas briscadas de los armarios,
las filacterias, la sal, los meteoros?

¿Es, acaso, inútil la esperanza?
¡Embestid contra las rodillas doradas de la muerte!
¡Combatidla cuerpo a cuerpo!
¡Ella corta con su espada el alambre que nos ata al fuego puro!


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