El desconcertante contar de Vargas Vicuña

Once años después de Ñahuín, el nuevo libro que publica Vargas Vicuña invita a averiguar por la suerte de un escritor y de un modo narrativo que entonces cautivaron a la crítica. Como Ñahuín, Taita Cristo es una colección de cuentos; el primero de ellos presta su nombre al volumen, los otros son: La Pascualina, Pobre Negro, Tata Mayo, En la altura, Ojos de Lechuza, El desconocido y Memoria por Raúl Muñoz Mieses. Si bien publicados en diarios y revistas en ocasiones diferentes, ahora, reunidos en volumen, entregan un testimonio unitario del trabajo lento y silencioso, pero constante, de Vargas Vicuña.

Sería útil que pretendiéramos revisar en esta nota cada una de las piezas que componen el libro; pero una enumeración dispersa de las impresiones suscitadas por su lectura, posiblemente, serviría de poco al lector de nuestro comentario. Intentaremos organizar nuestro discurso, por consiguiente, de modo que ofrezca una idea muy general sobre el conjunto, a fin de concentrarnos en dos reflexiones que, a juicio nuestro, enfocan hacia méritos sustantivos de la obra.

Sobresalen en el volumen Taita Cristo y Tata Mayo por ser los textos de arquitectura más nítida y por preservar el equilibrio entre la crudeza patética, el ritmo detenido de la acción, y el continente lírico en que se sublima ese desconcertante mirar o contar, del que fluyen el impasible retorcimiento del dolor y la amargura irredenta de la resignación. Como en las mejores páginas de Vargas Vicuña, en ambos cuentos actúa también, en forma invisible pero activísima, una dimensión espacial constituida por el plano sonoro; parecerá pueril esta observación, pero no lo es, y por el contrario, reviste importancia suma para entender la factura, la mecánica constructiva del cuento, así como el efecto, el punto en el que se apaga la anécdota y emergen los símbolos que proyecta la historia.

Ya se ha dicho, a propósito del estilo de Vargas Vicuña, cuán feliz resulta en su prosa el aprovechamiento de un vocabulario y un tono coloquiales; pero ello se refiere, y no hay objeción en contrario, al nivel en el cual escoge el autor la norma de lengua de la que se sirve en sus obras. Sin embargo, a lo que se desea apuntar en este caso es a una estructura oral de los cuentos, a una atmósfera, a una lógica interior, a un acento oral. Podríamos agregar aún, que, a diferencia de los escritores contemporáneos de Vargas Vicuña, éste favorece a la fuente oral como surtidor de motivos para sus cuentos. En efecto, a menudo rehace leyendas, se apoya en supersticiones, reelabora sucedidos que le han contado y que, en su versión escrita, conservan ese carácter de literatura oral, de posesión común enriquecida en su correr de boca en boca.

Con toda seguridad que, si Vargas Vicuña se limitara a transmitir lo que le cuentan o ha escuchado en sus repetidos viajes por la sierra peruana, sus textos difícilmente mantendrían la tensión y el nivel artístico que los distingue, y que son el sello de su labor creadora. El hecho que debemos considerar es, pues, precisamente, que, en tanto escritor, Vargas configura un estilo y un mundo que depuran el carácter de sus fuentes, y lo consigue añadiéndoles la perennidad de lo escrito, sin renegar de la impronta espontánea, arbitraria y evanescente del relato oral. A la inversa de lo que ocurriría si escucháramos una grabación recogida en el campo, en la que comúnmente se interpolan digresiones y referencias, los cuentos de Taita Cristo, y en modo especial esa pieza, están poseídos de un tono grave y mediativo, que insufla hondura poética al curso de la palabra. Nada es banal en él; incluso los detalles nimios manifiestan o pueden ocultar una desconocida fuerza que los torne relevantes.

Como lector, creo que accedo a la representación de Taita Cristo cuando, a las grafías sobre las que poso los ojos, asocio una imagen sonora que se puebla inmediatamente de voces, gritos, música, murmullos, que surgen a primer plano o se asordinan, para que una voz mejor templada conduzca el hilo principal del relato. La lectura que prescinde de esta exigencia, se me ocurre que mutila parte esencial del encanto y de la realidad de Taita Cristo, y en general de la obra de Vargas Vicuña. En cambio, de procederse así, se advertirá cómo se suceden las voces, mientras los personajes secundarios sirven de marco para que encuadren los constantes disloques de la acción dominante, a la par que gana en sentido la morosidad con que se desplaza la línea de mira del escritor, y se nos presenta el ambiente colectivo, popular, expuesto dentro de un paisaje animado por una actitud rural, que le transfiere valores y creencias locales.

