Decía, dice...
Carlos Germán Belli

  

I

Me place y me honra ser testigo y dar fe de la carrera feliz y vistosa que ha hecho Carlos Germán Belli. Poeta que es ahora leído, gozado, comentado y entendido o no entendido, y por lo mimo, envidiado en varios idiomas. Y mientras aumentan las traducciones y las tesis dedicadas a estudiar su escritura y las invitaciones para leer ante públicos abarrotados de estudiantes y jóvenes escritores, recuerdo –mirando la conducta sencilla y cordial, del estudioso de prestigio y de moda, que es ahora Carlos Germán Belli mucho más conocido en el extranjero que aquí entre los suyos, donde el éxito irrita a muchos y distancia a algunos–, que fue amigo de clase en el Colegio Italiano Antonio Raimondi, donde nos conocimos y fuimos condiscípulos, desde la primaria hasta la finalización de la secundaria, en 1945.

En aquella época los azares nos habían llevado a compartir la caminata por la calle Alejandro Tirado, siguiendo por al avenida Cuba rumbo a Jesús María, barrio en el que ambos vivíamos. Cada uno de nosotros cuidaba de un hermano menor, rebeldes y alertas para aprovechar nuestro descuido. Era también el tiempo, en el cual cada lunes participábamos en las discusiones sobre los resultados del fútbol, del fin de semana. El paso de los años no ha disminuido ni la amistad estudiantil ni la afición a nuestras preferencias futbolísticas: en cambio ha incrementado nuestra conversación acerca de las vías para asediar a la poesía.

Una breve y fugaz revista literaria de los años sanmarquinos, –donde compartíamos nuevamente el colegio universitario de entonces, en la Facultad de Letras–, revista que preparamos Rogelio León Seminario y yo con el rimbombante título de Mensajes Humanos, publicó uno de los poemas que Carlos Germán Belli mantuvo en las ceñidas y escogidas piezas que presentó –años después– en su primer cuaderno édito: Poemas (Lima: Talleres Gráficos Villanueva S. A. 1958).

Así corre el tiempo y de vuelta de mi primera estancia en Nueva York, en Ithaca, estaba preparando una selección de estudios y una antología de la poesía peruana (Ediciones Nuevo Mundo, 1965). Ya entonces, leyendo los nuevos poemas y libros de Belli, tuve la evidencia que el trayecto del 58 al 65, había consolidado la antigua promesa en una tangible realidad: bajo mis ojos fluía la palabra labrada de un gran creador.

El fondo de las lecturas de Carlos Germán Belli surgía, en la interlínea de sus composiciones, pero, aquéllas no habían enturbiado el secreto ni habían lacerado el lenguaje. Al contrario, los giros arcaicos y la compuerta doméstica le generaban un instrumental adecuado para captar la sombra de una realidad privada o pública, el espacio personal o social, en cuya reflexión se desdoblaban los varios estratos del cauce asoleado del lenguaje que acuñó Carlos Germán Belli, para decirnos de su presencia y de su horizonte visual, sin que ahora resuenen los ecos de los antiguos intereses. Aquéllos que nutrieron su afición por el verso castellano, y el francés o el italiano, que también lo cautivaban.

Testigo de excepción de la vida natural de este poeta y amigo de tantos años, y de su serena y sabia vocación por el pesapalabras, ahora revivo uno de los ejercicios que he usado en La partida inconclusa (1970: 72-73- Santiago de Chile; 2ª ed, 1976: 94-96 - Lima) ante muchos auditorios y clases de Interpretación Literaria: releo "Algún día el amor / yo al fin alcanzaré, / tal como es entre mis mayores muertos: / no dentro de los ojos, sino fuera, / imposible, más perenne, / si de fuego no, de aire".

Releo cautamente y me desasosiega la variada, flexible y desproporcionada sintaxis que es el telar en el cual Carlos rehace el mundo, el cosmos de hombre y de la poesía musitada, herida e insumisa.

Al tiempo que cuide al desvelado fluir de la salud del poeta; y al arte que proyecte su vida en poesía.

En Lima, julio de 1989.



II


Ninguna pieza artística de suficiente calidad carece de estructura definida, cualquiera que sea el género o la extensión del texto. Examinaremos un ejemplo de la lírica, poema recogido en ¡Oh Hada Cibernética! Libro que pertenece a C. G. Belli.

Algún día el amor
yo al fin alcanzaré
tal como es entre mis mayores
muertos:
no dentro de los ojos, sino fuera,
invisible, mas perenne,
si de fuego no, de aire.
Algún día el amor, El pie…, p. 44

El más leve descuido podría alterar por completo la comprensión de este poema. El riesgo acecha en el tipo de lectura que hagamos de la primera estrofa, pues si entendemos que tal como es se refiere a entre mis mayores muertos, el sentido general sería muy distinto de si se le vincula con el amor. En el primer caso tendríamos más o menos, un significado como: "algún día el amor, tal como es entre mis mayores muertos, al fin alcanzaré", lo que equivale a contrastar un antiguo tipo de amor con otro que es propio de la edad en que vivimos. En cambio, en el caso segundo debemos entender, más o menos: "algún día el amor, tal como es, al fin alcanzaré entre mis mayores muertos", de lo que se infiere que la plenitud del amor no se liga a un período del pasado, el de los antecesores, al de un tiempo mejor (lo que hubiera demandado el verbo en imperfecto era), sino a una suerte de conquista, después de un asedio que nos perfecciona, hacia el cual se orienta la insatisfacción del poeta, aunque haya que ir hasta más allá de la muerte, pues ni en el tiempo pretérito ni en el presente, ni en el de las hadas ni en el de la cibernética, le es todavía accesible.

Optar por una u otra de las versiones no es cuestión de capricho ni de azar, si confiamos en que el poema posee una estructura, y que a ella se remiten las formas exterior e interior de la composición. Téngase en cuenta que la primera estrofa o la mitad del texto se inspira en un avance del no ser hacia el ser, con lo que se presenta no una actitud contemplativa, ni de descubrimiento, sino de participación, de ejercicio, de dominio: alcanzaré, verbo que grafica el desplazamiento progresivo que colegimos. Ahora bien, la segunda estrofa tiene tres versos bimembres cuya característica estriba en la combinación de un rasgo negativo con un positivo, según puede advertirse en el patrón sintáctico adversativo de los tres versos. En efecto, obsérvese que no–sino invisible–más, no–de aire, articulan una misma mecánica:

no dentro de los ojos, sino fuera,
invisible, mas perenne,
si de fuego no, de aire.

que, a nuestro juicio concurre con el sentido de la primera estrofa: avance del no ser al ser, de la privación a la plenitud, progresiones que no se identifican históricamente como ayer y hoy, como era y es sino se definen más bien por un concierto de atributos que califican a ese amor hacia el que se tiende y desde el cual se pretende conseguir, cualquiera fuese el tiempo, aunque sea más allá del límite mortal, siempre que sea un amor liberado (fuera), indesmayable (perenne) y vivificador y circundante (como el aire). Un amor que esté más acá del encanto mágico y prerracional de las hadas y del concertado control de la técnica: simplemente humano, puro, y por lo mismo, hasta hoy –en las palabras del poeta– negado en toda época al hombre enamorado y vivo.


III

El texto que sigue apareció en el cuaderno, con que desde 1958 Belli había desconcertado a la crítica literaria, y lo seguiría haciendo con una puntualidad intermitente. En mi caso debo admitir que este poema –uno de los más antiguos que recuerdo de Belli–, me ha sorprendido a pesar de su conocimiento y repetición, a veces sin buscarlo ni desearlo, como una imposición repentina, muestra de su cautiva reiteración y de su callado enigma. Tanto es así que al rememorar este texto, se me superponía a "algún día el amor/yo al fin alcanzaré…". De modo tal, que de manera inconsciente funcionaba en la memoria de mis preferencias, como un espacio intertextual hacia el cual convergían ambos poemas. Leamos:

1. Nuestro amor no está en nuestros respectivos

y castos genitales, nuestro amor
tampoco en nuestra boca, ni en las manos:
todo nuestro amor guárdase con pálpito

5. bajo la sombra pura de los ojos.

Mi amor, tu amor esperan que la muerte
se robe los huesos, el diente y la uña,
esperan en el valle solamente
tus ojos y mis ojos queden juntos,

10. mirándose ya fuera de sus órbitas,

más bien como dos astros, como uno.

Poemas, p. 5.

Quizás ahora valga anotar algunos elementos que me asediaban, como cruzadas vigas semánticas, que emergían de la estructura estrófica misma, con el peso connotativo de su significación.

Será más fluida nuestra lectura, si advertimos que los versos del 1º al 5º forman la primera unidad o estrofa; y del 6º al 11º la segunda o estrofa final. La diferencia se aprecia en los rasgos del pensamiento poético y las marcas formales del lenguaje y las figuras retóricas y plásticas, que enseguida paso a referir.

Si se lee en voz alta, se apreciará que el v.1 se encabalga con el v.2 con una pausa medial, signada con la propagación del sentido que se va componiendo. El siguiente v.2 se extiende por medio de otro encabalgamiento en el v.3, que expande dos constituyentes nuestra boca y manos. El signo de dos puntos ‘:’ esta vez aporta una pausa que propone la corrida de los versos 4 y 5 para dar al fin realce al tono recapitulador y sentencioso de la construcción recolectiva "Todo nuestro amor guárdase con pálpito/ bajo la sangre pura de los ojos".

Todo [es la suma yo y tú; mío y tuyo] guárdase con pálpito podría transcribirse como [se protege, se aposenta] bajo la sangre pura de los ojos [la circulación sanguínea retiene el pulso en la transparencia de los ojos] (tópico renacentista). El torbellino pasional de los amantes es avistado a través del fulgor de los ojos de la amada; pero, pese a su control, late el ímpetu del deseo individual, ingobernable. Es entonces cuando cambia la escena y el escenario completados. Se traslada del panorama interno de los amantes y de la circulación sanguínea en su búsqueda recíproca, y se pasa a la segunda estrofa. Pero adviértase, que si en la inicial alcanzaba relieve singular ‘nuestro amor’, ‘nuestros respectivos y castos genitales’, ‘nuestro amor tampoco en nuestra boca ni en las manos’, ahora en la nueva estrofa aparece en el escenario el valle terrenal esperando a la muerte en el completo agostamiento del cuerpo físico. De suerte que los ojos: tus ojos y mis ojos queden juntos, esta vez mirándose fuera de órbita [repárese en el plural sentido de órbitas], y en el insólito mudar de la perspectiva visual, extendida a dimensiones cósmicas. Según el poeta, los ojos de los amantes se desplazan por el espacio ultra terreno, más bien como dos astros, pero en seguida corrige, y en un corte vibrante y ceñido, dice como uno.

La pareja aparece así navegando en el espacio sideral, realizándose en la identidad amatoria, merced a los ojos convertidos en un astro, a través del azul intenso chagaliano, en el cielo poético de Carlos Germán Belli.


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