La oralidad del estilo no es pues sólo léxica o sintáctica; la arquitectura de la obra asedia los saltos y esguinces de la conversación; los ruidos y murmullos entretejen la atmósfera de coro, o de escenario abierto, en el que actores y narrador se confunden. De ese modo la construcción de la historia conquista una solemnidad de rito, mientras la palabra se hincha y gana en sugestiones que, por instantes, resuenan con el eco conmovedor de los salmos, la revelación luminosa de la parábola, o la corrosiva insistencia de la letanía.

Creemos que los cuentos de este libro comparten un motivo de raíz cuasi-religiosa, sin que ello necesariamente afecte al tratamiento que merecen en la obra, ni a la índole de su mensaje. Pero en todos ellos percibimos un conjunto de incitaciones que se desprenden de una idea de la culpa, del castigo o sacrificio y de su subsecuente expiación. El contexto cultural en el que se sitúa ese motivo es el peculiar a una aldea de los Andes, con su mezclado sentimiento católico, al que se aparejan credo y supersticiones que, vistos desde el punto religioso anterior, serían paganos. Ahora bien, Vargas Vicuña trabaja finamente sobre esta perspectiva y, desde ella, elabora o modifica nociones del bien y del mal, de la vida y la muerte, del destino y el azar, del honor y la felicidad, que son explayadas y encarnadas por el actuar de sus personajes, con una fuerza y simplicidad insólitas.

El rasgo primario de su realidad es, por paradoja, el del misterio, lo inédito y mágico que se oculta en lo simple y cotidiano de la vida aldeana; y el modo de desvelar y capturar ese otro lado de la realidad en un hablar que aprovecha la soltura de la sintaxis coloquial y se vale de ella como medio de composición que agota las combinaciones de términos, modifica el orden habitual, suprime partículas y nexos, y asigna especiales contenidos semánticos, por ejemplo, a verbos como conocer y comprender, sentir y reconocer, que resumen una sabiduría vitalista, indefinible por totalitaria y tradicional. No puede callarse, no obstante, que así como este reacomodo con la lengua le ofrece espléndidas posibilidades a Vargas Vicuña, y buena prueba son Taita Cristo y Tata Mayo, de otro lado constituyen algo así como el talón de Aquiles de su estilo, en tanto podrían recortar la inteligibilidad de su obra, si se decidiera a hurgar en esta vía hasta mayor extremo.

De otra parte, y Taita Cristo será en este caso el ejemplo indicado, hay un elemento novedoso en esta pieza, si se le compara con las de Ñahuín. Obsérvese con cuánta discreción se ha procedido a superponer la versión de los acontecimientos y personas locales sobre la versión cristiana, y cómo se las distingue o unifica a través de los comentarios dispersos que se recogen entre el público que especta la procesión. Véase así mismo cómo hay una constante percepción ética del comportamiento externo e interno de las personas, con la cual se va componiendo ese mosaico que es el pueblo todo, reunido para presenciar el renovado sacrificio del hombre. La abnegación y la villanía se entrecruzan con la ingenuidad y la sencillez, con las costumbres y las devociones regionales, con un colorido dinámico que se transforma ante la hondura reflexiva de ciertas instancias. Finalmente, después de haberse unificado los dos planos del relato, la imagen de lo local reaparece con su valor de escenario y sobre ella se consagra un reanálisis del destino humano, entre la condena y la redención.

En once años Vargas Vicuña ha tenido tiempo para meditar y ejercitarse en la búsqueda de un desarrollo literario que le permita, afirmando las calidades de su estilo y de sus vivencias provincianas, consolidar una obra que perdure por la calidad estética, antes que por el fervor nacionalista. Según entendemos, su esfuerzo ha sido recompensado, pues ya es casi imposible forzar el lenguaje narrativo más allá del punto a que lo ha sometido este autor. Pero además, otra lección valiosa de Taita Cristo reside en la forma como resuelve el indispensable ascenso del motivo local a un nivel de verdad poética y humana, que nos libere del ciego pintoresquismo. Y en este respecto, también acertó Vargas Vicuña.

  


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